El advenimiento de la II República

El sentimiento republicano no fue obra de una labor de propaganda de las pequeñas organizaciones republicanas, sino la ausencia de política partidaria durante la Dictadura y de la vinculación del rey con ella. Era una sensación difusa, muchas veces asociada a simpatías izquierdistas, que cuando pudo expresarse se manifestó en una explosión de politización y “modernización”, tal y como ocurrió tras la muerte del general Franco en 1975.

Por último, los partidos tradicionales monárquicos, desorganizados, se vieron contagiados de los postulados de la izquierda (especialmente lo fue el liberal) y le habían dado la espalda al gobierno Berenguer. En este contexto, entre los grupos separatistas y la izquierda se dio una convergencia similar a la de 40 años después.

La etapa previa al movimiento de la II República estuvo totalmente viciado por el separatismo catalán, y así lo entendieron todas las ideologías del espectro político, que en ese momento de crisis política incluyeron en sus programas las reivindicaciones del chantaje nacionalista:

Sólo los socialistas del PSOE y UGT (muy débiles en Cataluña) alertaron del peligro que representaban las concesiones hechas en el Pacto de San Sebastián a los nacionalistas catalanes, y señalaron el reaccionarismo del PNV, al que conocían bien.

El gobierno del almirante Aznar fue muy débil y cedió ante todas las movilizaciones de la izquierda y republicanas. A ello se añadía la fragmentación de los monárquicos y la neutralidad (cuando no la confraternización con los republicanos) del Ejército.

La República se proclamó el 14 de Abril de 1931 ; "Alegoría de la República" (cartel de J. Barriera) y caricatura que simboliza la inquietante cohorte de facciones que, pese a apoyarla, amenazaban  su supervivencia.Sin esperar los resultados de las elecciones municipales, el gobierno se disolvió y el rey abandonó el país. Ello se debió a la sensación falsa de que los republicanos podían dominar la calle, y a que sus escasas victorias se dieran en centros urbanos, aunque su fracaso electoral fue evidente y clamoroso (el 13 % en la primera vuelta y en la segunda el 20 %).

El descubrimiento de que el jefe de la Guardia Civil, general Sanjurjo, no se enfrentaría a un levantamiento antimonárquico, radicalizó la postura de los republicanos.

Los manejos de ERC en Barcelona, apoyada por la CNT, dieron el golpe final a la credibilidad de la monarquía; la CNT recibió en pago por su traición a los trabajadores españoles, el acoso del gobierno autónomo catalán a sus rivales de la UGT y del Sindicato Libre, carlista, aunque pronto acabó esta luna de miel y ERC (y los “camisas verdes” del responsable de Gobernación de la Generalidad, Dencás, parafascistas) y los fascistas de “Estado Catalán” les atacarían brutalmente.

La primera etapa republicana fue la de los moderados, rápidamente acosados por las organizaciones de izquierda (PRRS, AR, CNT), y sobre todo por los nacionalistas catalanes de ERC, que comenzaron su labor de demolición y una serie de amenazas.

F. Maciá fundador del ultrafascista  "Estat Catalá" y de ERC, primer Presidente de la Generalidad, y Ll. Companys, sucesor del anterior, proclamador del Estat Catalá.Proclamada la República, el campo monárquico se desintegró y literalmente se pasó a las organizaciones del otro bando, o creó otras susceptibles de hacerlo. Las elecciones de junio corroboraron el avance de la izquierda, aunque la coalición de Alianza Republicana y Partido Radical prevaleció.

La utilización de la violencia y la estrategia de asalto al poder pronto contagió a todo el campo progresista, republicanos de derecha e izquierda y socialistas incluidos, y por supuesto los nacionalistas catalanes.

Tras la sanjurjada, el fracasado intento de golpe de Estado del responsable de la Guardia Civil, general Sanjurjo, aislado y sin el apoyo de las derechas, en agosto de 1932, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que no había participado, ve sus locales y periódicos clausurados.

Pero la cuestión religiosa (separación Iglesia-Estado) terminó de quebrar el difícil equilibrio izquierda/derecha. El resultado fue el gobierno Azaña, que terminó de marginar al Partido Radical y lo decantó definitivamente hacia la derecha desafecta a la República. Las posiciones políticas se volvieron principios inamovibles.

Lo que se estaba creando era una conjunción de una izquierda activista con el romanticismo republicano de la clase media; enfrente, la derecha se sacudió su monarquismo para acceder a nuevas estrategias. La CEDA, surgida de la “Acción Popular” del diario católico “El Debate” era accidentalista con respecto al tipo de gobierno, y autoritaria-corporativa, pero no fascista, ni lo eran sus juventudes, la JAP, y no empleó la violencia común de la época, a pesar de la campaña de propaganda y acoso izquierdista en su contra.

Esta República de intelectuales no podría hacer frente a los problemas reales y a su división en dos bandos. Porque por encima del auge republicano e izquierdista estaba la realidad de la inmensa clientela, sobre todo rural, del monarquismo y el conservadurismo.

La República llegaba como representante de la movilización cívica y la modernización, producto de la política de desarrollo de la Restauración, que había socavado su propio modelo político autoritario y que la Dictadura de Primo de Rivera había acelerado.

Las alteraciones del orden como el asesinato de guardias civiles en el pueblo de Castilblanco y la de anarquistas sublevados en Casas Viejas, la constante violencia de las juventudes socialistas y anarquistas, las medidas anticlericales y sobre la enseñanza religiosa, y ante todo, la agitación nacionalista catalana, y en menor medida, la del racista, católico y reaccionario nacionalismo vasco, fueron los principales motivos de exasperación política en esa etapa. Mucho más que la contradictoria y no aplicada reforma agraria o el fracaso del aumento de la educación pública.

Las medidas de Azaña como ministro de Guerra, necesarias, fueron expresadas por este de un modo desafortunado, lo que unido a los incidentes con republicanos, el fracaso de esas reformas, las insuficiencias en Marruecos, el enfrentamiento interno con los “africanistas”, y especialmente, el Estatuto de Autonomía catalán, alejaron al Ejército de esa República, a la que ya no sólo acusaron de extremista sino de disgregadora.

Estos intelectuales republicanos estaban interesados en subsanar lo que definían como deficiencias ancestrales, pero no entendían ni les interesaban las económicas. No podían, en esas condiciones, paliar las secuelas de la crisis del 29, aún cuando sus efectos fueron mucho más benignos en España, con una economía más saneada.

Por otra parte, la actitud del presidente Alcalá-Zamora ante la CEDA y el PR, producto de su intento de crear un partido de centro republicano, y el constante apoyo de los republicanos a los enemigos de la legalidad republicana situados en la izquierda y los nacionalismos separatistas, socavaron la democracia y provocaron la caída del gobierno en 1935.

La coalición Partido Radical-CEDA gana las elecciones de noviembre de 1933 frente a una izquierda desunida y cada vez más enfrentada; formó gobierno sólo el PR, ante la presión sobre la CEDA de los republicanos y la izquierda. Entrarán en el gobierno en octubre con tres ministros, sin exigir ni la presidencia ni una mayoría de ministerios.

El PR, convertido ya en un simple partido derechista y caciquil, tuvo que reprimir una oleada de huelgas y sublevaciones anarquistas. En algunos lugares se había constituido un nuevo caciquismo de izquierdas. No obstante, la labor del llamado “Bienio Negro” no fue negativa ni retrógrada como difundieron sus oponentes del Frente Popular, sino que continuó con la política social reformista de la etapa anterior.

El 4 de octubre de 1934, con la excusa de la entrada en el gobierno de la CEDA, se da un intento de sublevación socialista-republicana en Madrid, que ante la pasividad de la mayoría de la población fracasa.

Los nacionalistas catalanes, confabulados, aprovecharon la situación para forzar su traicionero golpe separatista, pero se encontraron sin apoyos y fueron aplastados. Sólo en Asturias triunfó temporalmente esta “revolución de octubre”, por el apoyo anarquista, siendo aplastada por fuerzas de la Legión al mando de Franco.

Las matanzas que allí cometieron ambos bandos fueron un prólogo de las que se ocurrirían dos años después y exaltaron aún más los ánimos. No obstante, la represión de la que acusaron al Gobierno fue mera propaganda.

El balance fue de 324 muertos y 903 heridos de las fuerzas policiales, 1051 muertos y 2051 heridos civiles, y 58 iglesias, 26 fábricas, 58 puentes, 63 edificios y 730 edificios públicos, destruidos.

Sólo Besteiro y Prieto alertaban frente al radicalismo en el seno del PSOE.

Las siguientes elecciones en febrero de 1936 darían una muy ajustada victoria al Frente Popular, unión de izquierdas obra de Azaña, a la que accedieron los comunistas por imposición de Largo Caballero, en medio de diversas irregularidades, violencia, amenazas, denunciadas por el presidente Alcalá-Zamora. Se volvía así a la situación anterior a 1933, pero ahora la radicalización y los enfrentamientos eran mayores, especialmente por parte del ala extremista del PSOE y de las JSE, los seguidores de Largo Caballero, que lograron involucrar a los falangistas (fascistas) en una espiral de atentados.

El problema básico de la II República fue la falta de protagonismo autónomo de los republicanos, que se pasaron al bando de los revolucionarios y fueron anulados por estos en 1936. Las puñaladas por la espalda de los nacionalistas catalanes hicieron el resto.

Todo esto, unido al descenso de la producción y al vertiginoso aumento del paro provocados por las medidas revanchistas del FP y por la huida de capitales y patronos, ante la “republicanización” de la Administración, y el acaparamiento ilegítimo de 30 escaños por el FP, abocaba a la guerra o a la dictadura; implantaron la censura de prensa, destituyeron a las autoridades contrarias al FP, se ocuparon ilegalmente tierras, se formaron milicias, y se destruyeron 196 iglesias, 10 sedes de periódicos y 78 centros políticos, se hicieron 192 huelgas y hubo 334 muertos, hasta el 18 de julio.

Además, se reactivó la conspiración golpista impulsada ahora por militares de la UME (Unión Militar Española, derechista), monárquicos, carlistas y, al final, falangistas, bajo la dirección de generales como Sanjurjo, Mola, Fanjul y Varela.

El penúltimo acto de la tragedia fue el asesinato del teniente de la Guardia de Asalto, Castillo (socialista) y el del líder del derechista Bloque Nacional, Calvo Sotelo, en represalia, la semana anterior al 18 de julio, día en el que estallaron todo el odio y radicalismo acumulados.

Por entonces la derecha se había visto abocada a la ilegalidad por el acoso de los revolucionarios, los republicanos fueron desbordados por la ingenuidad “revolucionaria”, el apoyo a la violencia y las rencillas de todos sus líderes, y los socialistas moderados fueron apartados del mando.

La CEDA, en el ala derecha, fue acusada por los rebeldes de haber colaborado en la situación de deterioro de la República. Y pronto este bando rebelde encarnaría el antirepublicanismo más radical, como la del monarquismo reaccionario de “Renovación Española”-“Bloque Nacional”, dirigida por Calvo Sotelo, los ideólogos de la revista “Acción Española”, maurrasianos, o los reaccionarios carlistas.

Dos bandos que se enfrentaban a muerte y un parásito dispuesto a quedarse con el botín: el nacionalismo vasco-catalán; traicionando a quien sea y esperando obtener beneficio de un conflicto por ellos provocado en buena parte. Y como hoy, cuentan con la ingenuidad o la mezquindad política de la izquierda que se deja engañar por su manipulación de palabras como “democracia” o “progresismo”, y a los que les fascina su violencia fascista.

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