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¡No necesitamos “nacionalismo”!

Si el territorio español se forma como provincia del Imperio Romano, el Estado español se afirma con la unidad de 1492 y nuestra cultura se consolida en el siglo XVII, es en 1808, año del levantamiento contra el invasor napoleónico e inicio de la Revolución Española, llamada así con toda justicia, donde la voluntad de libertad, meta en la teoría y la acción de la cultura española, se encarna e inicia no sólo la Edad Moderna en España sino en toda Europa.

 

Tanto los liberales como los tradicionalistas del siglo XIX, los progresistas y conservadores posteriores, han desarrollado sus luchas alrededor de la defensa de esa palabra, indisolublemente unida al esfuerzo del pueblo por progresar en su vida.

Se terminaba de constituir al mismo tiempo la moderna nación española, marco histórico y muy antiguo de esas libertades. Ello no produjo, precisamente por venir de muy atrás, un nacionalismo. Los españoles no necesitamos de exaltaciones artificiales, como el nacionalismo, para pensarnos y sentirnos como tales. Nuestro sentimiento es no excluyente y no reivindica esencias étnicas o ideológicas. La mezcla fecunda de América lo demuestra. No existió hasta la llegada de la II República, continente de todos los extremismos, un partido patriótico o nacionalista, ya abiertamente de extrema-derecha.

La auténtica y única patria de los españoles era la libertad, encarnada en la misma Historia de España y en la de su pueblo, sus luchas y su cultura.

El desastre de 1898 culmina con un proceso de arribismo político por parte de todos los extremismos. Los intelectuales adoptan actitudes derrotistas y rupturistas que les llevan al radicalismo, primero progresista, después reaccionario, los dos muy similares.

La traición de estos intelectuales fue mucho más grave en el campo cultural: la negación de toda la cultura popular española por un europeismo esnobista y una posterior identificación de la tradición con la reacción ultraderechista, que utilizaría también el franquismo.

Es el viejo tópico de la excepcionalidad negativa de la Historia y la cultura españolas, común a unos y otros, que les servirá para justificar sus respectivos fracasos.

Todos los hechos políticos del siglo XX, hasta el final, hasta hoy mismo, son una reedición de esa crisis abierta por los intereses de unas minorías políticas y culturales: 1909, 1917, 1923, 1931...

Llegó hasta 1931, con la proclamación de la II República, la hora de los profetas y los mártires que acabó con el gran desastre del 36, se prolongó hasta el franquismo y continúa con la traición de la izquierda y la derecha a la misma libertad, cultura y existencia de España y del pueblo, en combinación con los nacionalismos disgregadores y saqueadores, renacidos en los años 1967-68 con la ayuda de los tradicionalistas franquistas para combatir a la influencia marxista.

Porque sin la idea de España, encarnada en su cultura tres veces milenaria, única en su singularidad, y en su antiquísimo idioma, la idea de libertad tampoco puede sobrevivir, sólo quedan las dictaduras de las pequeñas oligarquías y sus intereses insaciables.

Es un hecho que la cultura es un asidero para los avatares que sufre el hombre, una autodefinición de él y de la Historia. Cuando los Estados se forman progresivamente esto no supone ninguna alteración, pero cuando los intereses políticos y económicos generan ese monstruo llamado nacionalismo, que inventa culturas y pasados, lenguas y mitos aberrantes, la guerra y la dictadura son inevitables.

La historia de la cultura española de los últimos 100 años es la historia de un derribo controlado por unos y otros. Nos han distraído y desvalorizado. Nos han quitado el orgullo o lo han convertido otros en una parodia bufonesca. Esos políticos, con sus pequeños intereses falsarios y la colaboración con el enemigo nacionalista y saqueador alimentan ese proyecto secular de destruirnos para mejor dominarnos y explotarnos.

Si la derecha manipula lo nacional para rebajar lo político, la izquierda elimina lo nacional para resaltar una política que hoy ya no cuenta.

Hoy vemos como una minoría dirigente, profundamente ignorante con lo que es su deber y su historia, regala al enemigo nacionalista vasco-catalán sus principales victorias, como la educación, como los medios de comunicación.

Esta minoría ya entregó en el pasado los mandos de la economía a los mismos caciques regionales del norte que la arruinaron y subdesarrollaron para enriquecerse ellos. Los mismos que ahora nos saquean a través del chantaje, nos escupen su envidia e ignorancia, nos destruyen la pobre democracia que tenemos y pretenden que dejemos de ser quienes somos.

Hoy como ayer, volvemos a enfrentarnos con los mismos peligros y las mismas traiciones. Volvemos a necesitar mirarnos y mirar nuestro pasado y nuestro futuro en nuestro propio espejo, limpiándolo de deformaciones, manipulaciones y mentiras. Y esa es precisamente nuestra meta y nuestro sentido.

Pero nosotros somos, y a ellos les negamos porque no son nada sin su odio hacia nosotros.