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Lengua y población

Decía el literato alemán Schiller que la lengua crea y piensa por ti, es decir, que nos posee de un modo más categórico e inconsciente de lo que parece. Pero la lengua, como las formas del lenguaje, sirve para mucho más, refleja jerarquía, recrea bandos y reproduce formas de poder, como ya predijo Stalin.

En España expresa muy visiblemente el dominio del nacionalismo que ha convertido la lengua en un instrumento a su servicio. La lengua ya no es un medio de comunicación (más o menos eficiente) sino un artefacto de la política nacionalista cuya finalidad es justamente incomunicar y separar una fracción de la sociedad española del resto como una fase más del proceso de su desmembración.

Se trata de la misma impostura y manipulación que la que se lleva a cabo con el resto de elementos culturales, desnaturalizados, e incluso inventados, imprescindibles para la creación de una "nación" que la Historia no produjo, y que jamás existió.

 

El lingüista Víctor Klemperer, que sufrió en su carne la represión del nazismo, dice en su obra “La lengua del Tercer Reich”: “El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente.” ( “La lengua del Tercer Reich”, Víctor Klemperer, 2004, p. 31).

Lengua y población

Ese mismo proceso viven de modo intenso los que residen en regiones como la catalana o la vasca, e incluso la gallega, y cuyos pasos sólo se reflejan en la prensa en los casos más esperpénticos (libros de texto, reglamentos universitarios o municipales...).

Ese “Estado español”, en lugar de España, ese “castellano” por español, nos remiten a un lenguaje “políticamente correcto” impuesto machaconamente como medio de dominio de una ideología política: el nacionalismo; y nos recuerda otras épocas y lugares: “En los cursos de física había que callar el nombre de Einstein y la unidad de medida de frecuencia, el hercio (Hertz), no podía ser designada con este nombre judío.” (V. Klemperer, op. cit., p. 119)

La ideología domina la lengua y la convierte en su instrumento, dejando de ser neutra para cargarse de ese contenido ideológico: “El director, al que un catolicismo piadoso protegía de la seducción hitleriana (que prefirió jubilarse antes de ingresar en el Partido), demostraba su infección nazi por el mero uso del término Sippe, palabra neutra en el lenguaje antiguo, equivalente a parentela, a clan, a familia...)" (V.Klemperer op. cit., p. 123).

Tal uso aspira a alcanzar todos, a absolutamente todos los ámbitos de la vida y a que cualquier utilización de la lengua adquiera carácter de militancia ideológica:

Anschlus catalán Anschlus vasco

... en Pomerania se germanizaron 120 toponímicos eslavos, en Brandeburgo unos 175, y sobre todo se pusieron nombres germanos a las aldeas de la región de Spreewald. En Silesia se alcanzó un total de 2,700 modificaciones germanizantes, y en la circunscripción de Gumbinnen –donde resultaban chocantes sobre todo las terminaciones lituanas, "pertenecientes a una raza inferior", y donde, por ejemplo, se "nordificó" Berniglauken, que pasó a llamarse Berningen-, en la circunscripción de Gumbinnen se cambió el nombre de 1.146 municipios de un total de 1.851.” (V. Klemperer op. cit., p. 124). Cuánto nos recuerda esto a la situación actual de nuestro país. Aquí Incluso se permiten romper sus propias reglas, como cuando deforman con su pronunciación y escritura apellidos, como "Borbó" por Borbón.

Algo semejante ocurría con la denominación de "marca" para designar las regiones fronterizas. Marca Oriental "Ostmark": así se incluía Austria en la Gran Alemania, Marca Occidental "Westmark": así se anexionaba Holanda. La voluntad de conquista actuaba con más descaro todavía cuando la ciudad polaca de Lodz perdía su nombre y recibía el de Litzmannstadt, por su conquistador en la Primera Guerra Mundial.” (V. Klemperer op. cit, p. 125). Los secesionistas de aquí no utilizan el término "marcas", sinó otros mas descriptivos con apariencia de naturalidad, de realidad, pero son expresiones que manifiestan sus deseos, lo que quisieran que fuera y que no es, como: "paises catalanes", "euskal herria", etc...

La población no es inocente en este proceso. Si, por un lado, son los receptores de los usos lingüísticos de la tiranía nacionalista, por otro lado, en su utilización de la lengua, se reflejan los privilegios y opresiones que ella reparte.

Así, el palurdismo, la ignorancia tras las banderas nacionalistas, el arribismo social, la arrogancia o la compensación del complejo de inferioridad (personal y colectivo), y todos juntos, se esconden bajo el uso de esas lenguas inventadas y manipuladas por el nacionalismo. El cambio a sus idiomillas en el uso público es un claro mensaje de no-beligerancia, y de sumisión, política, y su imposición siempre es de dominio en la relación cara a cara.

Obviamente, se da el caso del humillado que desea humillar también (como el maltratado que asume el uso de la violencia y llega a convertirse en maltratador): el converso, que es más papista que el Papa. Y como en la Alemania nazi, la línea de separación entre el colaboracionismo y la aceptación, el interés y el contagio, es muy delgada.

Mientras que el uso público y privado del idioma impuesto por los nacionalistas refleja el deseo de dominio y jerarquía, el uso del despreciado idioma español es un ejercicio de resistencia, de libertad y de dignidad. La utilización de nuestro idioma provoca reacciones diversas pero ya conocidas: sorpresa, desconcierto, mala conciencia... odio. Se percibe como una contestación al sistema en el que ellos se sienten seguros si obedecen. La posibilidad de desobediencia al eje del régimen nacionalista les incomoda, porque ellos son los ejemplos vivos de las consecuencias de esa ideología (cuando la policía-gestapo nacionalista quiso protestar laboralmente lo hizo a través del uso público sistemático del idioma español).

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Son pocos los que rechazan de modo consciente la integración en el sistema de dominio del nacionalismo.

Por naturaleza, el ser humano tiende a ver lo existente como natural, y, a considerar los modos más autoritarios del poder como inevitables, especialmente si han logrado introducirse en el seno del Estado. Por ello está dispuesto a aceptar todo con tal de no ser marginado, de no pertenecer al “Otro”:

El adjetivo "judío" aparece con más frecuencia aún que el sustantivo, puesto que sobre todo el adjetivo permite crear ese paréntesis que reúne a todos los adversarios y los convierte en un único enemigo: la cosmovisión judeo-marxista, la incultura judeo-bolchevique, el sistema de explotación judeo-capitalista, el interés judeo-inglés, judeo-americano...” (V. Klemperer op. cit., p. 255).

Un ejemplo más cercano en el espacio y en el tiempo lo relata José María Calleja en su obra (“¡Arriba Euskadi!. La vida cotidiana en el País Vasco”. 2001, p. 299):

... hay profesionales que trabajan, por ejemplo, como cámaras de televisión, que se han tenido que ir de "Euskadi" porque no se podían presentar a las oposiciones de ETB por no saber "euskera", que se pasan el día entero renegando por tener que estar en Madrid por culpa de ese requisito, que en Madrid han sido cordialmente recibidos, y que luego, cuando se trata de emitir el voto, dicen públicamente que han votado al PNV, al que durante el resto del año hacen culpable de haber tenido que salir de su tierra.”

Provocar, para los nacionalistas, es siempre no dar por bueno el status, las rutinas, inhibiciones y circunloquios impuestos por el miedo en la vida diaria de los vascos, en lo que hacen y no hacen, en lo que dicen y no dicen, en las palabras que emplean y en las que se callan, en la cantidad de gestos que muchos vascos no nacionalistas tienen asumido que tienen que hacer o que no pueden hacer para no molestar a los nacionalistas más o menos radicales, que no tienen desde luego, ni por asomo, ni un solo gesto recíproco.” (J.M.Calleja op. cit., p. 236).

No puede alegarse ignorancia: el que se arrastra, el que se humilla es porque reconoce la coacción y la imposición.

No cabe la inocencia en la sociedad nacionalista, como no la hubo en la Alemania nazi: los judíos eran deportados en marchas por ciudades y pueblos bajo pancartas, sus bienes subastados en la calle, sus casas ocupadas, sus propiedades vendidas, y se les veía en los caminos hacia las fábricas. No existía una “dictadura de la Gestapo” porque no hacía falta. No se necesitaba un control social como en el experimento soviético.

En el caso de los nacionalismos ibéricos que sufrimos, su objeto de envidia-odio es España, desviada cuando desean suavizar su mensaje a “Madrid”, aunque los secesionistas directamente califiquen a los españoles de “cerdos”, y numerosos otros insultos (aceptados sin contestación o repulsa), en algunos ejemplos de su propaganda.

Del mismo modo la reiteración del objeto nacionalista al que se debe adoración y sumisión debe ser constante e introducirse en todo resquicio de la vida cotidiana:

En los periódicos, el suplemento correspondiente ya no se llama "El automóvil" o "El tráfico automovilístico" o algo por el estilo sino "El automóvil en el Tercer Reich". La cruz gamada tiene que estar bien clara en todas partes. Todo hay que ponerlo en relación con ella y sólo con ella.” (Diarios 1933-1945, Víctor Klemperer, 2003, p. 390).

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Es exactamente el mismo revulsivo machaconeo de la coletilla “... de Cataluña” y de todos los nombres comerciales, actividades y declaraciones que añaden el adjetivo de “catalán”. Ya en 1934, la campaña electoral de ERC, dirigida por el manipulador Companys, utilizó la consigna “Catalanes, Cataluña”, similar al “Alemania, despierta” nazi. El nacionalismo no da para más como ideología, aunque sea maestro en manipular y adaptarse al entorno humano y sus debilidades.

Porque es mentira que el ser humano sea rebelde por naturaleza; contradictorio y complejo sí, pero no rebelde:

Alguna vez me avasalla la mentira impresa, cuando me bombardea desde todos los lados, cuando son pocas, cada vez menos, las personas de mi alrededor que la ponen en entredicho, y al final ya nadie duda de ella.” ( “La lengua del Tercer Reich”, Víctor Klemperer, 2004, p. 323).

Por eso es muy importante crear nuestro propio lenguaje y definiciones e imponerlo, ponerlo en circulación, que se introduzca en la complejidad y las contradicciones del individuo y lo blinde, aunque sea en parte, del veneno del lenguaje del nacionalismo y de su lengua de trapo.

Porque el nacionalismo miente del modo más natural, sabedor de que encubre la dictadura y el fanatismo. Habla de pluralidad al mismo tiempo que implanta medidas discriminatorias bajo normativas calculadamente ambiguas que la impiden; habla de libertad cuando ejerce la opresión, o se autocalifica de débil o de víctima cuando se denuncian sus maniobras represivas.

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Así es cuando el partido nacionalista catalán CDC identifica la calidad de la enseñanza con la implantación de la “catalanidad” en ella, entendida de un modo completamente integrista: como “forma de ser y de hacer”. Ahora se presenta como muy “progresista”, pero por lo mismo se critica a Franco.

Esta impostura, esta mentira, esta desfachatez, no es sólo una táctica del nacionalismo, es su esencia y su ideología, y la de su lenguaje. Su meta es la “muerte social” de los “otros”, concepto definido por el analista de la esclavitud, Orlando Patterson (“Slavery and Social Death”, 1977). Se trata del dominio coactivo de gente definida por características naturales (raza, sexo, idioma), que viven una condición formal impuesta y compartida culturalmente, a través de una serie de prácticas hacia ellos, inducidas y asumidas por el resto de la sociedad.

Dice Daniel Goldhagen en su obra sobre el trato nazi a los judíos (“Los verdugos voluntarios de Hitler”. 1997, p. 221):

Los miembros de una sociedad conciben a los socialmente muertos como carentes de algunos atributos humanos esenciales y no los consideran merecedores de protecciones básicas social, civil y legal. No creen que el socialmente muerto pueda ser honorable (digno). Les niegan, pues, el honor y los tratan de tal manera que incluso les niegan la posibilidad de recibir honor social, que es un requisito para llegar a ser un miembro plenamente reconocido de una comunidad social.”

Exclusión en la escuela nacionalista

Este párrafo es revelador teniendo en cuenta las manifestaciones de responsables de CyU y ERC, y de HB y PNV, sobre excluir el uso del idioma español de la legalidad y oficialidad, y la práctica imposibilidad, a través de normas administrativas, de lograr trabajos de cierto nivel e incluso de estudiar, fuera del catalán, así como de la existencia cotidiana y persistente de numerosas prácticas despreciativas y jerárquicas en el trato cotidiano con nosotros.

La intencionalidad de los nacionalistas vascos y catalanes siempre ha estado clara: forzar a un grupo a abandonar su lengua y cultura, y marginar a los resistentes: social, cultural y políticamente.

Las campañas de “normalización lingüística” van en esa dirección. No a que los catalanes usen esa lengua, sino a que los que no lo son lo hagan. No soportan oír nuestro idioma porque es la representación de su inferioridad, profundamente interiorizada.

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Entre laas múltiples campañas, la de febrero de 2005 decía: “Habla sin vergüenza, habla en libertad, y para empezar, habla en catalán. Y si me equivoco, vuelvo a comenzar”. Es evidente a quien se dirige.

Otra campaña anterior, destinada a que la población hable en catalán a los inmigrantes, incluso a los que saben hablar español (sobre todo a ellos), revelaba el mismo cinismo: “El catalán, lengua de acogida”. Esta última palabra, como la “libertad” de la consigna anterior, muestra la manipulación del lenguaje y la hipocresía de la ideología nacionalista y de los que la utilizan, ya que su significado está totalmente pervertido por el mensaje y su intencionalidad .

No olvidemos además que esa represión social, institucionalizada, es complementaria de la violencia física que se ejerce tanto en el País Vasco como en Cataluña por los llamados “radicales” (matones callejeros) contra la población leal.

Esta situación se ha dado debido a esa “muerte social”, también definida en “Etnicidad y violencia en el País Vasco, 1994”:

Aunque la existencia de un amplio número de personas que se sienten y consideran vascas sin ser nacionalistas impide identificar sin más los términos vasco y "abertzale", ello tampoco da pie para hablar de dos comunidades en "Euskadi", pues la única comunidad propiamente tal que existe hoy por hoy en el País Vasco es la comunidad nacionalista, sin que se den entre quienes en ella no se integran o no son reconocidos por ella como vascos auténticos, suficientes rasgos comunes de autoidentificación o vínculos comunitarios lo bastante sólidos como para constituir una comunidad alternativa o que incluya aquella; la simbología y los rituales de afirmación de la comunidad nacionalista son los únicos con una presencia pública notoria y con reconocimiento y participación colectivos; su peso en la sociedad civil a través de asociaciones de todo tipo, y con el determinante concurso de la Iglesia, carece de toda competencia equiparable; de tal forma que quien no forma parte de ella carece actualmente en el País Vasco de comunidad alternativa y se ve reducido a la condición de átomo social recluido en la vida privada sin más vínculos colectivos que las relaciones económicas, la anónima solidaridad con quienes votan al mismo Partido y el masaje de los mass media;”

Y continúa diciendo, aunque no aparezca como la solución, pero que sí lo es para nosotros:

En tales condiciones, la única comunidad a la que se inclinan sentirse vinculados sentimentalmente los excluidos de la comunidad nacionalista no es ningún género de hipotética comunidad o nacionalidad vasca integracionista, sino pura y simplemente la Nación española.”

Algunas de las apreciaciones no son tan categóricas diez años después, con el incipiente desarrollo de los movimientos contra la tiranía nacionalista, pero el resto sabemos bien que viene dado por la claudicación y/o colaboracionismo de los partidos nacionales (¿?) españoles, especialmente la izquierda, en el montaje, legitimación y conceptos de los nacionalismos disgregadores. Les han abierto el camino para integrarles en el sistema democrático y han terminado siendo el principal problema, al que todos los demás van unidos.