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España: cultura, Historia y política frente a los nacionalismos

El concepto de cultura, es por sí mismo polisémico, participa de varios significados, polémicos por la utilización política de este campo desde hace dos siglos. Sujeta a toda suerte de manipulaciones, se ha convertido en ideología.

 

Alejándonos de las difusas definiciones que hacen referencia al imaginario o inconsciente colectivo (“carácter” o “conciencia”, que definen esencias indemostrables, en la línea de Américo Castro y Sánchez Albornoz), consideramos la cultura como el patrimonio colectivo conscientemente producido, heredado y sobrevivido en una colectividad a lo largo del tiempo, y, añadimos, de modo espontáneo.

El término “cultura popular” es aún más complicado. Lo popular no son aquellos elementos culturales que el pueblo consume sino aquellos que produce. Elementos de supervivencia y de vivencia, delimitados y espontáneos. La cultura popular es la visión de la vida que tiene el pueblo.

Entendemos por popular lo asimilable a pueblo o clases populares, todos los no-privilegiados.

La fortaleza y autonomía de la cultura popular española es indudable y sorprendente, así como la influencia que ha ejercido periódicamente en la elitista. De hecho la cultura española en la edad moderna sorprende por sus características de espontaneidad y dominio en el conjunto cultural nacional; entre otras: procesiones y manifestaciones en apariencia religiosas, la tauromaquia, el flamenco y la zarzuela.

Al inicio del siglo XVI los rasgos primarios de los principales Estados-nación occidentales (Francia, Inglaterra y España) estaban ya formados; culturalmente España y las demás naciones occidentales poseían sus propias características maduras ya en el siglo XIII.

Ese proceso lento y complejo se vio anticipado por la invasión musulmana en la península ibérica y con la creación progresiva de dos mundos políticos y religiosos distintos que creará una situación de lucha por una unificación territorial temprana, entre los siglos VIII y XV, antes que otras zonas con las mismas características en Europa. Aunque las principales naciones occidentales estaban prefiguradas en las divisiones administrativas del Imperio romano.

A lo largo de tres siglos (XVI-XVIII) se fue transformando la monarquía, sufriendo diversos contratiempos en su labor unificadora e igualitaria, hasta que la irrupción de la Revolución Francesa trajo el concepto originario (y moderno) de nación como la entidad del pueblo opuesto a la Monarquía, el poder y soberanía de un rey, y a la nobleza, los privilegiados.

La reflexión sobre la idea de cultura se desarrolló junto con el pensamiento político en los siglos XVII-XVIII. Los cambios provocados por la naciente sociedad industrial, necesitada de la articulación cultural adecuada a su complejidad y cohesión, precipitaron la estructura y homogeneización de las sociedades y poblaciones formadas como naciones, la utilidad de las características culturales e históricas para la movilización política y su manipulación e invención. El nacionalismo triunfa porque sabe apropiarse y tergiversar el campo cultural.

En el siglo XIX el romanticismo de los intelectuales se mezclaría con los intereses de ciertos grupos sociales en alza para crear los nacionalismos: la invención de naciones inexistentes o la justificación de algunas ideologías e intereses dados en Estados-nación reales, favorecidos por el avance de los medios de comunicación.

Desde entonces la cultura en sus diversas variantes ha proporcionado los elementos de pertenencia de los ciudadanos a la sociedad y su medio de interpretarla, quitándole protagonismo a la economía. Como ella la cultura es tanto construida por los individuos como forjadora de la actuación de estos, tiene una dimensión que va de lo personal a lo social y político.

En España, la persistencia y predominio de los poderes oligárquicos locales y de las instituciones más reaccionarias (monarquía absoluta, religión estatal, nobleza feudal) serían el mayor freno a la construcción del Estado-nación moderno en el siglo XIX y principios del XX.

Estos problemas reales en la modernización y progreso españoles serían oscurecidos por las alucinaciones de los intelectuales sobre España y su Historia: leyenda negra, decadencia, singularidad, religiosidad, carácter absurdo... fueron tantas operaciones ideológicas de unos y otros, extraños y propios, derecha e izquierda... al margen de la existencia real y viva del pueblo y de su cultura.

Será la Generación del 98 la que, a la sombra de la derrota en Cuba y Filipinas, desarrollará el moderno concepto de “España como problema”.

El fracaso y las contradicciones de las fuerzas liberales, el desinterés de los conservadores y la actitud de la izquierda después, junto con el triunfo posterior en la Guerra Civil de 1936 de la reacción franquista contribuyeron decisivamente a debilitar los rasgos culturales y la entidad del Estado-nación en esa etapa fundamental. Y las oligarquías locales del Norte industrial, enriquecidas tras siglos de explotación y apoyo privilegiado del Estado a costa del desarrollo y bienestar del resto, ante la implantación de políticas fiscales y sociales, se inclinarán por la separación política y el dominio económico directo. Para el nacionalismo la cultura es ideología.

Desde entonces llevamos más de cien años de trabas, exigencias y humillaciones por parte de nuestros históricos explotadores “periféricos”.

Ni España es opresora ni las fases y fuerzas que componen su Historia se forjaron contra algo. Son esos localismos, que se legitiman con falsedades y mentiras culturales (idioma, historia, folclore... inventadas o deformadas), los que impidieron e impiden la construcción moderna de un Estado-nación: una población en un territorio con una Historia y una organización político-social.

Desde los Reyes Católicos hasta la llegada del primer monarca Borbón se configuraron no sólo un Estado sino una cultura que en el siglo XVII adquiriría un desarrollo absoluto. Tanto uno como otra y sus diversos protagonistas y etapas han sido expurgados de las leyendas negras (de los nacionalismos periféricos) y rosas (del franquismo) por los historiadores e hispanistas actuales, especialmente las de Felipe II y Felipe V, dos magníficos monarcas.

En cuanto a los Borbones, supusieron para España la implantación de la política ilustrada, progresista y modernizadora (Felipe V, Carlos III), hasta la llegada de Fernando VII después de la Guerra de la Independencia contra Napoleón en 1808.

Esa guerra pudo ser lo que la Revolución de 1798 para Francia, pero el triunfo de la reacción en la persona de Fernando VII, supuso la creación de las dos Españas y de las luchas que dificultarán la modernización económica y política en el siglo XIX: la represión absolutista primero, las guerras carlistas luego y la explotación de los nacionalismos del Norte después jalonarán los intentos torpes y confusos de las sucesivas fuerzas progresistas.

El Estado, copado por los conservadores y con unas fuerzas progresistas y liberales llenas de prejuicios extranjerizantes contrarios a la cultura popular, no intentará utilizar al Ejército, la educación escolar o la simbología como medios de integración del pueblo; realidad muy lejana a la supuesta “represión” que argumentan los nacionalismos periféricos.

Los conflictos militares en el exterior durante ese siglo XIX (islas Carolinas, Cuba, Marruecos) suscitarían un apoyo intenso y espontáneo, incentivado por la confluencia de los intereses y metodología de la derecha y la izquierda.

El toreo se configuró y afirmó contra el poder político. La zarzuela fue obra de una tendencia de los músicos españoles que quisieron y lograron crear una ópera nacional y con sus investigaciones recuperaron variedades musicales anteriores y forjaron ese nuevo género.

En el siglo XX y con motivo tanto de las protestas contra los reveses militares en la guerra de África como del pesimismo intelectual ante la derrota americana de 1898, la derecha creará una interpretación reaccionaria de la Historia, del Ejército, la cultura y la religión (nación= tradicionalismo, monarquía y religión) que junto al desinterés de las izquierdas, la incapacidad liberal y las provocaciones de los nacionalismos del Norte serían un antecedente importante de la Guerra Civil de 1936.

El régimen reaccionario franquista cubrirá etapas históricas y hechos culturales con su tradicionalismo y religiosidad integrista con el fin de neutralizar cualquier movilización política o interpretación cultural distinta a esa. Esto, junto al apoyo dado a los tradicionalismos locales del Norte a finales de los años 60 (con una inexistente represión cultural hacia ellos en la etapa anterior), como contrapeso a la influencia marxista en las Universidades, favorecerá el posterior predominio ideológico de los nacionalismos periféricos.

Por su parte, la izquierda mostraría una incapacidad congénita para comprender el valor de la cultura en la integración (o resistencia) de la población en la sociedad, en el análisis de ella y en el papel del pueblo en su construcción. Terminará arrodillándose ante el elitismo de las utopías políticas de los intelectuales o las manipulaciones de los nacionalismos. Hasta su fin.

Ahora la cultura es política y la política se hace desde la cultura. Jamás en nuestra Historia se había visto amenazada la existencia del pueblo y las instituciones, es decir de la nación española, como lo está por estos nuevos bárbaros.

La teoría “culturalista” de la cultura la formuló la sociología norteamericana de la postguerra. Esa teoría era una síntesis de idealismo alemán y positivismo francés. Actualmente la teoría de la cultura como algo en sí misma, autónoma del medio social y determinista de este, propia del ámbito de la antropología o de los estudios específicamente culturales, es la triunfante tras el desprestigio absoluto del materialismo marxista, su rival.

Ello ha permitido la legitimación académica del nacionalismo, porque lo cierto es que la cultura ha sustituido a la clase como medio de movilización. Cuestionar su validez no sirve como argumento político, hay que implicarse en ello, puesto que si un grupo o sector social cree en algo y actúa en base a tal creencia, le da vida a esta; el éxito de una ideología se mide por el grado de implantación de sus creencias en la sociedad.

Consideramos que la sociedad no tiene un único principio sino que se basa en tres ámbitos distintos: la estructura socio-económica, el orden político y la cultura, los tres relacionados pero regidos por principios diferentes.

El campo económico está regido por la racionalidad funcional y la búsqueda del beneficio. El político se basa en la legitimidad. El cultural en la expresión y el simbolismo. No cabe duda de que las funciones de uno pueden afianzar a otro: tal es el caso del nacionalismo o del fundamentalismo religioso.

Nuestra cultura es fuerte como nunca, la pujanza del arte, el flamenco, el folclore, de nuestro idioma y el prestigio de ellos en todo el mundo se evidencia cada día.

Pero necesitamos enmarcar un movimiento político en esas características culturales. Y sobre todo concienciar al pueblo del valor de su cultura y de su derecho a que reine en su territorio, a que las instituciones la acaten, a que la economía esté al servicio del bienestar público y el debate político para satisfacer aspiraciones populares, donde no existan privilegios territoriales ni discriminación contra la población española en su propio país por parte de unos regímenes fascistas locales implantados y apoyados por las élites políticas colaboracionistas.

Proporcionar esa definición colectiva tantas veces negada, la identificación del concepto de España con la lucha del pueblo por la libertad y el progreso. Contra el nacionalismo, contra las mitificaciones de la extrema-derecha, contra las utopías infantiles de la izquierda radical, contra la claudicación de la izquierda y el pactismo de la derecha. Somos la civilización frente a los nuevos bárbaros, los neo-nacionalismos.

Un movimiento popular que tenga como base la autovaloración cultural, la resistencia política y la negación absoluta de las bases culturales e ideológicas del enemigo y de sus cómplices.