Felipe II, el Rey Prudente

Tenía 28 años al ascender al trono, habiendo actuado como regente a partir de 1543. A pesar de su aspecto, rubio y de ojos azules, ningún rey podría haber sido más español. De excelente educación, sólo hablaba español, meditando mucho sus decisiones, y tenía un alto sentido del deber y capacidad de trabajo. En su legado político destacan como bases las mismas que heredó de su padre: justicia y paz. En su vida privada era muy afectuoso y jamás fue un fanático religioso sino que la fe le proveía de seguridad. Era refinado y sensible al arte y las ciencias. Fijó la capital en Madrid en 1561. Se casó cuatro veces y tuvo nueve hijos.

El primogénito Carlos fue mentalmente inestable, y tras varios ataques violentos y alucinaciones diversas tuvo que ser confinado y falleció, con gran pesar del rey. Sobre este hecho nuestros enemigos crearon la leyenda negra del asesinato del príncipe Carlos, e incluso una ópera; es una falsedad y un mito.

Felipe II soportó la pesada carga de una doble defensa: del Mediterráneo (expansión turca) y del Norte (revuelta en los Países Bajos).

El hecho interno más famoso de su reinado fue el del consejero Antonio Pérez, cabeza de la facción eboliana en palacio, debido a su enfrentamiento con Don Juan de Austria, hermanastro del rey y gobernador en Flandes, y con su secretario en España, Juan de Escobedo, al que asesinó. Ante la implicación de Pérez y las exigencias de justicia del pueblo y la familia del muerto, y sobre todo, las intrigas y manipulaciones de la información que cometió el culpable, engañando al rey, este lo encarceló y renovó totalmente los ministerios.

Creó un cuerpo de ayudantes administrativos experimentados de la pequeña nobleza, al margen de los clanes, la llamada Junta de Noche, para poder despachar todos los asuntos de Estado.

Antonio Pérez y Ana de Mendoza y Guzmán (Princesa de Éboli).El caso Pérez tuvo su epílogo al escapar este de la cárcel y dirigirse a Zaragoza, en cuyo tribunal agitó su oposición al rey y logró ser libertado. Un grupo protagonizó un golpe de fuerza que fue sofocado por tropas. Sólo logró arrastrar a 2.000 partidarios. Pérez huyó a Francia desde donde inició la “Leyenda Negra” contra España, y Felipe II reforzó el poder real en el reino de Aragón, único lugar donde, por los fueros, existía aún el feudalismo y el bandolerismo era muy elevado como consecuencia de la debilidad del poder y la ley.

En 1580, ante la situación de incertidumbre en Portugal por la desaparición en África del rey Sebastián, Felipe II invade el reino, al que tenía derecho, y lo anexiona a España sin oposición de la nobleza. Portugal, su imperio y su funcionariado se administrarían con autonomía, en el estilo de los reyes Católicos.

En los Países Bajos, la profanación de iglesias por turbas calvinistas provocó la intervención de las tropas, que se saldó con la ejecución de 1.000 sediciosos, sin interrumpir la política de tolerancia y concesiones. Esta política conciliatoria provocaría una revuelta en 1572-7 que se saldó con la Paz de Gante, cuyos términos los calvinistas no respetarían.

Las provocaciones protestantes fueron la causa de que no se pudiera aplicar una política de concesiones y convivencia en Flandes.

En el Mediterráneo la resonante victoria de Lepanto no frena aún el impulso turco. En América y Filipinas se continuaron las exploraciones. Precisamente la plata americana y el fin de la presión turca motivarán la conversión de España en potencia atlántica frente a Inglaterra, permanente cómplice de los enemigos de España. Pero las sucesivas expediciones contra ella fracasaron. La alianza de la Francia católica de Enrique IV con ingleses y holandeses hizo imposible mantenerse en todos los frentes, con una política defensiva, como fue la de Felipe II, y sin la ayuda financiera de los Estados alemanes que sí tuvo su padre.

Frente a la versión de fanatismo religioso del rey hay que recordar que el dominio de los Países Bajos suponía la neutralización de Alemania, Francia e Inglaterra.

La falsedad de la acusación de “absolutismo” se plasma en la carta de 1597 a su hijo: “Si te apartas del consejo de tus ministros, y no los consideras, y llevas los asuntos solo, parecerías un rey muy temerario, un enemigo del bienestar de tus súbditos”. La afirmación de las Cortes castellanas del “poder absoluto” de la monarquía no implicaba nada más que una afirmación de su soberanía, fundamentalmente de su capacidad legislativa, y sobre todo de su poder material frente a las aspiraciones de la Iglesia. El propio rey afirmaría en un juicio: “En caso de duda el veredicto debe ser siempre en contra mía”. El poder real tenía unos límites claros: “Al rey le está confiada solamente la administración del reino, pero no el dominio de las cosas”.

En 1555 afirmará: “La comunidad no se creó para el príncipe, sino que el príncipe se creó para la comunidad”, como un lejano eco de lo que dos siglos después sería la base filosófica de la Revolución Francesa.

Extraño “absolutismo”; se dio una ausencia total de culto a la monarquía, y desde 1570 Felipe II atenuó el ritual borgoñón de la corte, y ordeno que se le tratara de “Señor” y no de “Majestad”.

Al mismo tiempo, existió una libertad total de debate político y en una escala que no se daba en el resto de Europa. Todos los asuntos públicos importantes se trataban en las calles; en esa época se inician los escritos reformistas de los arbitristas y los del derecho a la resistencia de autores jesuitas, que circulaban libremente mientras eran prohibidos en países como Francia.

Las Cortes se transforman en el centro del debate político, y los 66 corregidores reales ejercían más bien una función de enlace con la Administración local, controlada aún por las élites locales, el clero y los nobles. Paralelamente, el aún pequeño aumento de la necesidad de letrados para los puestos burocráticos del Imperio orientó los estudios superiores hacia esas materias, perdiéndose las carreras teológicas y teóricas (y no al revés como afirman los teóricos del “dogmatismo” real). En el siglo XVII, en las dos principales universidades españolas había 20 veces más estudiantes de derecho que de teología; tendencia habitual en la época.

Las acusaciones de “absolutismo” chocan también con la realidad de la venta de tierras reales y creación de mayorazgos que extendió el señorío y fragmentó la autoridad real.

En cuanto a la aplicación del moderno concepto de “imperialismo” al imperio español, es evidente que, dadas las comunicaciones de la época, fue más una cooperación internacional militar y financiera bajo la hegemonía y organización españolas. Un sistema de equilibrios y pactos, ya que España por sí sola no podía sostenerlo demográfica y económicamente, aunque fue Castilla la principal pagadera.

Lo mismo cabe decir del “militarismo”; las tropas españolas del Emperador Carlos I en Alemania en 1546 eran la sexta parte del total, y la quinta de las que saquearon Roma en 1527 (fueron lansquenetes protestantes alemanes).

Campañas como las conquistas y expediciones americanas fueron obra del empuje particular de los conquistadores. Las costas estaban mal defendidas y no habían milicias ni cuarteles, ni industria de armamento.

España se vio obligada a asumir un papel imperial al que estaba destinada, especialmente a partir de 1578, en el que un ejército y marina defensivos tuvieron que crecer, creando problemas económicos.

Esto se afrontó subiendo impuestos, recaudados especialmente en las villas y a la Iglesia, aunque de un modo ineficaz, ya que los beneficiarios eran las élites locales, especialmente el reino de Aragón. También con las ventas de pueblos y baldíos para señoríos, la de títulos de nobleza y la de oficios (cargos), así como con la plata americana.

Los imperfectos métodos de contabilidad y la acumulación de la deuda (los intereses de los juros) impedían cualquier equilibrio presupuestario; una vez más, lo corriente en las economías de entonces.

Se expandió la agricultura y la industria, pero fueron contrarrestadas por la inflación y el aumento de precios debido a la llegada de la plata americana.

La economía española no era más que una pieza del sistema imperial más amplio, en el que genoveses y flamencos eran puntales (lo que era un buen motivo para luchar por conservar esos territorios), y la plata americana acentuó su carácter secundario en la producción, el comercio y las finanzas.

España, y especialmente Castilla (es decir España menos Aragón-Valencia-Cataluña), que soportaba la mayor carga financiera, se convirtió así en simple peón del capitalismo internacional.

En referencia al doctrinarismo religioso del rey, cabe decir que aplicó un programa nacionalizador de la Iglesia española (la tercera en importancia de Europa) y americana, de reforma de sus organismos (precediendo a la reforma del Concilio de Trento, dominado por españoles) y de participación de sus riquezas a través de impuestos. Por otra parte, la práctica religiosa de la población era tenue e irregular, con una fuerte presencia de los ritos locales y religiosidad popular.

Las normas de Trento, que han llegado hasta hoy, reformaron el clero y separaron lo sagrado de lo profano, creando una cierta moral represiva (las relaciones prematrimoniales y la práctica sexual libre eran corrientes), de la que fue portavoz la Inquisición. Se centró básicamente en la moral sexual y el respeto a lo sagrado. En el resto de Europa se masacraba por motivos religiosos.

Lejos de la visión manipuladora de la Leyenda Negra, en los siglos XVI-XVII, finalizada la persecución judía-morisca, las ejecuciones en toda España y América no pasan de tres o cuatro al año. Tampoco hubo persecución intelectual, salvo casos extremos en teología o costumbres.

Como hoy, la religiosidad del pueblo era más la de considerarse depositario mundial de la fe que de verdadero rigorismo religioso. La expresión extrema de esta actitud personalista y panteísta fue el misticismo.

La España de Felipe II no luchaba por la religión sino por el ideal unitario europeo encarnado por ella (“cristiandad”) desde el derrumbe del Imperio Romano.

Culturalmente el apogeo del imperio supuso un Siglo de Oro. Aunque la vigilancia que impuso la Corona limitó los intercambios entre intelectuales, la presencia militar y diplomática española en buena parte de Europa mantuvo las influencias italiana y flamenca, desarrollando al mismo tiempo las tradiciones culturales nacionales, convirtiéndose de hecho en la nación (y los artistas) con la experiencia cultural mundial más amplia de toda Europa. Grandes viajeros fueron Cervantes, Hernando de Acuña o Garcilaso de la Vega.

Pero la principal característica del Siglo de Oro fue el predominio de la lengua española en Europa y América, que se convirtió en la representación del carácter español y unificó la cultura nacional (en la segunda mitad del siglo XVI, el 58 % de las obras escritas estaban en español y sólo un 0,7 % en catalán), sin coacción alguna, siglos antes de la llegada de Felipe V y la Guerra de Sucesión.

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