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Los mitos vasco-catalanes

El mito es un valor, su sanción no consiste en ser verdadero: nada le impide ser una coartada perpetua (Roland Barthes: "Mitologías")

La función del mito es proporcionar legitimación en el campo político a través de la manipulación e invención del pasado. La ventaja del mito es que es un área cerrada y autoalimentada, impermeable a la racionalidad y el análisis, mucho más apto para la propaganda y la fanatización política que los análisis o las teorías económicas.

De hecho, muchas teorías terminan deformadas y fetichizadas para su consumo como mito legitimador del poder establecido, especialmente si este es reciente.

Tito Livio Ptolomeo

Existe unanimidad entre los historiadores clásicos (Estrabon, Polibio, Tito Livio) en datar la presencia vasca en España, en concreto en la zona navarra entre el 200-300 a.C. Antes del siglo II a.C. las tierras de la actual Vasconia estaban deshabitadas, circundadas por poblamientos celtas desde el siglo VI a.C.

No entraremos aquí en la definición de los celtas, teniendo en cuenta la contestación de su civilización y procedencia de la que están siendo objeto, tanto ellos como su alternativa “indoeuropea”. Particularmente nos inclinamos por considerarlos como descendientes de los primigenios pobladores iberos emigrados a Centroeuropa después de la última glaciación y retornados después.

Se califica a estos vascones de bandidos nómadas, sin raíces, montañeses salvajes, denominación que persiste durante siglos, como el famoso bandido Corocotta, vascón de nombre libio (Curucuta), que quiere decir hiena, animal africano desconocido en Hispania.

Su nombre céltico es “barskunes”, “los de la cima”, porque es allí donde se refugiaron durante siglos para ejercer sus tropelías y saqueos en los valles. Esta actividad, así como su movilidad geográfica, está registrada en las crónicas hasta el siglo XII e incluso el XIV. Crónicas como las de San Braulio, Juan de Bíclaro, San Gregorio de Tours, Fredegario, San Julián o el Códice Calixtino de Picaud. Se trata de bereberes libio-fenicios y tingitanos, según varios científicos genetistas e investigadores .

Mapa Estrabón Mapa Ptolomeo

Procedentes del Sahara y Mauritania, unos 30.000 soldados de las tropas de Anibal desertaron a su paso por los Pirineos cuando se enteraron de que su objetivo era atacar Roma atravesando los Alpes, en el 21 a.C. Otra tesis los define como pertenecientes a las tropas de Asdrúbal, hermano de Aníbal, llegados allí camino de Italia años después del paso de Aníbal, tras la derrota de Baecula (Bailén).

Citados como tal en la “Chanson de Roland” (824 d.C.) o en las “Ordenanzas de Aragón” aún en el año 1349, pertenecen a la misma rama que georgianos, turcos o iraníes, es decir, poblaciones camíticas que llegaron a las tierras actuales emigrando desde África. Lo son por etnia, lengua y cultura. Se trata de una población mesocéfala, de frente angosta e inclinada, y cara ancha y larga, como la nariz. La similitud en la toponimia y los apellidos con otras zonas españolas, especialmente Andalucía, es debido a este origen común berebere como los que luego invadirían España en el siglo VIII d.C. Se ha demostrado fehacientemente por diversas fuentes la enorme similitud de su lengua con la berebere actual ( Imazuren o Amazig).

( Nos referimos a las investigaciones recientes de Pablo Sánchez Velasco y Francisco Leyva - inmunólogos -, anteriormente fueron las de Jorge Alonso García y Antonio Arnaiz de Villena, cuyas conclusiones y dataciones cronológicas consideramos, no obstante, parciales y erróneas ).

Distribución de tribus

Como los bereberes, la población vasca posee el cromosoma 6 y un Rh negativo en su sangre del 32-40 %. Según recientes investigaciones, su componente genético es el de las poblaciones del norte de África, mientras que el de los cántabros (la población que entonces ocupaba la zona), es similar al de los escandinavos y del norte de Francia.

Del 184 al 74 a.C. bajan a los valles navarros y riojanos, desplazando a los grupos celtas y mezclándose con ellos. Un proceso violento que aún se da en el siglo VII d.C. Sólo fueron cristianizados en el siglo IX. Mientras que San León fue martirizado y muerto por vascones de Bayona en el siglo IX, la población castellana de Lezo recibió de este monje su Santo Cristo.

Esa pretensión de cristianos viejos es precisamente producto de su carácter de cristianos nuevos, y de invasores extranjeros.

Fueron los celtíberos los que fundaron ciudades y se organizaron socialmente. El árbol de Guernica era sagrado para ellos, y no para los salvajes vascones, cuyos símbolos culturales proceden del siglo XIII-XVI, copiados de los cántabros, como sus símbolos: el lábaro y el tetroskel de sus estandartes, o de los celtas, como muchas de sus palabras, camufladas de vascas.

La clasificación étnico-territorial, tan propia de los arqueólogos del siglo XIX-XX, es aún menos aplicable en Vasconia que en ningún otro lugar. No existe un foco lingüístico o una sociedad estable, ni un territorio definido en el que encuadrarlos.

Celtas

Hablaban numerosos dialectos de valle (como el berebere actual), reflejo de su asentamiento disperso tras bajar de las montañas. No tenían elementos escritos, ni arte propio, ni cultura, ni restos arqueológicos (sepulcros como los de Elorrio, del siglo VIII, son hispanos pero no vascones, como lo acreditan sus inscripciones), ni obras de arte, ni constituyen clanes, ni cadenas de jefes, ni títulos de propiedad, ni un nombre común.

Una horda de guerreros saqueadores sin raíces ni pasado, definidos por su carácter de montañeses salvajes y rapaces, cuya denominación céltica (barskunes) luego se extendió geográficamente a todos los habitantes de las tierras que ocuparon. “Hombres de razas varias " , y que al ser sólo hombres tuvieron que mezclarse con mujeres de la zona, de ahí la explosión demográfica local, inexplicable sin la presencia alógena de miles de ellos.

Debido a su persistente actividad rapaz e invasora, los hispanos de entonces se aliaron con agrado con griegos y romanos, de su misma estirpe, cultura y lengua, para enfrentarse a los vascones, fenicios y cartagineses, todos ellos invasores y saqueadores africanos. Y decimos saqueadores, no resistentes al poder romano, en cuyas legiones también formaron, junto al resto de hispanos, y cuya civilización adoptaron de modo completo desde el siglo I a.C.

La tesis contraria, la del aislamiento y resistencia persistentes, es una transposición de la misma aplicada al conjunto de Hispania y que fue apropiada y exagerada por el inventor del nacionalismo vasco, Sabino de Arana.

Durante las invasiones árabes colaboraron con los invasores bereberes de Marsile o Musa (de ahí el apellido Musategui –techo o protección de Musa-).

Sin embargo los iberos poseían alfabeto y gramáticas, ciudades avanzadas y comunicaciones, organización social, militar, judicial, política y económica, y religión. La religión solar más antigua de la Humanidad.

(Datos que están siendo confirmados por toda una legión de investigadores: arqueólogos, expertos en Tartessos, como Jorge Díaz, Esteban Márquez Triguero, también geólogo, la mítica Elena Whishaw y Maxine K. Asher (de la Asociación para la Investigación del Antiguo Mediterráneo y presidenta de la American World University ), geógrafos como el holandés Marten Van Hoek, historiadores como Manuel Bendala, de la UAM, y Rafael Gómez Muñoz (también arqueólogo y director del Museo Arqueológico de Torrecampo) y genetistas como Brian Sykes (Universidad de Oxford) o biólogos como Dennis Stanford y Bruce Bradley (del Smithsonian Institute) y Antonio Torroni ( biólogo genetista y ha enseñado en la Universidad de Pavía y Roma ). Y los extraordinarios tesoros de Carambolo, Lebrija o Aliseda ).

Los vascos surgen en la Historia cuando se vinculan voluntariamente a Castilla en el siglo IX y se mezclan con los llegados del resto de la península (como ocurrió también en la Reconquista), obra de un poblamiento auspiciado por la concesión de privilegios y fueros por los reyes de Castilla, Aragón y Navarra, de lo que hay constancia escrita datada y pormenorizada.

La lengua de todos ellos fue el castellano como lo atestiguan numerosos documentos. De hecho el idioma castellano, producto de varias influencias y adaptaciones prácticas y tan antiguo como el latín, fue adoptado como oficial 50 años antes en el antiguo Reino de Navarra que en el de Castilla.

(Esta antigüedad de nuestra lengua española, contemporánea y anterior al latín, ya fue estudiada por investigadores de la talla de Gregorio López Madera, miembro del Consejo de Castilla y fiscal del Real Consejo de Hacienda en el siglo XVI. O Andrés Jiménez Soler, catedrático e historiador nacido en Zaragoza en 1869 y autor de “La Península Ibérica en la Antigüedad”. Análoga tesis sustenta actualmente, Jorge María Ribero Meneses, quien ha escrito numerosas y arriesgadas obras, entre ellas “La lengua latina o palatina” y “Los orígenes ibéricos de la Humanidad” ).

El “pueblo vasco”, como realidad, no existió jamás y menos como puro e inmemorial. No hay ningún tipo étnico vasco diferenciado. Su fanatismo y “purismo” viene de su carácter de conversos recién llegados al solar hispano. Y ello va a configurar todo el devenir ideológico del localismo vasco.

Será en el siglo XVI cuando se crea el “cantabrismo vizcaíno”, de caracteres patéticos en sus exageraciones, destinado a defender privilegios frente a otros territorios españoles, una falsa “nobleza de origen”, “hidalguía colectiva ” ridícula, que legitimaba a los vascos (Guipúzcoa y Señorío de Vizcaya) frente a sus rivales por la obtención de cargos burocráticos en el Estado, y también en el comercio: cántabros, castellanos de Burgos y judíos conversos. Frente a ellos los “vizcaínos” tenían una evidente desventaja: eran cristianos nuevos y semibárbaros.

Ya antes, a finales del siglo XV, se fomentaron revueltas antisemitas en Vizcaya, en 1438. Los judíos vizcaínos son presionados en 1486 y se exilian, a pesar de la protección de los Reyes Católicos, y los guipuzcoanos lo hacen en 1492. Antes de 1482 ya se había prohibido allí el establecimiento de conversos.

Es entonces cuando surge la mentalidad de “cristianos viejos” y la dinámica de segregación que hoy también se aplica a los españoles. Como hace 500 años.

Esteban Garibay

O como el “goticismo”, la ascendencia goda, de la que tanto se burló Pío Baroja (no obstante antisemita), pero que también podía ser reivindicada por el resto de los españoles, por lo que se apropiaron del “tubalismo”, una tradición legendaria de... los judíos españoles, de orígenes rabínicos, que los conversos habían abandonado en pro de la integración. Ello les valió a los vizcaínos burlescas acusaciones de criptojudíos.

El tubalismo se remonta a la mítica descendencia de Noé, el del arca, y en la época del Renacimiento se extrajeron de falsarios como Annio de Viterbo, hecho común a las naciones occidentales, incluyendo la española.

Curiosamente esta teoría sirvió para atacar a los pueblos semíticos y camíticos, cuando los vascos pertenecen a estos últimos.

El primer tubalista vasco fue Esteban de Garibay y Zamalloa, en el siglo XVI, y hacía referencia a la lengua, que confería “nobleza y pureza” colectivas.

En el siglo XVI tomaría el relevo Andrés de Poza, descendiente de castellanos y, seguramente, conversos. Maníaco, represor de flamencos en Flandes, fascinado por la Cabala judía y autor de “De la Antigua Lengua, Poblaciones y Comarcas de las Españas”, donde insiste en las falsas etimologías de Goropius Becanus (en realidad Jan Becan van Gorp, médico de Carlos I y Felipe II), y del falso “sacerdote caldeo del dios Marduk”, Beroso (en realidad Annio de Viterbo), y que tanta inquina creó que tuvo que exiliarse a Madrid. Sus teorías serían la base de las invenciones y reivindicaciones del nacionalismo vasco racista de Sabino de Arana y su PNV. Hasta hoy mismo.

El siglo XIX y XX darían a Joseph-Augustin Chaho, Jean Mirande y Federico Krutwig.

Chaho

El primero escribió “Voyage en Navarre pendant l´insurrection des Basques”. Republicano francés, fue uno de los primeros en definir al carlismo como “nacionalismo revolucionario” (¿?), notablemente fantasioso, fundador de los estudios folclóricos vascos y de las alucinadas teorías de la religión solar vasca, por otra parte común a todos los iberos. Este espíritu contradictorio, republicano y leal francés, culturalista vasco y liberal político, escribió sus obras como guías de viajes para el País Vasco francés (a este se refiere la Navarra del título de su obra).

Todo ello lo heredaría y legaría también Sabino de Arana, el resentido ex-carlista, tradicionalista anti-industrial, inventor del idioma vasco (en realidad una jerga mitómana) y de ¡cuatro! reformas ortográficas y una nueva onomástica totalmente falsa. Reinventor también de la leyenda de la inexistente batalla de Arrigoarriaga en el año 888 (según él protagonizada por Jaun Zuría, el escocés al que adjudica la fundación del Señorío de Vizcaya y al que adjudicaría las cruces de San Andrés presentes en el escudo vizcaíno). En realidad, esas cruces fueron concesión del rey Fernando III, el Santo, en 1227 por la participación vizcaína en la toma de Baeza, acaecida el día de San Andrés. La invención de la bandera vasca, en principio sólo del partido, es producto de su anglofilia.

Jean Mirande fue, junto al protoetarra Federico Krutwig, un abierto racista y neo-paganista vasco, expansionista y violento, nacido en París, que se suicidó el 25 de diciembre de 1972 poniendo fin a su última etapa antisemita y ultraderechista. Dejará escrito “ Una nueva ciencia: la Metapsicología”.

Jean Miranda Federico Krutwig

Krutwig escribirá “Vasconia. Estudio dialéctico de una nacionalidad”, donde reincidirá en todas y cada una de las perversiones del anterior.

La mitificación racial también alcanzó al nacionalismo gallego. Primero apareció la tesis griega, sostenida por Saco y Arce, con abundante aparato lingüístico. Otros más endebles citaban a Noé, copiando el tubalismo vasco.

Más fortuna tuvo la tesis celtista, la del rincón de resistencia antirromana estilo Astérix, a compartir con escoceses, bretones, irlandeses, etc. Aún hoy cae en un antropomorfismo primitivo que haría las delicias de las SS hitlerianas.

En realidad, todos ellos son exponentes del romanticismo racista de finales del siglo XIX que desembocaría en la realidad nazi del XX, de la que son herederos directos los nacionalismos disgregadores europeos que hoy nos oprimen y explotan.

Sin abandonar las mistificaciones racistas (Rh negativo, “el zulu y el sueco”...), ocultándolas bajo el eufemismo etnicista, el nacionalismo vasco-catalán posterior apuesta por centrarse en el idioma como factor de construcción e invención de la “comunidad nacional” (nacionalista) y basar en este todo su rechazo al "otro", en lo que tuvieron un papel destacado curas como los franciscanos de Aranzazu, como Michelena y Villasante, o los de la abadía de Montserrat.

La tesis del vasco como “lengua primitiva” de España la sostuvieron Baltasar de Echave en 1607, Antonio Navarro de Larreátegui en 1620 y, ya en pleno siglo XVIII, Juan de Perochegui, que pretendió que todas las grandes monarquías europeas procedían de los vascos, y los nombres toponímicos y de las regiones españolas, francesas e italianas, e incluso los nombres de los países europeos.

Este adanismo lingüístico continúa en el siglo XIX con Pablo Pedro de Astarloa en 1803 y Juan Bautista de Erro en 1806.

Posteriormente el nacionalismo, sin cambiar sus bases, ha adoptado la estrategia de pescar donde pueda y, especialmente la “izquierda nacionalista” de HB, ha incorporado a sus filas, como resultado del opresivo y coactivo ambiente “integrador” nacionalista, a muchos hijos de trabajadores de otras regiones allí desplazados (“maketos” en la zona vasca, “charnegos” en la catalana).

El nexo de unión, el pasaporte, ha pasado de ser la “raza” supuesta o incluso la lengua de otras teorías, a la voluntad y sumisión de ser nacionalista fanático y acatar sus prejuicios.

Lo que permanece inalterable es la tierra, la reivindicación y expansión territorial. Ya en los años 30 los nacionalistas vascos reivindicaban Navarra, parte de Aragón, Rioja y Cantabria, y los catalanes Valencia, la otra parte de Aragón y las Baleares. Y ambos "sus territorios del norte” en Francia. Y todo ello de modo absolutamente arbitrario, ya que esos territorios jamás formaron parte de estas regiones.

Chocan además, de modo tragicómico, con los nacionalistas aragoneses y cántabros, y estos con los gallegos y castellanos.

El nacionalismo catalán, surgido también de la quiebra de sus privilegios económicos y fiscales y de la pérdida del mercado americano en 1898, del que fueron ardientes defensores, enfocó su mitomanía en un pasado más cercano, consistente en una falsa “independencia perdida” basada en la tergiversación de hechos históricos como el carácter de la Guerra de Sucesión o la rebelión campesina del Corpus, calificados de “nacionalistas”, y en la apropiación de símbolos y su reinterpretación, como la bandera (aragonesa), que sólo poseían reinos y no condados como el catalán.

Rey de Aragón

La leyenda de la bandera de las cuatro barras “catalana” es del siglo XVIII-XIX, y afirmó en un principio que fue Ludovico Pío (814-840) el que la creó en el siglo IX sobre el agonizante cuerpo del conde Wifredo el Velloso ( gobernador del condado de Barcelona entre 878-897), posteriormente, para reducir la discrepancia de fechas se cambió la autoría por la del rey francés Carlos “el Calvo” (840-877). En ambos casos es falso, ni siquiera fueron contemporáneos.

(El origen del uso de los colores amarillo y rojo en el escudo proviene de la vinculación del Rey de Aragón Sancho Ramírez (1064-1094) con la Santa Sede, en cuyos documentos el sello papal recogía las cintas que lo sujetaban de seda roja con hilos de oro intercalados. Sancho Ramírez adoptó esos colores como señal de su vinculación.)

El primer rey que la utilizó fue Alfonso II en el siglo XII, y como rey aragonés, puesto que jamás existió ninguna “unión” o “confederación” catalano-aragonesa. Su representación más antigua data también del siglo XII, en los frescos del castillo de Alcañiz. Según los nacionalistas, la Cataluña medieval incluía Aragón, Valencia, Sicilia, Nápoles, Provenza y el norte de África. Quien menos tiene más puede inventar, apropiándose de lo ajeno.

La polémica más antigua que sostuvieron fue la del celtismo catalán, que hubo que cambiar por iberismo , para contradecir la teoría preponderante en la cultura y ciencia españolas de cada época. Siempre el complejo de inferioridad y copia.

Estas manipulaciones históricas, base de legitimaciones políticas, no han sido abandonadas, como lo atestiguan los planes de estudios regionales, trufados de alucinantes mapas “imperiales”, expansionistas descarados, que se superponen unos a otros, de etnias que surgen de la noche de los tiempos y de odios “milenarios”... muy actuales.

Ese odio es el que creó Sabino de Arana contra España... y contra los españoles:

"... azote del diablo, calamidad luciferina, plaga infernal... fetos de forma humana, legión de ratas...” (“Bizkaitarra", 5 de septiembre de 1895).

“Ten en cuenta que los que son amigos de los "maketos" son para Bizcaya peores que los "maketos" y absolutamente aborrecibles” (“Bizkaitarra”, 7 de julio de 1895).

Y el inventor del nacionalismo catalán, Enrique Prat de la Riba, escribe en 1906, trasladando la aberración de la raza a la lengua:

".. la MONSTRUOSA COEXISTENCIA de las dos culturas”.

“... y no nos contentamos con reprobar y condenar la "dominación y los dominadores", sino que, tanto como EXAGERAMOS la apología de lo nuestro, REBAJAMOS Y MENOSPRECIAMOS todo lo "castellano", a tuertas y a derechas, SIN MEDIDA”. (“La nacionalidad catalana”, E. Prat de la Riba).

Esto explica muchos actos y actitudes de los nacionalistas. En esta última frase está contenida toda la doctrina nacionalista catalana, hasta hoy mismo. Y no tienen nada más. Odio y envidia.

"Si hay un tema claramente tabú en el País Vasco es el idioma. Porque todos han percibido que la lengua tiene un carácter sagrado y que hay que acatar los símbolos de lo sagrado allí donde es visible” (“España, patriotismo y nación”, 2003, Edurne Uriarte).

Corpus de Sangre

Las dos manipulaciones historicistas principales del nacionalismo catalán, se centran en la rebelión social del Corpus de Sangre y la Guerra de Sucesión española.

La rebelión social del Corpus de Sangre fue provocado por los problemas de alojamiento e incidentes con el Ejército (la mayoría tropas italianas e irlandesas, consideradas herejes y extranjeras), las malas cosechas de toda una década y la epidemia de peste.

Estalló en 1640, protagonizada por segadores desplazados tradicionalmente a Barcelona en esas fechas, gentes desarraigadas y disolutas por su modo de vida, y algunos delincuentes. Cargaron contra autoridades y ricos al grito de “Viva el rey de España y mueran los traidores”, cometiendo todo tipo de saqueos y asesinatos.

Felipe V Archiduque Carlos

En contra de la versión nacionalista, los contemporáneos e historiadores posteriores no han encontrado evidencias de un “partido pro-francés” y sí claras muestras de españolismo.

Lo mismo ocurre con la Guerra de Sucesión de 1714, que enfrentó a españoles (y a catalanes entre ellos) de ambos bandos, pro-Habsburgo y pro-Borbón.

Los catalanes que combatieron después contra los franceses de la Convención republicana se considerarían “la mejor tropa de España ” y luchaban para devolver “a España, el Rosellón, Navarra y la Cerdaña”.

 

Si no fuera por sus resultados y poder presentes darían risa. Pero no olvidemos que son iguales a las estupideces nazis sobre raza e imperio. El nacionalismo es guerra y opresión siempre, y sus mitos, aunque ridículos, son letales.