Dalai Lama

Lbamo DondrupTupden Gyatso; 13º Dalai Lama.Lbamo Dondrup nació en la aldea de Qijianchuan, en la provincia china de Qinhai, en 1935, en una familia campesina, cuarto de cinco hermanos. Fue elegido por buscadores lamaistas como reencarnación del fallecido Tupden Gyatso (13º Dalai Lama); conducido al Tibet con la aprobación del gobierno nacionalista chino del Kuomingtang, dirigido por Chiang-Kai-Chek, y consagrado Dalai Lama en 1940, con cinco años de edad, según el rito establecido por la dinastía Qing y supervisado por altos funcionarios del gobierno chino. Ya era Jetsun Jampei Ngawang Lozang Yeshe Tientsyn Gyatso Sridsun Wanggyur Tsungra Medpai Dechenpo, abreviadamente: Tientsyn (o Tenzin) Gyatso, el 14º Dalai Lama.

Su familia pronto acumuló riquezas y poder, integrándose en la élite religiosa que gobernaba el Tibet. Llegó a tener 27 fincas, 36 prados, 6.170 siervos y 102 esclavos domésticos. El trono en el que se desplazaba lo llevaban a hombros decenas de esclavos, mientras su guardia, con las caras pintadas de negro, abría camino a latigazos.

Tenzin Gyatso; 14º Dalai Lama.Todos sus hermanos y hermanas han ocupado puestos clave en el “gobierno” exiliado y otros cinco familiares han sido altos funcionarios (bkha-blon) del régimen lamaista en el Tibet, y controlan mecanismos políticos, militares y económicos en el exilio.

Ante la inminente llegada de las tropas comunistas chinas, huyó en 1950 llevándose gran cantidad de barras de oro y plata. Regresó al recibir garantías de que el régimen feudal tibetano (Kashag) no sería abolido inmediatamente sino que el gobierno comunista adoctrinaría antes a la población. Fue el Acuerdo de 17 Puntos que se firmó el 26 de octubre de 1951.

No sería una labor sencilla la del gobierno chino. En Tibet no había revistas, periódicos, libros o radios fuera de la doctrina lamaista. La población era totalmente analfabeta. Llegaba a destruir carreteras y vías férreas por atravesar baldíos “campos sagrados”. La esperanza de vida era de 35 años.

Tibetanos equipados con material viejo procedente de Usa, India e Inglaterra.En 1956-57 grupos armados financiados por los Estados Unidos (con la colaboración de la India e Inglaterra, y en años posteriores a través de la CIA) en el marco de la Guerra Fría, atacaron (inicialmente con éxito) varias guarniciones militares, pero no consiguieron eco entre la población y el único apoyo que obtuvieron fue el de las élites religiosa y económica. Tras la derrota de la rebelión, el Dalai Lama huyó al exilio con 13.000 nobles y clérigos lamaistas, sus esclavos, guardas y el tesoro de joyas y barras de oro, instalando en la ciudad hindú de Dharamsala un “gobierno en el exilio”. El gobierno norteamericano le asignó 180.000 dólares anuales y a su gobierno 1,7 millones de dólares anuales a lo largo de la década de los años 60.

Los lamas apresados tras la insurrección fueron obligados a trabajar en obras públicas y encerrados en campos para mendigos y vagos, en el marco de una serie de reformas: se libró a la población del pago de tributos y regalos a los monasterios y propietarios, del trabajo forzado de la servidumbre y de la esclavitud; los niños-monjes fueron liberados y el clero tuvo que vivir de subvenciones gubernamentales y del cobro de los servicios religiosos. Se prohibió la poligamia y la poliandria forzosa. Campesinos y siervos recibieron tierras y ganado.

Los maoistas pusieron en marcha un plan de desarrollo para paliar las “Tres Grandes Faltas” que veían en el Tibet: falta de combustible, de comunicaciones y de población. Unos 1.000 estudiantes tibetanos volvieron de los Institutos para las Minorías Nacionales destinados a formar los cuadros de dirección económica.

No todo fue positivo ni se supo aplicar con corrección, el progreso económico arrolla siempre costumbres y viejas estructuras. El gobierno y los puestos de responsabilidad económicos fueron ocupados por chinos. El proceso de liberación del lamaismo se radicalizó con los excesos de la “Revolución Cultural”, como en el resto de China.

Apariencia de espiritualidad y de bondad.Al Dalai Lama le concedieron el Premio Nobel de la Paz en 1989, un extraño galardón para quien patrocinó los disturbios de 1988 y 1997. En contra de lo que difunde su imagen y propaganda, el lamaismo es un sistema político-religioso altamente represivo inhumano y sangriento. Los lamas asesinaron al último rey del Tibet, Lang Darma, en el siglo X. Siguió un periodo de guerras civiles donde monasterios enteros desaparecieron.

Ahora aboga por la “autonomía”, pero Tibet ya es una región autónoma de la República Popular China, donde no rige la férrea ley de un sólo hijo por matrimonio. Las investigaciones realizadas en 1985 y 1988 bajo los auspicios de la National Geographic Society desmienten las acusaciones de “genocidio étnico”. Por el contrario, bajo la miseria provocada por el durísimo feudalismo asiático lamaista en los últimos 150 años (1800-1950) la población decayó de 6 a 3 millones de habitantes. Enfermedades como la viruela afectaban a un tercio de la población, y estaban ampliamente extendidas otras como la lepra, el bocio o la ceguera. Las pervertidas costumbres sexuales (encubiertas con justificaciones esotéricas y prácticas corruptas) difundían enfermedades venéreas que afectaban al 90 % de la población, monjes incluidos, causando esterilidad o muerte.

Es cierto, no obstante, que aún en la década de los 90, los cuadros chinos del PCCh hacían hincapie en un incontrolable desarrollo económico y adoctrinamiento nacionalista, como en el resto de la República. Hubo purgas y encarcelamientos y casos de malos tratos. El Dalai Lama comenzó a hablar de “invasión”, pero el Tibet es territorio chino ya desde la dinastía mongola de los Yuan, en el siglo XIII. Que habían “masacrado” a 12 millones de tibetanos (¡la población total era mucho menor!). De “colonización china”, cuando la población china, unos 72.000, sólo supone el 3,5 % de la población.

Silencia, bajo su cháchara “democrática” y “socialista”, anteriores proyectos de crear el “Gran Tibet (como la Madre Teresa de Calcuta apoyó la “Gran Albania”) con las provincias chinas de Gansu, Quinghai, Sichuan y Yunnan, porque allí habitan tibetanos. ¡Vaya con el “antiimperialista”, es como los nacionalismos disgregadores que sufrimos en España!.

Silencia más cosas. Que el budismo es una religión reconocida por el Estado chino y sus ritos inhumanos (sacrificios humanos, desmembramiento de cadáveres para exponerlos a los buitres, autolesiones) no pueden ser reprimidos. Que él es el representante de un sistema prefeudal brutal, que vivía del régimen del “ulag” (trabajo y productos gratuitos exigidos inexcusablemente al pueblo: castas Thralpas, y Nangzan; entre siervos y esclavos constituyen el 95% de la población).

Simplemente jamás aplicó otros principios cuando gobernaba.

Con el SS Bruno Berger.A medida que su imagen se ha ido haciendo más popular, se desvela una trayectoria de lo más tortuoso. Lo mismo se ha reunido con el Papa, como ha mostrado su simpatía y efusividad con conocidos nazis como Bruno Berger (SS que se libró por poco de una dura condena por crímenes de guerra; es de señalar que la relación de los nazis con el Tibet, es decir con sus líderes y el lamaismo, fue intensa, a través de varias expediciones en busca del origen de la raza "aria", como las de Ernst Schäfer etc...); ha mantenido contactos cordiales con numerosos otros personajes significados como Shoko Asahara (líder del culto de la Verdad Suprema que perpetró el ataque terrorista con gas sarín en el metro de Tokyo), con Bush apoyando la guerra en Irak, con "líderes" new wave y con muchos otros de esta calaña. Como no podía faltar también ha rendido pleitesía a los nazis catalanes, con quienes se ha reunido para manifestar que "en bastantes aspectos la situación de Cataluña es parecida a la del Tibet".

Con nazis catalanes.Es listo, sabe decir lo que conviene en cada caso para "poner el cazo", a ver qué cae.

Parece evidente que, bajo una aparente ingenuidad, sabe decir a cada uno lo que conviene, y aprovechar óptimamente la reciente sinofobia de la prensa occidental. Resulta muy difícil creer que transmite un mensaje de paz con tantas contorsiones oportunistas. Y si bien, frente a los grupos terroristas independentistas, financiados encubiertamente por la CIA,  representa ahora una posición moderada, se debe, como él mismo ha señalado, para evitar una reacción adversa de los medios.

En realidad no es más que un tramposo y un mentiroso sinvergüenza.

Apunte histórico y social

Ya en el año 641 la princesa china Men Cheng se casó con el rey tibetano Songtsan Gambo, con la autorización del emperador chino Tai Zong, de la dinastía Tang, hecho relatado en los relieves del Palacio Potala de Lhasa (Tibet). Fue esta princesa la que llevó el budismo a Tibet, donde se unió a las creencias animistas. Esto es el lamaismo. Este rey estableció también el protofeudalismo de corte asiático, es decir esclavista. Ambos fueron impuestos con el respaldo de la clase dominante. A partir del siglo IX se extendió en el pueblo el budismo mahayana, pero aún había resistencias, incluso entre la aristocracia. El partido budista logró asesinar al rey Lang Darma y en dos siglos la doctrina budista se impuso con la corriente tántrica.

Fue en el siglo XVI cuando los abades de los principales monasterios consolidaron su poder. La absoluta marginación de la mujer llevó al sistema de la “reencarnación” de los lamas fallecidos. Esto se llevó a cabo a través de la deificación de estos altos lamas como “budas vivientes” (“bodhisattvas”) en cuerpos de niños.

El Dalai Lama fue entronizado como Chenrezig, antiguo dios tibetano de la Naturaleza, reencarnado en 14 cuerpos. Su poder era simbólico: sólo tres de los 14 Dalai Lama gobernaron entre 1750 y 1950. Los abades de los monasterios eran regentes fácticos, llegando a asesinar a los impúberes Dalai Lama. Disponían de ejércitos privados y vivían de sus amplias propiedades y de una enorme cantidad de impuestos religiosos (por cortarse el pelo, por poner una ventana, por nacimiento de niños o animales...) y sobre todo de los préstamos a los campesinos. Además poseían esclavos y exigían niños para los monasterios.

Así, el gran monasterio de Drepung, con 7.000 monjes, poseía 185 fincas con 40.000 personas y 300 prados de pastoreo.

En el siglo XIII el Tibet pasó a plena soberanía china con la dinastía Yuan. El emperador Shung Zi, de la dinastía Qing, aceptó el título de Dalai Lama (“Océano”) que el Gran Lama, un ambicioso de 25 años, se dió a sí mismo.

Este Dalai Lama se autodivinizó, destruyendo escrituras contrarias a su pretensión, y se apoderó de monasterios de otras sectas budistas. Su sucesor llevó una vida placentera, con numerosas amantes, lo que hizo que sus sacerdotes lo hicieran desaparecer. Esta parece ser una de las características feudales del lamaismo: cinco Dalai Lama han sido asesinados por sus sumos sacerdotes o por otros funcionarios budistas.

Dos hechos fundamentales reforzaron este sistema. Uno fue la aparición de una corriente reformadora que impuso la disciplina monacal y la uniformidad en el vestir. Para ello fue necesario concentrar el poder en figuras como el Panchem y el Dalai, el primero como poder espiritual y el segundo como poder temporal. Esta fue una reacción de defensa frente a la fragmentación.

La segunda fue la contrapartida política. En 1640 el khan mongól Gushi asesinó al príncipe local y transfirió el poder secular al Dalai Lama. La siguiente dinastía china, la manchú, lo confirmaron a la par que reafirmaban su soberanía.

La sociedad que engendró el lamaismo iba a ser su fiel reflejo. De antemano estos cambios no fueron pacíficos. A lo largo de los siglos XVII y XVIII se suceden luchas y masacres entre las sectas budistas en liza. En pleno siglo XX, en Tailandia, Birmania, SriLanka, Corea y Japón, los “pacíficos” e “iluminados” miembros de las sectas budistas se mataban entre ellos. En realidad no son menos fanáticos que los integristas islámicos.

El dinero no es ajeno a estos conflictos. Muchos lamas de la élite pertenecían a alguna de las 300 familias de los terratenientes, al servicio de los cuales estaba el pequeño pero efectivo ejército tibetano. Su comandante en jefe era miembro del gobierno del Dalai Lama, y poseía 4.000 km2 de tierras y 3.500 siervos.

Los shembas (en Mustang), casta inferior, infrahumana, es la única que puede matar... animales.; a las personas las pueden matar o dejar morir tras duros castigos físicos , las castas superiores.Agricultores “libres” aunque agobiados por el trabajo “voluntario” y por los impuestos múltiples (por tener flores, por tocar música, por cantar, por ir a prisión, por salir de ella, por no tener trabajo, por cambiar de pueblo, y así hasta más de 200 tipos) había pocos. Unos 10.000 eran comerciantes y artesanos, miles de mendigos y esclavos, un 15 % si contamos el 10 % de monjes pobres. El resto, un 60 %, eran siervos. Sin educación ni asistencia médica, podían ser comprados, vendidos, regalados, asesinados libremente o torturados (extracción de ojos, lengua, orejas, manos, pies), y sus amos se adjudicaban del 50 % al 75 % del valor de su trabajo. Terratenientes y grandes lamas constituían el 5 % de la población. El total del clero formaba el 20 % de la población masculina.

El elevado tipo de interés de los usureros préstamos de los lamas (del 20 % al 50 %) hacía que la deuda pasase de padres a hijos y nietos, y mantenía la esclavitud en un nivel alto.

El “espiritualismo” lamaista no regía ni para el pueblo, al que no educaban ni participaba siquiera en los servicios religiosos, ni para los monjes pobres. La teocracia se basaba en un orden clasista férreo (castas), que daba a cada persona un valor material según su puesto en la escala social, que debía aceptar por ser su “karma”, su destino, que debía expiar por sus anteriores pecados.

En presencia de los lamas debían agachar la cabeza. Trabajaban jornadas de 16 horas. No podían sentarse donde ellos, ni hablar del mismo modo, ni tocar los mismos objetos. Y no hablemos de la situación de la mujer, que según el Dalai Lama “no era discriminada”. Mentira. El lamaismo considera que se es mujer por los pecados de otra vida. Mujer en tibetano es kimen, literalmente “inferior de nacimiento” o "diabla". Una mujer no podía tocar nada so pena de quedar ese objeto “impío”. Una viuda era despreciable.

Una mujer no podía entrar en un monasterio. Era corriente la quema de mujeres por “hechiceras”. Un lama no podía tocar a una mujer por ser “impura” si pretendía la santidad, sin embargo en muchas sectas budistas la homosexualidad era prueba de esa “santidad”. Los abusos sexuales a niños monjes o siervos reclutados a la fuerza están documentados.

Reos con los pies encadenados hasta la atrofia total.Obviamente, en esta penosa situación social en pleno siglo XX, la poligamia, la poliandria, las violaciones, los “matrimonios provisionales” (como los integristas islámicos), eran privilegios usuales de la nobleza terrateniente.

Ninguna de estos dos clases sociales, enormemente ricas, que controlaban toda la riqueza de la región, hacían nada. Ni cultural, ni económica, ni socialmente. Antes al contrario trataban con total brutalidad y éxito de mantener un aislamiento extremo con el resto del mundo, cualquier influencia exterior era juzgada como una amenaza a su poder y sistema (conscientes de la posible fragilidad del mismo frente a una revuelta) como relata el mismo Heinrich Harrer (nada sospechoso de antilamaista, pues fue el "mejor amigo" del Dalai Lama) en su libro "Siete años en el Tibet".

No había una cultura popular porque no había vida social en los pueblos, no había desarrollo económico, carreteras o fábricas, los siervos estaban desnutridos, no tenían ni siquera té, muchas familias comían pasto, la mitad de la población no probaba el alimento básico: la mantequilla de yak. Un tercio de la mantequilla de la región se quemaba en los 3.000 templos.

La población moría por su “impiedad” y falta de fé y oraciones. El lamaismo no guarda ni remota comparación con el papel cultural y espiritual histórico del cristianismo.

En conclusión:

El "reino del espíritu", frase que la progresía occidental (la misma que hace poco adoraba a la China de Mao) ha convertido en una verdad "políticamente correcta" es un auténtico sarcasmo para definir a un mundo siniestro.

No encontraremos en el Tibet lamaísta ni sabiduría profunda, ni paz beatífica, ni nada, solamente opresión brutal, dureza inmisericorde, y crueldad y abuso sin límites.

La progresía hipócrita y la bobaliconería de la sociedad occidental bienestante y malcriada, protagoniza imágenes como la adjunta, y difunde falsos mitos creados por los medios de comunicación (al servicio de intereses nunca visibles) capaces de crear realidades inexistentes y de desmaterializar otras por completo. En esta inmensa confusión y tergiversación, asistimos a las más extrañas y espúrias asociaciones: en nombre de principios del más acendrado "buenismo" se defiende a seres repugnantes.

No dudamos de que el pueblo tibetano sea pacífico. El lamaismo, no.

Todos los pueblos son pacíficos excepto cuando se logra inficcionarlos con totalitarismos e integrismos nacionalistas o religiosos.

Con esto no rompemos una lanza en favor del régimen chino, en absoluto ejemplar ni aceptable, pero eso no nos ha de llevar a santificar a auténticos demonios.

El régimen lamaista del Tibet es un fraude. Una teocracia prefeudal genocida. Y el Dalai Lama uno de los muchos estafadores que navegan en la ola de “corrección política” en la que se hunde el mundo desarrollado, como siempre ignorante.

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