Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador

Rodrigo Díaz es conocido por haber sido el mayor guerrero de la Edad Media en toda España, Europa y el mediterráneo, el prototipo de caballero, de valor, de destreza militar y política inusitada, de espíritu libre, pero también de misericordia con el vencido.

Hasta tal punto que su figura entra en la leyenda en boca de los juglares que cantan sus gestas y se plasma en el “Cantar del Mío Cid”, obra en la que se vuelcan licencias literarias que se apartan de su historia real, de por sí mítica.

Esto ha hecho que algunos autores, movidos por prejuicios, hayan negado la historicidad del Cid y de sus hazañas. Hoy es imposible sostener esta teoría. Su historia se narra en la “Historia Roderici”, escrita a finales del siglo XII, hallada por el padre Manuel Risco en 1785 y publicada en 1792 como “La Castilla y el más famoso castellano”, y cuyos datos se basan en informaciones contemporáneas de la época y han sido contrastados. Además está citado en el “Campi Campidoctoris”, la “Primera Crónica General”, la “Crónica de 1344”, la “Crónica Particular del Cid”, el “Cronicón Burgense”, los “Anales Compostelanos”, los “Anales Toledanos Primeros”, el “Cronicón de Cardeña”, el “Cronicón Malleacense”, el “Poema de la Conquista de Almería” o la “Crónica Najerense”, todas del siglo XII, así como en las obras musulmanas de Ibn Alqama e Ibn Bassam, citados a su vez en las principales Crónicas españolas medievales, arriba citadas, y en historiadores musulmanes posteriores. También aparece citado el Cid en diplomas y cartas jurídicas, compilados 63 de ellos relacionados con el guerrero en el “Cartulario Cidiano” por Menéndez Pidal.

Contrastados todos los datos disponibles podemos avanzar la biografía del Cid.

Nace entre 1048 y 1050, en Vivar, hijo de Diego Laínez y Jimena Rodríguez, de antiguo linaje y capitán de frontera él y de una de las principales familias del condado castellano ella. Armado caballero alrededor de 1067 y participa en batallas contra navarros, leoneses, y musulmanes aragoneses con 18-19 años, y también en el asedio de Zamora, ascendiendo de rango por su valor.

Tras la muerte de Sancho II en este asedio, el Cid reconoce como rey a Alfonso VI, por lo que la “Jura de Santa Gadea” del Cantar, es totalmente falsa.

Se casa en julio de 1074, con unos 25 años, con Jimena Díaz, de noble origen asturiano. Ya entonces se le llamaba “Campeador” (“Campidoctor”) por sus victorias en numerosos duelos personales. En 1079 protagoniza la batalla de Cabra, donde se enfrentaron tropas castellanas entre sí, como parte de las luchas entre los reyes moros de Sevilla y Granada. Venció allí el Cid al conde García Ordóñez, lo que le causaría no pocas enemistades y envidias. En 1081 comienzan sus periodos de enfermedad, y en ese mismo año encabeza acciones de castigo contra el reino moro de Toledo, lo que provocaba problemas políticos a Alfonso VI, y motivó su destierro.

Según el fuero castellano el destierro implicaba la devolución de los bienes utilizados para hacer cumplir las rentas del vasallaje, y le acompañarían sus vasallos (caballeros), familia y criados, sin que ello implicara dejar de ser súbdito del rey, pero pudiendo servir a otro señor.

En principio partió el Cid con unas decenas de caballeros mientras su familia quedaba al cuidado de sus parientes. Como era usual entonces, se dirigió a ofrecer sus servicios, primero a los condes de Barcelona y después al rey moro de la taifa (reino musulmán independiente) de Zaragoza, que lo aceptó, ambos enfrentados al rebelde rey-taifa de Denia.

Esta decisión le granjeó la enemistad de catalanes y navarros, aliados del rey-taifa de Lérida, enfrentado al de Zaragoza. Fueron derrotados los primeros por el Cid en la batalla de Almenar, en 1082. Esta victoria convirtió al guerrero en el personaje más importante del reino, aparte de enriquecerle.

A principios del años siguiente, 1083, con motivo de la visita a Alfonso VI por la masacre de un ejército cristiano a traición en el castillo de Rueda, le es revocado el destierro. Ahora era un guerrero libre y no un desterrado. Los musulmanes de Zaragoza le llamaban “sidi”, forma hispánica de “sayyid” (mi señor).

El 14 de agosto de 1084 derrota al aliado de la taifa de Lérida, el rey aragonés Sancho Ramírez.

Los años 1085-6 suponen un cambio radical en el mundo político hispánico: Alfonso VI conquista Toledo, muere el rey de las taifas valenciana y zaragozana, instalándose en la primera un aliado de Castilla, y los de Sevilla y Badajoz llaman a los integristas almorávides de Marruecos en su ayuda frente a la fuerza castellana. El 23 de octubre de 1086 las fuerzas cristianas son derrotadas en la batalla de Sagrajas, aunque el ejército almorávide se retira muy menguado a Marruecos, dejando 3.000 hombres al servicio de las taifas.

Alfonso VI lanzará un llamamiento a toda la cristiandad española y europea, a la que responderá el Cid, que ya no está cómodo en Zaragoza ante el avance de Castilla y la alianza de esta con Aragón. Alfonso VI le colmará de honores y prebendas territoriales que le convertirán en uno de los 12 principales del reino. El rey le concede además un privilegio extraordinario, muestra de la capacidad y estima en que le tenía: el señorío e inmunidad sobre todas las tierras que el Cid conquistase, y le envía en ayuda del rey de la taifa valenciana, atacado por el de Tortosa-Lérida, pasando antes por Zaragoza donde se le unen numerosos musulmanes y las tropas del rey de esa taifa.

Ante esto el rey de Tortosa-Lérida se retira, y las tropas de Zaragoza vuelven al rechazar el Cid incorporar Valencia a esa taifa. Pero la ciudad no abre sus puertas y el Cid saquea (algara) la comarca como estrategia de debilitamiento económico y autofinanciación, para lo que solicitará la aprobación de Alfonso VI en un viaje a Castilla a finales de 1087. Retorna con su mesnada de 7.000 caballeros a Valencia, encontrándola asediada por los de Zaragoza y el conde de Barcelona, que a su llegada se marchan sin combatir. Valencia quedó como vasalla del Cid, obteniendo numerosas licencias económicas en ella, prometiéndoles respetar vidas y haciendas, guardia de mozárabes en las puertas y torres y la prohibición de entrar en la ciudad a personas con siervos musulmanes, rehusando conservar las confiscaciones, y la no ocupación del alcázar. Una muestra de la generosidad cidiana.

A principios del verano de 1088 el emir de Marruecos retorna a España llamado por las taifas, sitiando Aledo, acudiendo en su ayuda Alfonso VI. Un error de cálculo del Cid sobre la velocidad del ejército real provoca un desencuentro con él y su enfado. En su campamento de Elche, el Cid autoriza el licenciamiento de algunos de sus hombres, ya que debe temer la represalia real, que se produce al confiscar todos sus bienes, e incluso apresa brevemente a su mujer e hijos, hecho sorprendente y más siendo Jimena la hija de una prima del rey y hermana del conde de Asturias. El Cid enviará 4 juramentos de exculpación.

Resolviendo no servir a ningún rey, asalta la fortaleza de Polop y se hace con un rico botín, instalándose en el castillo de Ondara, cerca de Denia, donde pasa las Navidades tras repararlo. Denia, perteneciente a la taifa de Lérida, pacta con el Cid su marcha a cambio de, quizás, dinero, dirigiéndose a la taifa valenciana. Allí numerosos castillos y ciudades la tributan parias, instaurando su protectorado sobre el reino de Valencia: será su reino. Este protectorado estorbaba la expansión de la taifa de Lérida-Tortosa, cuyo rey paga al conde Berenguer de Barcelona para que lo destruya, el cual obtuvo la alianza y posterior traición del rey de la taifa de Zaragoza y la negativa de Alfonso VI. Era la primavera de 1090.

La emboscada que le tiende el conde se vuelve contra él, siendo derrotado y capturado con otros 5.000. Estos debían pagar un rescate y enviar familiares como rehenes, pero el Cid devolvió los rehenes y condonó el resto del rescate. Poco después el Cid enfermó.

El mismo año el emir Yusuf de Marruecos regresa y se apodera de las taifas de Granada y Málaga. El Cid se une a la expedición de Alfonso VI, que se estanca ante los muros de Granada, y vuelve a chocar con él, volviendo a tierras valencianas con algunos hombres menos.

Mientras, los almorávides someten las taifas de Sevilla, Murcia, Badajoz, Almería, Córdoba y Denia. Ahora en su camino está el Cid, atrincherado en su castillo de Peña Cadiella, rodeado por otros castillos de la comarca.

Al año siguiente viaja hasta Zaragoza a petición de su rey-taifa, que solicita su protección ante las algaras del rey aragonés Sancho Ramírez. Firma un tratado de amistad con ambos y los amiga.

Mientras el rey Alfonso VI, con la colaboración del conde Berenguer y el rey Sancho Ramírez, quiso controlar Valencia directamente exigiendo a los castillos de allí las parias de cinco años, para ahogar la economía del Cid y su hueste.

El Cid se limita a enviarle emisarios que le reprochan su conducta y le advierten de sus consejeros. No fue necesario más puesto que el ejército tuvo que retirarse ante la escasez de provisiones y la tardanza de los aliados de la flota genovesa. A continuación el Cid refuerza su ejército con tropas musulmanas de Zaragoza y lo dirige contra el conde García Ordóñez, gobernador de la Rioja y pariente de Alfonso VI, asolando sus tierras y conquistando Logroño.

Esta represalia y el fracaso en Valencia marca un punto de inflexión en la actitud de Alfonso VI con el Cid. Se percató no sólo de su poder y habilidad militares sino de su capacidad de gobierno y control de una zona tan agitada como Valencia. Consecuentemente le envió el perdón y le devolvió sus bienes, lo que será la reconciliación definitiva. Era el verano de 1092.

En Valencia, la conquista almorávide de Murcia provoca un movimiento de apoyo a estos que desemboca en el asesinato del rey y la entrada del enemigo en la ciudad. Llegado el Cid obtiene la sumisión de todos los castillos, dedicándose a aprovisionarse con algaras. Sitia la ciudad, entrando en negociaciones secretas con su cadi (alcalde), enemistado con el poder almorávide, hasta que estos, desgastados por los ataques del Cid, pactan su salida en agosto de 1093.

Fija su residencia en el reconstruido castillo de Yubayla, administrando rentas del arrabal de Alcudia que había conquistado. Sigue presionando con algaras a los caídes que no se someten a Valencia. En Alcira construye una verdadera ciudad para almacenar víveres y se instala de nuevo en Peña Cadiella.

En una de las escaramuzas resulta herido en el cuello, tardando en sanar tres meses.

A principios de 1094 los almorávides se acercan a Valencia pero evitan enfrentarse al Cid. En la ciudad el cadi rompe con el Cid ante la presión de los partidarios de aquellos. El Cid, y los propios musulmanes, saquean los arrabales, arrasándolos, y la carestía crece en la ciudad. Tras recuperar el control el cadi Yahhaf, que entrega al Cid los partidarios de los almorávides, pero no el control de los impuestos, ante el aumento vertiginoso del hambre y la ausencia de ayuda exterior, se rinde el 16 de junio de 1094.

Se respetan, como siempre el Cid, vidas, haciendas, costumbres y leyes.

El 21 de octubre el ejército almorávide (y leridano) es derrotado en Cuarte en un doble ataque de un ejército cidiano combinado de cristianos y musulmanes.

En enero de 1097 derrota a un poderoso ejército almorávide en una brutal carga frontal: es la batalla de Bairén, junto a su aliado el rey aragonés Pedro I. En primavera su único hijo Diego muere en la batalla de Consuegra, donde es derrotado Alfonso VI.

Al año siguiente conquista Almenara y Murviedro, que no reciben ayuda de nadie, ni siquiera del conde Berenguer, que recibe parias del último.

Al regreso a Valencia comienzan las obras de transformación de la mezquita mayor en iglesia de Santa María, consagrada dos años antes.

Muere el 10 de julio de 1099 y es sepultado en el monasterio de San Pedro de Cardeña, cerca de Vivar. La tumba será profanada por la soldadesca napoleónica, y tras diversas vicisitudes, en 1921 se traslada a la catedral de Burgos.

Su señorío pasa a su esposa, Jimena, que lo administra hasta que la ciudad es evacuada e incendiada el 5 de mayo de 1102 ante el empuje almorávide que no pudo contener Alfonso VI, tras 18 años en manos del Cid. Sus hijas, Cristina y María, emparentarán con la casa real de Navarra y la condal de Barcelona (y no de Aragón como dicen fuentes juglarescas).

Esta es la biografía real del más grande guerrero de la Edad Media, genial estratega, administrador eficaz, temido por sus enemigos, que con los escasos medios de un condado ganó batallas sólo con la amenaza de su presencia, proscrito, siempre leal a su rey, magnánimo con sus enemigos, y de valor indudable, defensor de España y prototipo de su pueblo en armas.

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