De la Historia de España: Alatriste-Reverte

Sabed vuecencias que Arturo Pérez-Reverte es el autor de una exitosa serie de libros de los de “capa y espada”, ambientados en el siglo XVII, bajo el reinado de Felipe IV, y protagonizados por Diego Alatriste y Tenorio, soldado de los Tercios de Flandes y más oficios.

Su vida es narrada por su paje mochilero, Iñigo Balboa, un chico de 12 años y alguno más, huérfano de un compañero soldado de Alatriste.

Junto a ellos se mueven distintos amigos (Caridad la Lebrijana, amante del “capitán” Alatriste y dueña de la Taberna del Turco donde se aloja, el Dómine Pérez, el boticario Fadrique, el licenciado Calzas, y Francisco de Quevedo y Villegas, el escritor) y también enemigos (el mercenario Malatesta, el secretario del rey Alquezar, el inquisidor Bocanegra).

Sus páginas componen un fresco histórico donde se pasean desde le rey Felipe IV, el valido Olivares, el duque de Buckingham o el dramaturgo Lope de Vega, y todos los lugares históricos de España y Flandes.

Y entre ellos, los comentarios críticos y lacerantes de “ese escenario maravilloso y trágico que llamamos España”, por parte del autor, Arturo Pérez-Reverte, nacido en Cartagena en 1951, 21 años reportero de guerra y reconocido escritor, cuyas obras han sido llevadas al cine en varias ocasiones.

La crítica histórica, que Reverte ha reconocido que está sacada de los datos que le proporciona su propia joven hija, adicta a las aventuras ambientadas en esa época, proceden de los análisis históricos habituales, pero ya un tanto tópicos y superados por los actuales, más equilibrados y exhaustivos.

Batalla de Fleurus. En el contexto de las Guerras de Religión, en Flandes, las tropas españolas bajo la dirección de Spínola obtuvieron grandes victorias en Fleurus (18-8-1622)  y en Breda.Y es que en todas las obras aparecen en las primeras páginas a modo de introducción en el entorno del personaje (“El capitán Alatriste”, página 65; “Limpieza de Sangre”, p. 26; “El Sol de Breda”, p. 36; “El Oro del Rey”, p. 14... –Edición Círculo de Lectores-). Una crítica que debe mucho a la descripción de la novela picaresca y al concepto de “decadencia” del siglo XVII que está siendo muy matizado desde hace un par de décadas por historiadores nacionales e hispanistas extranjeros, siendo sustituido por el de crisis, siguiendo los análisis sobre el carácter cooperativo del Imperio español.

Pero es que Alatriste, aunque en sus aventuras se cruce su camino con los sustentadores del poder, se mueve en el submundo de los mercenarios, la soldadesca, las prostitutas y las tabernas, aunque su fondo, si bien turbio por las penalidades de la vida, sea distinto de los que lo rodean. A finales del siglo XVII habían 150.000 vagabundos en España. Fue una época dura marcada por los cambios sociales.

Alatriste puede ser definido como soldado ante todo, como se le describe en el primer párrafo de la saga: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”.

Por eso quizás sea la tercera obra “El Sol de Breda”, ambientada en una de las campañas de Flandes, la más representativa del personaje. Más que en los otros, que narran aventuras puntuales con los perennes enemigos, y que tratan aspectos concretos de la sociedad de la época.

El capitán AlatristeEs una obra épica, con unas descripciones vívidas y un carácter exultante, muy representativa, tanto del buen oficio de Reverte como del perfil del personaje.

Hay escenas angustiosas descritas con pluma acerada, como la del remate del enemigo herido (p. 159) o la cómica de la “encamisada” (p. 204), una caótica acción de comando, muy descriptiva de esos hombres, heroicos y venales.

Los españoles en los Tercios no fueron más de 20.000, y nunca hubo más de 8.000 juntos. Los Tercios fueron disciplinadas unidades de intervención rápida, mandadas por hábiles generales y creadas en 1534 por el emperador Carlos I, inscrito él mismo en ellos como Carlos de Gante. Su grito de guerra era “¡España!”, “¡Cierra!”, o “¡Imperio!”.

Su unidad base fue la camarada, grupo de cinco o seis soldados con lazos de amistad, autoformada. No estaban constituidos sólo por españoles, pero eran estos el nervio de los Tercios, siempre fieles y sufridos.

SpínolaEsas mismas tropas, que al recibir por fin las pagas y ver que no venían enteras rechazaron tomar un solo maravedí, negándose a pelear aunque se hundieran Flandes y la Europa misma, cuando conocieron que en Amberes seis mil holandeses y catorce mil vecinos estaban a punto de exterminar a los ciento treinta españoles que defendían el castillo, se pusieron en marcha a las tres de la madrugada, cruzaron a nado y en barca el Escalda, y calándose ramas verdes como anticipada señal de victoria en sombreros y morriones, juraron comer con Cristo en el Paraíso o cenar en Amberes”.

Son, pues, los herederos de las legiones romanas (en buena parte iberos), las mejores tropas de Europa, que demostrarían su valía en otros continentes.

La obra de Reverte merece ser elogiada no sólo como buena literatura, incluso histórica, sino como necesidad de crítica y vindicación de nuestro pasado y nuestro ser.

Así, en “Limpieza de Sangre”, cuando el protagonista habla de la Inquisición, de la que está preso, dice acertadamente:

Lo cierto es que no fue aquí peor que en otros países de Europa; aunque holandeses, ingleses, franceses y luteranos, que eran entonces nuestros enemigos naturales, la incluyeran en esa infame Leyenda Negra con la que justificaron el saqueo del imperio español en la hora de su decadencia... Pero Inquisición hubo también en otros sitios. Y además, con su pretexto o sin él, tudescos, franceses e ingleses chamuscaron más heterodoxos, brujas y pobres desgraciados que los quemados en España; donde, merced a la puntosa burocracia de la monarquía austriaca, todos y cada uno de los chicharrones que hubo, muchos pero no tantos, figuran debidamente registrados con procesos, nombres y apellidos. Cosa de la que no pueden presumir, por cierto, los gabachos del rey cristianísimo de Francia, los malditos herejes de más arriba o la Inglaterra siempre falsa, miserable y pirata, que cuando quemaban ellos lo hacían alegremente y a montón, sin orden ni concierto, y según les venía en ganas o en intereses, condenado hatajo de hipócritas”.

La obra de Reverte llena el hueco de la novela histórica en épocas más cercanas que la ibera, la romana o la medieval, tan socorridas. Obviamente, no escapa a las obligaciones del género.

Pero sobre todo es de agradecer el tono, alejado de la nefasta auto-leyenda negra y de la falsa épica de la rosa. Aquí está expresado el punto de vista del hombre del pueblo llano, víctima de los momentos históricos, pero sobrepuesto a ellos, consciente y voluntarioso, y al mismo tiempo protagonista junto a los grandes nombres, a los que trata de tú a tú.

Era absolutamente necesaria una obra que nos describiera, pero con el orgullo que no teme el reconocimiento de asumir lo que somos con nuestras luces y sombras. “Españoles orgullosos de serlo”, como dice el hermoso poema de Celaya.

Y como dice el personaje de Reverte: “Capitán por un día, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el río a la espalda y blasfemando en buen castellano. Cosas de la guerra y la vorágine. Cosas de España”.

Si Pérez-Galdós es el narrador del siglo XIX, Reverte lo es del XVII, y quizás necesitemos ahora alguien que cubra la gesta aventurera marina de España, las exploraciones y descubrimientos marítimos.

Que además sirve para dar en la cara y desmontar las monstruosas mentiras y montajes de los opresivos nacionalismos disgregadores que nos atenazan y envidian a muerte.

Tal es nuestro destino y así lo dijo el capitán y poeta Diego de Acuña:


“Por España; y el que quiera
defenderla honrado muera,
y el que traidor la abandone
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobije
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos”.

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