Felipe IV “el Grande”

Felipe IV por Diego VelázquezNació el 8 de abril de 1605 en Valladolid, y fue así llamado por las victorias militares de 1625. Reinó de 1621 a 1665, a la muerte de su padre, Felipe III, a la edad de 16 años.

Fue un monarca muy inteligente y laborioso, erudito y mecenas de las artes, cuyo único defecto fue la indecisión, seguramente agudizada por su constante preocupación por hacer una política nacional y popular. A tal fin recorrió toda España. Se dotó, como su padre, de un hombre de confianza, un valido, que encauzara su política, el segundo fue el conocido Conde-Duque de Olivares.

El nuevo régimen estableció en un año una Junta de Reformación, regida por 23 artículos, para erradicar abusos y sobornos. Entre sus medidas estaban el cierre de burdeles, leyes suntuarias contra el lujo en el vestir y restricciones a las importaciones extranjeras. Una medida ejemplar fue el juicio contra el antiguo favorito real, ejecutado en 1625. El propio rey quiso dar ejemplo reduciendo los gastos de la corte.

A finales de 1624, Olivares presentó su célebre propuesta, la “Unión de Armas”, instrumento económico-militar, por la que los diversos reinos de la Monarquía aportarían la cantidad de soldados proporcional a sus recursos. Valencia y Aragón aportaron subsidios exiguos y hombres con la condición de servir sólo dentro de España. Cataluña se negó a dar dinero ni hombres.

En ese Gran Memorial, Olivares exhortaba al rey a convertirse en el monarca de un reino unificado, en el rey de España.

Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, por Diego Velázquez.Sus propuestas eran las de los arbitristas, los reformistas del siglo XVII: eliminar el lujo y la corrupción, reforma fiscal (impuesto único), desarrollo del comercio y de la inversión, creación de bancos de crédito público y, sobre todo, unidad nacional.

El rey se implicó profundamente en esta labor reformista: trató personalmente el 90 % de las consultas de Estado.

Olivares fue, además de un estadista, un creyente en las reformas de su época: creyó en la nación unida, en el rechazo a la “limpieza de sangre” (propuso el retorno de los judíos expulsados y su política fue favorable a los financieros conversos portugueses)...

Las reformas fracasaron por las oposiciones regionales y la de las Cortes de Castilla, reacia a proporcionar ingresos regulares a la Corona, no controlados por ella, por la nobleza.

El resultado fue un aumento de los poderes locales a costa del bienestar general de la nación y el pueblo: como hoy. Asimismo supuso la peor crisis económica del siglo, agravada por las ofensivas militares holandesa, francesa e inglesa.

La política económica estabilizadora dio sus frutos en el periodo 1627-8, pero en este año la intervención en Mantua y el enfrentamiento holandés provocaron la carencia de fondos, ya maltrechos por las celebraciones de la pedida de mano de la infanta María por el príncipe de Gales, que además acabó en un enfrentamiento con Inglaterra.

La guerra con la pujante Francia se unió a la rebelión holandesa, finalizada en 1648 con el Tratado de Munster, incluido en la Paz de Westfalia, y precipitó los acontecimientos en el periodo de 1635-41: motines fiscales en Portugal, invasión francesa, rebeliones portuguesa y catalana, conspiración de nobles contra Olivares, reveses militares en Cataluña... En el caso catalán, sectores agrarios atacaron a las tropas acantonadas para luchar contra la invasión francesa y entraron en Barcelona, donde la revuelta se transformó en social al atacar a las clases altas. El 7 de junio, fiesta del Corpus Christi, un grupo disfrazado de segadores entró en la ciudad y mató al virrey.

Aquella situación degeneró en un caos que duró 10 años, con sectores pactando con los franceses, malestar por el comportamiento de estos, parte de la nobleza amedrentada, indecisión de Olivares de emplear las tropas al principio, inundación del mercado de mercancías francesas, epidemia de peste...

Rendición de Breda, 1625 (Diego Velázquez). Entrega de las llaves de la ciudad a Ambrosio de Spínola por el alcalde de la ciudad Justino de Nassau, si bien se perdió definitivamente en 1639. La insurrección de los Paises Bajos culminó con la independencia de Holanda. Tras la victoria de las tropas españolas la situación retornó a la normalidad con pocos cambios.

A pesar de las interpretaciones nacionalistas, la revuelta no tuvo jamás tal carácter. Las ciudades discrepaban siempre de la política de Barcelona y las élites sociales se mantuvieron leales. Pero es cierto que la intensa propaganda anti-castellana allanó el camino de las rebeliones de 1688 y 1705.

La revuelta portuguesa de 1640 fue muy distinta. Estalló por la erosión de sus territorios americanos ante la ofensiva comercial y militar holandesa. Los gastos militares de la guerra con Francia y la oposición española a la expansión de Brasil llevaron a la nobleza portuguesa a romper la unión de los reinos.

Sendas intentonas separatistas de reducidos grupos de nobles en Andalucía fueron abortadas y evidenciaron el aislamiento de la clase aristocrática.

La revuelta vizcaína contra el impuesto de la sal fue desde el principio una rebelión contra las desigualdades económicas en la provincia y en defensa de los privilegios económicos locales, los fueros.

Otras revueltas (Navarra, Toledo, y sobre todo las andaluzas) fueron motines de subsistencias provocados por la presión económica de los terratenientes e iban dirigidos contra la autoridad local y no contra el rey (“Viva el rey y muera el mal gobierno”), producto de la crisis.

Estos hechos reflejaban el poder territorial y económico de la aristocracia y, en general, de las élites locales, germen del nacionalismo actual y de sus orígenes.

De hecho, fue la traicionera política catalana (incluso estando invadida por las tropas francesas) el detonante de una crisis que pudo evitarse, en mayor medida que la rebelión portuguesa o la derrota de Rocroi ante Francia (que sólo fue la primera importante del ejército español de los Tercios, que no obstante se mantuvieron firmes ante la desbandada de las fuerzas auxiliares, y fueron aniquilados).

En enero de 1643, el Conde-Duque de Olivares se retira de la política y muere dos años después, siendo sustituido por su sobrino, ya definido por el rey como primer ministro. Durante los 18 años de su ministerio aplicó una política moderada de recuperación económica.

La situación con Francia, atemperada por su rebelión interna de La Fronda (1648-52) y las victorias militares españolas, se agravó por la traicionera declaración de guerra de la Inglaterra de Cromwell, que se resolvió con el Tratado de los Pirineos de 1659. En 1668 terminó la guerra con Portugal.

La reina Isabel de Borbón murió en 1644 y su hijo dos años después, aunque el rey tenía otro bastardo, Don Juan José de Austria, nacido en 1629.

Volvió a casarse con su sobrina Mariana, que le dio una hija y un hijo vivos de delicada salud. Felipe IV falleció el 7 de septiembre de 1665.

Con Felipe IV comienza el mito de la decadencia española, asociada al declive imperial. Un imperio que, como ahora defienden numerosos historiadores, nada tiene que ver con el moderno imperialismo. El español fue un universalismo que se plasmó en la colaboración económica y militar de diversos reinos.

Fue un imperio no impuesto por conquista que vino a encarnarse en España por herencia, pero que en ella encontró el ideal de la actual unificación europea y de la interacción racial. La pérdida de esos aliados terminó con el imperio, que España sostuvo con escasos recursos y enorme gasto humano.

Ese enorme esfuerzo que hubo de realizar el reino de Castilla en hombres, material y finanzas provocó la posterior crisis económica, que afectó especialmente a Castilla; no el imperio en sí, sino el boicot de otros reinos y el aprovechamiento posterior que harían (sobre todo el País Vasco y Cataluña).

Una crisis que se extendió impulsada por las epidemias y la dependencia de la economía nacional de otras (singularmente Aragón, Valencia, Navarra y País Vasco de la francesa).

Pero no puede vislumbrarse decadencia alguna en esta crisis, ni cultural ni económica, sino una percepción pesimista, sobre todo en Castilla, ante el resultado de tanto esfuerzo y por las traiciones de otros.

Durante los dos siglos siguientes, la economía española tendrá una recuperación sostenida a pesar de los acontecimientos y crisis que afrontará.

Esa idea perdurará en los arbitristas y llegará hasta los reformistas de 1898 y la izquierda del siglo XX, extraviando su percepción, no sólo de la realidad sino del propio ser de la nación. Hasta hoy mismo.

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