La Inquisición: verdad y mito

España toleró la existencia de minorías dentro de sus fronteras mucho más tiempo que ningún otro país, y además ocupando puestos principales en la nobleza, el comercio y finanzas, y en las ciencias (lo que les granjeó la desconfianza popular, especialmente cuando actuaban como recaudadores de impuestos). Los judíos, por ejemplo, fueron ministros, consejeros reales, recaudadores, financieros de empresas militares y mayordomos de las propiedades de la Corona y la alta nobleza. En países como Inglaterra y Francia los judíos fueron expulsados dos siglos antes.

El caso principal fue el de la minoría judía, y posteriormente conversa. El antisemitismo fue una maniobra de la nobleza para deshacerse de una clase media financiera que le disputaba la hegemonía en el Estado. El fin de la Reconquista y las presiones de la Cristiandad europea crearon el antecedente de un conflicto; religioso y económico en el caso judío, cultural y nacional en el musulmán.

Esto se plasmó claramente en la gesta americana, donde los conquistadores eran segundones hidalgos y del pueblo, y la beneficiaria del régimen agrario implantado allí fue la nobleza.

En el caso de los moriscos, el deseo de la nobleza de mantenerlos sujetos como vasallos para asegurarse sus rentas fue lo que provocó su falta de asimilación y su marginalidad. El propio emperador Carlos I se vio impotente de enfrentarse a la nobleza en este punto, y el Papa lo intentó en 1531, fracasando, con lo que los propios moriscos se vieron en la necesidad de rebelarse o colaborar con los piratas berberiscos y con los turcos, y ya en el siglo XVII con los franceses.

Moriscos (por Christph Weiditz en 1529)Se descubrieron varias conspiraciones en 1580, 1602 y 1608, lo que junto a su elevada tasa de crecimiento motivaron su expulsión en 1609-1614. Motivo fundamental fue el interés de los nobles locales por librarse de vasallos que les tributaban arriendos fijos que ellos no podían aumentar. Representaban el 4 % de la población.

Las algaradas antisemitas y las presiones de la Iglesia forzaron las conversiones al catolicismo, a mediados del siglo XV, y los enlaces matrimoniales con la nobleza integraron de un modo general a los judíos y conversos en la sociedad española. El propio rey Fernando el Católico descendía de judíos. Y el primer Gran Inquisidor General, Juan de Torquemada, y el segundo, Diego de Deza (y también Sta. Teresa de Jesús, y Fray Luis de Granada, y tantos otros...).

De hecho, los conversos ocuparon el mismo lugar que anteriormente tenían como minoría judía, se dedicaban a las mismas actividades y mantenían las mismas costumbres. Su preeminencia en las profesiones liberales y las universidades, e incluso en sectores de la Iglesia, comenzó a generar un agravio comparativo entre el resto de la población que se materializó en la década de 1480 en los intentos de segregación dentro de los gremios; un proceso paralelo al que se dio posteriormente con los moriscos: ellos fueron primero tolerados, después convertidos y, ante su ignorancia de la nueva religión y por sus costumbres distintas, perseguidos.

Esta reacción provocó que numerosos conversos se convirtieran en apologistas antisemitas. Casos extremos fueron los de Alonso de Espina o Pablo de Santa María.

El miedo al intenso contacto de las élites nobles con los conversos provocó en el siglo XV la discriminación racial a través de los Estatutos de Limpieza de Sangre, concedidos a través de bulas papales en 1414 y 1418, aunque la exclusión efectiva no aconteció hasta mediados del siglo XVI.

Estatutos hubo en la Inquisición, los Seis Colegios Mayores, las Órdenes Militares, algunas Universidades, tres Órdenes religiosas y varios municipios y catedrales. Nunca formaron parte de las leyes españolas puesto que afectaban a entidades privadas. De hecho la práctica de la limpieza discrepaba muchas veces de su teoría.

Dos conclusiones se sacan de esta acción: que las clases populares alardeaban de sangre no mezclada frente a la nobleza “impura” por su posición económica en contacto con los conversos, y que tales estatutos existieron para ser incumplidos.

Fueron utilizados como una más de las armas en las luchas entre los distintos estratos sociales y locales (por ejemplo, los hidalgos segundones vizcaínos que buscaban un puesto burocrático en la Administración).

La oposición a tales prácticas no cesó jamás y fue intensa (especialmente a mediados del siglo XVI y en el XVII), incluyendo a cuatro Inquisidores Generales y numerosos intelectuales; no llegó a ser la ideología dominante jamás, aunque hubo cierta obsesión a mediados del siglo XVI. En 1623 bajo el reinado de Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares se redactaron reformas que las simplificaban y reducían. El propio Olivares pretendió el regreso de los judíos expulsados.

En 1480 nacía la Inquisición española (reemplazando a la inquisición medieval del siglo XIII) bajo bula papal y con jurisdicción exclusiva sobre los bautizados. Es decir, estaba dirigida contra los conversos falsos y su poder social. Nace así como reflejo de intereses económicos y sociales clasistas y por presiones de los prejuicios raciales presentes en la Cristiandad europea y no como síntoma de integrismo religioso (de ahí que se promoviera la expulsión de las minorías religiosas, no sujetas a ningún control). No se considera un tribunal de justicia sino una “corporación disciplinaria”.

Por otra parte, si bien la Corona siempre presionó y logró mantener a la Inquisición española como institución nacional, fuera del control del Papado, esto no significa que fuese un tribunal secular. Sin la autoridad y jurisdicción romanas el tribunal no existiría. Fue un tribunal eclesiástico bajo la doctrina de la iglesia católica romana. Sus reglas fueron redactadas por él mismo en 1484-1500 y poseía autonomía económica, aunque jamás logró autofinanciarse.

No obstante, la Corona jamás la utilizó para sus fines políticos excepto en funciones menores, en intrigas puntuales (como el conocido caso del renegado Antonio Pérez), y más como amenaza que como actuación. Con Felipe II, por ejemplo, murió menos gente durante su reinado que en ningún otro país.

Autos de fe.El sistema del secreto, impuesto en el siglo XVI, y del anonimato de los testigos, así como la venalidad de los colaboradores de la Inquisición (los “familiares”), más que de los inquisidores, son las principales acusaciones ciertas contra ella. Estas características se intentaron cambiar, pero personajes tan reformistas como el emperador Carlos I o el cardenal Cisneros (perseguidor implacable de toda corrupción en el seno de la institución que presidió) se opusieron (principalmente debido al asesinato de varios testigos identificados), lo que da una medida del carácter ideológico que suponía la religión en la época. Estas características fueron el principal vivero de los mitos sobre los horrores del proceso y las cárceles inquisitoriales.

El nombramiento del holandés Adriano de Utrech como Inquisidor General, ignorante de los problemas españoles, supuso un retroceso en el proceso reformador de estos vicios procesales, iniciado por el canciller real Jean de Sauvage en 1518.

En cuanto a sus prácticas, es el aspecto donde más demagogia se ha vertido. Las denuncias falsas y los abusos eran castigados ejemplarmente, y las autodenuncias tratadas con mucha benignidad, lo cual es fácilmente comprobable ya que la Inquisición ha sido una de las instituciones que más documentos a dejado a los historiadores.

Judicialmente los métodos inquisitoriales eran los de los tribunales seculares de su tiempo. Prácticas como la de la confiscación de bienes fueron reformadas en 1561 para permitir al preso vivir de sus propias rentas. Las cárceles inquisitoriales eran consideradas mejores que las eclesiásticas y reales. Los gastos de los pobres eran pagados por el tribunal. Se permitía a los presos tener mobiliario y utensilios propios y raras veces se les encadenaba. También podían tener abogado y procurador, aunque este sistema degeneró a mediados del siglo XVI, y estaba coartado por el propio carácter disciplinario del tribunal.

Instrumentos de tortura: la sierra.La tortura era muy rara y sólo usada como último recurso, cuando en los otros tribunales era habitual. La mayoría de los fallecimientos se debieron a enfermedades y falta de higiene. La regla básica era que no podía peligrar la vida o las partes corporales del prisionero. Las confesiones obtenidas bajo tortura sólo eran consideradas válidas si se ratifican al día siguiente, y apenas se usó para obligar a delatar a otros. Se dejó de emplear a mediados del siglo XVIII. Actualmente se ha publicado la cifra de un 2 % de torturados de un total de 7.000 casos.

La descalificación de los testigos, reales o supuestos, y la locura fueron medios exitosos empleados por los acusados. Por ello en España no se participó de la vorágine criminal que se dio en el resto de Europa, especialmente en los países protestantes, contra la brujería, tratada como una forma de locura o de autoengaño en la mayoría de los casos; sólo en la matanza de la noche de San Bartolomé en Francia o en cualquiera de las atrocidades religiosas masivas en los Países Bajos o Alemania se asesinaron a más personas que la Inquisición en toda su historia. Esta es la verdad de los hechos.

Además, en el siglo XVII, debido al poco espacio disponible en sus cárceles se permitía a los presos residir en ellas sólo de noche. Las cadenas perpetuas se convertían en condenas de tres años e incluso de uno. Las galeras fueron un castigo desconocido para la Inquisición y que implantó el rey Fernando, pero nunca lo dictaron por más de 10 años, en contraste con las perpetuas de los tribunales seculares, y en el siglo XVIII ya no existía.

La inmensa mayor parte de las condenas a la hoguera se ejecutaban "en efigie".La condena al poste, a muerte, fue heredada de la inquisición medieval, y era corriente en la Cristiandad del siglo XV. Sólo era empleada para los herejes no arrepentidos y los relapsos (reincidentes). El alto número de los quemados en efigie indica la cantidad de acusados que escapaban. Según cifras recientes los ejecutados fueron de 5.000-7.000 en el periodo de 350 años de existencia del Tribunal.

La intrusión en la vida privada que pudo haber supuesto el control de la moralidad quedó, excepto la bigamia, en una declaración de error mental inofensivo, como en el caso de las blasfemias.

El siglo XV, por otra parte, no fue un pozo negro de barbarie como algunos lo han descrito, sino que supuso un renacimiento cultural en España al más alto nivel. En palabras del propio Erasmo de Rotterdam: “En España, los estudios liberales han llegado a florecer tanto en el curso de pocos años, que son la admiración y sirven de modelo a las naciones más cultivadas de Europa”.

El erasmismo caló en la Corte y en las jerarquías eclesiásticas, ya imbuidas de reformismo. Pero la aparición del luteranismo y del misticismo iluminista, ligados al erasmismo y a los conversos, junto con la limitación a la libertad que su represión trajo en toda Europa, desbarataron de nuevo las conquistas liberales de la sociedad española. Razones políticas desataron el pánico, el miedo de las instituciones a la subversión al descubrirse los primeros grupos protestantes y el rango de algunos de sus miembros.

La Inquisición romana se adelantó a la condena de Erasmo al proscribir todas sus obras en el Índice en 1559, mientras que los sucesivos Índices españoles de la década de 1550 sólo incluían libros considerados extremistas desde la óptica católica, muchos de los cuales podían circular expurgados (censurados) y otros con la inclusión de un aviso . Todos ellos estuvieron basados en los Índices romanos o en los de Lovaina (aunque los Índices españoles fueron mucho más tolerantes).

El contrabando de libros prohibidos fue numeroso y no cesó nunca. Ni los pocos escritores famosos censurados dejaron su labor ni la expansión cultural española fue frenada, como pretenden algunos atizadores políticos. Muy al contrario, fue la época de mayor expansión cultural y geográfica de España. A lo que se puso límites fue a la especulación teológica. Ese retraimiento ideológico supuso un descubrimiento y desarrollo de las riquezas de la cultura y el arte nacionales.

Un siglo después del establecimiento del tribunal, la lengua, el arte y la literatura españolas dominaban Europa y la cultura civilizada. En ciencias como las matemáticas, botánica y metalurgia, España podía compararse con cualquier nación europea. Galileo pensó refugiarse en España cuando fue perseguido en Italia.

Las posturas reaccionarias en el mundo cultural partieron de las Universidades, partidarias de la autoridad y contrarias a la libertad de pensamiento. Los reformadores y filósofos no tenían a sus enemigos en el seno del Estado sino en las instituciones académicas. A partir del siglo XVI fueron copadas por jóvenes aristócratas y perdieron los rasgos democráticos, transformándose en lugares contrarios al saber y pozos de intereses de clase e inmovilismo.

A mediados del siglo XVII la Inquisición adoptó una postura menos cerrada, propia de la época y de la actitud de las instituciones, que reforzaron el regalismo (supremacía del Estado, de la Corona, sobre la Iglesia) sobre ella.

Aunque con el advenimiento de la Revolución Francesa todo ese progreso se hundió y nuevos enemigos (inexistentes), como los masones, fueron identificados con los judíos, los protestantes y los extranjeros. Eliminados los peligros heréticos en religión surgieron los ideológicos, contra los que se emplearía la censura.

Pero tanto Fernando VI como Carlos III se habían preocupado de tener el aparato censor bajo control estatal, así que la censura indicativa de la Inquisición fue paralela a la efectiva del Estado, por otra parte claramente de carácter liberal y controlada por liberales como Jovellanos.

Esta crisis del tribunal y de toda la sociedad se debió a la caída de la confianza en la estructura social motivada por el papel de la aristocracia en las sublevaciones en Cataluña y Portugal y posteriormente en la Guerra de Sucesión, por la que grandes nobles fueron desterrados y encarcelados por traidores. Felipe V confió a una nueva élite popular los puestos estatales.

La Inquisición pasó a ser en esta etapa símbolo del conservadurismo político y de sus luchas con los liberales, aunque estos no comprendieron que su principal problema era en realidad el escaso apoyo que, como élite política, tenían entre la población. Incapaz de hacer frente a la oleada de nuevas ideas que entraban en todos los ámbitos de la nación, la labor inquisitorial resultó un fracaso y estuvo supeditada a los triunfos de los políticos tradicionalistas.

La postguerra de 1814 trajo la ruina económica del tribunal y una disminución de su virulencia y de su autoridad ante el régimen de Fernando VII. Su hija Isabel II lo aboliría definitivamente en 1834.

Una de las consecuencias más graves de la existencia de la Inquisición fue el aprovechamiento que hicieron las fuerzas antiespañolas extranjeras de su existencia y las leyendas y falsedades que urdirían para sus propósitos políticos, difundidas ampliamente por el uso de la imprenta. Tal fue en los Países Bajos (la Apología de Guillermo de Orange), a pesar de que habían tenido su propia Inquisición y que jamás Felipe II pretendió implantarla allí, y de que nunca tuvo una política exterior antiprotestante, y especialmente en Italia, así como con los de renegados célebres.

La Leyenda Negra contra nosotros se nutrió de una serie de libelos fantásticos y enteramente falsos, como en el siglo XIX-XXI los de los nacionalismos separatistas. Obras fundamentales sobre la Inquisición como la de los hispanistas Henry Kamen, Pierre Chaunu o Stephen Haliczar, así como las de autores nacionales, han contribuido a esclarecer la auténtica naturaleza de esta institución.

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