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El problema de los nacionalismos y su solución

A fecha de julio de 2004, con las concesiones institucionales del gobierno socialista a sus socios nacionalistas del PSC y los arrebatos alucinatorios y humillantes de ERC, que exige que las propuestas nacionalistas no se debatan en el Parlamento y sean asumidas directamente por el gobierno, el problema de los nacionalismos está alcanzando nuevas cotas de peligrosidad. Alguna prensa se hace eco del peligro, pero aún no se atreve a sacarlo del ámbito de la política del consenso y las concesiones habitual en la aritmética democrática.

 

Los nacionalismos no surgieron en 1977 de la nada, estaban agazapados en los errores y el carácter del régimen franquista: no eliminar los intereses y poderes económicos locales, no eliminar los tradicionalismos locales, despreciar la cultura como medio de integración social, fosilizar selectivamente aspectos culturales e históricos españoles, la anomia y desmovilización políticas producto de la ideología ultraconservadora y de la pantalla del trasnochado fascismo.

Las consecuencias de esta fosilización cultural y política perduran hasta hoy, al punto de que hasta la extrema-derecha española del siglo XXI, ha “renovado” su discurso en base a “europeismo”, racismo y antiespañolismo, estando dominada por fascistas catalanistas (dos veces fascistas) de grupos como MSR, CEI, etc.

La política nacionalista es muy sencilla: invención de tradiciones y culturas o manipulación de ellas, identificación y forja de un enemigo al que compararse y al que eliminar, marginación de este enemigo.

La política de tolerancia de nada sirve ante estos totalitarios, como no sirvió ante el comunismo y el fascismo en los años 20-30 del siglo pasado. Tal y como lo expresó el teórico de la izquierda del 68, Herbert Marcuse, los métodos democráticos, la tolerancia y la libre expresión no pueden aplicarse a aquellos que los niegan: los totalitarios.

Los nacionalistas han tenido mucho cuidado, como Hitler, de ocultar sus métodos y fines tras conceptos políticamente asumibles: democracia, plurilingüismo, plurinacional (¿?), que niegan a los demás, en la práctica, allí donde ellos dominan.

Una vieja táctica nazi y bolchevique. Hitler invocaba el “derecho de autodeterminación” wilsoniano para la “minoría alemana” cada vez que invadía un país.

El caso de marginación paulatina más similar a la nuestra es la de los judíos bajo la bota del nacionalismo alemán. Los judíos no fueron deportados al principio. Primero fueron apartados de las instituciones y del mercado laboral a través de decretos administrativos y normas asociativas. Después se les aplicaron limitaciones municipales, boicots económicos y un goteo de agresiones. Posteriormente se les internó en “casas de judíos”, verdaderos pequeños ghettos, al mismo tiempo que se limitaba su presencia en los lugares y servicios públicos. Fue a partir de la guerra que la persecución se hizo abierta y alegal, improvisando sobre la marcha los gaseamientos y fusilamientos en masa, especialmente en el Este europeo ocupado.

Los primos de los nazis, los “nazionalistas”, han aplicado los mismos pasos: primero exigieron su "lengua" junto al idioma español y su enseñanza optativa, después lo implantaron en el espacio y medios públicos que controlaban, a la par que se infiltraban en las asociaciones civiles y económicas.

Con la llegada de los socialistas al poder, y su posterior necesidad de votos parlamentarios, comienza el chantaje que llevará, a través de normas administrativas de rango inferior que eliminan de hecho la ley, a implantar la enseñanza monolingüe obligatoria (“inmersión”, comisarios lingüísticos), policías autonómicas, representación exterior ilegal, etc. Las conexiones entre los violentos (ETA, PUA, HB) y los “legales” han sido puestas en evidencia públicamente en repetidas ocasiones.

El gobierno Aznar supuso un pequeño freno a sus pretensiones, pero tras la conspiración nacionalista del 11-M (ETA-ERC), que ahora quieren tapar, y la llegada de un debilitado e infiltrado PSOE, arrecian los ataques, ahora protagonizados por la pareja ERC-PSC (IC), con el apoyo ETA-PNV y su “plan Ibarreche”.

Por otro lado, el nacionalismo incide directamente en el individuo, en sus miedos, odios y complejos, dotándole de una identidad colectiva basada en el odio.

Lo cual quiere decir que, como en el caso del nazismo alemán, nos enfrentamos no sólo a la élite militante e ideológica nacionalista, sino también a su población zombie que, junto a los asquerosos colaboracionistas, practica y expande sus medios de expresión (lengua sacralizada, metas políticas, mentiras culturales e históricas, fobias...).

Y si el racista y etnocéntrico nacionalismo vasco sólo piensa en la secesión, la meta del mucho más maquiavélico nacionalismo catalán va más allá: pretende extender el cáncer a toda España, multiplicando el apoyo a los otros estúpidos micro-nacionalismos, exigiendo expandir en todo el territorio nacional sus abortos ligüísticos y el control del poder económico y político. Quieren ocupar el lugar de España, que es lo que mueve su odio y envidia.

Sólo cabe negar sus presupuestos y su veracidad. Pero no basta. Además hay que combatirlos por todos los medios. Y, por supuesto, el fin del culpable de todo, el Estado de las Autonomías y el Sacrosanto Consenso que lo engendró. Ya es peor el remedio que la enfermedad.

Basta de admitir al enemigo en casa, basta de no querer extirpar el cáncer de los parásitos, ladrones, asesinos y chantajistas. Basta de complejos que no son nuestros.

No está en juego un reparto parlamentario ni de beneficios empresariales. Es el saqueo de nuestra economía (que dura desde el siglo XVI, con el monopolio vasco-catalán del comercio americano), la esclavitud de nuestro pueblo, la negación de la existencia y realidad de nuestra nación y de nuestra identidad histórica y cultural, ejemplificada en nuestra lengua (objeto principal de sus furias, de sus fobias y de su persecución, dado el carácter sacral - en el fondo puramente instrumental - que ellos dan a ese rasgo cultural ).

Se requiere una política global centrada tanto en la población como en los medios de incidencia en su identidad colectiva. Porque los españoles SOMOS. Desde siempre, y España representa libertad y progreso.