Indice:
El contexto histórico.
El contexto económico
El nacionalismo catalán
El nacionalismo vasco
Conclusión y perspectivas
Bibliografía

 

EL CONTEXTO HISTÓRICO.

Los territorios peninsulares estuvieron unidos hasta el final del Imperio Romano. Los godos (germánicos), que dejaron su herencia de tribalismo y espíritu de clan, tuvieron dificultades para reconstruir la unidad anterior. La frágil unidad conseguida fue pulverizada con la ocupación bereber; la Reconquista, partiendo de diversas iniciativas y alianzas cambiantes y complejas, produjo un mosaico de reinos que lentamente se fueron aglutinando.

Los territorios vascos, totalmente irrelevantes hasta esa época, dada su escasez de recursos, siempre estuvieron unidos al condado de Castilla, más tarde reino, y jamás constituyeron una unidad política autónoma de ningún tipo. Por su parte, los condados catalanes, creados por la dinastía Carolingia en los límites de su contención al avance bereber (la Marca Hispánica), fueron agrupándose para luego unirse al reino de Aragón.

Entre los s.XI y XIV, los dos reinos peninsulares que ya se habían configurado Aragón y Castilla, experimentaron una evolución y un auge similar. El reino de Aragón alcanzó una cierta hegemonía comercial en el Mediterráneo que transformó en una expansión territorial (un mini imperio) que se saldó con el fracaso ya que no se daba la diferencia de civilización ni de desarrollo necesaria para sostener a la mera ocupación militar. El declive se acentuó con la pérdida de importancia comercial del Mediterráneo frente al comercio en el Atlántico Norte entre Castilla, Inglaterra y los Paises Bajos. La tesis nacionalista explica que Cataluña sufrió una peste que la diezmó y provocó la crisis de producción consecuencia de la cual sobrevino el hundimiento; obviamente se trata del primer caso conocido de "peste selectiva" que solamente afectó a Cataluña. Las pestes han asolado repetidamente a la Península Ibérica, hasta bien entrado el s.XIX, procedentes de Europa y del Norte de Africa, recorriéndola en todos los sentidos.

La decadencia del reino de Aragón le condujo gradualmente bajo la influencia de Castilla. Paralelamente el comercio europeo de Castilla produjo una notable prosperidad en las Vascongadas, situadas estratégicamente en la línea de ese comercio, beneficiándose además del monopolio de la construcción naval dentro del reino de Castilla, concesión que, como tantas otras dadas a ciudades o a señores, constituían la práctica feudal habitual, creando las infinitas complejidades de privilegios, fueros, exenciones, inmunidades etc., que originaron la aparición de "señores" tan poderosos o más que la Monarquía (y a enfrentamientos con ella).

Con los Reyes Católicos se produjo la unión monárquica de ambos reinos, pero no su unificación; siguieron siendo reinos distintos. Ni esa monarquía ni las siguientes trataron decididamente de eliminar las estructuras feudales, con todos sus inconvenientes, que llegaron prácticamente intactas hasta el s.XVII. Pese a la separación formal de ambos reinos la realidad social produjo una intensa vinculación, relación familiar y mezcla a todos los niveles (monarquía, nobleza, etc.,) y cultural entre los territorios, de modo que es forzado hablar de culturas diferenciadas y exclusivas, más bien se trata de invenciones efectuadas en el s.XIX.

El reino de Aragón se negó explícitamente a participar en la expedición atlántica, y en conjunto en la empresa americana, que quedó enteramente en manos de Castilla. Frente al comercio americano, inicialmente fue tratado como cualquier otro reino europeo, aunque ya hacia 1500 empezó a tener condiciones preferentes; la debilidad económica de Cataluña impidió su penetración comercial de modo que en los primeros tiempos se dedicó al tráfico mercantil de cabotaje entre Sevilla y Cádiz y la costa mediterránea hasta Italia, posteriormente se fue consolidando y hacia 1800 gozaba de un virtual monopolio en el comercio con Cuba.

En el s.XVII tuvieron lugar los primeros intentos de unificación y centralización motivados por las crónicas dificultades financieras de la Corona (desde Carlos V en adelante) para sufragar la costosa política imperial en Europa.

La dinastía de los Habsburgo se centró en España como fuente de recursos, y particularmente, dada la complejidad de los fueros, fue Castilla, cuyas instituciones se habían moldeado a los requerimientos reales, quien hubo de soportar los gastos del imperio (p.ej. en 1616, las aportaciones fueron: Castilla 73%, Portugal 10%, Paises Bajos 9%, Nápoles 5%, Aragón 1%).

Prácticamente hasta el s.XVIII no se lograría eliminar los obstáculos jurisdiccionales que protegían a vascos y catalanes de contribuir al Tesoro público. Los decretos de Nueva Planta (Felipe V, 1714) eliminaron las instituciones medievales del reino de Aragón e impusieron la lengua castellana en las relaciones oficiales con la Administración (se dice que prohibió el uso del catalán, lo cual es problemático, pues la administración no tenía relación con la población, sino con los señores locales, no existía la escuela pública y el 90% de la población era analfabeta y por otra parte existe la evidencia de que la lengua castellana ya se había convertido en lengua hegemónica en la región desde 1650 según Laitin "Language and Construction" 1994, a través del comercio con Castilla).

Como consecuencia de la centralización en el s.XVIII se produjo una importante recuperación económica en España.

Durante este período preindustrial, con el aumento de riqueza, las elites locales nobiliarias y económicas, ya manifestaron claramente su aferramiento a las instituciones tradicionales, y particularmente las catalanas a la antigua situación autónoma (que tan malos resultados les produjo), con el deseo de aprovechar las ventajas del comercio interior y librarse de contribuir. Pese a esta tendencia, que posteriormente se fue acentuando, consta que la actitud no era unánime, y una parte de las clases dirigentes catalanas favorecieron la plena integración en España a lo largo de los s.XVII y XVIII, debido a las ventajas comerciales que suponía.

Para el conjunto de este período hemos de indicar que las elites (políticas y económicas) vascas surgieron como consecuencia de su integración secular en España, a través de los contratos con la monarquía en la construcción naval, en el transporte de mercancias, y en el fomento de la industria del hierro (aunque en esa época aún no era importante), lo que además les permitió establecer un núcleo de relaciones directas con el poder y una importante Banca cuyo principal deudor y cliente era el Estado. Por el contrario, las elites catalanas provenían del ya lejano período de dominio en el Mediterráneo, pero que no produjo una importante acumulación de capital, con lo cual no desarrollaron ninguna institución financiera, y siendo su génesis exterior a la Corona y dado su escaso peso, carecían de capacidad para influir, por lo que se cerraron en su ámbito local.

La industrialización, algo tardía con respecto a Europa, se inició a partir de 1850 en medio de las luchas políticas entre liberales (modernizadores y desmanteladores del Antiguo Régimen), y los absolutistas (conservadores). En las Vascongadas, por su particular tipo de economía, se produjo con una cierta rapidez lo que no permitió la adaptación de clases preindustriales como el artesanado, ni la incorporación al incipiente capitalismo de algunas elites rurales, y por otra parte aparecieron nuevas clases medias y primeros capitalistas inclinados al liberalismo y hacia el Estado. Las transformaciones sociales que produjo chocaron con el medio rural, pobre y tradicionalista, que se tradujo en odio a la ciudad, a los ricos y a la modernización que amenazaba con acabar con su "identidad". En Cataluña, las cosas fueron algo distintas, pues basando su economía en el comercio agrícola complementado con pequeñas actividades preindustriales (básicamente textiles en explotaciones familiares) el proceso fue mucho más lento debido a la menor acumulación de capital, y permitió una adaptación y aproximación de sectores rurales y mercantiles a la nueva actitud empresarial generando una más amplia y variada clase media, no desvinculada del ámbito rural, que mantuvo una continuidad con la ciudad.

Todo esto vino a coincidir con el conflicto dinástico a la muerte de Fernando VII, que dio lugar a las dos Guerras Carlistas (1833-40) y (1872-76).

El "Carlismo" (nombre de los partidarios de D.Carlos, hermano menor de Fernando VII y pretendiente a la sucesión en lugar de Isabel, hija de aquel) es el movimiento más ultrarreaccionario y ultraconservador que ha habido en Europa. El ideario carlista, además de un integrismo religioso extremo, exigía el exterminio de los liberales, la abolición de la enseñanza pública, la reimplantación de la Inquisición, extirpación del capitalismo, freno a la modernización, y el retorno de todos los fueros e instituciones antiguas. Era la caverna.

Donde más adeptos consiguió fue en Vascongadas (esencialmente por las razones antes expuestas) y en particular, con motivo de la 2ª guerra, el apoyo allí resultó prácticamente unánime. La adhesión también fue notable en Cataluña y algo menor en las zonas montañosas de Navarra y Aragón. En el conjunto de España, el apoyo al carlismo fue moderado.

El apoyo al carlismo procedió fundamentalmente del sector rural, particularmente dañado como consecuencia de la pérdida de las colonias (y la consiguiente reducción del comercio) y porque las reformas liberales, aunque bienintencionadas, resultaron contraproducentes para las clases populares y campesinos pobres.

La adhesión al carlismo debe interpretarse como una reacción a los cambios sociales y a los intentos modernizadores y centralizadores del Estado.

La idiosincrasia del carlismo y sus bases sociales, y las guerras carlistas por su significado, fueron decisivas en la preparación del terreno para su continuación natural que es el nacionalismo. La oposición a la centralización también fue importante porque preparó la simbología y los mitos.

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EL CONTEXTO ECONÓMICO.

El particular desarrollo de la región vasca proviene exclusivamente de su integración en España y su participación en la economía castellana al igual que cualquier otro territorio; se beneficiaron por lo tanto de la bonanza del comercio del Norte y luego del comercio Atlántico.

El reino de Aragón, pese a su antiguo esplendor no logró la fuerza financiera necesaria para competir comercialmente ni en el mercado interior (debido a las numerosas barreras aduaneras internas) ni con la Banca extranjera (p.ej., Andrea Doria, genovés, fue banquero de CarlosV) que obtuvo beneficios comerciales y privilegios para establecerse.

La orientación de la economía vasca, que se ha mantenido hasta hoy, se ha caracterizado por la fabricación de productos industriales pesados (construcción naval, industria del hierro), con el Estado como único cliente (e impulsor) posible, y la aplicación masiva de capital de procedencia extranjera, local, e incluso estatal. Así se produjo un rápido desarrollo del capitalismo y una notable capacidad financiera traducida en la creación de los mayores bancos de España.

En Cataluña, el desarrollo fue completamente distinto. El comercio Mediterráneo de productos agrícolas, vino, y pequeña producción artesanal, solamente permitió la lenta formación de una pequeña clase media rural (que posteriormente se deslizó hacia actividades industriales). No habiendo podido crear una potencia financiera, basó su desarrollo industrial hacia los bienes de consumo (textiles, etc.,) que no requieren elevadas inversiones ni dependen de la intervención del Estado y se orienta al pequeño consumo. En consecuencia el aspecto comercial fue predominante. Este tipo de desarrollo generó elites locales fuertes pero no poderosas a nivel del Estado, y una amplia variedad de clases medias.

Las circunstancias históricas que mantuvieron a ambas regiones al amparo de la contribución militar y económica requerida por la política imperial de la dinastía de los Habsburgo (fuero e inmunidad, en el caso vasco; mantenimiento autónomo de la Corona de Aragón e incluso la no integración plena en el sistema tributario, en ambos casos incluso después de 1716, pese a los tan denostados decretos de Nueva Planta) y al propio tiempo gozar del beneficio del mercado interior, provocó el retroceso del reino de Castilla y favoreció las incipientes diferencias en el grado de desarrollo que acumulativamente se han hecho significativas en ambas regiones.

Aunque el desarrollo industrial fue tardío (e impulsado por el Estado y la financiación extranjera) fue suficiente para que en las décadas anteriores a la Guerra Civil (1936-39) y muy especialmente durante el franquismo éstas regiones se sobredesarrollaran con respecto al resto, creando así las condiciones para la movilización nacionalista como instrumento para alcanzar sus objetivos.

En este punto, y aunque sea una disgresión, es necesario referirnos a dos mitos difundidos a lo largo del tiempo por las interpretaciones interesadas de los "historiadores" nacionalistas, y que parecen haber sido asumidos por la población española; son importantes porque forman parte de la estrategia legitimadora de los nacionalismos y porque inducen el sentimiento de sobrevaloración de los ciudadanos de esas áreas y el complejo de inferioridad de los restantes.

Se trata de:

  1. El mito de la "isla industrial".
  2. Con relación al supuesto inmovilismo agrario diremos que durante el s.XIX la agricultura peninsular, aún sometida al azar de las malas cosechas, fue capaz de alimentar a toda la población sin recurrir a compras en el extranjero y vendiendo producto al exterior; esa bonanza estimuló la modernización de sus infraestructuras (industria harinera, molinos, y ferrocarril).

    El ferrocarril estuvo estrechamente vinculado a la agricultura; surgió como consecuencia del mercado agrario y se construyó por la iniciativa, y el dinero, de los propietarios agrarios importantes, con la finalidad de abaratar el transporte. Simultáneamente ese medio permitió la comercialización de otros productos (perecederos) que anteriormente no habían podido ser objeto de intercambio.

    Como instrumento económico, el ferrocarril, se inició hacia ~ 1855. Su importancia fue tal, que por sí mismo, produjo la integración real del mercado español al superar la dificultad que la geografía de España opone a las comunicaciones terrestres. Ese obstáculo había regionalizado la actividad comercial hasta entonces. Con el tren, no solamente se incrementó el comercio, sino que impulsó definitivamente la "especialización productiva", dando lugar a las economías complementarias (que constituyen una economía nacional) entre las zonas agrícolas e industriales, uniendo el interior y la periferia.

    La agricultura no fue ni atrasada ni inmovilista. Hacia el final del siglo se produjo la hecatombe de los mercados europeos con la irrupción de los productos americanos, argentinos, canadienses y australianos. Esto provocó un frenazo importante al proceso de modernización. No obstante, la agricultura peninsular no se colapsó pese a la invasión de grano barato en el litoral (Castilla vendía el 50% de su producción en Cataluña, al suministrarse ésta con grano exterior, más barato, la infligió un duro golpe), y los más competitivos subsistieron: Castilla y León con los cereales, y Andalucía incluso alcanzó la hegemonía del aceite en Europa hasta bien entrado el s.XX.

    En esas circunstancias, agricultores y viticultores (zona mediterránea) reclamaron, y obtuvieron, del Estado la protección arancelaria. En cambio no lo logró, y por tanto desapareció, la ganadería lanar, que no podía competir con la lana extranjera importada a bajo precio para favorecer a los fabricantes textiles catalanes.

    En cuanto a la industria, también el punto de vista difundido está distorsionado interesadamente. Durante el s.XIX la industria creció bajo el proteccionismo del Estado, con el mercado interior al amparo de la competencia internacional. Los catalanes fueron quienes constantemente exigieron el proteccionismo aduanero, requiriendo un mercado nacionalizado, a través de sus asociaciones empresariales (el Instituto Industrial de Cataluña y el Fomento de la Producción Nacional).

    Al inicio del siglo, las mejores perspectivas industriales las tenían Cataluña y Andalucía. Andalucía fue pionera en el uso del vapor como fuerza motriz (50 años antes que Cataluña) en la industria molinera y en el curtido de pieles.

    En 1830 se instalaron Altos Hornos en Marbella, y junto a ellos se desarrolló una serie de industrias: algodonera y lanera (ambas equipadas con la más moderna maquinaria, igualando la capacidad catalana), industrias químicas auxiliares y del ácido sulfúrico. Pero todos esos desarrollos, se enfrentan a un problema básico: el carbón (la única fuente de energía en esa época).

    El carbón local era de mala calidad, y al tener que utilizar el procedente de Asturias, se encarecían los costes. Se solicitó del Estado una rebaja aduanera para importar carbón europeo barato, pero las protestas de los industriales del Norte (que utilizaban carbón inglés), impidieron la concesión. La siderurgia tuvo que cerrar en 1885. Con ello se frenó la ya iniciada expansión de los ferrocarriles en la región, y el intento de construcción de una industria avanzada. La actividad se limitó a la transformación de productos agrícolas (vino, azúcar, refino de aceite,...) y la industria química quedó muy reducida. La huida de capitales propios dejó en manos del capital extranjero la rica minería (líder mundial en la producción de plomo) y la industria química complementaria, y como consecuencia los beneficios no revirtieron en la región, no dando lugar a ningún desarrollo posterior, funcionó como una colonia.

    Encontramos ejemplos similares en la industria carbonera asturiana, que pese a su riqueza, sólo promovió un muy lento desarrollo industrial, por falta de capitalización, ya que a la cercana industria vasca le fue posible importar carbón inglés.

    Estos ejemplos, y muchos más, indican que el proteccionismo actuó de forma selectiva, favoreciendo a unos y perjudicando a otros, pero sin voluntad clara de tender al desarrollo de todo el país. También nos muestran la capacidad real de las elites locales para influir en el Estado a favor de sus intereses particulares, en particular para mantener el "mercado cautivo", impidiendo el acceso a los productos industriales europeos, más baratos.

    Las acciones de las elites locales sobre el tan odiado (y débil) Estado centralista tuvieron grandes consecuencias económicas y sociales. Produjo un desarrollo absolutamente desequilibrado del país (promoviendo, a la vez, una imagen fraccionada del mismo); la prosperidad que la industrialización promovió se concentró en esas dos zonas (catalana y vasca), que absorbieron el excedente de trabajadores procedentes de la agricultura, despoblando así a las zonas agrarias del interior. El efecto generó una dinámica progresiva; el crecimiento económico en ellas transcurrió paralelamente a la llegada de trabajadores de otras regiones, fortaleciendo al mismo tiempo el propio mercado local.

    Los nacionalistas jamás reconocerán estos hechos, corroborados con los datos estadísticos, que atentan contra sus supuestas superioridades raciales: cultural, laboral, empresarial etc., y han desarrollado una actitud xenófoba hacia quienes, según ellos, vienen a "comer su pan" y a "destruir su cultura y su identidad". Niegan por ello los cambios sociales que conlleva el desarrollo económico, pretenden la modernidad tradicionalista, el conservadurismo rural en la urbe industrial, es decir la síntesis de los opuestos; no en vano fue en esas áreas donde arraigó con más fuerza y persistencia el carlismo.

    Las regiones del interior y del sur se fueron descapitalizando, y ya en la época franquista, y también como consecuencia de ese régimen nefasto para ellas, sobrevino el absoluto estancamiento desde 1940 hasta prácticamente 1960, cautivos de sus estructuras agrarias inacabadas y sometidos a los dictados del capital de las dos regiones industriales privilegiadas.

    Nada tiene de sorprendente que las elites catalanas y vascas pretendan no solamente influir en el Estado, sino su control total y, de no lograrlo, las viejas instituciones locales son un buen lugar donde aislarse y atrincherarse.

    La difusión del mito de su singularidad requiere la puesta en circulación de diversas afirmaciones propagandísticas (e historias manipuladas) como la queja actual de que para ellos, España es un lastre, incluso un lastre histórico. La amnesia súbita les ha hecho olvidar que han sido ellos quienes han impuesto sistemáticamente el proteccionismo del cual se han beneficiado, y que examinado desde otra perspectiva, el lastre lo han sido ellos para el resto al cerrar el país al desarrollo industrial y a la innovación procedente de Europa.

    También afirman que: "Diversas causas (mercado pobre, malas comunicaciones, etc.) impidieron que la burguesía catalana pudiera colonizar al resto de la península y que, incluso, ella misma fuera parcialmente colonizada por el capital extranjero." (de "Fulls dels Enginyers", enero 2000, pág.9), la irracionalidad, y la soberbia, del nacionalismo ya no pueden ir más lejos, resultando que es culpa del colonizado el que el colonizador sea un incapaz.

    La realidad es que siempre han necesitado de un mercado cautivo de sus intereses (aunque pobre) porque jamás fueron, ni lo son, capaces de colocar sus productos en el mercado internacional, ni por precio ni por calidad.

    Es un hecho también que pese a los extraordinarios beneficios que obtuvieron de la neutralidad española en la 1ª Guerra Mundial, no se generó, aprovechando la posición de ventaja sin riesgos, ningún tipo de mejora productiva ni de procesos ni de productos, ni tan sólo la renovación de instalaciones; tras la contienda fueron inmediatamente barridos de los mercados internacionales, y durante ese período sin competencia no fueron capaces ni de cosechar un mínimo prestigio, fabril o comercial, que les hubiera permitido alguna presencia internacional posteriormente.

    Constatamos que solamente "triunfan" cuando no hay competidor, nada más se evidencia su capacidad industrial y organizativa cuando están solos, rodeados de muros que les aislan del mundo, como con el monopolio en Cuba... o con ¡el régimen franquista!. Las importantes inundaciones de la comarca del Vallés (inmediaciones de Barcelona) en 1962 arrasaron las fábricas de la brillante industria textil catalana mostrando con consternación la estafa: toda la maquinaria era prácticamente material de museo, jamás, desde sus orígenes, había sido renovada. De igual modo la siderurgia vasca es antediluviana y no admite la menor comparación con cualquiera otra europea. Se podrían acumular muchos casos que dejan sin fundamento cualquier arrogación de prestigio, no se trata de casos personales, son los sectores completos, que sólo han generado industrias mediocres o ineficientes.

    Como quiera que sea, la industria en ambas regiones se ha desarrollado exclusivamente en el contexto español del que todavía dependen por completo. A título de ejemplo se muestran alguno datos:

    % de PIB español

     

    1960

    1973

    1985

    Cataluña (15% de la población)

    18%

    20%

    19%

    Vascongadas (5.7% de la población)

    7%

    7%

    6%

     

     

    Cataluña

    Vascongadas

    1967

    1975

    1983

    Exporta a España

    69%

    76%

    85%

    Importa de España

    89%

    85%

    76%

    No hay pues genialidad alguna, ni existe el "carácter de los pueblos", que explique el éxito de esas regiones a parte de la trayectoria histórica, que es la que es, y las circunstancias políticas que han tenido lugar en la Península Ibérica, inextricablemente enlazadas a la historia de Europa y del mundo.

  3. El mito del "fracaso".

Hemos de distinguir el "retraso", que es un hecho cierto, del "fracaso" que es falso.

Al inicio del s.XIX, la incipiente industria tropieza con varias dificultades que se superponen o que se suceden ininterrumpidamente.

Por una parte la falta de un mercado nacional, verdaderamente unificado, que hubiera estimulado la inversión industrial, y por otra parte las casi contínuas guerras (guerra de la Independencia, y las dos guerras Carlistas) que asolaron el país en esos momentos particularmente inoportunos, junto con la pérdida de las colonias que redujeron la actividad comercial a mínimos (nada más, y sólo hasta 1898, Cataluña pudo seguir comerciando con sus productos en Cuba cuya pérdida fue irreparable para la región), bloquearon las escasas iniciativas.

Hay que considerar las complicaciones políticas creadas por Fernando VII intentando reconstruir el Antiguo Régimen, a las que se añadió la reacción Carlista con su enorme carga de tradicionalismo y oposición al cambio que impregnó a diversos estratos de la sociedad (campesinos, propietarios rurales, artesanos, etc.). Se estableció un clima reacio a la modernidad y a la aceptación de las nuevas actividades económicas que destruían el viejo orden y vida social.

Si añadimos a todo ello algunos problemas estructurales como son: la falta de carbón (y posteriormente la falta de petróleo), es decir la precariedad en las fuentes energéticas, las dificultades en las comunicaciones terrestres, tanto por la orografía intratable como por la devastación de las guerras, y la crónica debilidad demográfica, tendremos la explicación del retraso y el lentísimo arranque de la industrialización.

Otra de las causas que también indujeron retraso (y tal vez sirven de soporte a la idea de "fracaso") es el hecho de que la industria creció bajo el amparo del proteccionismo del Estado. Esta práctica es común en todas partes, al menos al inicio de la industrialización, aunque rápidamente abandonada. En España, no obstante, no fue así sino que se convirtió en un recurso fácil para afrontar las dificultades y crisis, su aplicación sistemática degeneró en prácticas monopolísticas que no estimularon las mejoras en la producción ni la innovación, de manera que se perpetuaban viejas prácticas, malos productos y precios altos (y también beneficios fáciles), lo contrario a crecimiento y desarrollo.

Por lo demás no puede hablarse de fracaso de una forma rotunda. La industrialización en España se inició de forma análoga a la de los paises del entorno (semejante uso y combinación de capital, trabajo y tierra), con sus mismos avances y retrocesos, y una vez iniciada mantuvo un ritmo de crecimiento igual (aunque con retraso), como lo demuestran los datos estadísticos disponibles, entre 1850 y 1930.

El régimen autárquico (cierre al exterior) durante los primeros años del franquismo supuso un frenazo en el desarrollo, un fracaso corregido posteriormente, de modo que hacia 1960-70, emergió la "sociedad del consumo", se hablaba del "milagro español", y actualmente, tras la democracia, se vuelve ha hablar de milagros. Pero los milagros no existen, y la única razón por la que en los últimos 40 años España se ha aproximado mucho a su entorno (y es sin duda alguna un país plenamente moderno), es porque existe la base para ello, sin la industrialización inicial que creó los fundamentos de la producción, la comercialización, la organización, la experiencia y la cultura industrial, serían imposibles las realidades actuales.

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EL NACIONALISMO CATALÁN

La falta de competitividad internacional de la incipiente industria catalana hizo que durante todo el s.XIX las relaciones entre las elites económicas y políticas locales y el Estado fuesen conflictivas. Sus exigencias para mantener altas las tasas a la importación, y conservar el mercado cautivo, prescindían de otros intereses regionales contrapuestos.

La conflictividad social en el seno de la industria era muy grande debido a las pésimas condiciones de vida de los trabajadores. Cuando se agudizaban los conflictos, los industriales recurrían al Estado para reprimirlos y mantener la paz social. Simultáneamente, ésta represión del Estado era interpretada como centralismo.

En la movilización contra el Estado, progresivamente, se intentó involucrar la movilización cultural aprovechando las pequeñas organizaciones regionalistas que empiezan a aparecer hacia 1860 (conservadoras, carlistas), para lograr una cierta base social. A partir de esa época, bajo el influjo romántico, se empiezan a "recuperar" historias medievales, se crea el mito nacional y se inventa la identidad (o conciencia étnica).

El doble juego de las elites locales, de aproximarse al Estado, exigir su intervención (cuando se recrudecían los conflictos sociales) y criticar el intervencionismo, ha sido, y es, una constante en la lucha por dominar completamente el Estado y adaptarlo a su conveniencia. Al no lograrlo, optan posteriormente, por el autogobierno e incluso la separación.

La pérdida de Cuba y Filipinas, en 1898, afectó seriamente a la economía catalana y exacerbó las tensiones y el desprestigio de un Estado incapaz de defender sus posesiones. En el conflicto con Cuba, las elites catalanas se opusieron firmemente a cualquier tipo de negociación autonomista para la isla, si bien la reclamaban para sí mismos ("su" mercado era intocable).

Hacia 1880 proliferan las asociaciones protonacionalistas en ámbitos conservadores y resíduos carlistas (Centre Catalá, Lliga, Unió Catalanista y la muy minoritaria Esquerra Republicana); por esa época se empieza a dar importancia a la tradición, a las instituciones antiguas, al tema lingüístico y la sacralización de la lengua, cuya recreación no se materializó hasta el s.XX. Todos esos pequeños grupos se unieron en Solidaritat Catalana (donde se encontraban, regionalistas, carlistas y "republicanos"), obteniendo importantes éxitos electorales. La heterogeneidad de tales uniones concuerda mal con las pretensiones de republicanismo, de izquierdismo etc., y puede detectarse cómo bajo denominaciones dispares y variedades de siglas subyace lo mismo: etnicismo, mito nacional y buenos negocios.

El republicanismo nacionalista trató con toda clase de coaliciones y de programas demagógicos atraerse a la clase obrera (para utilizar su fuerza revolucionaria) sin lograrlo jamás. Las organizaciones de la clase obrera fueron principalmente anarquistas (sindicato CNT "Confederación Nacional de Trabajadores") y en segundo lugar socialistas (sindicato UGT), por completo extrañas tanto al ideario nacionalista como a sus manifestaciones "culturales" (quien, por el contrario, sí logró atraerlos, fue A. Lerroux, encabezando un republicanismo radical y de alcance español). Los trabajadores percibieron, correctamente, el nacionalismo como lo que es: una forma de ocultación del conflicto entre clases y su deslegitimación en el cuento de la nación, y una sacralización cultural completamente alejada de ellos.

Las bases sociales de los partidos nacionalistas eran las clases medias bajas deseosas de ascenso social (el CADCI), y muy alejadas de la clase obrera.

Entre 1900 y 1920 el movimiento obrero anarquista creció enormemente (más de1.000.000 de afiliados en España) y era realmente una amenaza. En Barcelona los empresarios contrataron pistoleros para contenerlos, desatándose un período de gangsterismo en la ciudad; al mismo tiempo, los nacionalistas sugerían como solución a los problemas sociales: ¡la secesión!. En realidad lo que proponían era la fragmentación del movimiento obrero (objetivo que sí han logrado actualmente), y una de sus constantes, el aislamiento para evitar la "contaminación". A partir de 1922, el nacionalismo tuvo más éxito al apropiarse del nombre y los signos de los partidos socialistas catalanes (que dejaron de ser socialistas).

Durante la Guerra Civil también en Cataluña se dio una situación revolucionaria, pero aquí a cargo de la clase obrera agrupada en la CNT. En 1936 se creó el PSUC como fusión de pequeños partidos marxistas de carácter moderado, que en principio atrajo a elementos de las pequeñas clases medias militantes en ER, entonces en el gobierno catalán pero desbordada por los sucesos. La República Española para la guerra apenas contó con el apoyo catalán cuyos objetivos eran la separación y aplastar al movimiento obrero, lo que llevó a cabo mediante el Partido Comunista Español, entonces instrumento de la política de Stalin en España.

Finalizada la guerra, la represión franquista no se ejerció ni exclusiva ni particularmente en Cataluña, como la mitología actual propugna; se ejerció en toda España. Los partidos políticos, las organizaciones obreras revolucionarias y también los nacionalistas (aunque no las clases medias altas ni las elites locales) fueron desmantelados y perseguidos.

Las únicas fuerzas organizadas que mantuvieron una actividad de guerrillas antifranquistas fueron la CNT y el PCE al que se vinculó el PSUC, mientras tanto, los nacionalistas se dedicaban a crear gobiernos fantasmas en el exilio carentes incluso de valor simbólico; la CNT sufrió la represión más dura y resultó prácticamente desbaratada.

Con el inicio de la liberalización del régimen, en la década 1950-1960, empieza tímidamente el resurgir de la oposición al franquismo, mediante numerosas organizaciones en toda España, en especial en Madrid. La oposición en Cataluña fue considerablemente menor, y estuvo liderada por el PSUC que empezó a infiltrar elementos en los sindicatos oficiales y en la universidad. El PSUC, que ya empezaba a deslizarse hacia tesis nacionalistas, dada su composición social, para convertirse en un partido de masas trató de atraerse a los trabajadores, la gran mayoría procedentes de otras regiones de España, y para evitar la escisión étnica impulsó la asimilación cultural, lo que se saldó con un rotundo fracaso. Donde, naturalmente, obtuvo mejores resultados fue en la universidad y entre la minoría obrera catalana; sus bases sociales progresivamente iban siendo las mismas que las del nacionalismo que lo iba impregnando.

Los hijos de las familias catalanas influyentes (la antigua burguesía, ahora clases altas y clases medias altas) se iban situando en partidos simbólicos pretendidamente "socialistas" moderados, pero en realidad su prioridad era el elemento nacionalista (p.ej. Pascual Maragall, M.Roca, en el FOC), todos esos grupúsculos muy de vez en cuando protagonizaban alguna pequeña algarada, sin consecuencias (y que no era severamente reprimida porque, en realidad, pertenecían a los mismos clanes económicamente favorecidos por el régimen) ni la menor repercusión social.

Por su parte, la Iglesia, que en Cataluña siempre estuvo inclinada hacia el nacionalismo, ahora, escarmentada por la guerra, adoptó posturas aparentemente "progresistas", llegando a aceptar el marxismo (los "nuevos curas"), aunque, si se revisan sus documentos y homilías, su verdadero contenido fue, y es, puramente nacionalismo radical, siendo su polo la abadía de Montserrat, convertido en mito nacional, y símbolo de todo lo que se quiera. Y exactamente lo mismo ocurrió con todas las pequeñas asociaciones de origen católico y "preocupación social" inspiradas por la actitud aperturista de la Iglesia Católica, que rápidamente se escindieron o derivaron hacia el mero nacionalismo (el caso de la misteriosa "CC" fundada en 1954, donde se encontraba Jordi Pujol, es un ejemplo típico).

También hay que consignar la aparición de grupúsculos terroristas, procedentes de antiguas organizaciones anteriores a la guerra, que en repetidas ocasiones se agruparon y escindieron, pero sin lograr formar ninguna organización importante. Sus acciones, más numerosas de lo que se cree, fueron no obstante poco efectivas y jamás lograron ningún apoyo social. Se disolvieron en 1977. Hacia 1980 apareció Terra Lliure, con vocación terrorista a imitación de ETA, pero sin lograr ningún resultado positivo.

Por el momento la acción terrorista no figura en la estrategia nacionalista de un modo directo, aunque sí como posibilidad activable en cualquier ocasión. Actualmente su actividad principal es rastrear e introducirse en todo tipo de movilizaciones de protesta, de tipo ecologista, "movimiento" okupa, etc., a los que va dando un cierto "aire de familia" pues siempre, asociados a esos grupos, aparecen elementos nacionalistas en sí mismos extraños a las reivindicaciones aparentes. De ese modo se van colonizando esos nuevos ámbitos aplicando la vieja táctica nacionalista, y aunque sea forzadamente se logra asociar el nacionalismo con cualquier tipo de reivindicación que finalmente es recubierta por él y por sus símbolos.

Hacia 1970 el régimen, cada vez mejor relacionado internacionalmente, se iba liberalizando y democratizando aunque muy lentamente; se empezaron a admitir las asociaciones políticas (no los partidos) y los "intelectuales" (en general clases medias bajas instruidas) pudieron hacer muchos "manifiestos", con poco peligro, y sin ninguna repercusión en la calle.

Se ha exagerado mucho la acción erosiva de las organizaciones políticas antifranquistas, cuando solamente tuvieron alguna repercusión en la universidad; el régimen franquista no cedió nada a causa de esas presiones, a la muerte de Franco se desplomó por sí sólo. No existió ninguna movilización de masas como se afirma actualmente en los libros (p.ej. J. D. Medrano "Naciones divididas", págs. 207, 208).

Precisamente, dada la incapacidad y escasa relevancia de todos los movimientos antifranquistas, hacia 1970, se inicia una decidida colaboración entre casi todos los grupos, las diferencias ideológicas serían dejadas de lado para incidir fuertemente en el antifranquismo y la cultura catalana (finalmente eso es lo único que quedó).

Como consecuencia de la clandestinidad y de la colaboración con los nacionalistas, y también la entonces vigente disciplina soviética y la ortodoxia stalinista, permitió a los grupos de izquierda, sin pecar, deslizarse hacia el nacionalismo (aunque la "praxis" de Stalin, debería haber producido resultados opuestos), y finalmente ser devorados por él. No queda en esos grupos nada de "izquierda" salvo la retórica. El resultado no es sorprendente si se tiene en cuenta el origen social de sus militantes y de sus líderes, son todos hijos de las clases medias (estudiantes) y de las clases medias altas (sus dirigentes), con escasa o nula implantación en el mundo obrero y laboral.

La oposición al franquismo, en Cataluña, no puede considerarse como una movilización de masas, sinó lo contrario, como un movimiento-secta, expresión exclusiva de la radicalidad de las clases medias bajas, que se hizo más evidente cuando, alcanzada la bonanza económica a partir de 1960, empezaron las crisis, en espacial la del petróleo en 1973, con la, más que real amenaza, a esas clases, de descenso social. Para los intelectuales, procedentes de esos medios, y profesionales educados en la universidad, su nivel de instrucción les impulsaba a valorarse en más, cuando la realidad del mundo industrial y la sociedad emergente, les negaba el ascenso social y relativizaba, desvalorizando, sus méritos académicos.

En éstos 40 años, el crecimiento económico, y la política paternalista del régimen, permitió la elevación del nivel de vida de los trabajadores, y el ascenso social de bastantes de ellos, lo que además de desmovilizar a la población, supuso una nueva amenaza, competencial y social, para las clases medias bajas tradicionales, que han recurrido a "su" cultura y a "su" lengua como a baluartes para atrincherarse y defender su preeminencia económica y social. El control y el poder son los resortes para subordinar a los demás, bien sea negándoles (mediante la asimilación o la limpieza cultural) o ignorándoles (mediante su silenciamiento social, cultural y electoral), a éstas finalidades está dirigido el totalitarismo nacionalista que ha ocupado absolutamente todos los ámbitos (culturales, deportivos, profesionales, servicios públicos, medios de comunicación y sobre todo la enseñanza, el feudo más férreo del nacionalismo catalán).

Con la democracia, encontramos en Cataluña una gran variedad de siglas de partidos pero una ideología única: el nacionalismo, la única posible y la única correcta. La disparidad de partidos es sólo aparente y forma parte del teatro necesario para mantener la apariencia de democracia. El nivel de afiliación a los partidos y sindicatos (también nacionalistas) es bajísimo.

El Estatuto de Autonomía, que concedía una amplia gama de poderes a las instituciones locales, fue aprobado con toda facilidad, pero ninguna concesión fue suficiente, las exigencias nacionalistas elevan sin cesar el nivel de reclamaciones. El partido en el poder (PSOE) les concedió el control total de la educación, a partir de ese momento el proceso avanzó rápidamente, la "limpieza cultural" (p.ej. inicialmente se reivindicó el bilingüismo, conseguido éste, se está consumando, por la fuerza, el monolingüismo en catalán aunque la realidad social es que más del 60% de la población son hispanohablantes), y la eliminación en la región de toda traza y toda presencia del Estado han profundizado intensamente.

Los medios de comunicación (especialmente los internacionales: CNN, etc.,) han adoptado el lenguaje de los nacionalistas, y así, se refieren a "los catalanes" como sinónimo de nacionalistas e independentistas (asignando al todo las propiedades de una parte, y no la mayor), y esa es una imagen muy distorsionada de la realidad. El apoyo electoral del nacionalismo, debe ser matizado.

Las elecciones locales se desarrollan sistemáticamente con una abstención que oscila entre el 40% y el 60%, donde la mayoría la obtienen los nacionalistas, mientras que en las elecciones nacionales solamente hay entre un 15% y un 20% de abstención, y la mayoría la obtienen los partidos de ámbito español; éste resultado es indicativo de que hay aproximadamente un 30% o 40% de población silenciosa, que no se ve representada en las elecciones locales y se abstiene. Esta "bolsa" de abstención ha sido perfectamente identificada en las zonas obreras y barrios de las clases bajas (verdaderos guetos) donde jamás ningún partido nacionalista realiza campañas, ni se acerca, pese a sus denominaciones "obreras", "socialistas" etc., . La clase obrera, que según los estudios sociológicos, puede alcanzar entre el 46% y el 55% de la población total, es completamente ajena al nacionalismo. Así pues el voto nacionalista representa como máximo entre el 20% y el 30% de la población total; el voto del único partido (ERC) que se declara abiertamente independentista (los otros también lo son, pero evitan definirse claramente, en especial frente a las elecciones) es invariablemente del 6% al 7%, es decir entre el 4.2% y el 2.4% de la población total.

Pero esta debilidad electoral no es un indicativo de su fuerza efectiva, mucho mayor que su fuerza electoral. El nacionalismo controla completamente el poder político local, las cúpulas de los partidos (no las exigüas bases), las clases medias bajas y altas, parte de las elites económicas de las clases altas, y sobre todo la Iglesia. La Iglesia, carente de todo ecumenismo y catolicismo, en su voluntaria vinculación al nacionalismo contiene la misma xenofobia, desprecio y odio al "otro" como las recientes proclamas de Marta Ferrusola (ferviente católica, esposa de Jordi Pujol presidente de la Generalitat) a la que no ha censurado, quien, desde fuera de las instituciones dicta las consignas que el poder oficial no puede formular sin perder su máscara democrática.

Las denominaciones izquierdistas o progresistas no deben engañarnos. Los nacionalistas jamás han hablado "en nombre de" los trabajadores, sinó "sobre los" trabajadores. En realidad el nacionalismo habla "a sus" bases, exhibiendo un cierto paternalismo, ficticio o no, hacia los trabajadores, pero no es su portavoz, entre ambas clases sociales hay un abismo abierto por la suma de una cierta diferencia económica más el etnicismo, dando lugar a mundos incomunicables.

Los rasgos del nacionalismo catalán actualmente son:

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EL NACIONALISMO VASCO

Puede situarse el origen de los movimientos que desembocan en el nacionalismo hacia 1876, en que fueron suprimidos los Fueros (por los que los vascos no participaban en el servicio militar, ni pagaban impuestos) y las Juntas Generales (instituciones de gobierno locales). Los Conciertos Económicos de 1882, en sustitución de los Fueros, les reportaron las mismas ventajas, y las Juntas Generales, órganos no democráticos en manos de los terratenientes, fueron sustituidas por las Diputaciones Provinciales, democráticamente elegidas por sufragio directo, pero subordinadas al Gobierno Central. Estos cambios no fueron aceptados, especialmente por las antiguas elites dirigentes que claramente perdieron poder frente a las nuevas elites industriales y frente al liberalismo urbano creciente.

La movilización contra la supresión de los fueros fue promovida por los miembros tradicionalistas del Antiguo Régimen, pero no por las nuevas elites emergentes del industrialismo. La movilización cultural, a caballo del carlismo, fue el instrumento para hacer la protesta extensiva a las masas populares rurales y pequeños comerciantes atemorizados por la aparición del proletariado industrial y con él el socialismo. En ese contexto surgen algunas asociaciones de carácter cultural-político, capitaneadas por grandes terratenientes, pero con nulo éxito electoral.

El flujo de trabajadores procedentes de otras regiones de España, ajenos a las viejas jerarquías tradicionales, era visto como una amenaza por las pequeñas clases medias que no habían logrado el ascenso económico y social en esas primeras fases de desarrollo capitalista y en consecuencia, se deslizaban socialmente hacia el nivel de los trabajadores foráneos.

Electoralmente el apoyo al tradicionalismo sólo era importante en Vascongadas, no en el resto de España; consecuentemente su influencia en la política nacional fue nula. Tras los desastres electorales, Sabino Arana, carlista, se convirtió en 1882 al nacionalismo, creando una asociación nacionalista cuya azarosa existencia desembocó en 1897 en el embrión del Partido Nacionalista Vasco (PNV); previamente, él y su hermano, habían establecido todo el ideario ultrarreaccionario, ultrarracista y ultraxenófobo del nacionalismo vasco e inventado la simbología completa: el nombre, "Euskadi", la bandera, el himno e incluso la lengua (estandarizada). La base social del PNV, fue desde el principio la clase media baja, aunque incluía elementos de la elite económica, como consecuencia de la fusión del grupo aranista con las asociaciones culturales de la burguesía rural. Ambas facciones se unieron, más que por afinidad, porque ninguna era capaz de alcanzar un apoyo significativo.

Para Arana, la independencia era una cruzada para la salvación genética y religiosa de la raza vasca, lo que requería el aislamiento total, en particular de los españoles. No se trataba de la protección de los trabajadores vascos frente a la competencia de los foráneos, porque en la ideología nacionalista y en los programas del PNV, la defensa de los intereses de los trabajadores (vascos por supuesto) ocupa un lugar puramente testimonial. A parte de todos sus fundamentalismos, el PNV basa su derecho secesionista en la existencia histórica de un anterior estado vasco ancestral, lo que es absolutamente falso.

Si bien hasta 1920, no tenía ningún éxito, su apoyo iba lentamente en aumento, fundamentalmente gracias a la acción de las Juventudes que trataban de captar a los trabajadores vascos, añadiendo a su discurso la retahila crítica del capitalismo explotador. El mejor resultado electoral lo obtuvo en 1936 (justo antes de empezar la Guerra Civil), con el 35% de los votos emitidos, lo que significa sólo el 27% de la población vascongada, con la excepción de la provincia de Álava, donde apenas tuvieron votos (la provincia de Álava, jamás fue nacionalista, y actualmente tampoco lo es).

En 1931, el PNV estableció un Estatuto de Autonomía (como paso previo a la independencia), el procedimiento no democrático que siguió, motivó que las Cortes lo rechazaran. Este Estatuto incluía en el "País Vasco" a Navarra, sin consulta a la misma, e incluso contra su propia voluntad (este aspecto tuvo que ser retirado posteriormente, pero sigue siendo recurrente), y un notable (e inadmisible) recorte de los derechos de los inmigrantes; tanto éste como sus variantes sucesivas fueron sistemáticamente rechazados tanto por Álava como por Navarra.

Con motivo de la Guerra Civil (1936-39), el PNV quedó del lado de la República, aunque tenía mucho más en común con el bando insurgente militar (salvo el centralismo): mismos valores morales, mismo fundamentalismo religioso y mismos principios sociales y económicos. El nacionalismo vasco apenas opuso la menor resistencia al avance franquista, no colaboró en nada a la causa de la República, y en menos de un año estaba ocupado por los sublevados. La campaña en Vascongadas no fue particularmente cruenta y hay que observar que el mítico episodio de "Guernica" tan explotado por los nacionalistas, es muy controvertido y tiene muchos aspectos extraños que la política actual no osa remover dada la actual actitud de apaciguamiento y miedo al nacionalismo.

Posteriormente, las movilizaciones contra el franquismo estuvieron también a cargo de CNT y de UGT, mientras en el exilio se reconstruía un decorativo gobierno vasco. Hacia 1953 se inició la captación de jóvenes para el movimiento nacionalista, preferentemente en la universidad, y entre grupos folclóricos.

De éstos grupúsculos se escindió en 1959 ETA, de corte fascista (nacionalista, pretendidamente socialista y militarista); en su ideario el concepto de raza (ahora ya desprestigiado) es sustituido por lengua y cultura cuyas defensas eran esenciales. Para ETA los inmigrantes eran una grave amenaza porque hacían peligrar, y destruían, estos dos elementos que constituían la identidad. Pese a los amagos de renovación del lenguaje, lo único importante era la "revolución" nacionalista y la independencia, siendo irrelevante la liberación social o cualquier otra consideración. Sus concepciones sociales, eran y siguen siendo elementales, todo queda reducido y resuelto gracias al mito sobre el carácter igualitario (imaginado) de la sociedad tradicional vasca.

Las bases sociales de ETA, con pocas fluctuaciones, la constituyen muy mayoritariamente elementos de la clase media baja, e incluso algunos de la clase media alta y escasamente trabajadores. Con el fin de lograr captar a estos últimos han tratado de mantener un cierto equilibrio entre sus llamamientos nacionalistas y socialistas, pero sin éxito, finalmente su único eje es el nacionalismo radical, sin más.

La estrategia de ETA se inspira en los movimientos revolucionarios del tercer mundo: la teoría de la "acción/represión" (acción terrorista-represión del Estado), con la idea de hacer visible, y odiosa, la represión del Estado y forzar una insurrección popular, la repetición constante de esa estrategia debía hacer parecer mayor la opresión española. Los resultados han sido completamente fallidos, aunque efectivamente en los últimos tiempos del franquismo (cuando se puso en práctica la acción terrorista) el Estado reaccionó según lo previsto, pero la llegada de la democracia deslegitimó el terrorismo.

Queda claro que el terrorismo de ETA, que suele suscribirse como antifranquismo, no lo es; el terrorismo de ETA es terrorismo nacionalista exclusivamente, prueba de ello es que el mayor número de asesinatos (casi 1000) lo han perpetrado tras la muerte de Franco, en plena democracia, y con un Estatuto de Autonomía con muchas más competencias que en cualquier momento histórico anterior, y prácticamente, que cualquier región o estado federal del mundo.

Complementan esta estrategia la creación de brazos políticos (HB, y KAS), "legales", así como asociaciones pretendidamente civiles o culturales (como Gestoras pro Amnistía), que establecen la continuidad entre la acción terrorista/asesina profesionalizada, y los correspondientes niveles de: apoyo ciudadano, captación, indoctrinamiento, preparación y entreno en el terrorismo callejero (llamado terrorismo de baja intensidad) antes del ingreso en el nivel profesional.

Tras la muerte de Franco (1975) reaparece el PNV, y en su seno se hallan las mismas dos tendencias originarias a causa de la procedencia social de sus miembros (clases medias bajas vs clases medias altas y clases altas); la disparidad que esto conlleva no solamente produce tensiones en su seno sino que ha provocado escisiones, y luchas por el control del partido.

Además de sus luchas internas, el PNV debe enfrentarse exteriormente con la competencia de ETA por el control del nacionalismo; pese a que el PNV (y demás instituciones vascas) jamás condenan las acciones criminales etarras, o las encubren, o se insertan en la colaboración social, la pugna entre ambos sectores es grande. Ambos comparten "fines" y de hecho también "medios", pero a ETA no le satisface ser simplemente el "brazo ejecutor", es decir, el mamporrero que hace solamente el trabajo sucio en beneficio de los señoritos del PNV, muy elegantes y presentables, y cuyos intereses son visiblemente los de las oligarquías económicas vascas.

Los rasgos del nacionalismo vasco actual son:

El carácter extremo del nacionalismo vasco ha dado lugar a un clima social particular en esa región. La enorme cantidad de asesinatos (casi semanales) y de agresiones (diarias), de amenazas y persecuciones ha logrado extender en toda la población el miedo y el silencio.

El miedo y el silencio han evolucionado hacia el "miedo-colaboración", en las formas de: justificación, indiferencia y colaboración directa o indirecta; el resultado inmediato es la "ocultación" y "negación" de las víctimas (muy especialmente, y escandalosamente, por la Iglesia vasca). Ese no-reconocimiento del crimen y la aceptación de la bestialidad de la violencia y el chantaje, ha producido en la sociedad vasca la enfermedad moral del envilecimiento y permite en sus dirigentes "democráticos" el cinismo como discurso, que lleva a la perversión del lenguaje y reproduce un cuadro similar al de la sociedad alemana en 1932-1945 bajo el nacionalismo.

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CONCLUSIÓN Y PERSPECTIVAS

La lucha nacionalista y la lucha de clases son incompatibles.

El nacionalismo ha sido principalmente una táctica para contener el auge de la clase obrera, y el cambio social, en el seno de la sociedad que se moderniza por el empuje de la industrialización, manteniendo como valladar su antiguo carácter rural.

Ya en plena democracia, la reacción de la sociedad española contra la violencia, ha deslegitimado su uso; pero el apoyo que recibe de una parte pequeña de la sociedad vasca, y la pasividad enfermiza de una parte mayor, justifica su continuación e incluso el incremento, confirmándola como un medio adecuado para la obtención de fines políticos.

El escaso apoyo electoral (y de miltancia) que recibe el independentismo, tanto en Cataluña como en Vascongadas, se debe a que ambas regiones han formado parte de España desde por lo menos hace 500 años (sin tener en cuenta la historia anterior), y a la dependencia comercial de ambas regiones con el resto.

En ninguna de las dos regiones, los partidos nacionalistas han logrado la hegemonía (aunque sí el poder total, lo que les permite actuar hegemónicamente), y ello es debido a que la mayor parte de la población se identifica con España; sólo una minoría exigua dice sentirse exclusivamente catalán o vasco, pero debido a la intensa indoctrinación en las escuelas, estos sentimientos se incrementarán en los próximos años.

El independentismo no es percibido como ventajoso económicamente, por el momento, pero el proceso de integración europea podría hacer disminuir, para esas regiones, la dependencia de España si lograran consolidarse en el mercado internacional, en cuyo caso crecería el independentismo, con la acentuación de las aspiraciones políticas de las elites económicas y de los intelectuales locales. Simultáneamente hay que tener presente que esas regiones no son homogéneas, pese a la pretensión de la ideología nacionalista, y en ellas se dan antagonismos de clase. La mejor estrategia para las clases bajas es lograr alianzas en el ámbito estatal, frente a las que las clases medias no pueden oponer lo mismo, por lo que para ellas la mejor opción es la separación.

Consecuentemente, no parece posible que puedan alcanzar sus objetivos por medios democráticos, sólo una catástrofe económica o el hundimiento del Estado, podría allanarles el camino. El problema que se plantea a los nacionalistas es pues, cómo, manteniendo la apariencia democrática pueden neutralizar o inhibir a la mayor parte de la población, y por otra parte, trabajar para erosionar a las instituciones del Estado, utilizando el poder económico y político locales.

La descentralización profunda del Estado, necesaria para apaciguar las tensiones nacionalistas durante la transición a la democracia, la debilidad crónica del Estado, y el acomplejamiento debido a que la "transición" no fue violenta (e iniciada desde dentro del franquismo) ha conducido al Estado de las Autonomías. No ha aportado mayor eficacia administrativa, ni menor gasto, sino lo contrario, y ni tan sólo ha aplacado a los nacionalistas. Tampoco ha supuesto un mayor crecimiento de las regiones, y en cambio ha logrado debilitar grandemente el sentido del conjunto y de la unidad estatal a la par que se han intensificado las identificaciones locales, con lo que el nacionalismo ha ido en aumento y no es descartable la desmembración del Estado.

Debemos añadir que en refuerzo del nacionalismo y el separatismo opera la nueva economía (inadecuadamente llamada "globalización"); para las grandes corporaciones, los Estados actuales son todavía grandes obstáculos. Su poder económico es mayor que el de las grandes empresas, y el poder político que se deriva de su dimensión, es insoslayable. La fragmentación de los estados en unidades menores, económicamente insignificantes y con un poder político internacional simbólico, es una estrategia adecuada a sus necesidades de operación sin trabas; a esta estrategia apunta la acción encubierta de dos estados: USA y Alemania, que son la sede material de los grandes conglomerados económicos que dan forma a la nueva economía en una escala mundial sin precedentes.

Los llamados "movimientos anti globalización", y los nacionalismos (con su falsa retórica de la "diversidad") son realmente sus mejores aliados.

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BIBLIOGRAFÍA

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