Indice:
La realidad del nacionalismo
Los efectos del nacionalismo.
La verdadera esencia del "sistema" nacionalista.

LA REALIDAD DEL NACIONALISMO

Al inicio de la era industrial, y de la modernidad, con todos los cambios, innovación y progreso, que se produjeron y que se auguraban, tanto desde la derecha como desde la izquierda, se predicaba un futuro internacionalista; lo que en realidad vino, y hoy revive con fuerza, fue el nacionalismo.

Si Mazzini imaginaba el nacionalismo como un programa integrador de grupos en una gran nación, creando amplias solidaridades, se equivocó por completo. El nacionalismo resultó ser, por el contrario, el dislocador de grandes unidades ya constituidas y un elemento profundamente disgregador. En lugar de las amplias solidaridades anunciadas produce agresividad, recelo, desconfianza y enemistad entre vecinos.

Las exaltaciones localistas nunca han estado, ni están, disociadas de los intereses de "dinastías" económicas sin escrúpulos, de clérigos intolerantes y de fanáticos raciales y populistas que han transmutado todo conflicto en la expresión del enemigo étnico. La solidaridad se ha pervertido en solidaridad étnica.

El nacionalismo no es lo que dice ser, ni aquello que le gustaría ser. No salva ni recupera culturas que de otro modo se perderían ya que frecuentemente no suelen ser más que invenciones suyas (lo que es constatable con base en datos objetivos) o mistificaciones tales que nada tienen que ver con las supuestas tradiciones originarias.

El nacionalismo es una cosa pero aparenta otra, pretende no ser una ideología, una opción política que obedece a unos fines concretos. Aparenta ser una naturalidad, una naturaleza, una forma específica de ser,  dada por la historia, la lengua, el paisaje y los antepasados (los muertos) aunque todo esto no sea más que un montaje, un teatro que enmascara la realidad: la expresión y la revancha de la ambición frustrada de las oligarquías económicas locales que pretenden el control absoluto tanto de los recursos como del desarrollo económico.

A la vez se da la contradictoria relación de "colaboración/confrontación" de esas oligarquías con las clases medias emergentes que en su ascenso económico se sobrevaloran y aspiran al poder político total, hay que añadir, a éste complejo, los estratos bajos de esas clases medias, éstos, amenazados de descenso social, encuentran refugio en la doctrina étnica que les asegura un estatus de prestigio social y público en el sistema de jerarquización cultural que el nacionalismo impone.

No hay que considerar que el nacionalismo es una irrealidad en sí mismo, su existencia se debe a condiciones sociales muy precisas que se dan en nuestro tiempo y en nuestra sociedad.

El nacionalismo politiza una cultura (real o inventada, poco importa) para poderla utilizar como instrumento movilizador. No obstante tal movilización no puede producirse salvo que se de la coincidencia de la existencia simultánea de una "brecha" o "discontinuidad" cultural superpuesta a una "brecha" o "discontinuidad" económica en el seno de una sociedad, además, hace falta también, que esas porciones de población delimitadas por dichas "fronteras" sociales se asienten sobre un territorio más o menos compacto y más o menos definido (después ya se le buscará la justificación histórica). Solamente en esas condiciones puede producirse el nacionalismo.

Si realmente se tratara de sus coartadas puramente "culturales" y de "pluralidad" y "diversidad", el número de nacionalismos existentes en el mundo sería de varios millares, pero vemos claramente que no es así, y ello no es debido a que hay culturas que aún están "dormidas", sino a que las verdaderas motivaciones y causas, como queda dicho, no tienen nada que ver ni con la "cultura" ni con la "lengua" sino con lo que es real: el juego de los intereses políticos y la lucha por el poder.

Resulta claro que la cultura, en si misma, no es el objetivo real de los nacionalistas; solo les importa porque permite:

El nacionalismo crea las naciones y no al revés, como podría parecer, basándose a veces en herencias culturales e históricas procedentes de etapas previas donde tal concepto carecía de todo sentido. En ocasiones toma culturas preexistentes y las convierte en "naciones", y en otras ocasiones las inventa.

El proceso se inicia entre los s. XIX y XX, cuando el Romanticismo, movimiento de intelectuales (profesores, periodistas) y folcloristas, se dedica a hacer ver que desentierra viejas tradiciones para delimitar y definir el verdadero "genio" de la raza. Obviamente se entregaron a una monumental tarea de mistificación, dada la intensidad de mezclas de todo tipo que se habían producido con los milenios, y por consiguiente la clamorosa falta de originalidad de los hechos culturales en que pretendían basar su singularidad y unicidad. Su labor, por lo tanto, no fue de arqueología sino de "construcción" con arreglo al prototipo ideal (sin duda sublime y heroico) que habían predefinido en su mente. Esta actitud es característica del Romanticismo, y es el origen del concepto actual de nacionalismo que directamente desemboca en el fascismo y en el nazismo.

Una exaltación y autoadoración de este tipo encaja perfectamente bien con los intereses de los grupos sociales antes mencionados. Para éstos, el nacionalismo como sacralización de sus singularidades y caracteres, constituye la coartada perfecta. A partir de aquí la doctrina nacionalista se irá fortificando y aglutinando alrededor del mito.

De este modo, las relaciones, los verdaderos intereses, que en su origen están basados en hechos y transformaciones económicas (ciertamente cada vez más complejas y difíciles de ver e interpretar por el ciudadano común no específicamente instruido), queda escamoteado y oculto tras la doctrina nacionalista.

Además, no debemos omitir que el nacionalismo no es un campo homogéneo en sí mismo. Simultáneamente ha de mirar al pasado, donde funda el mito, y al futuro, donde están los intereses de las clases a quienes realmente sirve, así hallamos en su seno tendencias "tradicionalistas" y tendencias "modernizadoras" en lucha por alcanzar el control del movimiento y el poder dentro de él. Ambas corrientes ocasionalmente bastante opuestas, contradictorias y generadoras de tensiones, son necesarias; sin los "tradicionalistas" no hay mito ni construcción nacional, y por otra parte, los "modernizadores", necesarios para la exaltación y predominancia de la nación, constituyen el verdadero núcleo de intereses económicos, si bien resultan incómodos porque, a la vez, conllevan la destruccción de la sociedad tradicional, de donde se extrae la "identidad".

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Los efectos del nacionalismo.

  1. Políticos:Suplanta el ejercicio de la igualdad individual en la representación política (la soberanía popular) en favor de privilegios basados en la etnicidad.
  2. Actúa como mecanismo disgregador; la entrega del poder a unidades étnico-territoriales las convierte en baluartes de discriminación para las "minorías" que inevitablemente contienen.

    Conduce a copar el poder total en un territorio por la mayoría étnica local aunque esa "mayoría" no sea realmente el mayor número de habitantes con un mismo rasgo cultural, sinó quienes detentan el poder económico, es decir: las oligarquías locales y las clases medias, que se significan, adoptando o acentuando, los rasgos culturales distintivos que les permiten invocar el "diferencialismo" como hecho relevante.

    Esta estrategia constituye el fondo de la cuestión cuando, en competencia con otras oligarquías y poderes dentro del Estado, no logran el control total, o la hegemonía, para hacer prevalecer sus intereses exclusivos incluso en detrimento del conjunto.

    La adopción de la doctrina nacionalista de: una etnia (una cultura)-un Estado (la homogeneidad étnicocultural como única base legítima del estado), es solamente una conveniencia de oportunidad de las clases locales dominantes.

    La incompatibilidad con el fenómeno nacionalista es total: no hay ningún punto o posiblidad de equilibrio entre los planteamientos y exigencias de los nacionalistas y los demás.

  3. Sociales: Crea una jerarquización etnocultural de los estratos sociales; preservar la identidad implica y exige excluir la diferencia. El desarrollo de múltiples teorías alrededor del "multiculturalismo" no es más que una máscara que encubre ese hecho básico cuya mención abierta sería incompatible con una apariencia democrática.
  4. El actor social ya no es el individuo que enfrentado (sometido) a las instancias colectivas queda totalmente reducido y anulado.

    La actual campaña propagandística de descrédito del racionalismo y de la Ilustración, y por otra parte el fracaso rotundo del socialismo, son los signos bajo los cuales reaparece el irracionalismo en la sociedad: religiones, orientalismos, magias, integrismos, fundamentalismos, racismos (ahora denominados "diferencialismos"), xenofobias todo ello como reacción contra la modernidad, y este es el caldo de cultivo del nacionalismo que emerge con una gran fuerza.

    La "identidad nacional" es un fetiche y una imposición cuya finalidad es el control social, el más eficiente que pueda imaginarse. No basta con estar y habitar un territorio dado, hay que asimiliarse, identificarse y hacer de cada acto cotidiano una afirmación, esto es convertir la vida en militancia.

  5. Culturales: La cultura tiene únicamente un valor instrumental en cuanto que permite la segregación y aislamiento de los grupos culturales.

Su utilización propagandística, como signo y como símbolo, logra impedir la viabilidad de cualquier fórmula de organización que permita la convivencia y ni tan solo la coexistencia de realidades culturales diversas dentro de un mismo ámbito político (circunstancia que amenazaría con relativizar las "diferencias" tan supuestamente esenciales), para lo cual se la reviste de etnicidad.

La "limpieza étnica" y la "limpieza cultural" son procesos inevitables a esta etnicización puesto que no hay territorios exclusivos que contengan étnias puras, y por lo tanto se produce la redefinición de nuevas "minorías" (en general verdaderas mayorías "minorizadas" culturalmente, es decir subalternizadas). Esta situación es muy incómoda para las tesis nacionalistas y para su apariencia pública, por lo cual debe ser resuelta, y la única manera consiste en la homogeneización mediante la aplicación de los procesos indicados llevados a cabo de una forma más o menos "imperceptible"; van desde la imposición de pautas culturales (particularmente la lengua que es un factor convertido en primordial por su capacidad discriminatoria), la Escuela pública que realiza misiones de indoctrinación ("lavado de cerebro"), la minusvaloración social, la falta de reconocimiento público, la presión social en todos los ámbitos, acciones que conducen todas ellas al silencio y a la invisibilidad del "distinto" o del "disidente" y también al "desplazamiento" voluntario. Progresivamente, según el contexto, todas estas tácticas de exclusión aumentan de gravedad cuando pasan a adoptar formas más directas: el "desprecio", las amenazas, e incluso el asesinato (en España), como medios disuasorios de todo intento político de resistencia y preámbulo de la expulsión física (en la ex Yugoeslavia, en Lituania, Estonia, Rep.Checa, etc,)

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La verdadera esencia del "sistema" nacionalista.

Hemos repetido que el nacionalismo es una ideología, y efectivamente, lo es, al menos para quienes han sido capturados por él y profesan y viven intensamente el dogma. Pero, en sí mismo, lo que realmente es, es un aparato completo de propaganda total. Esta firmación no se basa en el hecho de que el régimen nacionalista alemán ("los nazis"), hicieran un extraordinario uso de la propaganda y se revelaran como grandes maestros de la misma, más bien esa circunstancia (mantenida durante el largo camino que hubieron de recorrer hasta alcanzar el poder) evidencia la afirmación. Veámoslo.

Entre las explicaciones que se dan para entender porqué el nacionalismo sigue vigente hoy en dia, y el lugar que ocupa en las sociedades actuales, se hace referencia a las formas características que adopta la sociedad actual: urbana, posmoderna, vanal, consumista, escapista, hedonista, egoísta, insolidaria ... y un largo etcétera. Todas esas características podemos aceptarlas en primera aproximación, aunque algunas de ellas son discutibles. Se trata de una visión completamente negativa; nada se salva y no hay salvación.

Pero no debemos olvidar que muchos de esos rasgos, en mayor o menor grado, efectivamente, los podemos observar, y en consecuencia, esas afirmaciones son comúnmente aceptadas.

Tal sociedad, la nuestra, se dice que genera un feroz individualismo (algo de eso hay) y en consecuencia el individuo se halla perdido entre la muchedumbre; "sólo entre la multitud" o la "soledad de las multitudes" son expresiones corrientes utilizadas tanto literariamente como en sociología y expresan sensaciones reales que todos hemos sentido alguna vez.

Como consecuencia se da la profunda soledad del individuo, física y emocional, (no vamos ahora a entrar en el verdadero tema de la "esencial soledad del individuo", aquí la cosa es mucho más trivial), perdido en el marasmo de la urbe, "perdidas sus referencias", desorientado, herido por la frialdad de las relaciones humanas, si las hay, acosado por las exigencias de un trabajo impersonal, por la precariedad económica, por las complejidades administrativas ... si no cae en la histeria o en la depresión y el suicidio, sí que está abocado, por la propia dinámica de la sociedad industrial moderna, a la pérdida de sus "valores", a la deshumanización y a la "anomia" (estado de "disolución" interior del individuo, conflicto contradictorio o desintegración de sus propios principios y comportamientos y extrañamiento de la realidad).

No hay duda de que el individuo, en ese entorno real, pero cuya profundidad desconocemos, es débil. La cerrazón en su propio individualismo le hace aún más vulnerable, aunque a él le parezca lo contrario.

Frente a este cuadro, el nacionalismo es "agua de mayo" pues vendría a restaurar viejas solidaridades (en realidad puro espejismo), aportaría el "calor" del reconocimiento mútuo ("nosotros", "los nuestros") y el acogimiento y cobijo dentro de la "comunidad nacional" (ahí va el dardo envenenado de la idea de "comunidad" refugio de mentiras y aberraciones), reconstruye el sistema de valores, naturalmente "propios" (no importa que sean pura baratija), da un sentido a la vida social, y sobre todo, le proporciona una "identidad", esto es, le dice de forma inequívoca "cual es su lugar en el mundo". Análogo papel desempeñan las religiones, las nuevas fes y, en cierto modo, también las "tribus urbanas": todos los sectarismos dan el mismo tipo de consuelo a los desorientados.

¿Realmente el nacionalismo reconstruye al individuo y le saca de la anomia?. Creeemos firmemente que no, y que, por el contrario, le conduce a una situación incluso peor: convierte al individuo en "masa" (individuo desclasado es decir extrañado de su clase social, extrañado del restante orden social por debilitación de todo vínculo incluido el familiar y extrañado de sí mismo).

Es evidente que el nacionalismo no es todopoderoso como para lograr directamente ese resultado.

El nacionalismo opera sobre el "material" que halla, cuyas características, desalentadoras pero reales, ya hemos señalado y ciertamente le facilitan el trabajo. Su acción alcanza a ese "hombre medio" (concepto de Ortega y Gasset) neutral, bastante indiferente a las cuestiones colectivas, sin opinión política, que se abstiene aparentando vivir al margen, e incluso por encima, y que en general ni se molesta en votar; este especímen es bastante abundante en las sociedades modernas, se da en todas las clases sociales, y constituye algo parecido a la "mayoría silenciosa", pero aún no es el "hombre-masa", pues a su alrededor aún queda sociedad y vínculos.

El instrumento es la cultura. La cultura es un medio que envuelve por completo a todos y a cada uno sin excepción. Todo "mensaje" vehiculado a través de ella (la manipulación) llega a todos, y es recibido como si fuera dirigido a cada uno en particular. Como la cultura nos envuelve completa y permanentemente, a través de ella, el nacionalismo nos accede por todos los caminos: tanto a través del consciente como a través del inconsciente, jugando con necesidades y voluntades, y asaltando tanto la vida pública como la privada.

El método es la creación y puesta en circulación del mito organizado que garantiza las ventajas antes apuntadas señalando no solo las causas de todos los males e insatisfacciones sino muy especialmente al "enemigo" culpable. El mito, además, ofrece un sistema completo de explicación del mundo e incentivos inmediatos para la acción. El mito controla por entero a la persona atrapada en él: da un conocimiento intuitivo y total con una unica interpretación que garantiza la estabilidad con la ocultación de contradicciones, y la exclusión de discusiones, divergencias y dudas.

Para gozar de esas ventajas el individuo renuncia a sí mismo; y muchos lo hacen (¿los más débiles?).

La individulidad es disuelta en el ser colectivo (el "pueblo" - el Volk -, la única clase que existe en la "nación" que incluye a todos y que representa "la fusión mística de todas las conciencias en una sola" como dice J.J.Sebreli); ese ser colectivo es la voluntad de un mismo espíritu que se manifiesta en múltiples capacidades, no hay lugar a envidias ni tensiones individuales pues todos los puestos sociales son esencialmente iguales, todos están igualmente al servicio de la nación, todos son igualmente necesarios y valiosos; por el contrario, el "individuo" resulta peligroso.

La liquidación como individuo le transforma en "hombre-masa".

La sociedad resulta convertida en una comunidad orgánica, una burda fantasía cuyo efecto es ocultar, debilitar y finalmente destruir, por vía de la negación, el sistema de clases sociales.

La sociedad real resulta de este modo debilitada y desmantelada; ahora el individuo "desindividualizado" sí que está solo, pero formando parte e inmerso en una "masa" de otros iguales; sigue soñando en su singularidad sin darse cuenta de su no-existencia, mientras, bajo la presión del grupo se reprimen los aspectos íntimos de la vida cotidiana y privada, los gustos, costumbres, ocio, las modas etc, que deben ajustarse a lo que es propio: la tradición. De una forma ladina se persigue la individualidad.

Una vez captado e incluido en la masa las defensas psíquicas individuales resultan debilitadas y es posible explotar o "crear" lo que se le dice que tiene en común con los demás: motivaciones, sentimientos y mitos.

Entonces resulta fácil difundir a través de la masa reacciones emocionales, y gracias a la presión del grupo excitar la impulsividad y el exceso. Los individuos "en la masa" son más receptivos y débiles, aunque se les haga creer fuertes: el hombre-masa es un subhombre aunque pretenda sentirse un superhombre. Se imagina fuerte y firme en sus convicciones pero en realidad es más sugestionable, influenciable e inestable. Cada uno se cree singular y bajo la mirada directa del líder pero es más anónimo que nunca. El nacionalismo aprovecha la estructura de la masa y al mismo tiempo las necesidades individuales de autoafirmación.

El proceso de aislamiento del individuo atomizado, con destrucción o debilitamiento de todos sus vínculos es distinto al que se sigue con los individuos previamente "organizados" (en partidos, sindicatos, etc.). Estos, en teoría, serían inasequibles, pues el marco de sus relaciones, personales, familiares y asociativas y las ideas compartidas, constituirían una barrera defensiva frente al asalto de los totalitarismos y mitos.

Previamente se requiere fragmentar las organizaciones políticas y sindicales por medios psicológicos, mediante la propaganda exterior, e infiltración ("entrismo") en su seno, copando los puestos clave (por todos los medios imaginables, incluyendo la eliminación física de los oponentes), vaciándolos de contenido y sustituyéndolo por nacionalismo. Los partidos políticos dejan de ser partidos "de intereses", y sus resíduos, para subsistir, se ideologizan, derivando a la condición de secta; los sindicatos son fragmentados, neutralizados y redirigidos como simples marcos de encuadramiento de las clases populares que aún permanezcan en ellos.

Otro tipo de asociaciones más inócuas (asociaciones culturales, deportivas, de vecinos, etc.) son anomizadas por el mismo método de la infiltración y creándoles dependencias materiales que son satisfechas previo pago del "peaje nacionalista": uso masivo de símbolos, colaboración en la difusión de los presupuestos nacionalistas, lengua, usos culturales, etc. Se da la paradoja de que dentro de los grupos, una vez controlados por el nacionalismo, el individuo es incluso más débil, solo queda el vínculo familiar quien a sí mismo es atacado, y llegado el caso debilitado, por medio de la propaganda externa, la presión y el aislamiento social. En los casos más extremos, gracias a la indoctrinación en la escuela, los propios hijos pueden actuar como agentes de presión y de denuncia.

El mito llega a ser tan poderoso que invade cada área de la conciencia y no deja ninguna facultad o motivación intacta; produce un sentimiento de exclusividad y una actitud sectaria. Una vez aceptado tiene tal fuerza que controla por entero a la persona haciéndola inmune a cualquier otra influencia, así se explica la actitud totalitaria que adoptan los individuos cuando el mito ha tenido éxito.

El engaño se ha convertido en consuelo.

El nacionalismo es la mayor de las evasiones, el mayor escapismo y la mayor irresponsabilidad personal en que se puede incurrir.

El nacionalismo es simplemente una máquina para la conquista del poder creando nuevas estructuras del mismo (en manos de los jerarcas y elites económicas locales), en su interior no están las "esencias", sino el reparto de privilegios, ventajas, prebendas y ordalías más allá del mero clientelismo político, se trata de una verdadera red de intereses y favores; frente al mundo exterior extorsiona a la población con la imposición de una nueva definición de la organización social (una nueva mentira): la "comunidad nacional". 

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