II República e intelectuales: una falsa relación

En la España contemporánea, salvando la etapa de los arbitristas, reformistas del siglo XVIII, el periodo más conocido de la relación entre intelectuales y política es la II República. El tratamiento de esa etapa está cubierto de mitos, silencios culpables y descalificaciones. En primer lugar por el esquematismo, la reducción a “generaciones” y “tendencias políticas” rígidas, que ocultan las razones (numerosas, matizadas, contradictorias y personales) de cada posición política puntual o general.

En la intelectualidad de entonces confluían varias generaciones: la del 98, ya envejecida y de perfiles ambiguos, la del 14, la del 27 y la misma del 36, calificadas por unos y otros según posiciones políticas previas y enriquecidas con las justificaciones propias de cada protagonista.

La etapa republicana fue corta pero intensa, tumultuosa y trágica, llena de altibajos, renuncias y amagos, muy propios de un mundo intelectual que no ingresó entusiásticamente (salvo contadas excepciones) en el ámbito político, sino que fue ingresado en él por la fuerza de los acontecimientos. Hechos que incluían, más que un firme republicanismo, un rechazo a las camarillas de la Restauración alfonsina y a la antiintelectualidad populista de la Dictadura de Primo de Rivera.

Gerardo Diego, Dámaso Alonso, José Bergamín, Jorge Guillén,  M. Blasco Garzón, J. Mº Romero Martínez, Bacarisses,  F. Gº. Lorca, Rafael Albertí. La revista Litoral (1926), fue el organo de expresión de la Generación del 27. Se habla de República de intelectuales y sin duda lo fue, pero no tanto por la apelación de la República a estos sino por el número de los que tuvieron cargos vitales y participación en ella hasta el final: los Azaña, Besteiro, Fernando de los Ríos, Jiménez de Asúa, Domingo, Giral, Llopis o Negrín. Junto a ellos, los militantes: Maeztu, Hernández, Alberti... Y los implicados y los neutrales.

Pocos se vincularon a partidos, y los compromisos colectivos (como la Agrupación al Servicio de la República) o particulares, pronto se disolvieron frente a la ola de radicalismo y violencia que crecía.

Un punto de inflexión clave, entre otros, fue la alianza de 1933 con la URSS, campaña capitaneada por Américo Castro, Jiménez de Asúa, Sánchez Albornoz, Barnés y Araquistain. Fue la alucinación soviética, muy infiltrada en el PSOE, la subyugación a la disciplina que representaba el PCE y la destrucción final de cualquier idea democrática real para la República.

La muestra más preclara del tipo de relación entre intelectuales y República fue la Agrupación al Servicio de la República, creada por José Ortega y Gasset el 10 de febrero de 1931 con un Manifiesto en el que proclamaba su intención de “movilizar a todos los españoles para que formen un copioso contingente de propagandistas y defensores de la República Española”. Lo firmaron además Francisco Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, Antonio Machado sería presidente de honor. Junto a ellos nombres como Teófilo Hernando, Jiménez Díaz, Eduardo Bonilla, Antonio Medinaveitia, José María Semprún y Francisco Villanueva.

Pretende Ortega aglutinar a su alrededor a intelectuales de su círculo, como Francisco de Ayala, Corpus Barga, Antonio Espina, García Lorca, José López Rubio, Rivas Cheriff, Pedro Salinas, Ramón Sender, Fernando Vela o Luís Valdeavellano, colaboradores en proyectos anteriores suyos.

Participaron en las elecciones a Cortes Constituyentes de 1931, con apoyo socialista (Fernando de los Ríos les proporcionó siete actas), y lograron 13 escaños. En el hemiciclo se les llamó “el Olimpo”.

La ASR orteguiana tuvo 13 diputados que dieron dos ministros, tres subsecretarios y un embajador para una asociación de 15.000-20.000 afiliados, entre los que se contaron Azorín, Gerardo Diego, Joaquín Garrigues y Mariano Granados. Médicos, abogados y maestros.

Las divergencias entre los miembros de este no-partido político, especialmente en el tema de la reforma agraria (pasarán del no al sí y finalmente a la libertad de voto) y del Estatuto de autonomía catalán (Ortega dijo que este problema sólo se podía “conllevar”), les llevará a disolverse a través de un Manifiesto el 29 de octubre de 1932.

Ortega ya había propuesto un año antes, el 6 de diciembre, la “rectificación del perfil de la República”, y la formación de un partido nacional que “debe hacer primar a la Nación sobre el Estado, debe ser un partido por encima de las clases”.

La mayoría de los próceres terminarían en el Grupo Republicano Independiente, como Justino de Azcárate. Giner de los Ríos acabaría en la centrista Unión Republicana, Pareja Yébenos en el Partido Radical de Lerroux, Juan José Santa Cruz en la Acción Republicana de Azaña, y García Valdecasas fue uno de los fundadores de Falange Española.

Este carácter intelectual queda reflejado en las quejas de sus afiliados por la falta de directrices y organización política, el mismo caso que la Acción Republicana azañista.

Las posiciones de los intelectuales fueron, salvo excepciones, personales y complejas, divergentes y evolutivas. El ejemplo de Ortega es significativo, su cambio, su “rectificación” llega apenas en un año.

Alberti, el comunista, es en realidad un arrebato travestido de fanático, como reflejan sus artículos crueles en las revistas frentepopulistas El mono azulyOctubrey su implicación en las denuncias a burgueses, reaccionarios, clericalla y fascistasque terminaban en fusilamiento.

 

La individualidad late mucho más claramente en otro colaborador de “Octubre”: Cernuda. O el populismo estético de un García-Lorca, tan alejado de cualquier obrerismo real.

Y esos dos incorregibles individualistas inclasificables, Bergamín y Unamuno, de trayectorias sumamente contradictorias y particulares :

El primero, de un catolicismo que no protestó ante los asesinatos y persecución de católicos por el simple hecho de serlo, terminaría defendiendo tras la muerte del franquismo al terrorismo independentista vasco, y el segundo en principio socialista, después un cristiano agónico, y con un final (el enfrentamiento con Millán Astray en la Universidad de Salamanca) cuyo significado está en su asumido papel de profeta único, siempre crítico, sin duda genial, pero solitario, víctima también de todos los mitos de la época.

Paradójicamente, si Unamuno hubiera terminado en la zona republicana, hubiera sido fusilado por los frentepopulistas. Como le pasó al diputado de Unión Democrática de Cataluña, Carrasco Formiguera, que huyó a la zona rebelde por estar buscado por derechista y clerical, y allí fue fusilado por separatista.

El liberalismo traicionado estaría representado por José Castillejo, y el conservadurismo por Ramón y Cajal, Menéndez Pidal, Clemente de Diego, Posada y Azorín.

Machado está comprometido con el pueblo, pero no desea implicaciones que le llevarían a formar junto a los asesinos, y critica a todos pero se deja arrastrar, como Valle-Inclán, que tras criticar a la aristocracia o el militarismo, culpa al pueblo fanatizado y turbulento, pero termina firmando el "Manifiesto del Socorro Rojo", impulsado por la dinámica política que no entiende de matices intelectuales y menos aún éticos.

García Lorca, un poeta que se consideraba “enemigo de nadie”, muy tenuemente implicado en política, amigo de falangistas y de comunistas, sabía que, no obstante, podía ser objeto de odios e inquinas desatadas por la ola de venganzas y sangre que estalló el 18 de julio de 1936, y se refugió en casa del poeta falangista Luís Rosales. Una denuncia de un oscuro cedista le llevaría a la muerte, a pesar de los esfuerzos de sus amigos falangistas.

 

Ramiro de Maeztu, quizás uno de los intelectuales más brillantes de principios de siglo, también fue fusilado por su militancia conservadora en la revista “Acción Española. Como Francisco Valdés, Víctor Pradera, García Villada, Bermúdez-Cañete, Reina, Alcalá-Galiano, Santander, García de la Herrán y Bueno, casi todos de “Acción Española”.

Sería estúpido hacer una contabilidad de los que apoyaron a un bando u otro, ya que si el “republicano” contó con Picasso, Antonio Machado, Bergamín, Alberti, Miguel Hernández, León Felipe, Sender, Barea o Sánchez Albornoz, el “nacional” tuvo a Ortega, Unamuno, D´Ors, García Morente, Maeztu, Marañón, Benavente, Menéndez Pidal, Azorín, Baroja, Rosales, Pemán, Manuel Machado, Pérez de Ayala, Dalí, Sert, Zuloaga, Pla, Camba y otros más jóvenes como Cela, Víctor de la Serna, Montes, Foxá, Laín...

Por otra parte, el apoyo que pareció tener la República frentepopulista entre los intelectuales en los inicios de la contienda se desvaneció por la huida de estos. La firma del manifiesto de la "Alianza de Intelectuales Antifascistas", liderada por Bergamín, en julio de 1936, obtuvo la firma de varios de ellos bajo la coacción implícita o explícita.

Firmaron Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez o Gómez de la Serna, que en cuanto pudieron huyeron y se desdijeron y criticaron el ambiente de linchamiento y antiintelectualidad del frentepopulismo, que en nada tenía que envidiar al de un Millán Astray en Salamanca.

Huyeron también Azorín, Menéndez Pidal y Baroja, de un ambiente en el que la calificación de “traidor” suponía una sentencia de muerte, y donde el robo y el expolio de bienes personales y nacionales fue moneda corriente, y probablemente una de las muchas causas de la derrota militar republicana.

 

Así, en los órganos de prensa de la izquierda e incluso de los republicanos, se atacaba a la generación del 98, a Ortega como orientador de la Falange, se destituyó a Unamuno de sus cargos universitarios calificándolo de traidor...

No nos engañemos, el apoyo que tuvo el franquismo en sus inicios y durante la guerra no fue de tipo ideológico, un concepto que el propio Franco detestaba, sino producto de las violaciones de la ley y la implantación del imperio del caos y la tropelía de la República y del Frente Popular. Simplemente, el otro bando aún era peor.

Esa “República republicana” de Azaña supuso la marginación y opresión de amplios sectores de la población, y el crecimiento de los “revolucionarios” tras el 18 de julio del 36 no fue impedido por los más moderados.

No olvidemos que el responsable último de las sacas en las cárceles de Madrid era del partido de Azaña. Este sólo se lamentó al final. Demasiado tarde.

Estos intelectuales que trajeron y representaron a la República fueron ampliamente rebasados por los revolucionarios. Sus propuestas políticas, por otra parte, eran consideradas moderadas por sus aliados de la izquierda y ofendieron en su aplicación a la derecha.

Lo que trajo la República-títere de 1936, rehén y excusa de los revolucionarios, fue un partido comunista teledirigido por Stalin y sus “consejeros”, que aplicó la eliminación física de sus enemigos, un enfrentamiento interno que influyó en el desarrollo de la guerra y el ascenso de una élite muy poco intelectual, parecida a la que subió al poder en la Alemania de Hitler.

¿Qué podía esperarse de un gobierno en el que el ministro de educación era un analfabeto que abogaba por eliminar la adquisición de conocimientos teóricos, como era el comunista Jesús Hernández, posteriormente arrepentido y disidente del comunismo?.

Volver al índice de Historia
Volver al inicio del Documento