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España: la Nación Histórica

Los nacionalistas niegan la existencia de la nación española; para ellos es una cuestión esencial.

Afirman que sus regiones, los antiguos reinos medievales, jamás han formado parte de ninguna entidad llamada España que dada su pluralidad y heterogeneidad no es, ni puede ser, una “realidad histórica” sinó una construcción puramente artificial. Naturalmente hay que obviar el hecho de que ningún Estado-nación es homogéneo, y que la mayoría de ellos ha contenido, y contiene, incluso más heterogeneidad que España (sus mismas naciones inventadas están en ese caso).

Los intentos de contentar a los nacionalismos, desestimando su verdadera naturaleza, se han saldado con rotundos fracasos, pero en el proceso se ha producido un debilitamiento y desafección a la única nación realmente existente: la Nación Española..

 

Aseguran los nacionalistas que jamás ha habido una conciencia de identidad española en la población, y por lo tanto, España es una mera “invención” impuesta por las estructuras del poder (primero las monarquías) para oprimir a los “pueblos catalán, vasco y gallego” (aunque algunas veces, en un alarde, se refieren a los “pueblos ibéricos”).

Su falsificación de la historia, dirigida a avalar esta afirmación y al mismo tiempo “evidenciar” la ancestralidad de las suyas, presentadas como “datos naturales” (el “primordialismo”) que, negando, en su pretensión de inmanencia, la realidad de los procesos históricos, incluye omisiones e invenciones groseras en abierta contradicción con hechos bien constatados, y la proyección hacia el pasado remoto de sus concepciones identitarias surgidas recientemente a partir del romanticismo alemán. El nacionalismo integral de catalanes, vascos y más tarde gallegos, no es un fenómeno excepcional, ni original y específico de España, sinó que tiene sus orígenes conceptuales y sus modelos en Europa.

El mismo camino siguen sus concepciones soberanistas ancladas en un pasado imaginario incompatible con las ideas y pensamiento existentes en las sucesivas etapas históricas, bien conocidas, y descritas.

La verdad es justamente lo opuesto. Lo constatable es, precisamente, la permanente conciencia de España. La percepción de formar parte de esa entidad común reconocida y nombrada como España (denominación estable a lo largo de milenios, mantenida a través de diversas vicisitudes históricas, y referida a un territorio bien definido con límites que apenas han cambiado hasta hoy) es un pensamiento detectable, y documentado, en todas las zonas del país sin excepción.

La noción de “comunidad política” estaba arraigada desde muchos siglos atrás, y frecuentemente se aludía (en escritos reales, en las crónicas y por los escritores) a la “nación española” cuyo significado ha de entenderse en el contexto de la época, provinente de los tiempos romanos como “natio hispani”, y no se refiere a ninguna “esencia” (imposible antes de la aparición en Europa del nacionalismo), ni como hecho natural primordial, ni como predeterminación, ni unidad de destino, etc… sinó como poso, o como resumen, de la superposición de estratos de los períodos históricos, que poco a poco se fueron concretando en una idea, o convicción, siempre del mismo signo, persistente y nítida.

La “nación española” surge pues como resultado de un proceso histórico temprano, igual al seguido por las otras dos antiguas naciones de Occidente: Francia e Inglaterra (éstas incluso con más dificultades, convulsiones, variaciones territoriales e incluso de denominación, que la propia España). La forja de España no tiene, por tanto, nada de excepcional ni de anómalo.

El proceso histórico, de oscuros y lejanos orígenes, que la produjo, pudo haber ocurrido de muchas maneras distintas y haber dado otros resultados sobre los que es ocioso especular; sucedió así, y esa continuidad, notable, a lo largo de más de dos mil años hacen de España la nación más antigua de Europa, y explica también la persistencia en el imaginario de la población del sentimiento de “patria común”. No hay que buscar, por lo tanto, ninguna expresión del “espíritu del pueblo”, eterno, ni de su voluntad finalista y creativista proyectándose hacia el futuro como portador de un “algo” esencial y único (la “raza”), ni de “identidad colectiva” (si es que tal cosa existe) que tampoco podría ser inmutable sinó cambiante al compás de los complejos y azarosos hechos históricos cuyo alcance, significado, y consecuencias posteriores, escaparon (y escapan) al pensamiento y voluntad de sus, frecuentemente, insospechados actores.

En consecuencia España es “la” auténtica “nación histórica”.

El proceso, no determinista, de la formación de la conciencia de “nación común”, que ha ido evolucionando naturalmente, impide que haya surgido un “nacionalismo español” original y propio, imposible e innecesario, ya que no ha necesitado definirse contra nadie, ni reivindicar la singularidad y excepcionalidad de su identidad ni de su predeterminación originaria. No ha habido un verdadero nacionalismo español salvo mínimos conatos, de influencia foránea, en el contexto de los años 1930 y el patético engolamiento vergonzante del franquismo, sin verdadero arraigo.

España, la nación española, es un resultado, no una predestinación.

Precisamente el caso de los nacionalistas es exactamente el contrario. Carentes de una larga continuidad histórica del sentimiento nacional, tienen que deformar y falsificar la historia para justificar trazas de inexistentes entelequias como: esencias inmanentes, primordialismos originarios, destinos históricos voluntaristas etc…e interpretaciones delirantes de genealogías provinentes casi desde la Prehistoria a falta de hechos históricos reales, todo ello para disfrazar el que sus “naciones” sí son inventos recientes, creados e impuestos por sus oligarquías económicas y políticas que añorando el, para ellas idílico, mundo feudal, o como continuadoras de aquel, se resisten a una modernidad indiferente a sus privilegios y ventajas pretendidamente innatas e incuestionables.

La existencia de diferencias interiores (común, como ya hemos dicho, a todos los paises) es innegable pero debemos examinar su verdadero alcance y sobre todo su significación.

El “mundo ibérico” de tribus dispersas por la península, pese a su relativo aislamiento impuesto por la compleja orografía, presentaba, según se ha constatado, una marcada continuidad cultural (que no “homogeneidad”) debido a la barrera (no estanca) de los Pirineos como factor determinante que configuró un espacio interior, casi como un límite natural. Así se materializó un “sustrato ibérico” que permaneció incluso tras la conquista romana. Se mezcló a lo largo del proceso de integración con la nueva civilización y fue muy perceptible aún siglos después de la plena incorporación del territorio al Imperio. Roma dio forma estable a una comunidad política: Hispania, la nación hispana, que dejó de ser una mera referencia geográfica. Al influjo del crecimiento económico de las ciudades se intensificaron las migraciones interiores y con ellas la homogeneización y la unidad interna, fuertemente reforzada por el efecto vertebrador de todo el territorio que tuvieron las nuevas vías de comunicación: la red de calzadas.

Al hundimiento del Imperio Romano siguió en toda Europa una intensa fragmentación, y en España la llegada de los visigodos. La inestabilidad y debilidad de la monarquía goda impidió la inmediata reconstrucción de la unidad política romana en Hispania, ahora como reino. La fragilidad monárquica forzó importantes concesiones a los incipientes “señores” locales iniciándose así la feudalización o “privatización” de los poderes públicos (la monarquía común), e incluso de la soberanía (como poder absoluto, localmente por encima del monarca) en manos privadas. Entre otras prebendas, tal privatización incluía la “propiedad” de la población abarcada por el feudo.

El mundo feudal no tenía nada que ver con etnias, culturas, ni origen de diferencialismo alguno, y menos aún con identidades ni sentido de pertenencia. Ni tampoco los pudo generar posteriormente dado que la configuración territorial y vertebración de los feudos era tremendamente voluble. La consolidación, parcial y siempre débil, de reinos locales empezó a darse bastantes siglos más tarde.

A lo largo del período godo, pese a la feudalización, tanto en el mundo hispano como en el godo, pervivió y se difundió el recuerdo, la visión, de la Hispania romana y la de “patria común” constatado en los escritores godos, romano-godos e hispanos (Prudencio, Osorio, Leandro, Isidoro de Sevilla, etc…) para quienes “Hispania era una patria particular distinta de otras…”. Con Leovigildo se culminó la unificación que transformó definitivamente la provincia romana en un “reino independiente” (la conversión de la monarquía goda al catolicismo fue, a su vez, un factor importante en el proceso).

Así quedó fijada la idea de España que persistió durante la Edad Media en toda la península.

La España islámica (Al-Andalus, la única vez que ha cambiado su denominación) jamás vertebró el territorio que ocupó. La reacción de los hispano-godos se inició en numerosos pequeños núcleos, débiles, precarios, y más o menos aislados, en un proceso que resultó largo, de guerras discontínuas y de subsecuentes repoblaciones. A lo largo de este proceso se fueron decantando reinos, de límites a veces indefinidos y otras veces enormemente variables, conformados por innumerables azares, uniones, fragmentaciones por herencias, luchas intestinas, intentos de predominio, alianzas etc… obedeciendo a intereses y estrategias momentáneas de las pequeñas monarquías emergentes (simultáneamente se daba el mismo proceso en todo el ámbito Europeo, también con enormes dificultades de vertebración de territorios), de modo que el resultado pudo haber sido cualquier otro.

Las colisiones entre los incipientes reinos cristianos en ningún momento oscureció, ni cambió, el sentido general de “recuperación” de territorios, y la idea de “Reconquista” procedente del recuerdo, nunca debilitado, y de la afirmación y deseo de la antigua unidad, se generalizó.

La diferenciación entre los distintos reinos, desvertebrados y de configuración muy variable (por las uniones y fragmentaciones constantes), fue mínima. La expresión, que se hizo corriente, de “las Españas” da cuenta de estas dificultades en los entonces 5 reinos peninsulares.

Lo que todo esto nos demuestra es que los reinos los “creaban” los reyes como resultado de su actividad bélica. Por lo tanto es una pura falsificación pretender, como quieren los nacionalistas, fijar ya trazas de “identidades, voluntades, y conciencias nacionales diferenciadas”, cuando todo el magma del poder local peninsular estaba dominado por el puro azar y la provisionalidad.

Por el contrario, todos los documentos de la época muestran la unánime concepción de que esos reinos formaban parte natural de una comunidad histórica, España, bien definida y con continuidad, desde mucho antes de la existencia de los “reinos” y de sus propias denominaciones, anterior a los musulmanes e incluso a los godos. Hubo siempre la conciencia plena de la existencia de España como “patria común” compartida por todos los reinos. Y es en esa época cuando se produjo la expansión de la lengua castellana por todos los territorios (convirtiéndose, a causa de los distintos influjos, en lengua española), sin ninguna imposición, imposible entonces, ni ningún propósito finalista, inimaginable en aquellos momentos en que nadie ni se ocupaba de ello, ni podía imaginar la importancia que cobraría ese factor siglos después, ni objeto de qué manejos sería.

El feudalismo no es un fenómeno que podamos minusvalorar en nuestro rastreo de la idea de España porque de ahí arrancan todas las falsificaciones de los nacionalistas necesitados de “legitimidad histórica”.

La debilidad y precariedad crónica de las incipientes monarquías, propició una vez más el desarrollo y fortalecimiento del feudalismo.

La sociedad de los pequeños reinos medievales, altamente fragmentada en estamentos, sacudida por la violencia de constantes revueltas, populares unas, y de los señores feudales otras, era incompatible con cualquier sentimiento nacional de tipo local ni con cualquier pretensión de homogeneidad. En las rebeliones populares no se encuentra un matiz antiespañol; el objeto de las iras fueron siempre los señores y oligarcas locales, que interpuestos entre el pueblo y el rey, eran sus opresores directos por medio de los instrumentos jurídicos arrancados, mediante pactos, a la monarquía: fueros, usatges, derechos de abuso y de mal trato, etc.

Tales excepciones y anomalías jurídicas, pese a las aberrantes y forzadas interpretaciones de los nacionalistas, jamás fueron expresiones de “libertades” de los pueblos, sinó de la libertad ubérrima de los señores feudales, ni menos aún de “democracia” en una sociedad de siervos sometidos al poder absoluto y arbitrario de sus “señores”, mayor aún que el de los reyes, percibidos en general, como valedores del pueblo llano frente a los abusos, muy frecuentes, de los poderes locales.

Las revueltas de los señores feudales, aprovechando los momentos de debilidad o inestabilidad de la Monarquía, tenían justamente el sentido opuesto: defender sus prerrogativas e intereses, aumentar su poder a expensas del poder real y siempre tratando de incrementar su capacidad de opresión sobre su propia población.

De ahí el constante cambio de fidelidades y vasallajes y de adscripciones de territorios a uno u otro reino; pese a esta evidencia, los nacionalistas osan calificar tales levantamientos como “revoluciones nacionales”, ¡y no puede haber nada más opuesto a ello!

El progresivo desarrollo de los reinos peninsulares, y su configuración cambiante, no se produjo independientemente unos de otros, sinó en constante interacción y con gran similitud institucional y jurídica (derivada del “consuetudo Hispaniae”), la particularización emergente, no tuvo nada que ver con etnias ni con culturas propias, sinó exclusivamente con las relaciones de poder: poder feudal frente a poder público (la Monarquía). Allí donde las instituciones fueron más maduras y avanzadas, el balance se inclinó hacia el poder público (la Corona de Castilla), mientras que donde la evolución fue menor, el balance se inclinó hacia los más retrógrados poderes feudales y sus fueros exclusivistas (la Corona de Aragón).

La monarquía renacentista por excelencia estuvo constituida por los Reyes Católicos quienes establecieron los fundamentos del Estado moderno, pionero en Europa, hacia 1500, creando instituciones y estructuras de gran racionalidad política, así como un modo de gobierno conjunto de las dos coronas, que sin imponer su unión abrió el camino para avanzar hacia ella, y lo importante es que las gentes de ambos reinos se autoidentificaban a sí mismos como españoles, con naturalidad, sin más matices ni significados especiales, que hubiesen sido imposibles por extemporáneos.

Pese a no tratarse de una verdadera “unión” así era percibida tanto en ambos reinos como, muy especialmente, desde Europa, donde no se consideró como la creación de un nuevo país sinó como la recuperación del “antiguo reino” obra de ambas coronas (es falsa, interesada, y manipulada, la afirmación posterior de que “Castilla hizo a España”). Con todo, la obra de estos monarcas no logró eliminar todos los lastres feudales, y no mostraron una voluntad decidida en su eliminación y en “fundir” las dos coronas.

La dinastía austríaca heredó inmensas posesiones en Europa entre las que se encontraban las coronas de España. Fracasado el intento de crear un “Estado” capaz de gobernar de modo uniforme toda esa amalgama, y en su papel de baluarte defensor de la fe, la dinastía hizo de España su centro. El tímido impulso modernizador logró algunas mejoras en la administración y en el refuerzo de los poderes públicos, pero burocráticamente escrupulosa en el respeto a las prerrogativas feudales, ahora ya conceptuadas como tradiciones de cada reino, no fue capaz de fundir la artificiosa “diversidad” interior cuyo sujeto eran las elites locales y no la población, con lo que no se logró todavía un Estado de caracter nacional.

No obstante la adhesión a la Monarquía crece paralelamente al descrédito y oposición a las legislaciones locales, acentuándose la percepción de la población de los reinos como miembros iguales de una España común. Se percibe a la Monarquía como un poder superior, vertebrador, capaz de eliminar los poderes y excesos de las oligarquías locales.

Era evidente que entre la población y sus oligarquías locales no existía, ni podía haberlo, ningún lazo de unión que permitiera, como se pretende, considerar la existencia de una “comunidad nacional” basada en los reinos medievales, antes al contrario. La “revuelta de los segadores”, por ejemplo, cuyo sentido ha sido completamente tergiversado por los nacionalistas catalanes, realmente fue un doble conflicto: las oligarquías catalanas contra Felipe IV, y a la vez las masas populares contra esas mismas oligarquías al grito de “Viva el rey de España y muera el mal gobierno”.

Bajo los Austrias subsistieron las diferencias entre los reinos, debidas a distintos (pero muy parecidos) ordenamientos jurídicos. Las diferencias procedían exclusivamente de la mayor o menor preponderancia entre el poder público y el poder local, una constante a lo largo de esos siglos y aún de los venideros.

El mayor poder local siempre se tradujo en una justicia arbitraria, despotismo, extraordinarios abusos económicos, en definitiva, en una mayor desigualdad e inanidad de la sociedad. El todavía irrestricto, y celoso de sus exclusividades, poder local, evolucionó hacia un enorme grado de corrupción (¿no ocurre así, también hoy día, en la España “autonómica”?) y degeneración caótica que desembocó en el notorio fenómeno del “bandolerismo” en el que estuvieron involucrados los propios poderes locales. De nuevo, aquí, el nacionalismo pretende imponer su interesada “visión romántica” del bandolerismo como una forma de “resistencia nacional” al Rey de España. Los tozudos hechos documentados desmienten, una vez más, el imaginario nacionalista.

La persistencia en el tiempo de esas diferencias, ciertamente conformaron sociedades distintas, habituadas a usos algo diferentes, pero aún así son indetectables diferencias étnicas, ni tampoco el desarrollo de “culturas” exclusivas, incompatibles, incomunicables e inmiscibles, por completo ajenas entre sí.

Las diferencias no eran “intrínsecas” a la población en sí misma, como conviene a los nacionalistas hacer creer; no eran productos naturales, sinó el resultado de recientes circunstancias históricas profundamente conectadas con las de las poblaciones de los reinos vecinos, y enormemente cambiantes según los forcejeos con la Monarquía común. Este es el verdadero sentido de las diferencias que hoy día se explotan desvergonzadamente como “esenciales”.

Pese a que la sociedad de la época ya era consciente de las profundas injusticias y privilegios de las oligarquías locales, y de la Iglesia, muy vinculada a aquellas, los tímidos intentos modernizadores de la Monarquía (p.ej. para lograr un sistema impositivo más justo) resultaban excesivos para su tiempo; la Monarquía aún necesitaba pactar y lograr el consentimiento local para llevar adelante cualquier reforma modernizadora.

Consecuentemente los Austrias no modificaron significativamente la complejidad de la articulación territorial del medievo ni la pervivencia de los antiguos privilegios de las elites (una vez más hay que señalar que la situación, al respecto, era incluso peor en Europa donde el nivel de conflictividad era mayor). Pese a ello la monarquía austríaca había sido una amenaza para las oligarquías locales. Combinar modernización, progreso, y tradición inamovible, cuando hay fuertes intereses económicos y de poder de por medio, es imposible.

Con el cambio dinástico (casa de Borbón) se inician los períodos de mayores reformas modernizadoras. La guerra de “Sucesión” subsiguiente, una guerra europea en realidad, facilitó la liquidación de parte de los lastres medievales, aunque no en todas las provincias, y dio un nuevo impulso a la uniformización de las leyes antiguas.

Bajo la nueva monarquía, y en el período “Ilustrado”, se pusieron en marcha, con mayor o menor efectividad y fortuna, diversos procesos progresistas: uniformización jurídica, organización territorial en “Audiencias” sin correspondencia con los antiguos reinos, eliminación de fronteras interiores, obligatoriedad de la enseñanza primaria, etc…aunque no todas las propuestas ilustradas de reforma llegaron a aplicarse efectivamente. Pese a la mitología nacionalista, tanto en cuanto a su “versión” disparatada de la guerra de Sucesión, como en cuanto a las reformas administrativas, lo cierto es que las mismas no encontraron resistencia en su aplicación (excepto por parte de la Iglesia), y muy pronto sus beneficios fueron apreciables en todas las regiones.

La modernización y el gran progreso económico, educativo y cultural, tuvieron un indudable, e intenso, efecto vertebrador del país. En consecuencia, se acentuó considerablemente en la sociedad la ya consolidada convicción de pertenencia a la realidad nacional española. El uso del término “nación” se generalizó con toda naturalidad, y de nuevo hemos de reiterar que tal expresión carecía de contenidos comparables con los del nacionalismo integral actual.

Pese a tantas buenas intenciones modernizadoras, la voluntad nacionalizadora de la Monarquía fue débil, recelosa de los entusiasmos y movimientos populares (sospechosos, especialmente para la Iglesia y para los grupos de poder, de ser incontrolables y anarquizantes). El sentido de la relación y lealtad del pueblo llano hacia la Monarquía empezaba a desplazarse hacia la “nación”.

2 de Mayo de 1808. Fecha clave en la que el levantamiento popular que se extendió por todas las regiones con bastante rapidez fue incuestionablemente la eclosión de la Nación: el pueblo en armas. No se nos ocultan las complejidades políticas, sociales y económicas que se entrecruzaron, a veces inextricablemente, en los acontecimientos. Pero en el transcurso de la contienda se afianzó e hizo visible entre los sublevados el concepto de “nación española” no sólo como sujeto político, sinó como fuente de la soberanía, y así lo declaraba la Constitución de Cádiz de 1812, rompiendo con el “Antiguo Régimen”. Simultáneamente a la guerra de independencia se desarrolló la “Revolución Española”, pero bastante atenuada, ya en la propia Constitución, por las dudas, debilidades, y faltas de convicción de los “liberales” que admitieron en ella numerosos residuos del “Antiguo Régimen” bajo la presión de los “serviles”.

El rey felón, y sus elites afines aferradas a los antiguos privilegios, pusieron un triste final a esa revolución. Volvió un absolutismo que, como evolución de la Monarquía, ya había agotado todo el impulso modernizador, su tiempo había pasado y no podía ser sinó una rémora para las necesidades de un país en vísperas de la nueva sociedad (industrial y tecnológica) que ya se apuntaba en Europa.

La significación de esa fecha y sus interpretaciones ha seguido un curso muy azaroso. Vaivenes y manipulaciones desnaturalizadoras de todo tipo, llevadas a cabo por todos los partidos del espectro político hasta hoy día, han impedido su entronización como “Fiesta Nacional” por antonomasia, capaz de simbolizar la vertebración, soberanía y libertad de la sociedad española.

Unos la han rechazado por su carácter de “levantamiento popular” (las “derechas”), otros por su carácter “nacional” (las “izquierdas”), los nacionalistas por razones obvias (éstos, como de costumbre, han inventado “su” propia guerra, al margen del resto), pero todos, en función de sus estrategias y conveniencias políticas del momento, la han utilizado, exagerando o minusvalorándola, pero alejándola de lo que realmente fue y de lo que realmente significó para la población durante bastantes años de un modo espontáneo. Hasta que, hoy, avanzado el proceso desnacionalizador de la sociedad española, la efemérides ha quedado oscurecida. Ridiculizada por las payasadas y obsesiones franquistas, olvidada por la indiferencia de la “derecha” que se ocupa de cosas más importantes (cuotas de poder, consejerías económicas, etc…) y despreciada por el facherío progre (por “españolista” y “casposa”), entre todos han logrado derribar un hito importante e inexpugnable para los nacionalistas en su labor de negación de la “nación española”.

El resto del convulso siglo XIX con los “pronunciamientos” y restauraciones borbónicas se ocupa en la lenta andadura en la construcción del Estado Constitucional, liberal, y en el fortalecimiento de los poderes públicos, tareas constantemente dificultadas por la crónica precariedad de medios del Estado.

La amenaza que el constitucionalismo, y la introducción limitada de votaciones, representaba para las antiguas oligarquías y poderes locales generó el antagonismo entre el “constitucionalismo liberal” y el “fuerismo” vinculado al Antiguo Régimen.

El fuerismo prendió en diversos puntos de España irregularmente distribuidos, pero fundamentalmente en el mundo rural, pretendiendo preservar antiguos privilegios irracionales e inadmisibles en el Estado contemporáneo, mientras que el liberalismo arraigó en el mundo urbano y en la “burguesía” comercial e industrial.

Este antagonismo, corriendo el tiempo, se mantuvo aunque adoptando distintas configuraciones e incorporaciones ideológicas que llegan incluso a cambiar su significado. Desde la aparición del “regionalismo”, como protonacionalismo, tal dicotomía ha sido presentada como expresión de la pugna por las genuinas y “verdaderas libertades de los pueblos”; falsificación que se ha mantenido hasta hoy. En realidad se trataba de mantener la libertad de unos a impedir las libertades de los demás, es decir a conservar los privilegios feudales.

El problema sucesorio al trono suscitado por el pretendiente don Carlos, representante de un absolutismo extremo, desató las violentas “Guerras Carlistas”, sublevaciones contra el régimen liberal, que llevaron a alianzas espúreas entre “absolutistas” y “fueristas” (el “absolutismo” no podía admitir el “fuerismo”, son contradictorios, pero transigieron ante la necesidad de aunar fuerzas frente al liberalismo).

De hecho el “carlismo” no tiene nada que ver con el “fuerismo” sinó con el absolutismo, con el fanatismo religioso, con el orden social del Antiguo Régimen y siendo antiliberal representaba la contrarrevolución, pero no el particularismo separatista ni era antiespañol.

En la distribución de filiaciones y enfrentamientos las regiones no se comportaron como bloques homogéneos, y por tanto, las guerras carlistas fueron auténticas “guerras civiles” en las que la sociedad se dividió en dos bandos.

La confrontación fue en términos de “liberalismo” frente a “Antiguo Régimen” aunque hoy se pretenda retorcer la historia para presentarla como “centralismo” frente a “autonomía y libertad” dotando de un aura “progresista” lo que en realidad es un movimiento “profundamente reaccionario y retrógrado”. Igualmente es imposible calificar esas guerras como alzamientos de los “pueblos” (catalán, vasco, etc…) en defensa de sus libertades frente al gobierno central, y presentarlas como “guerras nacionales”; se oculta el desprestigio y rechazo popular a las instituciones locales y la exigencia de más gobierno, más monarquía y mayor control de los poderes locales (especialmente en Cataluña –el reino de Aragón era el más feudalizado y arcaico de todos-). Los hechos, una vez más, son contundentes aunque eso parece importar poco.

El doble juego de los liberales así como sus inconsistencias ideológicas, debilidad de convicciones, e intereses personales (acceso a poderes locales hasta entonces copados, la conservación de situaciones fiscales favorables etc…), la presión de las oligarquías locales tradicionales, de los poderes rurales y eclesiásticos y el miedo a los principios “revolucionarios” de “libertad e igualdad”, les llevó a admitir que los “derechos” forales se incrustasen contradictoriamente en el ordenamiento y unidad constitucional como un cuerpo extraño, exterior y previo a la Constitución.

Esta singularidad en el desarrollo de la Historia de España: la legalización de particularismos y privilegios, injustos y anticonstitucionales, en la propia Constitución, contrasta negativamente con lo que se hacía en Europa frente a los mismos problemas, abordados y resueltos con racionalidad y contundencia.

La pésima “solución” constitucional adoptada, no fue tal solución sinó que creó un problema insoluble para la construcción del Estado; un obstáculo que ha llegado hasta nuestros días. De aquí arranca nuestra “anomalía” histórica, que sin relación en su origen con cuestiones de “descentralización” ni de disgregación del país, tomada posteriormente en manos del nacionalismo, se ha convertido en un cáncer para la nación.

La coexistencia, abstrusa, de esas antiguas estructuras medievales facilitó la pervivencia de los “localismos” que adquirieron una nueva e inesperada dimensión con el “Romanticismo”, que aparecía en Europa como reacción frente a la Ilustración.

El romanticismo alumbró la mitificación e idealización de la sociedad medieval, y de su mano se introdujo la irracionalidad en la interpretación de la historia y en la política: la negación del proceso histórico, la definición de las naciones como hechos naturales, primordiales, inmutables, eternas, ajenas a la voluntad de los hombres y definidas por un constante y propio “espíritu, o genio, del pueblo” (“Volkgeist”). La invención de estos absolutos, o esencias, indetectables en la historia real, no son más que proyecciones hacia atrás de deseos e idealizaciones presentes, que como no se ven corroborados por la realidad obligan a falsificar la historia. Las idealizaciones medievales han creado la imagen de una “Arcadia” feliz cuya pérdida es un agravio que obliga a señalar un enemigo, en el caso de los nacionalismos catalán, vasco o gallego (y los que se vayan apuntando), el enemigo es España, o sea Castilla, según dicen.

Las reformas administrativas ensayadas en el período pretendieron estar dirigidas por criterios de racionalización y sin una verdadera voluntad nacionalizadora (no había “nacionalismo español”, ni nada que se le pareciera). Tanto la centralización como la creación de las Diputaciones provinciales dio lugar a un localismo provincial que posteriormente fue considerado como la “estructura básica” de la Monarquía tradicional. El nuevo poder provincial y regional evolucionó hacia un “regionalismo” que pronto dominó la vida política y social del siglo.

El regionalismo, movimiento estrictamente conservador, se vio favorecido por prácticamente todos los Gobiernos de la Monarquía gracias a sus cesiones que insensiblemente establecieron precedentes. Así adquirió suficiente fuerza como para exigir que todas las instituciones del Estado se estructuraran “regionalmente” y se aboliera su carácter “nacional”, lo mismo exigían para los partidos de ámbito nacional que constituían un serio obstáculo. Al mismo tiempo trató de extenderse por toda España, empeño en el que no logró demasiado éxito, no consiguió que la identificación “regional” sustituyera a la identificación con España. Fracasado como movimiento no le quedó otra salida que radicalizarse y volviéndose muy agresivo contra la unidad, derivó en nacionalismo.

En la base de las reformas administrativas se halla la división provincial y regional que prevalece aún hoy día, y que se hizo sin racionalidad, respetando exclusivamente antiguos reinos y criterios “culturales”, de modo que no liquidó los “territorios históricos”, y lo que es peor, dio lugar a un fraccionamiento que insensatamente “creó” provincias ricas y provincias pobres.

No obstante, durante el período isabelino no se cuestionó la unidad de España y cualquier referencia a la desmembración fue vivamente rechazada. En la población la idea de “nación española” era una realidad innegable así como la existencia de una cultura unitaria, aunque ciertamente coexistió con expresiones culturales regionales sólo en parte integradas en la nación. La pretendida “solución federalista” (Pi y Margall), sin correspondencia análoga en Europa, se fundaba en la acusación a la Monarquía de fracaso en lograr una unión cohesionada y homogénea del país (objetivos que tampoco había conseguido ningún país de Europa) como consecuencia de un Estado pobre, débil e ineficiente, pero que no estaba en crisis, ni tampoco esas “soluciones” correspondían a demandas ni aspiraciones populares que las respaldaran como se vio.

La compleja segunda Guerra Carlista, en la que ya aparecen movimientos sociales (anarquistas, revolución proletaria, etc…) desembocó, tras varios avatares en la efímera 1ª República, en medio de grandes tensiones y conflictos sociales que exigían reformas, y en la fórmula republicana federal, luego confederal y finalmente en el grotesco cantonalismo. Lo auténticamente exótico hubiera sido que el Estado, y la nación más antigua de Europa se hubiese convertido en un Estado federal o confederal.

Si el fracaso del “Sexenio Revolucionario” supuso el auge del regionalismo, el régimen de la “Restauración” tampoco liquidó los “fuerismos” y sus progresos hacia el Estado unitario fueron muy limitados ya que pese a la estabilidad del período faltó la decidida voluntad nacionalizadora, como venía ocurriendo con todas las Monarquías anteriores. Estas debilidades e indecisiones facilitaron que, parte de la “burguesía conservadora”, encontrara el camino expédito para impulsar la transformación y radicalización del regionalismo en un “nacionalismo” aún no abiertamente separatista y antiespañol, pero concebido para defender el privilegio local.

Ese minoritario nacionalismo inicial ya contenía todos los elementos característicos del nacionalismo integral, totalitario: campesinismo, integrismo religioso, culturalismo, racismo, y determinación en la “fabricación artificial” de la “identidad nacional” como coartada cultural y sentimental de sus verdaderos orígenes y fines. Por eso ni su origen era popular ni jamás contó con el apoyo de bases proletarias y el separatismo posterior no caló en las propias regiones donde más aparente era, ni en el resto de España.

El nacionalismo logró implantarse y extenderse sin oposición ni conceptual ni política por la inexistencia de un nacionalismo español fundado sobre las mismas bases que aquel (la realidad histórica de España hace innecesario tal tipo de nacionalismo español), y sobre todo por las debilidades y vacilaciones de los gobiernos, asediados por espúreos grupos de presión, en la creación de un Estado fuerte y democrático capaz de, en nombre de la libertad y la igualdad, enfrentarse a esos nacionalismos directamente herederos de los defensores del Antiguo Régimen. Esas flaquezas y negligencias permitieron a los nacionalistas arrogarse la representación total de la población de sus regiones mayoritariamente indiferente, pero el Estado, ahora, ya tenía un enemigo declarado. No hay que decir que el nacionalismo se presenta sarcásticamente como una reacción necesaria ante la “brutalidad genocida uniformizadora”, pero aún así se descubre a sí mismo, es la igualdad lo que le resulta insoportable, la denegación del privilegio para sí y vedado a los demás.

El “Desastre del 98” y los años siguientes son la antítesis de Mayo de 1808, en cierto modo marcan el inicio de la desnacionalización de España por la obra devastadora y suicida de los “intelectuales”. No deja de ser notable que la pérdida de los restos del “Imperio” no produjera ninguna crisis ni económica ni política; el sistema siguió funcionando con naturalidad. Aún así, el “desastre” quiso considerarse como un fracaso del Estado nacional español. El dramatismo realmente fue una reacción cultural, esteticista, y de angustia elitista pero que caló en la población. A ellos, a su pesimismo, a su enfermiza búsqueda, y duda, del “ser” de España se debe la desmoralización, el desconcierto y la interiorización de la “Leyenda Negra”. Fue frecuente considerar a España como una nación aún “no formada y anormal” a partir de ensoñaciones sobre lo que debía haber sido, despreciando todos los logros y realizaciones anteriores; la historia de España era objeto de burla merecedora de ser olvidada (y así lo fue). Y sobre todo el hipercriticismo. Ésta es, tal vez, la mayor anomalía española.

De ese entorno surgió lo que se ha llamado el “Regeneracionismo”, no menos devastador, que partiendo de críticas fundadas sobre realidades ciertas (caciquismo, corrupción electoral, falta de impulso al desarrollo, descuido de la educación, malas condiciones laborales, etc…) las radicalizaba como si todo a su alrededor fuera un yermo arrasado. A la vez que sus coetáneos, los “intelectuales” del 98, se veía abocado a renegar de toda la historia anterior y a “borrarla”, y como en una depuración catártica, partir de cero proponiendo la “refundación de la nación española”. Si algunas proposiciones estaban llenas de sentido común, en conjunto el regeneracionismo fue una alucinación. Alucinación acrítica respecto a todo lo europeo, y hacia paises un poco más desarrollados que se ejemplifica en la frase célebre de Ortega: ”España es el problema, y Europa la solución” y expresaba su “aspiracion a ir por el extranjero sin sentir vergüenza de ser español”. Todos pecaban de un palurdismo provinciano del que acusaban a los demás. Sí hubo voces que con lucidez argumentaron contra tales desvaríos, como Marcelino Menédez Pelayo, pero no tuvieron la menor influencia.

Debe señalarse, que tras la intensa reacción pesimista todos se afanaron en una especie de anhelo patriótico que urgía a reformar, a regenerar y revitalizar el país con la ayuda de todas sus fuerzas, de todas las regiones, por ese motivo regeneracionistas e intelectuales republicanos expresaron desde el primer instante su rechazo absoluto tanto al regionalismo romo, como al incipiente nacionalismo que no sólo negaba a la nación española sinó que señalaba al Estado como su enemigo directo que representaba al “centralismo homogeneizador” y la negación de sus “diferencias” y “derechos y libertades” históricas.

El regeneracionismo tuvo aspectos de nacionalismo español, pero algo especial, en el sentido de que como rechazaba la historia real de España, debía basarse en esencias y entelequias análogas a las de los nacionalistas catalanes y vascos, quienes también la negaban. Si en cierto modo coincidían, sus fines eran completamente distintos, unos pretendían “refundar” España, mientras que los otros “disgregarla” definitivamente. El hecho importante es que ahondaron en el desprestigio de la nación real, en la desnacionalización afectiva del país, y en eso, favorecieron significativamente la labor de los nacionalistas. Pese a tanto radicalismo y vehemencia, los regeneracionistas no articularon ninguna alternativa política.

Pero los nacionalismos, aún minoritarios, encontraron el campo abonado para su expansión, y recogiendo los restos radicalizados del regionalismo, empezaron a ampliar su base social, a ocupar las instituciones culturales influyentes (imprescindibles para imponer sus sentimientos particularistas y las “conciencias nacionales” recién inventadas), a enfocar su orientación hacia un antiespañolismo manifiesto y a adoptar para sí la imagen de la “modernidad”, la “democracia”, la “libertad”, la “pluralidad” frente a un “centralismo obtuso”. Nadie acertó, o se propuso seriamente, a contrarrestar esa maniobra propagandística; los nacionalistas ganaron la “batalla” de las palabras. No consiguieron todos estos logros sin esfuerzo pues tuvieron que luchar tenazmente contra la conciencia nacional española fuertemente arraigada en sus zonas de influencia.

Los extraordinarios beneficios obtenidos gracias a la neutralidad en la I Guerra Mundial en las regiones favorecidas por el proteccionismo (fundamentalmente Cataluña y Vascongadas, con el cínico juego del “arancel y el contingente”) que se venía practicando en “interés de la nación”, y la elevada conflictividad de las clases populares a quienes no les llegaron los beneficios pero si el gran alza de los precios subsecuente, mostró el doble juego de la burguesía industrial y financiera.

Por un lado recurriendo al odiado Estado para protegerse de las revueltas obreras y por otra parte impulsando un nacionalismo esencialista (que era su creación) de una violencia y agresividad considerables. El desprecio e insulto sistemático hacia lo español era tal que incluso la misma palabra “España” era impronunciable, y es que, lo español era (y es) la referencia necesaria contra la que definirse a sí mismos a falta de consistencia real de sus invenciones delirantes. En esos años el avance de los nacionalismos fue importante aunque las masas proletarias les eran indiferentes, e incluso aparecieron otros nacionalismos, aunque muy marginales, en Valencia, Galicia, Andalucía…

En líneas generales la descomposición del Régimen de la Restauración (dificultades económicas y militares –el desastre de Annual-, violencia anarquista, pistolerismo sindical y patronal y los excesos de los nacionalistas) propició un estado de opinión favorable a una salida dictatorial capaz de contener la situación. Primo de Rivera, se hizo con el Gobierno en un golpe de Estado incruento y encarnó la solución regeneracionista: “el cirujano de hierro”, “el buen tirano”, que aquellos habían reclamado desalentados, pocos años antes.

Primo de Rivera no representaba ninguna opción política y en su gobierno participaron elementos de diversos partidos (incluyendo el PSOE). La Dictadura, que se autodeclaró provisional, fue bien acogida por la sociedad, y su actividad desarrollista y modernizadora, en la línea de Joaquín Costa (“despensa y escuela”) pronto dio resultados visibles: obras públicas (carreteras, obras hidráulicas), ferrocarriles, escuelas etc… también el orden público fue restablecido con facilidad, y la actividad desestabilizadora de los nacionalistas reducida con la prohibición de sus símbolos y manifestaciones, y con la recuperación del control de la enseñanza y el restablecimiento de la lengua española en la misma.

La parte de la burguesía no nacionalista estuvo satisfecha, y la burguesía nacionalista también, cuando, como consecuencia de la calma social y el impulso al desarrollo, sus negocios florecieron, algo muy alejado de lo que hubiera sido una venganza, una reacción, del nacionalismo español intransigente (si hubiera existido) y aún menos del fascismo (que ya aparecía por Europa ante situaciones políticas y sociales similares, si ese hubiese sido el talante del dictador), aunque de ambos extremos se le acusa. Trató de contener el proceso de desnacionalización de España intentando revitalizar la idea de la nación española y de la unidad estimulando un nacionalismo español que trató de materializar mediante la “Unión Patriótica” que fue un completo fracaso.

Primo de Rivera simpatizaba con la idea de la descentralización pero no aceptaba en absoluto las propuestas de los nacionalistas, y en su propósito declarado de fortalecer a las regiones pronto se vio sobrepasado por la sucesión de propuestas de autonomía, que bajo diversas formulaciones, empezaron a gestarse. De nuevo el sistema volvía a desestabilizarse. De nuevo ese movimiento no representaba aspiraciones populares ampliamente compartidas.

Finalmente, con la pretensión de perpetuarse en el poder, en contra de lo prometido, suprimió la Constitución y el parlamentarismo, error que le costó la pérdida de todos los apoyos (incluido el del Rey y el del Ejército), y se vio obligado a abandonar.

La Dictadura supuso un freno a los nacionalismos pero no contuvo el proceso de desafección progresiva de la nación (ya que realmente no hubo un auténtico y serio esfuerzo nacionalizador) que prosiguió al proliferar los movimientos autonomistas.

Suele decirse que ciertas actitudes de la Dictadura ante los nacionalismos fueron las que provocaron la reacción de éstos y su virulencia (suele citarse como ejemplo la prohibición de ciertas actividades culturales que resultaban innecesariamente ofensivas, lo cual sin duda es cierto, pero también se olvida que cualquier actividad, cultural o deportiva, es inmediatamente colonizada, y politizada, por el nacionalismo, desnaturalizándola). De todos modos la experiencia demuestra que los nacionalismos se han crecido, y mucho, cuantas más concesiones y tolerancia se les demuestran, y es proverbial que tales actitudes son interpretadas por ellos como “debilidad” u “oportunidad histórica”.

Inicialmente la izquierda española (liberal, republicana) rechazó los nacionalismos. Los republicanos “no federalistas” no atribuyeron el fracaso del Estado a la “estructura territorial” (tesis nacionalista que años después se impuso como un dogma), sinó a su forma: la Monarquía. La liquidación de la misma daría paso a una República democrática y moderna con legitimidad y fuerza moral suficiente para acabar con los nacionalismos. Tanto para unos como para otros un Estado central fuerte era imprescindible para la reforma y el necesario cambio social.

Ambas corrientes se vieron infiltradas por el nacionalismo generando organizaciones y partidos de ese cariz tras la 1ª Guerra Mundial (que, dicho sea de paso, acabó con la “solidaridad internacionalista” y de hecho con los mitos y mesianismos de la izquierda, y de la mano del “sindicalismo revisionista revolucionario” –según Z. Sternhell- se gestó el Fascismo). A partir de ahí apareció el “nacionalismo de izquierda”, que no es “izquierda” sinó nacionalismo, y el “nacionalismo republicano” que tampoco es “republicanismo” sinó nacionalismo.

La II República con su Constitución animada de un ingenuismo conciliador, apreciable en algunos aspectos y reprobable en otros, definió que el Estado centralizado ya era inviable.

Las tesis nacionalistas se habían impuesto, y bajo su presión (proclamación de la República catalana -segundo intento golpista- y acto seguido el Estatuto de Nuria y su fraudulento plebiscito) pretendió resolver el problema de los nacionalismos con la reestructuración territorial del Estado mediante los Estatutos de Autonomía (en especial el catalán) con los que compatibilizar “unidad y diversidad” (entendida al modo nacionalista).

En cierto modo la nueva Constitución adolecía de los defectos ya endémicos de anteriores Gobiernos: indecisión, timidez, y voluntarismo ante los nacionalismos. Fue ambigua en la definición del sujeto de la soberanía, en la definición del Estado entre un federalismo y un centralismo, y anecdóticamente, incluso no se atrevió a denominar la lengua común como “español”, de uso corriente y muy antiguo, sinó “castellano”; todo dirigido a no “molestar” y a hacerse agradable a los nacionalistas. Vano intento.

Se ha dicho que la II República fue la “República de los intelectuales” por la participación de estos en la elaboración de la nueva Constitución, lo que, a parte de prestigio, debía garantizar la máxima racionalidad, acierto, equilibrio etc…es decir, debía ser la “obra” perfecta. La utopía terminó pronto en el tristemente famoso “no es eso, no es eso”.

El nuevo Estado Autonómico fue un fracaso total: no resolvió el “problema” territorial impuesto, ni armonizaba nada, ni vertebraba el país ni lograba una “unidad más sólida”. Por el contrario se dirigía directamente hacia la disgregación, y así era percibido por la mayor parte de la población hostil a los nacionalismos.

Una vez más, el nacionalismo mostró su verdadera naturaleza, los Estatutos catalán y vasco intentaron obtener nuevamente ventajas y privilegios claramente perjudiciales para los demás, y aunque el Gobierno pudo resistir a las desmesuradas pretensiones, la avalancha de peticiones de Estatutos, con exigencias contradictorias, puso de actualidad, nuevamente, la “solución federal”.

De un modo general la izquierda y parte de los intelectuales se manifestaban contrarios a los nacionalismos tildados de “retroceso histórico”. Para la mayoría, no era España una construcción “artificial e impuesta” sinó el federalismo o la confederación que se proponían. Se rechazaba la disgregación y también las exigencias de privilegios. Parece ser que el “centro” y la “izquierda” sí tenían una clara conciencia de la nación española compatible con una cierta descentralización; no así la acomplejada derecha.

Azaña, tal vez el político más destacado de la República, aún definiéndose profundamente español, y negándose a ver la realidad del separatismo, se comprometió decididamente con el Estatuto catalán hasta lograr su aprobación. Después se arrepentiría: se sintió “amargamente decepcionado”. Demasiado tarde. Y es que con el nacionalismo sólo se engaña quien quiere engañarse. Los propios nacionalistas nunca ocultaron que los Estatutos eran sólo un paso hacia la independencia.

El estentóreo fracaso de la República en estas cuestiones hace innecesario tratar de valorar positivamente sus “buenas intenciones”.

El breve período hasta la Guerra Civil fue el escenario de una intensa crispación y radicalización social, junto con intensas campañas abiertamente antiespañolas en las regiones dominadas por los nacionalistas. El encono de los partidos y sus manejos así como la profunda fractura social indujo un gran debilitamiento del sentimiento nacional español, aunque no puede afirmarse que las masas populares asumieran las causas nacionalistas, en ese contexto la Falange, un partido muy minoritario encarnó un nacionalismo español reactivo.

En plena vorágine se produjo un desplazamiento (¿estratégico?) de la izquierda que despreciando lo nacional, supuestamente en función de lo social, cayó en el extremo opuesto identificando República con democracia y ésta con autonomías y nacionalismo. Esta identificación ha pervivido hasta el presente. Simultáneamente la “nación española” quedó abandonada en manos de una derecha jamás entusiasta, con el perverso resultado de que la idea de España se asoció como patrimonio exclusivo de ella, que oportunísticamente lo instrumentalizó, y por lo tanto se extendió su rechazo como un concepto “carca” y “reaccionario” a extirpar. Se trata de la mayor victoria de los nacionalistas en el terreno de las ideas, y un instrumento precioso en sus manos para coaccionar, e inhibir, a la izquierda a la menor veleidad unionista. Únicamente hacia el final de la guerra, cuando ya se aproximaba la derrota, el Frente Popular, relanzó en su propaganda el sentimiento español en un intento de estimular el espíritu de resistencia desesperada, pero la intensa labor destructiva, y tanta disolución, de los años anteriores había dejado profundas marcas de desafecto en parte de la población.

El resultado de la guerra fue el Régimen franquista, el otro resultado posible era el Frente Popular; ninguno de los dos implicaba democracia ni libertades. Posiblemente la violencia, el odio y los crímenes, inexcusables en ambos bandos, hacían imposible cualquier otra salida que no fuese una dictadura; menos aún podía esperarse magnanimidad en el vencedor.

Se ha dicho, y se insiste en ello, que el régimen franquista fue ultranacionalista, fascista, y totalitario. No estamos de acuerdo en ello. El régimen franquista fue por vocación y por definición "desmovilizador" y "despolitizador" lo que es completamente opuesto a cualquier régimen nacionalista o fascista (el nacionalismo está en la base del fascismo). Se trató de un régimen autoritario, conservador, tradicionalista y católico en cuanto la Iglesia se supeditó y sirvió de apoyo al régimen, y ajeno al concepto de soberanía nacional y a un nacionalismo cívico liberal que aborrecía. Sus objetivos se centraron en un desarrollismo económico que combinado con un cierto paternalismo laboral desactivara las tensiones sociales.

El desarrollo bajo el franquismo favoreció enormemente a las oligarquías catalana y vasca, al canalizar hacia ellas casi toda la inversión pública en perjuicio del resto del país, y en ese período ambas oligarquías alcanzaron el máximo nivel de capitalización. Poco importa que ahora, pasado el franquismo, esas mismas oligarquías no sólo se reclamen antifranquistas sinó nacionalistas y se entusiasmen exigiendo Estatutos maximalistas, ni tampoco importa que se diga que la afluencia de mano de obra desde otras partes de España hacia las únicas regiones que se desarrollaron sea interpretada como una “invasión” intencionada para ocupar esas regiones “conquistadas”. Las realidades son visibles.

La “represión cultural” sin duda existió pero en menor grado que el victimismo sistemático quiere; bajo el tradicionalismo del régimen, las “culturas locales” incluso medraron (también con la ayuda del clero nacionalista y el “nacionalismo cultural”, que sin ser una oposición al régimen, fue ocupando lentamente posiciones clave en las organizaciones de la sociedad civil), cuando la única oposición real al régimen la mantenían en solitario los poco numerosos comunistas, mientras socialistas y nacionalistas, desaparecidos, se peleaban en el extranjero por los despojos del expolio del Gobierno del Frente Popular.

El régimen franquista practicó un “patriotismo” de cartón piedra, exaltando una manipulación de la Historia de España de la que el Régimen se presentara como heredero, tan tosca que no sirvió para neutralizar las mistificaciones de los nacionalistas, sinó que a las mentiras de aquellos, añadió las propias. El efecto de esas manipulaciones fue el contrario del pretendido: el descrédito de nuestra historia y la desactivación de la conciencia nacional española, dejando a la sociedad desmovilizada e inerme ante cualquier manipulación tras el resurgir del nacionalismo con la democracia. Aunque se haya dicho que el franquismo es el responsable de la exacerbación del nacionalismo, por sus excesos, no es así, el nacionalismo no había necesitado del franquismo durante casi todo el siglo para exhibir su violencia; el nacionalismo no necesita de tales “estímulos”.

Durante los años del franquismo los cambios y transformaciones sociales dejaron a la “izquierda” vacía de contenidos (fenómeno extendido a toda Europa) y la izquierda española, incluyendo a los comunistas, compulsivamente confundió el rechazo al franquismo (especialmente tras su desaparición) con el rechazo a España, y mantuvo la identificación de democracia y progresismo con nacionalismo separatista, cayendo en su órbita. Si se trató de una maniobra para aprovechar la hipotética capacidad de movilización de los nacionalistas, en una sociedad incapaz de hacerles frente, se convirtió en “el cazador cazado”.

A la muerte del dictador el propio régimen se disolvió dando paso a un proceso (la “Transición”) que reinstauró la democracia.

Pese al fracaso de la Constitución Republicana en la integración de los nacionalismos mediante la configuración autonómica del Estado, que en realidad los extendió por todas las regiones reconvertidas en naciones, en la Constitución de 1978 se reincidió en el mismo supuesto, pero con mucha más temeridad e imprudencia. Lo peor es que se hicieron concesiones (y ambigüedades) que no respondían a “demandas de la sociedad”, y mediante una Ley Electoral peculiar, se dio una capacidad de sobrerrepresentación y poder a unos partidos insignificantes dentro del conjunto de la nación.

Si el victimismo y el antifranquismo habían creado en la sociedad española una actitud (totalmente “esnob”) de simpatía hacia los nacionalismos (incluso hacia los terroristas), al cabo, la realidad de su agresividad, soberbia, exigencias sin límites, corrupción y derroche absurdo y descarado (con cargo a todos) ha provocado una honda y creciente frustración.

El hecho innegable es que la Constitución de 1978 no ha funcionado como, aparentando ingenuidad, se nos quería hacer creer que iba a hacerlo. Y aún hay ficticios bienpensantes que ejerciendo la “corrección política” contra viento y marea, ciegos a la realidad (¿de verdad ciegos?), siguen queriéndonos imponer la convicción en la racionalidad de esta Constitución, y el paradigma autonómico, como solución perfecta y la única que satisface los requerimientos de la modernidad. Es el nuevo dogma. A su luz el resto del mundo es una caverna retrógrada, ya que nadie sigue el ejemplo, y más bien parecen ir en sentido contrario.

Pero la realidad se ha vuelto a imponer y ha ocurrido lo único que podía ocurrir con ese texto legal. La actual Constitución ha incentivado los nacionalismos de un modo tal que, no sólo sus Estatutos la desbordan impunemente haciendo de ella papel mojado, sinó que los agravios comparativos provocados por los privilegios y “blindajes” que se arrogan, han provocado “reacciones defensivas” del mismo signo en el resto de regiones (“Comunidades Autónomas”) y ahora aparecen nacionalismos por doquier, que para no ser menos, demuestran su radicalidad y autenticidad con su rechazo estentóreo a España (“¡Muera España!”, “¡Puta España!” y otras lindezas), ya que ese es su único signo real de “identidad” (por supuesto esencial, colectiva y eterna).

Definirse contra España es la única manera que tienen todos, recientes y menos recientes, de ser “algo” puesto que se rechazan como resultado histórico; y están en su derecho, pueden odiar una historia que quiéranlo o no también es la suya (al menos hasta este momento), pero no la pueden evitar ni negar, ni pueden negar tampoco que muchos nos reconozcamos en ella, por eso no somos nacionalistas ni lo necesitamos. Tampoco ellos nos gustan, pero forman parte de nuestra historia y tal vez sí son el germen de la destrucción de nuestro país. Obviamente la Historia continúa y esta realidad “España”, como muchas otras, puede desaparecer o proseguir. La historia no es finalista ni tiene un guión escrito ni tampoco es una abstracta “voluntad actuante”, somos nosotros, las gentes, quienes generamos actos que modifican su rumbo.

Este resultado es un éxito de los nacionalistas catalanes y vascos y forma parte de su estrategia para difundir y fomentar la disgregación del país. A ello van dirigidas sus campañas de “pedagogía” y la ayuda de supuestas organizaciones tapadera (falsos sindicatos,…).

Pero no debe perderse de vista que el resultado que se pretende no son 17 “paises independientes y soberanos”, el resultado es más pérfido, se trata de debilitar los vínculos entre territorios hasta casi eliminarlos (y en este aspecto, la persecución de la lengua común y el control de la enseñanza, son esenciales), para mantener una especie de “Confederación asimétrica”, a la que unos permanecerán “vinculados”, mientras “los asimétricos” la controlarán a su antojo sin estar obligados por compromisos (derecho de veto, “option out”, derecho de retracto, etc…exclusivos sólo para los dos ¿o tres? “promotores”). Si hasta ahora la explotación económica de todo el país ha estado mediatizada por los “políticos” del sistema y sus manejos, y por el Estado, ahora eso es insuficiente y se trata de la explotación directa.

Todos los esfuerzos que se hagan para “encajar” a los nacionalismos en la nación y tratar de que estén “cómodos” están condenados al fracaso porque éstos siempre actúan conforme a su propia naturaleza, jamás han dejado de ver al Estado común como enemigo. En sus propias declaraciones afirman que nunca estarán satisfechos. Cuanto más se les cede crece la insatisfacción y aún elevan más sus exigencias; no hay límite a su voracidad.

La experiencia histórica muestra con toda claridad que sólo puede esperarse de ellos deslealtad, doblez, envidia y traición porque su odio a España y a lo español es la expresión de su mediocridad e insoportable insignificancia. Soberbia.

Si en el pasado fueron los manejos de los políticos quienes produjeron el debilitamiento de la conciencia nacional bien establecida históricamente, ahora es la propia Constitución quien señala el camino y el propio Gobierno de España (tal fue el Gobierno “Zapatero”) democráticamente elegido, quien niega públicamente la nación española, y colabora con quienes se declaran sus enemigos.

El hipertrofiado poder de los nacionalistas, y los mismos sucesivos Gobiernos, por la vía de los hechos consumados (flanqueados por un Tribunal Constitucional, también cómplice en el desguace del país), han llevado al sistema a una inestabilidad extrema. La diferencia con la época inmediatamente anterior a la Guerra Civil está en que la situación social es radicalmente distinta, la sociedad ha cambiado muchísimo y las cuestiones que alientan en el día a día ciudadano nada tienen que ver con aquella época.

Pero no es solamente el Gobierno el responsable de la actual, e intensa, desnacionalización de España, es también obra de los partidos del sistema: la genéricamente autodenominada “izquierda”, compuesta ya exclusivamente por el “facherío progre”, continente de cualquier aberración y despropósito, que ha defeccionado en masa pasándose al bando antiespañol en su papel de “tontos útiles”, y la no menos desdeñosa del país, y vacía de contenidos, “derecha” (aunque eso no es nuevo) interesada exclusivamente en posiciones de poder y de influencia económica (¡Ah, el “liberalismo”!, que gran tabú), a las que por magras que sean no van a renunciar de ninguna manera, ¡y menos por la nación!, ¡hasta ahí podíamos llegar!

No podíamos olvidarnos de historiadores y analistas, que incapaces de resistir al pensamiento único de lo “políticamente correcto” pretenden agradar equidistando entre la verdad y la mentira. A ellos debemos que se califique de nacionalistas (en general “ultranacionalistas”, no podía ser menos) a quienes críticos con los nacionalistas nos oponemos a ellos. Según ellos, quien se opone al nacionalismo forzosamente lo hace desde otro nacionalismo de igual naturaleza y contenidos pero de signo opuesto. Nada importa que no suscribamos ninguno de los presupuestos de la doctrina-ideología nacionalista... ¡todos somos nacionalistas! Esta actitud indecente y cobarde está dando otra importante victoria a los nacionalistas para quienes el “nacionalismo” en los “otros” es oprobio, carcundia, y caspa, pero en ellos es “progresismo, democracia y libertad”. Con este cinismo pretenden, unos y otros, arrastrarnos al pozo de degradación, barbarie, y miseria humana que es el nacionalismo integral.

Quiérase o no, y digan lo que digan, quienes somos parte de esta realidad histórica, España, y deseamos su unidad y continuidad no somos nacionalistas ni necesitamos serlo.

Los nacionalismos nunca han aportado ni democracia ni libertad a la vida española, pero se han aprovechado de las que aquella producía para destruirla, ¿para qué nos sirven los nacionalismos?