Las dos invasiones: visigodos y musulmanes

Esquema de las invasiones germánicas y reconstitución de la unidad territorial con establecimiento de la capital en ToledoEn la etapa anterior a la llegada de los musulmanes, España estaba dominada por los visigodos. Los visigodos fueron los integrantes de una tribu germánica que entraron en el Imperio Romano primero como federados y después de su caída como saqueadores y destructores bárbaros. Se asentaron en Hispania (España) durante tres siglos, del año 410 al 711 d.C., y el sur de Francia, constituyendo una casta político-militar de gobernantes que suplantaron la administración romana con ayuda de algunos de sus burócratas. No eran más del 6% del total de la población.

El reinado visigodo se caracterizó por la utilización del asesinato para lograr el poder real y de sucesivas legitimaciones por parte del poder religioso. Sólo dos reyes fueron sucedidos por sus hijos. La política goda era una política tribal primitiva.

El conflicto religioso que finalizó con la conversión de Recaredo al catolicismo romano supuso la unificación religiosa de la sociedad hispano-romana (católica) con la goda (antigua cristiana arriana). Los godos jamás intentaron convertir a su religión arriana a los católicos y de hecho lo obstaculizaron, pero las conversiones a la inversa se dieron y Recaredo no hizo sino acabar un proceso.

Pero representó también el absoluto dominio político godo del Estado. La eliminación de la diferenciación religiosa entre las dos comunidades acentuó la política goda de administración separada, aunque no significaba explotación sino coexistencia. Y por supuesto trajo el total control de la Iglesia por la monarquía goda, la concesión de privilegios a la Iglesia y el mantenimiento de los altos puestos de la monarquía en manos godas.

Este dato ha llevado a los actuales racistas y conservadores a proclamar a estos bárbaros germánicos como unificadores de España, cuando ya era una realidad como provincia romana siglos antes.

Corona de Recesvinto.La adopción del catolicismo romano supuso una romanización o bizantinización de la sociedad goda, en el vestir o en las formas artísticas por ejemplo, pero no en la mentalidad y la lengua. Los godos jamás se sintieron parte de la cultura y la sociedad hispano-romana. Simplemente dominaron un territorio y lo unificaron para ello.

La visigoda fue la única entre las monarquías germánicas en que sobrevivió esa separación entre la sociedad de los dominadores y la de los romanos, en la que estos gozaban de absoluta libertad en sus diversos niveles sociales.

Pero este desarrollo separado creó un ambiente propicio para la sustitución de la elite gobernante por otra, la islámica, al decaer el poder militar. Porque en el siglo VII, las thiufae, unidades locales básicas del ejército godo, estaban en estado de decadencia, y el ejército real se nutría de esclavos, que huían en masa como resultado del quebrantamiento del estado de ley y orden de la época, según los documentos que nos han llegado a la actualidad.

En el año 711, un contingente de guerreros bereberes norteafricanos, comandados por jefes árabes, cruza el estrecho de Gibraltar y derrota a las tropas visigodas lideradas por Rodrigo en respuesta a la petición de ayuda de su oponente Vitiza. La relación del jefe africano Taric (seguramente germano por la terminación de su nombre) con los vitizanos, fuera de aliado o de mercenario, es irrelevante para el hecho del dominio musulmán en un territorio que no lo era antes.

Es el mismo enigma con que nos encontramos con Abderrahmán, primer emir que unificó el país bajo su mandato y fijó su capital en Córdoba, que era el único superviviente de la destacada familia Omeya de Damasco (Siria), exterminada por sus rivales abasíes. Su descripción corresponde a un germano: alto, de piel blanca, pelirrojo y de ojos azules, características físicas que compartían sus descendientes y allegados, según cronistas de la época.

Diversos historiadores afirman que Abderrahman no descendía de los Omeyas, sino que era una invención posterior para legitimar la dinastía. La mentira genealógica tiene como causa ocultar la verdadera identidad o ennoblecerse. En aquella época se alteraban los apellidos para aparentar que enraizaban con el Profeta Mahoma o sus familiares, como prueba de pureza étnica y religiosa. (En el lado cristiano, a partir de Alfonso II se legitima la lucha cristiana con la vinculación al reino godo). Con el cambio de cultura y de idioma la confusión resultaba inevitable. Podemos encontrar autores hebreos citados en las crónicas latinas con nombres cristianos y nombres cristianos arabizados en las crónicas musulmanas. El idioma árabe no se generalizó hasta el siglo IX, y con él llegaría la penetración de los conocimientos del mundo clásico griego, proceso que finalizó el siglo XII.

Pero del mismo modo que los godos fueron sólo reyes y administradores, la minoría musulmana que llegó a España (25.000 o 50.000 frente a 20 millones de hispanos) no alteró decisivamente la vida de la población. De hecho, las primeras noticias en las crónicas latinas y musulmanas no aparecen hasta 150 años después. El musulmán estaba fuera de lo que había sido su área habitual.

Lo mismo ocurre con la producción artística, como en el caso godo fue obra fundamental de la población autóctona. Innovaciones arquitectónicas como el arco de herradura no son una aportación árabe, existía en Oriente y puede verse en varias construcciones de España y Francia anteriores al Islam.

La idea de una España musulmana unida, refinada, tolerante y árabe frente a unos reinos cristianos divididos y brutales es una mistificación. Del norte de África llegaban los movimientos periódicos de rigorismo religioso y disensiones internas: almohades, almorávides y benimerines. La lucha contra los segundos fue especialmente cruel y de ellos tomaron los cristianos el concepto de cruzada. Una sociedad en guerra.

Las luchas internas, conspiraciones, masacres y asesinatos cubrieron la práctica totalidad de la dominación musulmana, como en el caso de la elite goda. El apogeo del califato se dio con Abderrahmán III (912-961), primer califa. Intensificó las expediciones contra la ya pujante zona cristiana del norte. Expediciones de castigo en busca de botín y esclavos y de mantenimiento de ese “desierto estratégico” que sirvió de frontera entre ambos territorios. Se trataba de la llanura del Duero, abandonada por los musulmanes desde el 741 debido a una de las varias guerras civiles internas que sufrieron. Esa frontera creará una mentalidad en ambos bandos, definiendo la cultura española.

La crueldad de los gobernantes y la segregación racial practicada por la elite árabe contra bereberes y muladíes (musulmanes españoles), provocaba éxodos masivos al norte peninsular o al norte africano, acentuando la cohesión y resistencia cristianas.

Por otra parte, el fanatismo religioso islámico se tradujo en una destrucción cultural (artística y lingüística) dirigida contra los mozárabes (abiertamente genocida en el caso almohade) y una coacción religiosa permanente que se traducía en exterminios (especialmente con los almorávides).

Otra figura de la España musulmana fue Almanzor, general victorioso que ejerció el papel de califa a la muerte de Hakam II. Llegó a saquear Santiago y terminó convirtiéndose en un fanático religioso (quema de libros).

Covadonga, lugar de la victoria de D. Pelayo sobre los musulmanes en 722; la tradición del culto mariano en la "cueva" es anterior  a esos hechos.En el lado cristiano pequeños reductos subsistían en el norte peninsular, zona que los musulmanes abandonaron pronto. El de Pelayo, quizá noble godo, fue el primero. Pronto conquistaron terreno en rápidas acciones en busca de población a la que trasladar al norte, repoblando un territorio constantemente diezmado por el enemigo. El punto álgido de la Reconquista se dio en el siglo XI, con Alfonso VI. Tras las derrotas de Sagrajas (Badajoz) en 1086 frente a los almorávides y Alarcos (1195) frente a los almohades, el 16 de julio de 1212, la victoria de las Navas de Tolosa (Sierra Morena), de un ejército cristiano conjunto, supone la inversión en la correlación de fuerzas que culminará con Fernando III el Santo que llega hasta Sevilla y Córdoba. Quedaba el reino de Granada para los Reyes Católicos dos siglos después.

La cultura en ambos lados floreció progresivamente, producto de la población local, ya que los africanos (la mayoría del grupo bereber, del tronco ibero) no pudieron crear una cultura superior a la ya existente en la Hispania que encontraron, y fueron diluyéndose entre la población local, quedando la religión como diferencia entre ambas comunidades. Y aunque monumentos y características culturales señalados como árabes por parte de algunos románticos (Alarcón, Estébanez) o por intereses políticos nacionalistas disgregadores, existían ya en la época romana o visigoda, no cabe duda del evidente florecimiento cultural y científico de la España musulmana. El "mestizaje" biológico y cultural duradero fue mínimo.

La lengua española que se habla en Andalucía tiene unos orígenes hispano-romanos en un 90 %, traída por los repobladores del norte al sur junto con sus costumbres (artísticas, gastronómicas, lingüísticas...).

En cuanto al arte, los árabes realizaban sus obras arquitectónicas por agregación en obras anteriores (como es el caso de la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada), realzada por decoraciones fastuosas y policromas de impresionante efecto aún hoy. El arco de herradura es bizantino y fue utilizado por los visigodos. Se da el caso de elementos arquitectónicos, culturales, folclóricos o lingüísticos que son atribuidos popularmente a los musulmanes cuando en realidad son anteriores e incluso posteriores (Renacimiento, Baja Edad Media, modernidad...).Mezquita de Córdoba, en la que se hallan, además de la exquisitez musulmana, elementos hispanoromanos y godos (disposición de basílica clásica, columnas, capiteles, arcos de herradura, etc...).

Económicamente el Islam hispano se caracterizó por basarse en la práctica intensiva de la esclavitud (práctica que llegó a su punto álgido en el siglo X con Abderramán III, un califa sumamente cruel) y del saqueo, ya que las infraestructuras (agrarias, comunicaciones, industrias...) eran las de la época romana.

Pero mientras que en el lado musulmán incluso en el siglo XIV se persiste en la invención de genealogías árabes que muestran su conciencia de pertenecer a darelislam, la tierra del Islam, árabe y oriental, en el lado cristiano (y desde el siglo XI especialmente) se persigue la restauración de la unidad peninsular española que ya hubo en la época romana. Obras como el “Epitome Ovetense” en el siglo XI, la “Crónica Najerense” en el XII o el “Chronicon Mundi” en el XIII lo muestran.

De enfermizo y obsesivo complejo de culpabilidad colectiva, de masoquismo cultural, se pueden calificar las posturas de autores actuales (Goytisolo, Gala,..), seguidores de ese gran mistificador que fue el profesor Américo Castro, empeñados en ver la expulsión de judíos y musulmanes como actos modernos de intolerancia cultural.

En la España medieval funcionó una tolerancia cultural dictada por la necesidad de repoblar los territorios que se conquistaban con la población existente, española en ambos bandos. Eso dio lugar a dos poblaciones con características distintas que tenían como emblema la religión. Religiones que eran como las ideologías modernas, unas estructuras mentales y vivenciales de oposición y combate.

Las dos confesiones religiosas no hicieron nada por canonizar esta situación ni la fomentaron, sino que acentuaron las diferencias. Es a finales del siglo XIII, con Alfonso X el Sabio, y con el Islam en decadencia en España, que la cristiandad española recupera el caudal cultural musulmán y judío (sin abandonar el militantismo religioso), que transporta la sabiduría oriental clásica (ya presente también en nuestros escolásticos), y al hacerlo se aleja del canon cristiano que rige en el resto de Europa bajo los postulados de las universidades de París y Bolonia (y del Derecho eclesiástico de Roma), a pesar del enorme acervo cultural que aporta a Europa.

Los Reyes Católicos intentaron preservar el carácter y los derechos de los moriscos; las sucesivas rebeliones islámicas y traiciones, que generaban matanzas y saqueos en colaboración con los piratas berberiscos (Albaicín, las Alpujarras, Almería, Ronda) en 1500-1501, fueron perdonadas en sucesivas ocasiones con la conversión bautismal voluntaria como medio de integración, pero sólo sirvió para provocar más tentativas rebeldes con más asesinatos y destrucción, desde las serranías granadinas.

Será la presión de la cristiandad europea la que truncará esa labor de absorción de la cultura oriental y de sus formas externas (vestimenta, derecho...). La desconfianza hacia la forma de vida española y la presencia de musulmanes y judíos entre nosotros crea una actitud de reserva frente a todo lo español. Comienza la Leyenda Negra contra nosotros, y también la imagen exótica, orientalizante, que tanto los enemigos internos como externos utilizarán hasta hoy mismo.

Ello creará la necesidad tras la reconquista de resolver el problema de la integración en la cristiandad europea y de la homogeneidad social. El racismo nació más allá de los Pirineos. Los españoles son definidos como los judíos blancos. En frase del historiador francés Pierre Chaunu: “la intolerancia entró en España con vientos que venían de fuera”. Lo más paradójico es que, cuando en Europa soplaron de disgregación y egoísmo localista, será la España de Felipe II la que seguirá creyendo en el ideal unitario europeo, encarnado transitoriamente en la cristiandad, y de modo real en el Emperador Carlos I. Fuimos los creadores de la idea de Europa, unida y diversa, y otros la desbarataron. Como ahora las tiranías nacionalistas que nos oprimen y explotan.

La emigración de ese medio millón de moriscos (el 5 % de la población) se vio frenada por las medidas fiscales anexas a la emigración de capitales. Se dispararon entonces las conversiones, pero conservando el sentimiento de pertenencia al Islam y siendo desleal a la nación española que se había creado.

Se optó entonces por la expulsión o conversión forzosa. 200.000 se convirtieron, teniendo un trato de privilegio que no logró la minoría judaizante, vigilada por la Inquisición.

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