Pelayo

Pelayo fue un personaje real, nacido a finales del siglo VII, aunque no se sabe dónde y en qué fecha, falleciendo en 737 en Cangas de Onís, así consta en la Crónica Albedense y en las dos Alfonsinas. Por su nombre latino pudo ser hispano-romano.
Fue espatario, guardia real en la corte del rey Rodrigo, el último rey visigodo. Su padre fue Favila, muerto a manos de Witiza antecesor y rival de Rodrigo, según alguna crónica. Lo cual no es extraño dado que el régimen visigodo se caracterizó por los continuos asesinatos entre la nobleza para lograr el trono. En otras crónicas se dice que fue golpeado por el rey por asuntos de mujeres y que tuvo que exiliarse fuera de Toledo.

Su abuelo se llamaba Pelayo, del que tomó el nombre según costumbre hispana. El hijo de Pelayo también se llamará Favila, muerto por un oso.

En la batalla de Guadalete, en 711, combatió cerca del rey. Pero ni esa cercanía y su indudable valor, ni el pequeño cargo de espatario le confirieron la autoridad y legitimidad necesarias para proclamarse rey sin oposición en el seno de una monarquía electiva como era la visigoda. Un factor clave fueron los pactos con los clanes asturianos, indómitos y aislados del resto de la península durante la época romana y visigoda. El otro fue el aislamiento de la nobleza visigoda, colaboracionista.

Rey de toda España, aunque fuera reivindicativamente, puesto que los reyes visigodos cristianos, lo eran de todo el territorio peninsular; como tal fue reconocido por las crónicas musulmanas. Esa legitimidad se reforzará en la refundación de la nación a lo largo de la Reconquista. Un pueblo nuevo en una nueva nación.

Porque para aquellos reductos hispanos cristianos refugiados en el extremo noroeste de la península tras la huida, en una enorme inferioridad numérica, embarcarse en una lucha tan desigual significaba tener muy claro el objetivo: recuperación territorial, unidad nacional, identidad religiosa (entonces única fuente de legitimidad colectiva), y un pueblo único, que ya no podía restablecer la diferenciación entre la minoría visigoda y la mayoría hispana romanizada.

El sustrato ibero seguía luchando por su tierra y su identidad. Hay que tener en cuenta que la nobleza goda se integró cómodamente en la estructura de poder del reducido núcleo musulmán. La propia hija del rey Rodrigo, Egilón, se casó con un jefe musulmán (Abd Al Aziz, gobernador de Al Andalus) tras convertirse al Islam.

Cuando Asturias cayó bajo control musulmán, Pelayo fue trasladado a Córdoba como rehén o quizás como embajador del emir musulmán de Gijón. Pero las continuas violaciones de las treguas y tratados por parte islámica le sublevó.

Las crónicas hablan del hecho de la hermana de Pelayo, situándola voluntariamente en el harén del emir de Gijón, Munuza. Pero estos hechos, de carácter individual, se han aducido a lo largo de la Historia como forma de deslegitimar las motivaciones de sus protagonistas. Sin ir más lejos, un episodio similar se cuenta de Juan Martín “el Empecinado”, héroe guerrillero de nuestra Guerra de la Independencia contra Napoleón.

Pero Pelayo no estuvo sólo. Con una minoría de guerreros se sublevó y fue acorralado con 300 hombres y mujeres en una colina, muriendo el 80 %. El resto, con Pelayo, logró escapar, mientras las fuerzas enemigas se dirigieron a Francia. Durante esa época se alimentaron fundamentalmente de miel.

Que los musulmanes temieron en alto grado el significado político del movimiento insurreccional lo prueba el hecho de que con las expediciónes de castigo iba el obispo de Toledo, Oppas, como medio de desactivar al bando cristiano que se estaba formando.

Por ambos lados estaba implícita la voluntad de eliminar totalmente al adversario o perecer. Ninguno de los dos se planteó negociaciones ni pactos. Durante la Reconquista, las treguas sirvieron para afianzarse, recomponer alianzas y volver a luchar. Así hasta llegar a los Reyes Católicos y su unificación.

La consolidación definitiva de la rebelión se produjo, tras una década de escaramuzas y hostigamiento cristiano, con la emboscada mítica que acabó con una expedición musulmana tras un alud (aunque probablemente no serían 63.000 los enemigos derrotados) en los Picos de Europa, en 722, cerca de una cueva con una ermita dedicada a la Virgen María: Covadonga. Tras 18 años de resistencia, España renacía en un pequeño reino en las montañas asturianas.

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