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Nacionalismo y colaboración

La Alemania nazi y el fascismo vasco-catalán

El régimen nazi no fue más que un Estado nacionalista regido por el racismo biológico, variante del racismo cultural (escamoteado como “diferencialismo” y “diversidad”) de los nacionalismos separatistas de España. La población colaboracionista de esos territorios no es víctima de ese nacionalismo, como se ha pretendido en el caso alemán, sino que es la beneficiaria, puesto que todos los males se atribuyen al “Otro”, al enemigo, señalado y marginado por su origen, lengua o cultura.

Los signos de carácter antidemocrático y totalitario del nazismo antes de su llegada al poder fueron múltiples. Ha escrito un historiador:“Prescindiendo de cómo se juzgue en una democracia la prohibición de partidos, el carácter fundamentalmente antidemocrático y antiparlamentario del movimiento nazi daba sobradamente pie para una intervención tanto jurídica como constitucional”, “Demasiado débilmente elaborada se encontraba la idea de una democracia militante que negase a sus adversarios el derecho a la destrucción pseudolegal de la República”.

Actualmente, con las iniciativas claramente subversivas del nacionalismo vasco-catalán estamos en la misma situación de debilidad democrática.

La instauración del nefasto “Estado de las Autonomías” con el fin de “integrar” a los nacionalismos no sólo es ruinoso en lo económico y produce inestabilidad en lo político (contrariamente a lo que cínicamente se afirma), sino que es la misma puerta falsa por la que se cuela la coacción, el chantaje, nacionalista permanente.

“A través de conferencias de prensa propias, Hitler se presentaba ante el extranjero como el futuro señor de los destinos de Alemania, recibía a representantes de estos países y enviaba a los suyos a las misiones diplomáticas en el extranjero”.

Serpiente

¿No suena esto a lo de las “oficinas” de la Generalidad catalana en el extranjero con la excusa de la organización de la inmigración?. Es la táctica de la reivindicación y desgaste permanentes: en el sistema pero contra el sistema.

El nazismo logró instaurar el totalitarismo en el plazo de dos años a través de la “coordinación” (“gleichschaltung”) de todas las instituciones y organismos de la vida pública. A este proceso lo llamó “revolución legal”. El parecido con el proceso de penetración y tergiversación de las leyes por parte del nacionalismo vasco-catalán es asombroso, especialmente desde 1992.

Se trata de una combinación de perversión de la ley, utilización partidista de ella, presiones victimistas y violencia y matonismo callejero.

En contra de lo que los alemanes han proclamado, aceptaron el régimen nazi en su totalidad. No fue un hecho espontáneo. Hitler logró alcanzar un temprano consenso a través de la propaganda y la manipulación del odio y de la rabia nacionalistas. Pero también es cierto que ese consenso fue heterogéneo e inestable, aunque activo y constante, acorde con una situación social basada en la manipulación del individuo, con sus contradicciones, visiones e intereses diversos.

Como todo sistema nacionalista, aspira a conquistar el Estado y, a través del totalitarismo propio de esta ideología, moldear una población a su imagen y semejanza: Alemania, Vasconia, Croacia, Cataluña... lugares en que su predominio depende de su odio y envidia.

La represión del régimen nazi no estaba dirigida contra el conjunto de la población. Después de eliminar en 1933 a través de la violencia y la manipulación legal al KPD (Partido Comunista Alemán), con no más de 150.000 comunistas apresados, y al Partido Social-Demócrata y al Centro católico, e ilegalizar los partidos y sindicatos y de la represión del “complot” del jefe de las SA (Sturm Abteilung- Secciones de Asalto) nazis, Ernst Roehm, el 30 de junio de 1934, en la llamada “noche de los cuchillos largos” y de su posterior “ajuste de cuentas”, el régimen se cebó en los marginales, asociales y “criminales”, y después en los judíos, y en los trabajadores foráneos aún más tarde.

Nadie lo ve

El esfuerzo destinado a sondear la opinión pública y a convencerla fue enorme, y el apoyo que obtuvo de ello en momentos críticos, como durante y al final de la guerra, en el que la brutalidad represiva del régimen contra sus víctimas era máximo y evidente, fue elevado a pesar de quedar lejana la etapa de recuperación económica y tranquilidad política de los comienzos del nazismo.

La campaña eutanásica de julio de 1940-agosto de 1941 (“Ley sobre la eliminación de personas incapacitadas para la vida y de asociales”- “Gesetz über die tötung lebensunfähiger und asozialer”) fue suspendida por Hitler debido a cierto descontento social, alguna protesta (evaluadas por los responsables del programa en un 10 %) y una débil oposición de la jerarquía católica, todo ello más relacionado con la preocupación por la legalidad del procedimiento que por la operación en sí.

Obviamente, si no hubo un movimiento de protesta general por el asesinato de sus parientes (70.000), menos iba a haberlo por el de judíos, gitanos y marginales.

Los prisioneros, el trato que se les daba y la existencia, desde el principio, de los campos de concentración, eran de conocimiento público y reconocido, presentes en periódicos y documentales, que hacían gala de la “justicia policial” (“polizeijustice”), la creación de tribunales políticos especiales, la aplicación masiva de la pena de muerte y de la labor represiva de los campos.

La figura del prisionero para la población era omnipresente. Los presos fueron utilizados para el trabajo esclavo en campos, empresas (que los solicitaban) y organismos, y presentados y considerados como delincuentes.

Hitler tardó menos de un año en ganarse a la población, en parte porque la República de Weimar era vista como un régimen caótico de enfrentamientos políticos permanentes, “decadencia moral” provocada por las libertades democráticas, crisis económica y el “impuesto Tratado de Versalles”.

Esta visión era también compartida por los nazis que se presentaron como garantes del orden y la justicia para Alemania, un régimen de “ley y orden” (“sicherheit und ordnung”), que era apreciado incluso por sectores antirracistas de la población.

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Del mismo modo, la transparencia de los métodos y tácticas del nacionalismo vasco-catalán, por encima de su lenguaje equívoco, la amplia información sobre sus hechos e incidentes y la insistencia en sus fines ideológicos, hacen imposible para su población alegar ignorancia o desconocimiento de sus tiranías. Son culpables de complicidad.

El antisemitismo, base de la ideología racista nazi, similar al antiespañolismo vasco-catalán teñido también de racismo selectivo, se implantó gradualmente, con campañas de concienciación de la población relacionadas con la salud moral y biológica del pueblo alemán. Ya en marzo de 1933, Hitler apelaba a la “purificación moral” ("moralische sanierung"). El “Otro” como virus.

Esa degradación consciente del “enemigo” y de su imagen abrió las puertas al Holocausto, y es la misma que practican programas e informativos sesgados de las TV autonómicas, radios nacionalistas y prensa subvencionada y estrictamente controlada(“El terrado”, de TV3...) con respecto a la cultura, al pueblo y la nación españoles, que combinan con una absoluta ausencia de crítica a los respectivos gobiernos nacionalistas.

Algo similar al decreto nazi del 21 de marzo de 1933, la “Ordenanza contra toda desacreditación del gobierno nacional”(“Verordnung gegen die diskreditierung der nationalen regierung”), únicamente que los nacionalistas vasco-catalanes disimulan sus propias acciones y la doblez de sus leyes.

Es el caso también del objetivo, ya alcanzado, de eliminar el idioma español descritos en la “Ley de Normalización Lingüística” catalana, las notas internas administrativas, la “lengua vehicular en la enseñanza”, el decreto de la publicidad estática en comercios, etc.

Amordazado

El nacionalismo vasco-catalán ha dejado la violencia en manos de su rama radical “izquierdista”: ETA, HB, ERC y sucesivas marcas... e inicialmente fue lo bastante astuto para no manifestar públicamente exabruptos racistas, encauzando todos los complejos y prejuicios en la “cultura” y el idioma, aunque posteriormente esos complejos estéticos han cedido el paso a expresiones abiertamente groseras, insultantes y provocadoras, que por el momento no han encontrado respuesta, ni de los Gobiernos de turno, ni de la putrefacta castuza política, ni de la inerme población española.

El “apto para la germanización” (“eindeutschungsfähig”) en nuestro caso es el “normalizado”, el renegado que habla sus dialectillos o apoya sus prejuicios para no ser el blanco de estos, para lavar “la mancha de su origen”.

Si la población alemana utilizó en su provecho el antisemitismo, la vasco-catalana utiliza el idioma, símbolo y base de su racismo “cultural”. El idioma deja de ser un medio de comunicación y se convierte en un arma en el juego de la jerarquía y relación sociales. Un arma para el dominio y la represión. Tal y como ha dicho Jorge Pujol: “El catalán no sirve para nada, sólo sirve para ser”.

La doblez lingüística del nazismo es más burda que la del fascismo vasco-catalán. El 15 de septiembre de 1935 Hitler aprueba la “Ley para la protección de la sangre y el honor germánicos” (“Gesetz zum schutz des deutschen blutes und der deutschen ehre”) y cuatro días antes el decreto de “lucha contra los enemigos internos de la nación” (“kampf gegen die inneren feinde der nation”) y proclama que sostener cualquier teoría al margen del nacionalismo es “un síntoma de enfermedad que amenaza la sana unidad del organismo indivisible del pueblo (“gesunde einheit des unteilbaren volksorganismus”). Dos niveles de lenguaje para un mismo fin.

En el fascismo vasco-catalán el consenso está implícito en la coacción, insistente propaganda y los símbolos y consignas omnipresentes del nacionalismo, complementadas con el control de las instituciones y la violencia controlada de los “extremistas” a su servicio, surgidos de sus escuelas.

Sus leyes coaccionan por defecto (“al menos en catalán”, “atención individualizada en la enseñanza”, “normalización”, etc), pervertidoras de la ley, marginadoras y despreciativas.

Los nacionalistas vascos y catalanes no son racistas, porque a eso ahora se le llama “etnoculturalismo”, o no lo son más que otros, pero sí son antiespañoles. Y ese es su racismo. La calificación de “inmigrantes” a los originarios de otras regiones por parte de la consejera de Educación del gobierno vasco, Ángeles Iztueta, en pleno debate del plan Ibarreche, los textos de juventud de Jorge Pujol sobre la degradación innata de los andaluces, o la calificación por parte de Arturo Mas, sucesor de Pujol, del idioma español como “no propio” de la región catalana (el catalán es el idioma inventado, sesgado del francés), lo muestran en todo su horror.

Es esta actitud, persistente, la que condujo de un modo natural a las masacres abiertas, los ghettos y la política de exterminio nazi, como un producto de la absoluta identificación de los prejuicios ideológicos de un partido con la política del Estado, y eso es el nacionalismo.

La calificación de cualquier crítica al nacionalismo, sus argumentos o sus instituciones como un ataque a su “nación” es buena muestra de ello. La policía del régimen nazi tenía esa función política de la que tanto se quejaban antes algunos sindicatos de la policía autonómica vasca y catalana.

El control de los medios de comunicación fue elevado en el Tercer Reich, a cargo del Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que incitaba a que los periodistas “despierten en el lector imparcial la sensación de necesidad y de justificación interior de sus actuaciones” (de la Gestapo y la policía), (“beim unbefangenem láser das gefühl für die notwendigkeit und inneren begründheit des staatspolizeilichen massnahmen erwecken”). El desarrollo de la red comunicativa del Partido, la agobiante presión política y las presiones económicas sobre la prensa hicieron el resto.

Medios

Con la constitución del Ministerio de Propaganda (marzo de 1933) y de la “Cámara de Cultura del Reich” (septiembre de 1933), Goebbels pudo afirmar en su discurso al Congreso del Partido, el 7 de septiembre de 1934 en Nuremberg: “No hay un solo sector de la actividad pública que pueda sustraerse al influjo de la propaganda totalitaria”.

La coacción como forma de educación es la base de la ideología nacionalista. El nazismo consideraba a los matones de las SA como “educadores” (“erzieher”) y a los campos de concentración como “centros de educación” (“erziehungsanstalt”).

El tratado de “educación política” se titulaba “Deutschland, nur Deutschland, nichts aus Deutschland” (“Alemania, sólo Alemania, nada más que Alemania”). Si cambiamos Alemania por Vasconia o Cataluña tenemos la ideología de los nacionalismos disgregadores que conocemos tan bien. Y no hay más, ni cultura ni reivindicaciones históricas, meras cortinas de humo, sólo el predominio del Estado totalitario y del aldeanismo más primitivo y brutal, tal es su “cultura”.

El típico egocentrismo nacionalista tras el que no hay ideas firmes, y que ha llevado a historiadores como el de la clásica biografía de Hitler, Allan Bullock, a afirmar que era el típico nacionalista, por encima de sus parrafadas más líricamente raciales y europeístas.

De ahí que Pujol afirme que las escuelas están para generar espíritu patriótico, no para enseñar, y esto en el siglo XXI. Y que la “atención individualizada” para los niños españoles en las escuelas controladas por los fascismos periféricos (“individualizada” para la mitad del total de alumnos -¡!- en la región catalana y los modelos B y D en la vasca), que se resistan a adaptarse a la imposición de sus dialectillos, recuerden a las famosas “medidas educativas especiales” (“einletung besonderer erziehungsmassnahmen”) del nazismo para sus inadaptados.

Y que, por lo tanto, el no afecto a sus culturillas y dialectos falsos y a su totalitarismo es un enemigo declarado. Tal y como los definieron los nazis: “típicos representantes de infrahumanos” (“typische vertretër des untermenschtums”), es decir “charnegos” y “maketos”, “fremdvölkischen” (“raza extranjera”).

Es significativo que la primera ejecución en el campo de exterminio de Sachsenhausen durante la guerra, el 15 de septiembre de 1939, fue por no haber firmado el “juramento de lealtad a la patria” por parte de un Testigo de Jehová. Los archivos supervivientes de la Gestapo (los de Dusseldorf, Wurzburgo y de la región del Palatinado) muestran que la mayoría de las delaciones estaban motivadas por las envidias y manías personales o por el deseo del beneficio, y que la mitad de los detenidos terminaban reconociendo las acusaciones.

Numerosos historiadores actuales (Penkert, Gellately, Goldhagen, Baukier, Gordon...) han demostrado que los alemanes no adoptaron el nazismo acríticamente. Valoraban cada acto por separado según sus propias expectativas y opiniones, que eran recogidas por los constantes sondeos de opinión gubernamentales y servían para enfocar la propaganda.

Exactamente igual ocurre con los vasco-catalanes y sus nacionalismos, están conectados, y sin el apoyo de su población, de sus complejos y prejuicios, no podrían haber establecido su dictadura de mentiras. Al alimentar estos complejos y envidias, el nacionalismo los convirtió en la base del apoyo a su dictadura. Son culpables de ser y de hacer.

Los judíos alemanes que vivieron esa época han afirmado que las señales que recibían eran contradictorias hasta abril de 1938, con la promulgación del decreto de declaración de bienes y la posterior campaña de expropiación de comercios judíos, que desembocó en el esperado progrom de la “noche de los cristales rotos”, el 9 de noviembre de 1938 en la que se destruyeron 7.000 comercios judíos.

La conclusión que extraen es que, en general, la población toleraba estas prácticas mientras no se vieran perjudicados (o les beneficien, como en la reventa por subasta de los bienes expropiados) o no se hicieran de modo públicamente brutal. La intensa propaganda dio su fruto ante la indiferencia general, como aquí. En un gesto típico de la tergiversación y cinismo propios del nacionalismo, los nazis hicieron pagar una “multa” a los que eran sus víctimas, lo propios judíos.

El mismo cinismo y estrategia que utiliza el nacionalismo vasco-catalán al acusar a los demás de provocadores o antidemocráticos por resistirse a los avances en sus totalitarismo o en su chantaje económico constante (para financiar sus caprichosos despilfarros: oficinas extranjeras, expansión identitaria en territorios adjuntos etc...,plan Ibarreche, reformas estatutarias...).

Se asoció a los judíos al comunismo, a la criminalidad, a la decadencia... En las regiones vasca y catalana, los nacionalistas han asociado España y los españoles con lo que en realidad son ellos y sus poblaciones afectas: explotación, atraso, envidia (¡!), incultura (ja, ja, ja), papanatismo...

La actitud frente al progrom de la “Kristallnacht” fue de aceptación ya en un 50%, pero las críticas no podían aflorar libremente por la presión social de los convencidos por la propaganda. En 1939 ya se habla de “solución final” y los sectores políticos clandestinos se percatan de la meta genocida del régimen. La emigración forzada fue obra de iniciativas locales del partido nazi hasta otoño de 1941, en que comenzó la acción coordinada de la Gestapo y el decreto del brazalete y la segregación (septiembre de 1941), que si existieron fue por la rendición general de la población a la propaganda antisemita. Baste citar que el 70 % de las denuncias a la Gestapo, desde 1933 (cuando la segregación no era legal) fueron hechas principalmente por la población.

Brazaletes

Adaptándose rápidamente a las ventajas del régimen, los motivos de la población en las denuncias son egoístas en un 65-75 %, aún sabiendo por las innumerables informaciones periodísticas publicadas, que las consecuencias de ellas serían graves.

La total sumisión de la prensa fue fundamental. Hasta tal punto llegó esta actitud de la población que las autoridades (el ministro del Interior, el jefe de la SD de las SS, Heydrich, y el propio Hitler) tuvieron que dar directrices firmes contra los denunciantes “que por motivos personales presentan acusaciones injustificadas o exageradas contra compatriotas” (“die aus persönlichen gründen ungerechtfertige oder übertriebene auzeigen gegen volksgenorssen esrtatten”).

Todo ello es reflejo de la aceptación de la persecución y segregación. En el caso vasco es el apoyo a la acción combinada terrorismo/gobierno vasco y en el catalán a la represión del uso del idioma español, en primer plano, y de nuestra cultura, Historia y símbolos (caso Salou, reportaje “El Mundo”, Universidad Rovira Virgili, Universidad País Vasco, etc).

Los alemanes apoyaron la segregación de elementos considerados “extraños” al justificárselo con leyes y propaganda. La sociedad alemana se convirtió en una sociedad de complicidad y delación, donde, aparte de judíos, homosexuales y trabajadores extranjeros (sobre todo polacos, considerados “inferiores”), los alemanes se denunciaban entre sí para resolver litigios y rencores en todos los niveles administrativos, lo que llegó a ser considerado por las autoridades como una plaga.

Indiferencia

Una sociedad consensuada en la represión es una sociedad totalitaria. Los alemanes prestaron apoyo al régimen nacionalista que alimentaba su ego y sus complejos y lo mismo hace una buena parte de la población en los territorios donde el nacionalismo ha anidado.

A mediados de 1939, el 60 % de la comunidad judía alemana había sido deportada o emigrada, y el resto lo fueron el mismo año. En 1943, con los reveses militares, se aceleró el proceso.

Del mismo modo, el acoso nacionalista ha eliminado la defensa consciente de la cultura y lengua españolas y hasta del mismo concepto de España (“Estado español”), el exilio de miles de vascos amenazados o acosados, de miles de profesores del sistema educativo catalán y la eliminación de la emigración interregional.

La ambigüedad persiste en muchos procesos. Aún en 1943, los judíos casados con ciudadanos alemanes y los condecorados en la I Guerra Mundial fueron respetados aunque sus movimientos estuvieran limitados. Los judíos alemanes estaban perfectamente integrados en la sociedad, más que en cualquier otra, y muchos de ellos eran nacionalistas fieles. Unos 525.000 eran creyentes y otros 300.000 laicos. Había unos 85.000 “mestizos”; en total menos de un 2% de la población. La propaganda nazi era antisemita pero no se centraba exclusivamente en ello. Se adaptaba al tipo social de auditorio que tuviera. El antisemitismo ideológico estaba especialmente arraigado en la élite del partido nazi. Sólo 6 de los 124 carteles nazis de las elecciones de 1933 se referían a los judíos como el enemigo principal. Las violencias locales antisemitas nazis, “acciones individuales” (“einzelaktio nen”) y silenciadas, se dieron hasta 1933, pero la acción estatal empezó entonces con la ley del funcionariado (purgas) del 7 de abril y con el boicot nacional del 1 de abril. Este combinó la violencia antisemita, llegando al asesinato, con la propaganda frente a la población alemana, aún no muy motivada. El fracaso de este boicot convenció a los nazis del rechazo a la violencia de la población y de la existencia de bolsas de resistencia a su racismo, especialmente entre los católicos. Ello hizo que en agosto se disolviera la policía auxiliar (“hilfspolizei”), compuesta por la SA. Pero no hubo un rechazo a la medida en sí ni a la marginación general de la minoría hebrea. Tampoco la hubo en las asociaciones profesionales.

Estos métodos y esta situación han sido literalmente calcados por los nacionalistas radicales vasco-catalanes y sus gobiernos, y tienen su mismo carácter ambiguo y progresivo. La aceptación del prejuicio y la marginación consciente, impulsada por profesionales en el campo laboral, por los medios de comunicación y por los gobiernos por ellos controlados, han creado esta situación.

Niños judíos fueron expuestos en clase como modelo para “reconocer” judíos, lo que recuerda al dominio vasco-catalán en la enseñanza y el abandono de profesores españoles de estas dos regiones.

Pero la ambigüedad de la situación alemana y de la nuestra, al no promulgarse una ley pública definitiva contra los judíos, aunque sí millares de medidas de control distintas (como los decretos lingüísticos vasco-catalanes), hizo concebir esperanzas a la comunidad judía... como a muchos de nosotros y a los gobiernos del PP y del PSOE a quienes sirve de excusa para no enfrentarse a los nacionalistas por razones electorales, y también por desafecto y desinterés hacia la Nación española.

Esta ambigüedad en el lenguaje continuaría durante la guerra, cuando Hitler asegura al ministro de Justicia, Franz Gürtner, no haber dado a Himmler, jefe de las SS, ninguna instrucción general para realizar ejecuciones en masa sin juicio previo. Muchas ejecuciones aisladas fueron publicadas como “abatido cuando intentaba escapar” o “cuando se resistía a su detención”.

Aquella sociedad enferma presenció su autodestrucción con el asesinato febril e inútil de prisioneros en los últimos meses de la guerra (las “marchas de la muerte”) en las que participaron civiles, del mismo modo que en sus comienzos había vivido la transformación de pacíficos ciudadanos apolíticos en criminales voluntarios (los “batallones policiales auxiliares” y sectores del Ejército), y el deseo de autoinmolarse en una pulsión de muerte propia de la mitomanía nacionalista, plasmada en la “orden de Nerón” de marzo de 1945, dada por Hitler para destruirlo todo puesto que el pueblo alemán estaba perdido y no merecía vivir.

Tuvieron miedo a las consecuencias de la derrota pero no hubo arrepentimiento.

El nacionalismo es la sociedad de los criminales, y lleva a la guerra a través de la mentira.