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Renegados y colaboracionistas

En multitud de situaciones sociales encontramos los rasgos de éstas dos figuras: los renegados y los colaboracionistas. Si bien estos términos se reservan casi exclusivamente para actitudes que se dan cuando se producen estados de crisis políticas o militares.

Ambas figuras están muy próximas aunque puedan adoptar actitudes externas distintas. Si el renegado hace negación de sí desertando, sumiso e incluso muy radicalizado en su nueva identidad, el colaboracionista coopera activamente con el enemigo, es el traidor.

La carga de oprobio que ambas figuras acarrean las hace insoportables a los grupos humanos que las han soportado en sus filas y con mayor intensidad cuando la dimensión del fenómeno alcanza al nivel de los estados o los gobiernos. Es una tacha que tratan ocultar recurriendo a diversas, y a veces burdas, excusas que encubran los hechos, o cuando esto no es posible cargando las culpas y la vergüenza sobre un chivo expiatorio (... Petain, los juicios de Nuremberg...).

El término “colaboracionista” surge con la ocupación alemana de casi toda Europa en 1939, durante la II Guerra Mundial, y su exigencia de que las autoridades y la población colaboraran en el “Nuevo Orden” nazi.

Colaboradores

El caso más paradigmático, conocido, y problemático, fue Francia, con una parte ocupada y otra bajo la tutela de un gobierno colaboracionista, el del mariscal Pétain. Un colaboracionismo que fue ocultado por los subsiguientes gobiernos de la Liberación, del general De Gaulle, que incluyó a todos los ministros del colaboracionismo, y a otros elementos como el recientemente juzgado Secretario M. Papon.

Lo mismo intentaron hacer los gobiernos alemanes de postguerra, ocultando la colaboración e indiferencia de la población para con la política nazi bajo el manto de la “dictadura de la Gestapo y las SS”.

Petain

Pétain, tratando de jugar ambigüamente a la neutralidad con los aliados, instó en su mensaje radiofónico del 30 de octubre de 1940 a colaborar con el Reich alemán en la construcción del Nuevo Orden europeo si bien evitando entrar en guerra al lado del Eje (no obstante, cuando los aliados desembarcaron en el Norte de África, ordenó atacarlos, combatió a la Resistencia y admitió las anexiones territoriales de los alemanes). Por su parte los alemanes no tenían en gran estima la colaboración de los franceses: en su “Mein Kampf”, Hitler describió a Francia como territorio de explotación, lo que reiteró posteriormente Goering.

Otros incidentes debilitaron algo las posibilidades de colaboración real: la fuga del general Giraud, el fusilamiento de rehenes a partir de agosto de 1941, la persecución antisemita desde marzo de 1942, el millón de prisioneros franceses trabajando en Alemania, los 845.000 obreros en la industria bélica alemana y los 250.000 en la propia Alemania. Pese a todo la colaboración de destacados intelectuales y nada despreciables sectores de la población, persistió hasta el fin de la guerra.

El colaboracionista es básicamente un conformista. Puede serlo de dos tipos:

el realista, que cree que lo que existe es lo mejor precisamente porque existe, y se adapta en su pasividad; es el cómplice pasivo.

el otro es el activo, puede ser renegado o converso, coopera con el opresor, con el enemigo, por múltiples posibles razones, desde la coacción y el miedo hasta por obtener diversos beneficios tanto materiales como sociales: el reconocimiento y la legitimidad; este es el antipatriota, el traidor.

Sartre

La definición del primer tipo nos la da André Gide: “Tenemos que aprenderlo todo de Alemania, ella tiene que tomarlo todo de nosotros”.

El segundo tipo nos lo describe J.P. Sartre quien en 1945 escribe sobre el colaboracionismo en su artículo “¿Qué es un colaborador?”:

Tras haber establecido la fuerza como fuente del derecho y prerrogativa del amo, el colaboracionista recurre a la astucia. Reconoce su debilidad y este apóstol de la virilidad y las virtudes masculinas usa las armas de la debilidad, de la mujer. En todos los artículos de [...] encontramos curiosas metáforas que presentan las relaciones entre Francia y Alemania como un juego sexual en el cual Francia representa el papel de la mujer. Y no cabe duda de que la relación feudal entre el colaboracionista y su maestro tiene un aspecto sexual. En tanto que podemos hablar de una mentalidad colaboracionista hallamos que se trata de una cualidad femenina. El colaborador habla en nombre de la fuerza, pero él no es fuerte: es astuto, taimado; es furtivo descansando en la fuerza, e, incluso, encantador y seductor y confía en explotar la seducción que cree tiene la cultura francesa para los alemanes. Representa una rara mezcla de masoquismo y homosexualidad y, desde luego, los círculos homosexuales de París son un semillero de numerosos y brillantes reclutas”.

La colaboración no es del todo pasiva ni controlable. No se trata sólo de contemporanizar. Deja huella. Porque el espacio social en el que se mueve el individuo está conformado por actitudes uniformes, códigos y reglas implantados por el poder, en nuestro caso, por la dictadura y el chantaje del nacionalismo vasco y catalán, cuya seña más visible es la imposición y exclusividad de las lenguas locales erigidas como única legitimidad social y política y totem predilecto en sus espacios simbólicos.

renegados

No hay, por lo tanto, posibilidad de inocencia en la posición colaboracionista, no cabe alegar ignorancia. Al rendirse ante ese poder, el colaboracionista reconoce el predominio de la coacción en él, y al aplicársela a los demás se transforma en cómplice. Quizás más que el militante.

Tampoco es excusa la obligación ni la “integración”, ya que la mayoría de las situaciones de sociabilidad se dan en el trato personal, de modo individual. Y en ellas el colaboracionista se prueba a sí mismo su valía como tal.

De manera que el colaboracionista interioriza esta colaboración, y por fatalismo o por admiración, se transforma en el objeto de su servilismo. El colaboracionista termina hablando la lengua exigida por los nacionalistas con quien no le habla así e incluso la autoimpone en su intimidad familiar. Hace de ella su medio de relación social sin necesidad, porque lo acepta en su fuero interno, acepta ese dominio social.

Colaboracionista

Sin embargo, el renegado, es el desertor que renuncia a lo que sí es, negándolo, y adoptando y mimetizando al otro, hace de ello su vida personal, y de ahí pasa a lo público y a lo político. El colaboracionista es aún más traidor y más repugnante porque lo es innecesariamente. Es un producto de la ocupación del espacio social por un poder intervencionista y totalizador: el nacionalismo.

El colaboracionista y el renegado se sienten plenos de ese poder. En las relaciones sociales cara a cara, una simple primera mirada basta para identificar al investido por ese poder, antes de que abra la boca. Lo que muestran con su empeño es la realidad del enfrentamiento, de la división y de la coacción. Los nacionalistas pretenden convertirla en normalidad y a aquellos en parte beligerante.

La mayoría de la población, con una percepción y conciencia de la realidad, fragmentarias, oscila en multitud de posiciones y matices según la situación. Resistentes y colaboracionistas puros se dan en pequeñas cantidades.

Para combatirles, basta con no renunciar a nuestra lengua ni a nuestra cultura, a lo nuestro. Ellos no soportan el sonido de nuestro idioma ni la visión de nuestros símbolos, porque les recuerda la falsedad y pequeñez de lo suyo. No hay “rebeldía” en sus actitudes por muchas algaradas que monten las juventudes de ERCs, CUPs, Bildus, Sortus etc.... Son las nuevas Juventudes Hitlerianas.

Nosotros frente a ellos. Con todas las consecuencias.