El franquismo

La Guerra Civil española acaba el 1 de abril de 1939 y se instaura un régimen cuyas principales características son el ser antidemocrático, ultraconservador, católico, autoritario y anticomunista.

Se trata de un reino bajo la dirección de Franco, jefe del Estado, asesorado por el Consejo del Reino y las Cortes (desde 1942), cuyos procuradores son elegidos a través de corporaciones y organismos públicos, es un régimen autodefinido como orgánico.

Girón, ministro de Trabajo 1942-1957. Solís  ("la sonrisa del régimen"), Secretario General del Movimiento y Delegado Nacional de Sindicatos 1962-1969El único partido es Falange Española Tradicionalista y de las JONS (unificación forzada de carlistas y falangistas), los sindicatos son verticales (patronos y obreros) y la relación con la Iglesia está regulada por un Concordato con el Vaticano (desde 1953).

Esta estructura ya evidencia la intencionalidad ideológica del régimen: aunar el conservadurismo tradicionalista a través del carlismo (monarquía y religión) con el lenguaje y ropaje ideológico fascista de la Falange, en uso en la Europa de los años 30 a través de la hegemonía de Alemania e Italia, y que con el declive de estas será anulado de la política real.

La comunicación con la población se hace a través de referendums (1947, 1967), este último instauró una cierta apertura religiosa y sindical. En 1966 se suprime la censura previa. En 1969 se nombra rey a Juan Carlos de Borbón.

De hecho, la ideología franquista es la del espíritu de los sectores que se rebelaron contra la situación en la II República: el miedo a la revolución y el comunismo y el rechazo al fraccionamiento político. El resto es una solución de compromiso conservadora entre todos esos sectores. De ahí el derrumbe del régimen con la desaparición del dirigente en 1975, al carecer de motor ideológico y basarse en la despolitización de la vida pública.

Y si la población no se identificó con el carácter ideológico del régimen y su represión política, tampoco lo hizo con los militantes republicanos y su régimen de disturbios, crímenes y revolución.

Relación entre la Iglesia y el RégimenLos años 40, de la posguerra, son años de dureza económica. Políticamente Franco rechaza implicarse en la II Guerra Mundial al lado del bando del Eje, fascista, y sólo autoriza el envío al frente ruso de una división de voluntarios que será el icono de la extrema-derecha: la División Azul. La represión política se centró en juzgar a todo aquel implicado de modo activo en las actividades y organizaciones republicanas, especialmente en las actividades represivas.

La etapa “autárquica” corresponde a una depresión económica provocada por la destrucción de la economía debido a la guerra civil y al aislamiento internacional del régimen, provocado por su relación con ese fascismo derrotado en 1945.

Los años 50 son años de reconstrucción, en la que el INI (Instituto Nacional de Industria) aporta capitales del Estado a las grandes empresas. A finales de los años cincuenta, España se encontraba al borde de la suspensión de pagos, con números rojos en la balanza de pagos, era imposible renovar la maquinaria productiva sin hacer importaciones; los alimentos estaban racionados y el aparato productivo estaba a punto de colapsarse.

En febrero de 1957, Franco cambió al Gobierno dando entrada en él a dos miembros del Opus Dei (que sustituiría a la Falange como familia dominante): Alberto Ullastres, ministro de Comercio y Mariano Navarro Rubio, ministro de Hacienda. Ullastres y Navarro, apoyados por el secretario general técnico de la vicepresidencia del Gobierno, Laureano López Rodó, también del Opus Dei, iniciaron la preestabilización.

Son los tecnócratas; burócratas estatales partidarios de la eficacia en la gestión del desarrollo económico. Aplicarán una política de liberalización gradual, con retrocesos e indecisiones, que tendrá como resultado tasas de crecimiento de un 7 % anual por término medio. El ritmo de crecimiento español sigue de manera uniforme la pauta de otros países europeos, como los del sur de Europa (Italia, Grecia), similares en el conjunto de las relaciones exteriores (transacciones comerciales, remesas de emigrantes, flujos de capital y divisas por turismo).

Reconocimiento internacional del régimen (Franco con Eisenhower en 1959)En 1959 varía la posición internacional y se inicia el plan de estabilización económica, apoyado por la OECE y el FMI, y de hecho estructurado por este, y en 1963 comienza el I Plan de Desarrollo Económico, consistente en crear polos industriales también en zonas agrícolas. Tiene carácter normativo pero se conceden grandes facilidades. Habrá un segundo periodo de cuatro años más en 1968.

Internacionalmente, en 1955, España entra en la ONU; en 1956, impulsada por la ola descolonizadora, concede la independencia al Protectorado marroquí, en 1969 a las provincias africanas y en 1975 el Sahara es cedido a Marruecos; al mismo tiempo, la “guerra fría” entre la URSS y los USA lleva a estos a formar un pacto con el régimen a través de bases militares en territorio nacional desde 1953.

El creciente turismo extranjero y la emigración ayudan a equilibrar la Balanza de Pagos, y supone el comienzo de la apertura a Europa y a sus corrientes culturales. El desarrollo económico exige la expansión de las obras hidráulicas, como el Plan Badajoz (de la época republicana). Pero a pesar de la política agrícola, no se resuelve el problema del campo, especialmente el latifundismo.

La economía española va a mostrar una extraordinaria capacidad de asimilación de las favorables condiciones del mercado internacional, con ganancia de importantes márgenes de productividad antes desaprovechados. Y el proceso de acumulación y crecimiento se va a ajustar al esquema dominante en los países de la OCDE: energía barata, favorables precios relativos también de las materias primas y de los alimentos, mayores perspectivas de financiación exterior, adquisición en un mercado internacional expansivo de la tecnología y de los productos necesarios para asimilar los cambios que el propio crecimiento impone y abundantes disponibilidades de mano de obra (población agraria y población femenina), con la ventaja de la emigración.

Con todo, la ola de desarrollo no bastará para ser admitidos en la CEE debido al carácter políticamente antidemocrático del régimen.

El régimen se caracteriza por una política autoritaria conservadora basada en la despolitización del espacio público y de un progresivo descontrol del cultural a medida que los avances económicos imponen cambios sociales.

Es en ese periodo de 1966-68 en el que el régimen, alarmado por la agitación de los grupos clandestinos de izquierda (PCE, izquierda comunista, anarquistas), potencia una política de tolerancia hacia las asociaciones localistas tradicionalistas, como contrapeso, que ya existían desde la década de los 50. Error fatal. Estas desarrollarán el tejido asociativo en el que se esconderán y desarrollarán los nacionalismos separatistas, desaparecidos de la vida pública española y desconocidos en la clandestinidad durante todo el franquismo, lo mismo que el PSOE.

Las vascongadas eran un oasis de conservadurismo y tranquilidad, como tan bien han descrito historiadores como Juaristi o Fusi, y de hecho ETA nace en 1959 como respuesta a la inactividad del PNV, según sus propios ex-militantes. Franco visita Bilbao en 1966 y es recibido por una multitud entusiasta a la que nadie obligaba a estar allí. Lo mismo acontece en Barcelona.

La campaña del Régimen: "25 años de paz".Sin embargo, se permite la edición de revistas culturales en vasco y de escuelas, la reapertura de la Academia de la Lengua Vasca, o los anuncios institucionales en vasco (como el de los “25 años de paz”) en los años 60. El ministro de Educación y Turismo, Fraga Iribarne, el más aplicado alumno en regionalización del régimen, instituye premios de literatura en lenguas regionales.

En Galicia no había siquiera movimientos culturales localistas, y en Cataluña se inventarán una “resistencia culturalpersonificada en cuatro alegres señoritos “progres, convirtiendo reuniones públicas semifestivas como la "Capuchinada" en actividades clandestinas inexistentes.

Estos mitos “diferenciales” se sustentan en la mentira de un desarrollo industrial avanzado (a base del aporte de los capitales de las zonas agrícolas españolas y del exigido proteccionismo que creó un mercado subdesarrollado para ellos), en la mentira de una cultura (a base de inventarse tradiciones o “nacionalizar” otras) y en la mentira de una Historia (reinterpretándola o creando partes de ella). Una cultura provinciana, reaccionaria y acomplejada, pero muy publicitada por sectores intelectuales afines al nacionalismo infiltrados en todos los ámbitos.

El proceso de Burgos ofreció la oportunidad para una intensísima campaña propagandística.A partir del Proceso de Burgos contra ETA en 1970, con una magistral escenificación propagandística de una organización diezmada y casi disuelta, la izquierda culmina su proceso de fascinación por el supuesto populismo y radicalismo del nacionalismo vasco etarra. Esto daría al nacionalismo la alianza con una izquierda que se deja confundir por la interpretación reaccionaria de la Historia hecha por el franquismo y por sus propios prejuicios “progresistas y antipopulares.

Al mismo tiempo legitimará al nacionalismo como “antifranquista”, a pesar de haber surgido de la tolerancia cultural y el apoyo del franquismo y de no haber participado en las luchas clandestinas. Este proceso en el que la izquierda se desintegra y el nacionalismo crece se ha intensificado con la llegada de la democracia y el Estado de las Autonomías.

El régimen franquista murió cuando comenzó a cumplir sus metas de desarrollo económico con paz política y social. Para ello tuvo que dar poder a los tecnócratas, que terminaron aliados a los reformistas. Finalmente triunfaron estos al ser presidente Adolfo Suárez, que desmanteló el régimen desde dentro con el Rey. Un proceso similar ha seguido el régimen comunista chino pero no hacia la democracia de partidos.

            Su propia meta de desarrollo económico generó una situación social en la que esa clase media que era la gran esperanza de paz social provocó lo contrario. Un hecho que se dio incluso en algunos países del Este europeo comunista con imprevisibles consecuencias a medio plazo.

            El franquismo, régimen de otra etapa histórica, no podía prever de ninguna manera que la implicación de la clase media en las políticas subversivas de la izquierda iría en aumento con el bienestar económico, y no a la inversa. Así fue en todos los países, porque la izquierda es un invento de intelectuales burgueses, como bien reconoció Lenin.

            Finalmente, esta situación posibilitó un cambio de estrategia del PCE, de enfrentamiento a infiltración en todos los ámbitos sociales, que si bien le supuso una sangría de militantes le fue de gran éxito.

            El anticomunismo, base ideológica, fue también un fracaso, como otras retóricas (la imperial, la pro-árabe, la religiosa). El baluarte de Occidente quedó en nada ante la ofensiva marroquí en la ocultada guerra de Ifni, donde cayeron docenas de legionarios y paracaidistas. Lo mismo que años después en el Sahara español. La siguiente meta marroquí es Ceuta y Melilla, y quizás algo más.

            Y la defensa moral huyó ante el turismo y los propios cambios sociales auspiciados por el régimen. Los reformistas tuvieron así el camino libre desde el propio poder. La transición fue dirigida desde él: los grupos de información de los servicios secretos españoles, algunos dicen que tutelados por la CIA norteamericana (el asesinato de Carrero Blanco).

            La Historia no es tan bonita ni tan limpia como parece.

El "Estado de las Autonomías" construido como medio de frenar la espiral nacionalista, no ha hecho sino incentivarlos y darles el poder absoluto en las instituciones locales, y el de veto en las nacionales, en un proceso de constante desgaste que nos ha llevado a una dictadura que es el principal problema de la democracia, la nación y el pueblo españoles.

El arraigo nacionalista crece basado en el uso de la coacción y la violencia, la invención de una nación y de unas características nacionales inexistentes y por eso mismo percibidas como perdidas, la confrontación con “el enemigo”, y la necesidad de la población inmigrante de integrarse en las nuevas condiciones sociales impuestas.

Las actitudes izquierdistas de los años 60 darán a aquella racista ETA una aureola “progresista” que aún dura y formará en la democracia una extraña “izquierda nacionalista” vinculada a ella (HB, BNG, PSC-PSUC-ERC), legitimando su “limpieza étnica y su explotación económica y política sobre el resto de España.

Las últimas ejecuciones del franquismo serán las del anarquista Puig Antich el dos de marzo de 1974 y las de tres maoístas del grupo terrorista FRAP y dos etarras el 27 de septiembre de 1975.

Los años 70 son de crisis económica mundial (la del petróleo de 1973) y de agitación política interna. El 20 de noviembre de 1975 muere Franco y, tras una breve etapa, Suárez, jefe de gobierno y ex-jefe del Movimiento Nacional, cambia las estructuras del Estado hacia una democracia de partidos y una integración política y económica en Europa, no sin sobresaltos por parte de los grupos de ultraderecha civiles y militares y de las provocaciones de los nacionalismos disgregadores y los terroristas.

La izquierda no logrará (ni de lejos) derribar al franquismo, pero sí desgastará la conciencia de nación y pueblo de los españoles, y lo sigue haciendo al dar poder y colaboración a las dictaduras nacionalistas.

El franquismo reprimió los movimientos de oposición real: anarquistas y comunistas. Un cuarto de siglo después sigue siendo utilizado como arma política.

Barcelona no logrará entonces, ni ahora, el nivel de debate intelectual y de activismo político de Madrid. Y el que tuvo estaba centrado mayoritariamente en la periferia obrera de la ciudad, los barrios y poblaciones habitadas por los obreros, los “charnegos”, a los que se sigue intentado suprimir-integrar.

Los nacionalismos disgregadores han pretendido deformar la selectiva represión franquista, de extrema-derecha, convirtiéndola en una represión “nacional española” contra ellos (que no existían como oposición real ni simbólica). Han deformado además su verdadero papel en la etapa de la II República, que fue abiertamente desleal y traidor a la misma.

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