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El Cuarto Reich alemán (I): antecedentes

El proyecto alemán del Cuarto Reich no nace con la unificación alemana ni con la creación de la CEE. Surge mucho antes, como expresión tanto del imperialismo alemán (del que el nazismo es sólo una encarnación temporal) como del ámbito de la extrema-derecha francesa colaboracionista.
Su meta es el dominio del continente y la fragmentación de los Estado-nación occidentales a los que considera rivales y territorio de explotación. El germanismo siempre en el horizonte.

Fascismo europeista

13 de diciembre de 1940, Vichy. Laval, primer ministro del gobierno colaboracionista francés presidido por el mariscal Petain, es desalojado del poder por una intriga palaciega. El nuevo hombre-fuerte del régimen será el almirante Darlan, y detrás de él Eugéne Deloncle, fundador y líder de “la Cagoule” (“la Capucha”), apelativo de una organización conspirativa anticomunista de varios nombres, el más habitual de ellos CSAR (Comité Secreto de Acción Revolucionaria), con fuerte presencia militar.

Darlan Deloncle

Darlan y Deloncle han apostado por el colaboracionismo por cálculo geopolítico impresionados por la guerra-relámpago alemana, lo mismo que otros vichystas que engrosan secretamente las filas de la Resistencia (entre ellos la mayoría de los “cagoulards”).

Pero un año después, en el verano de 1942 (seis meses antes del asesinato de Darlan en Argel) esa impresión ha cambiado (Darlan posee informes sobre el esfuerzo bélico-industrial de Rusia y USA), e inician los contactos con Canaris, jefe de los servicios de información militar alemanes, el Abwehr, ejecutado tras participar en el intento ed asesinato de Hitler. Deloncle morirá asesinado en 1944 por los nazis por sus contactos con Darlan. Todos ellos están unidos además por su condición de marinos.

Estos cálculos no son ajenos al propio mariscal Petain, quien escribe ya a mediados de 1941: “¿Cuál será el resultado de la guerra? Lo ignoramos. Sea como fuere, Alemania podrá rehacers en una economía europea en la que Francia ocupará obligatoriamente su sitio. Inglaterra habrá sacado las castañas del fuego para los Estados Unidos... Inglaterra perderá el lugar preponderante que ocupaba en el mundo”.

Henry Martin Red Gladio

El heredero de Deloncle, Henri Martin (“el misterioso Doctor Martin”, alias "le Bib"), será el continuador del proyecto europeista a través de la estructura anticomunista de la futura CIA norteamericana, el “Plan Bleu”, frustrado en 1947 por De Gaulle, por su dependencia de los servicios secretos anglo-americanos, y antecedente de la futura Red Gladio, que contaba con una nutrida representación de “cagoulards”. Por cierto, el gladio es un símbolo utilizado por el fascismo.

La meta de todos ellos es la misma: la construcción de una Europa libre de la hegemonía de las grandes potencias marítimas (Gran Bretaña y USA), cimentada en un sólo eje franco-alemán, con un orden político basado en los valores tradicionales ajenos a los enfrentamientos políticos.

Evidentemente la meta nazi no es esa, pese a que tras el batacazo en Rusia agitan la zanahoria del “europeismo” encarnado falsamente en las divisiones multinacionales de las Waffen-SS.

La meta del nacional-socialismo es un “socialismo feudal” esclavista, que sirva de simple soporte ideologico de consumo interior al nacionalismo e imperialismo alemanes de siempre, basados en el saqueo económico de los países ocupados. Siempre pensando en salvaguardar Alemania de sus enemigos externos, esencialmente Polonia, Rusia, Francia y Gran Bretaña. Y de dar cumplimiento a su papel hegemónico “histórico”.

Los nazis, junto a la palabrería europeísta que legitimaba su política expansionista y el saqueo económico, diseñaron planes reales de confederación europea para después de la guerra. Su meta era la hegemonía alemana en una economía y política europeas unificadas. Lo que ahora tenemos, también bajo su dominio.

Ya desde mediados de 1941, el Ministro de Propaganda, Goebbels, lanzaba constantes soflamas europeístas desde su órgano de prensa, el “Das Reich”. Y Ribbentrop, consejero en política exterior de Hitler, pretendía en 1943 que formaran parte de la futura confederación tanto países aliados de Alemania como invadidos por ella.

Pero fue el Ministerio de asuntos Exteriores el encargado de crear el Comité de Europa en otoño del 42. En junio de 1943 ya existían las Bases para el Plan de la Nueva Europa, complementadas dos meses después por una “Nota sobre la Fundación de la Confederación Europea”, a cargo de Renthe-Fink, diplomático y plenipotenciario del Reich en Dinamarca y después ante Petain.

En estos documentos ya se hablaba de “libre cooperación entre naciones independientes”, y ya se preveía la injerencia de la confederación en los asuntos internos de los estados miembros. Preconizaba la eliminación de las barreras aduaneras y un plan unificado para la creción de un sistema de comunicaciones terrestre, fluvial y aéreo, así como un Consejo Económico dividido en comités de ramas de comercio, industria y agricultura, incluidas cuestiones sociales, laborales y fiscales.

El objetivo declarado era un mundo europeo libre y unificado, cerrado e inmune a los bloqueos de potencias atlánticas, con un sistema central de clearing y tasas de cambio estables enfocadas a la unión monetaria. Socialmente establecía la estandarización y mejora de las condiciones de empleo y seguridad social y la planificación a largo término de la producción industrial, agropecuaria y forestal. Habría que ver lo que realmente pensaban con respecto a estos términos, habida cuenta que el “trabajo voluntario” era en realidad esclavo.

De Gaulle Adenauer

En definitiva, los nazis propugnaban lo que ahora llamamos Unión Europea, el Cuarto Reich que permite a los alemanes y sus inconscientes sirvientes franceses saquear Europa entera como hace 70 años.

Este es el origen verdadero del europeismo y de la “locotomora alemana”. Por lo tanto, las versiones que aplican fácilmente el epíteto de nazi al proyecto expansionista alemán se equivocan. El nazismo fue sólo un momento de ese proyecto y aún ligado a la clásica etapa de ocupación territorial.

El proyecto europeista lo llevaría adelante De Gaulle, el libertador, y Adenauer, el canciller alemán de la postguerra, protector de nazis.

Y no es poco importante que fuera en Francia donde surgiera esta idea fascista del europeismo, dado que fue en ese país donde se forjaron los antecedentes y el propio fascismo (Galois), antes de su plasmación en el modelo italiano.

 

La adhesión al nazismo

La población alemana de los años 30 siempre ha excusado su connivencia con el régimen nazi con varias mentiras.

La primera es la represión del régimen contra la población, lo cuál, exceptuando a judíos y comunistas recalcitrantes, es incierto. Para la población alemana la Gestapo no era una amenaza sinó un instrumento para sus propios intereses (seguridad, pertenencia a la comunidad racial, beneficios materiales con los expolios, etc...) y por ello cooperó de muy buen grado con aquella policía que era "la suya"; la sociedad alemana fue una sociedad cómplice que actuó como una sociedad policiaca

todos lo veían

En segundo lugar, en la ignorancia de lo que ocurría, lo que obras recientes de historiadores han refutado, porque el régimen publicitaba su labor, excepto las cámaras de gas (pero pensando en el "exterior").

La tercera es la separación entre nazis y población; mentira, tanto por el apoyo electoral a los nazis como por la inserción de la población en multitud de organizaciones gubernamentales.

Estos elementos han servido además para que los historiadores se centraran en las políticas gubernamentales para explicar el éxito del régimen soslayando las actitudes y motivaciones de la población, y estas fueron múltiples, porque el régimen intentó contentar a todo el mundo, del mismo modo que su propaganda pretendía llegar a los varios sectores que componían la población alemana.

La ideología del régimen se basaba en un igualitarismo populista enmarcado en el nacionalismo, exaltaba la iniciativa individual dentro de ese marco, lo que impulsó el arribismo y el colaboracionismo.

Con la abolición del dogal del Tratado de Versalles y el pleno empleo provocado por la expansión de la industria armamentística, aumentaron los ingresos disponibles para el consumo (en un sistema de control de salarios y precios), pero acompañado de una disminución de los bienes de consumo, que sólo se resolvió con el saqueo económico de los países ocupados. También en esto la población fue colaboradora indispensable.

El saqueo se realizó mediante los vales de la RKK (Caja de Crédito del Reich), que pese a incluir valores nominales en reichmarks eran en la práctica recibos de requisa legalizados, al servicio de la deuda externa alemana y de los diversos responsables locales de la ocupación.

Esto acompañado de la expropiación de los bienes judíos y del expolio directo en la URSS, mas control bancario, trabajo forzoso (“voluntario”), compra obligatoria de crédito oficial, devaluaciones forzadas, costes de ocupación (“cuotas de compensación”) etc...

El nacional-socialismo cuidó mucho del pueblo y de sus soldados, les dio bienestar y propiedades, cohesión y eficiencia, y eso, y no sólo la propaganda altisonante, racista e imperialista del régimen, fue lo que le proporcionó el apoyo del que aún hoy goza.

El régimen nazi se basó en el consenso social cimentado en el saqueo de Europa, como todos los nacionalismos.

El “socialismo nacional” no fue sólo una consigna, fue la zanahoria que sostuvo el palo militar para un pueblo que, más que creerse “amo” creía que se concretaba en poder ser “burgués”.

Vivían bien

Los alemanes vivieron muy bien hasta mediados de 1944, y aún después mejor que el resto de los europeos, sin las miserias económicas de la guerra. Con el Plan Marshall (European Recovery Program -Programa de Reconstucción Europea), del enemigo americano (que empleó el 2 % del PIB de los EEUU a partir de 1948) levantaron de nuevo su país y han liderado el antiamericanismo y la reconquista de Europa junto a una Francia enferma de “grandeur” y siempre pensando en sus multinacionales.

El plan del régimen nacional-socialista incluía la desmembración de las naciones europeas, plan que hoy día sigue. Entonces se proyectó el Gobierno General de Polonia (ahí situaron a Auschwitz, principal campo de exterminio), la recreación del Gran Ducado de Borgoña, en el norte de Francia, como Estado de las SS, o la del “Estado Thiois”, un “Estado flamenco germánico” que incluía los departamentos franceses de Nord y Pas de Calais junto al Flandes belga y Holanda, que estaba incluido en el programa de los facistas holandeses de Mussert. De aquél entonces datan los contactos de los nacionalistas vascos con los nazis.

La recuperación de los años 50

Dice Hanna Arendt al final de su obra “On Revolution” que después del nazismo la población alemana volvió a sus antiguas fidelidades políticas. Aunque pueda parecerlo no es así. La fidelidad a la “ideología alemana”, al nacionalismo e imperialismo alemanes básicos, persistió.

El gobierno Adenauer permitió la inserción en las estructuras institucionales de numerosos nazis, y protegió y rehabilitó a otros. Todo ello como continuación del proyecto nacionalista de hegemonía europea, del que el nazismo fue una encarnación puntual.

Más lúcido, el historiador Allan Bullock en su clásica biografía de Hitler afirma que, pese a todas las ensoñaciones “raciales” y continentales del dictador, su base ideológica fue el nacionalismo alemán.

En 1955 Alemania volvió a ser un Estado soberano, libre de los derechos de control aliados. En el corto período de cinco años el viejo nazismo se expandió a nivel nacional abiertamente con organizaciones, propaganda y ataques antisemitas como el caso Koeppern, una familia judía que emigró de Israel y que fue acosada por la población y la policía. O el caso Zind, o el de Jeanette Wolff, que había perdido toda su familia a manos nazis, por citar los más famosos.

Globke-Fritz Adenauer Globke

Se intentó que no salieran a la luz pública a través del Departamento de Prensa de la Cancillería (¿de nuevo la Cámara de Prensa de Goebbels?), dirigido por Hans Globke, ex-miembro de la Oficina de Asuntos Judíos y redactor de las Leyes de Nuremberg racistas, secretario de Estado en 1956. Un muro de silencio como en los años 30, y como ahora en las Vascongadas o en Cataluña.

Casos de altos funcionarios del régimen con pasado nazi son legión: Herbert Blankenhorn era consejero diplomático e introdujo a ex-miembros de la Oficina Ribbentrop en el Ministerio de Asuntos Exteriores. O el caso Gehlen, estrechamentre ligado a los servicios secretos militares del Tercer Reich, y organizador y jefe, hasta su retiro en 1968, de los de la Alemania de la postguerra, el opaco BND. Y muchos más: Rodemacher, von Scherpenberg, Pfeiffer, Dittman... activamente ligados al régimen nazi, implicados en matanzas de judíos.

Como Ludwig Erhard, ministro de Economía, o el de Finanzas, Fritz Schaeffer, el de Transportes, Hans Christoph Seebohm, que tuvieron estos altos cargos porque “no había suficiente personal con antecedentes democráticos”, lo cual fue negado por los sectores demócratas e izquierdistas. Excusas como que “no tuvieron más remedio que permanecer en sus puestos por responsabilidad”, lo cual no justifica las alabanzas al régimen ni los ataques a los aliados aún en los años 50. El jefe de la Oficina de Administración Presidencial y su primer ayudante también fueron miembros de las SS.

La rehabilitación

La CDU (partido democrata-cristiano, derechista) de Adenauer comenzó en 1949 una campaña permanente de propaganda nacionalista antialiada en la que no se reconocía la derrota “del pueblo alemán” ni la frontera Oder-Neisse. En el 51 restituyeron a los funcionarios represaliados que en poco más de un año ascendieron a 163.577. Hasta casi 800.000 funcionarios fueron desnazificados (entendámonos, se les sobreseyó el estigma nazi, no que fueran "reeducados", ni que abjuraran).

Wrner Naumann

El programa de la CDU introdujo puntos del programa del “partido invisible” (organizaciones aparentemente de derechas y militares pero no neonazis), dirigidas por Werner Naumann: amnistía, pensiones, rehabilitación, expulsados de territorios “germánicos”, etc, para aportar votos al partido.

Ya en 1949 el Bundestag (Parlamento) abolió las sentencias de muerte, amnistió los crímenes de guerra excepto el asesinato y aprobó 131 leyes que permitieron la reincorporación de ex-nazis y expulsados alemanes de territorios de otros países. Se trataba de ex-ministros como Papen y Ohnesorge, SS como Schroeder o Judicke, juristas como Rothenberger o Lautz, industriales de la muerte como Krupp, Flick, I.G. Farben o Mannesmann, puntales del proyecto económico imperialista.

En junio de 1953 Adenauer visita la cárcel de Werl y da la mano a criminales de guerra. Se conmutaron sus penas de muerte. Cargos de la CDU acudieron a las reuniones de ex-miembros de las Waffen-SS. En 1958 se deroga la ley que proscribía el partido nazi. Poco a poco se liberaron a los colaboradores del nazismo presos, industriales y militares, con fórmulas como “libertad bajo palabra” o “libertad por enfermedad”. Aún así las asociaciones de soldados y ex-SS presionaron para que se liberara a los criminales de guerra cuyos crímenes compararon “a los de las tropas de la ONU en Corea”. Se trataba de los apenas 200 condenados de una lista aliada de 5.000. Actualmente la lista de buscados es de poco más de 600.

Adenauer, alegando “la presión de la calle” logra, en una visita a los EEUU, que se constituya una comisión de revisión de sentencias con la presencia de tres alemanes. En tres años todos los criminales de guerra se encuentran en la calle. El “honor alemán” queda “rehabilitado” y las sentencias de Nuremberg deslegitimadas. El camino al imperialismo abierto.

HIAG

La excusa fue la guerra-fría, la constitución de un ejército alemán, y su base necesaria fueron los antiguos oficiales de la Wehrmacht, operación pilotada precisamente por Naumann, mientras la opinión pública internacional estaba distraida con el conflicto coreano. Se refundaron organizaciones como los Stahlhelm, la HIAG de los SS, y la Federación de Soldados Alemanes (85.000 miembros el mismo año de su fundación, 1951). Sus presidentes estaban en la cárcel de Spandau por crímenes de guerra.

Todos ellos gozaban de financiación por parte de la Oficina de Prensa del gobierno federal, como reveló una actuación judicial en 1957.

Resultado: en las elecciones del 53 la CDU aumentó sus votos en cinco millones. En las del 57, 2,5 millones más que en las del 53.

Kesselring

No es de extrañar que en la encuesta sobre antisemitismo de 1958 el 68 % de la población se reconozca como tal. A partir de 1950, en las pequeñas localidades, los ex-nazis y sus colaboradores tomaron el poder. En 1955, en la ciudad de Gosslar, la policía protegió un mitin de los “Stahlhem” (“Cascos de Acero”, veteranos de guerra) donde hablaba el mariscal Kesselring y donde se lucieron esvásticas. Los contramanifestantes socialistas fueron aporreados y los periodistas humillados. Desde entonces la izquierda no se atrevió a aparecer en las concentraciones neonazis.

Volvieron los gritos antisemitas, las profanaciones de cementerios, los que Adenauer consideró “inspirados por elementos comunistas”. El encubrimiento, las agresiones y los escándalos fueron de tal magnitud en la década que el Consejo Central Judío pidió medidas a principios de 1959. La infiltración nazi ya era por entonces masiva en la policía, en la magistratura (casos Budden, Roediger, Kauter, Eisele, Scheinsberger, Rhode, Rehder, Bruchhaus, Reinners, Rosen-Hoewel, Schulter, por citar los más conocidos, nazis linchadores más que jueces), en los servicios secretos o en la propia Oficina de Protección de la Constitución donde hay ex-miembros del NSDAP, de las SS o de la Gestapo, como relata el famoso best-seller “Odessa” de F. Forsthy.

Pero sobre todo en la educación. Su control y deformación han sido objeto de especial atención, como en todos los nacionalismos. Del Ejército, del Ministerio de Asuntos Alemanes, de boletines internos del Ministerio de Educación, llegan manuales de Historia donde se inculca el nacionalismo, el imperialismo, el victimismo, el chauvinismo, el militarismo, el belicismo, todo como justificación de las metas nazis geopolíticas en base a la guerra-fría contra el comunismo de entonces...

Los aliados, incluidos los soviéticos, contribuyeron a cebar a la bestia por ceder ante la campaña pro-liberación de los criminales de guerra. De 1952 a 1955 Adenauer mantuvo conversaciones secretas con Moscú con vistas a la liberación de los criminales de guerra aún detenidos (sólo 9.626 de los centenares de miles que deberían estar detenidos y juzgados según los acuerdos aliados de Yalta).

Esto fue producto de una campaña orquestada desde 1948 por un “Comité de Dirección” radicado en Munich que coordinó y creó multitud de organizaciones para pedir la liberación de los criminales de guerra.

Ya en 1948 los norteamericanos, a través del general Clay, tuvieron que liberar a miles de criminales de guerra bajo chantaje, si deseaban que Alemania se adheriese a la defensa occidental frente al bloque soviético. Organizaciones industriales, profesionales, eclesiásticas... se unieron a la campaña. Los liberados fueron recibidos en pueblos y ciudades con honores y recepciones, incluso en la Cancillería, se les dió dinero, pensiones, créditos. Eran 20.000.

Curiosamente los funcionarios y las instituciones demoran o deniegan abiertamente el pago de compensaciones a las víctimas de los actos nazis. No ha sido hasta los años 90 que se han empezado a reconocer los crímenes de empresas alemanas con el trabajo-esclavo. Y hasta los inicios del siglo XXI no han aparecido estudios sobre el colaboracionismo de la población alemana.

La autovictimización y exculpación comenzó con la derrota de Stalingrado, que además “rehabilitó” al Ejército (que también participaba en el genocidio) frente a los “asesinos de las SS”, y se reforzó con los bombarderos masivos de 1943, que fortalecieron a la “comunidad del pueblo”.

La identificación con el régimen (aunque no fuera con la ideología) y con sus predicciones apocalípticas y maniqueas (“nosotros o ellos”) y la conciencia de tener que pagar la brutalidad de los métodos del exterminio posibilitaron la resistencia a ultranza de 1944-45, que causó más muertes que el periodo anterior.

Estos relatos victimistas se expandieron muchísimo en las décadas de 1960 y 1970, y evidentemente excluían, silenciaban el exterminio del Holocausto, llegando los más militantes a negarlo.

Los alemanes no fueron, después de 1945, hitlerianos, pero identificaron los logros del nacional-socialismo con Alemania y su bienestar, es decir, con el nacionalismo alemán y sus metas expansionistas y dominadoras permanentes.

Culparon al régimen de haber perdido la guerra, de no haber cumplido sus promesas de victoria eterna, pero no de haberla empezado.

Los dos colectivos, los alemanes y los nazis, estaban tan enredados entre sí que después de la guerra las personas normales y corrientes nunca trataron a los asesinos como tales, ni purgaron sus vecindarios de perniciosos funcionarios nazis locales. En lugar de ello, la mayoría de los alemanes optó por amnistiarse. La conciencia de que los criminales están -unter uns-, entre nosotros, en todos los niveles de la sociedad explica por qué en el Bundestag una mayoría abrumadora votó a favor de una amnistía judicial a comienzos de la década de 1950 y por qué esta ley encontró un respaldo tan amplio entre la opinión pública alemana".

(“Vida y muerte en el Tercer Reich”, Peter Fritzsche, editorial Crítica, 2008, 347 páginas).

El proyecto alemán

Adenauer, en definitiva, fomentó la recuperación de los “territorios perdidos” pero hablando de “liberación” a partir de 1952. La idea de una “tercera fuerza”, tan cara a los neo-nazis, es original de él, utilizando el tema siempre pendiente de los refugiados alemanes expulsados. Tema solucionado por una resolución del Parlamento Europeo en 1997 legalizando el derecho al regreso de estos refugiados.

Willy Brandt

Un paso fundamental fue la creación del gran consenso, la incorporación de todos los partidos al proyecto imperialista alemán. En 1966, tras un proceso de crecimiento continuo, el partido socialista (SPD) se coaliga con la CDU, cueva de nazis. En el 69 con los liberales del FPD. En los 70 el canciller socialista Willy Brandt recrea la “Ostpolitik” oficialmente, en realidad continuación de la de Adenauer.

En 1998 el SPD adopta el neoliberalismo, como a principios de los 60 lo hizo con la OTAN, aún a costa de la pérdida progresiva de votos, afiliados y de una escisión por la izquierda. Y por fin en 2005 nace la gran coalición CDU-CSU-SPD. Es la ideología alemana.

Cuando a partir de finales de los años 60 el mapa geopolítico empezó a cambiar, y como hiciera Hitler, Alemania se acercó aparentemente a Moscú, lo hizo porque su meta no es ni fue nunca Rusia, sino Occidente y Europa Central, segundo porque aún no es una potencia militar, y tercero porque el enemigo a abatir son los EEUU. Tal fue la “Ostpolitik”.

La primera ficha en caer fue Yugoslavia, cuya fragmentación y guerras de los 90 fueron provocadas directamente por el reconocimiento del Estado neo-ustacha croata por Alemania. Después han sido económicamente colonizadas Polonia, Chequia (dividida como proyectaron los alemanes en los años 30), los estados bálticos, formalmente independientes...

Neo Nazis

Ahora los neonazis y los skinheads son los espantajos útiles, los amigos del ayer, nostálgicos, que distraen la atención del verdadero imperialismo alemán, del verdadero nacionalismo del que el nazismo fue tan sólo un momento. Los viejos nazis, por otra parte, van muriendo, y con ellos la población que les apoyó. Las nuevas generaciones disponen de mayor información sobre el colaboracionismo, pero en las instituciones y los partidos la “ideología alemana” manda.

Alemania no persigue un colonialismo humano, sinó económico, y no prevé invadir o neutralizar militarmente potencias, de momento, sinó fragmentar naciones a través de la UE.

El eje franco-alemán tiene profundas raíces y les están dando a ambas ingentes beneficios económicos, pero estas raíces “europeístas” son las de sus dos nacionalismos que han parido las ideologías fascista (antes de Mussolini incluso) y nazi.