Manuel Azaña: el falso patriotismo

Al patriotismo se lo ha definido como "el último refugio de los canallas".

Y podríamos añadir que lo ha sido también de los aprovechados, los frustrados, los cobardes y de los fanáticos. También sirve aún para aguarlo con todo tipo de adjetivos que legitimen oscuras maniobras ideológicas. Y es que hablar no cuesta.

En la Historia de España ha habido grandes oradores institucionales que han hecho del patriotismo su escudo y su excusa, pero que no han tenido la menor intención de esforzarse para realizar en la práctica esos discursos en provecho del pueblo y de la nación, que es su fin.

Azaña es con toda seguridad el político que, en el siglo XX, más ha utilizado de modo efectivo el patriotismo.

Y también el que más lo ha prostituido y traicionado en la práctica.

Manuel Azaña Díaz nació en Alcalá de Henares en 1880 y murió en Montauban (Francia) en 1940. Licenciado en Derecho por la Universidad de Zaragoza y doctor en 1900. Dirigió las revistas “La Pluma” y “España” entre 1920 y 1924. En 1930 fue secretario del Ateneo de Madrid. Militó en el Partido Reformista. Miembro del Comité Revolucionario en 1930. Con la República fue ministro de la Guerra y presidente, y con el gobierno del Frente Popular, que él creó, jefe de gobierno, y presidente de nuevo durante toda la Guerra Civil.

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Si hay un prototipo del intelectual-político durante el agitado periodo de la II República y el primer tercio del siglo XX en España, ese es Azaña, el hombre de “los buenos y grandes propósitos”.

Ya en 1914 forma parte de la "Liga de Educación Política" de Ortega, que le criticaría por “mesiánico” y “protagonista” ante sus pretensiones de “tomar la dirección moral e intelectual” del país desde un punto de vista elitista y jacobino.

Formó parte de una élite de abogados, periodistas, catedráticos, funcionarios y profesionales liberales, poco relacionados con los propietarios industriales, que se enfrentarían con el régimen en un proceso social similar a la Revolución Francesa, o a las del "Tercer Mundo" años después. No obstante, la producción ideológica de todos ellos fue pobre.

Huraño y altivo en su trato, no obstante, era un populista, exaltador de los “batallones populares”, y pretenderá utilizar para sus fines al pueblo y a los partidos obreros, sin tener que pagar el precio de su hegemonía y de sus desmanes, a los que temió siempre, y a los que siempre recurrirá... hasta la guerra.

En 1930 decía que “la República será tan radical como los republicanos más radicales consigamos que sea”, y ya en 1923 hablaba de “acorazarse contra la transigencia”.

En 1936 asumirá la necesidad de radicalizar aún más el régimen ante la entrada masiva de la extrema-izquierda en la coalición electoral del Frente Popular.

No resultará entonces extraño para nadie que, como presidente de la República, se enajenara el odio de anarquistas, socialistas de izquierda, católicos, conservadores, monárquicos, Iglesia y militares y terminara marginado por sus aliados socialistas, republicanos, nacionalistas catalanes y comunistas, atentos a sus propias revoluciones. Ni que fuera el autor de una draconiana Ley de Defensa de la República y que hablara de “romper el espinazo” y “triturar”.

Si en mayo de 1931 se opuso a mandar al Ejército a impedir el incendio de iglesias (“Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”), no tendrá los mismos escrúpulos ideológicos en reprimir por las armas a los mineros de Figols, a los obreros de Manresa y de Córdoba, o los anarquistas de Casas Viejas.

Por otra parte, los principales responsables del aparato represivo desde 1936 serán cargos de la IR azañista: Manuel Muñoz Martínez, Director General de Seguridad, Ángel Galarza Gago, Ministro del Interior, o Prudencio Sayagües, responsable de los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra.

Azaña es el prototipo de intelectual exaltador pero huidizo. Pasará los cinco meses anteriores a la proclamación de la República escondido en casa de su suegro, evitando su detención como miembro del Comité Revolucionario, escribiendo tranquilamente, “aburrido”, una novela autobiográfica (“Fresdeval”), y sin participar en la “revolución” de diciembre, la huelga general, la crisis de gobierno, la campaña por la amnistía, el juicio al Comité, su libertad, la campaña de las elecciones y las propias elecciones, hasta el punto que en los últimos tres meses nadie sabe donde está.

Esta actitud escapista volverá a tenerla en 1936, cuando ante los crímenes y quiebra de la autoridad republicana por parte del mismo Frente Popular, se refugiará en la Presidencia de la República para poder lamentarse sin hacer nada para evitarlo.

Queda bonito su “paz, piedad y perdón” y su exilio solitario, como el de tantos dirigentes republicanos que no pisarán los campos de refugiados de Saint Cyprien o Argelés: Largo Caballero, Federica Montseny, Prieto...

Permitirá la inclusión del partido y sindicato comunista (y de los troskistas del POUM y los radicales de las JJSS) en su alianza electoral con los socialistas, por su simple ratificación del manifiesto, por indicación del ala izquierda socialista de Largo Caballero (incluso el nombre lo impusieron ellos). Esto va a marcar decisivamente el carácter de la República durante la Guerra Civil.

Un hombre, como él mismo se definió, de “cabildeos, reuniones y propuestas”, pero que sabe inflamar ánimos, que ante la oleada de conflictos sociales en los inicios de la República no sabrá qué hacer. Hablará de “estremecimiento” social, de “virus” sindical, pero no comprenderá el drama que sectores sociales e individuos viven por sus medidas.

Azaña se representará siempre a sí mismo. Su partido, Acción Republicana, después Izquierda Republicana, era Azaña. Un personalismo que caracterizaba al movimiento republicano, a su mesianismo finisecular. Los 108 diputados que tuvo en 1936 lo fueron en virtud del reparto electoral pactado con el PSOE (cuya alianza era su única base política). Pero no por ello esos 108 diputados suponen para Azaña un menoscabo de su responsabilidad en la matanza y los abusos desde el primer día del triunfo del Frente Popular.

No sé, en esta fecha, cómo vamos a dominar esto”, dice el 17 de marzo de 1936. Y añade “creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó el gobierno, y he perdido el número de poblaciones en que han quemado iglesias”. Se alarmará de que “el Frente Popular se muestra incapaz de dirigir nada” y de que “los dirigentes políticos no se saludan”.

Azaña hablará constantemente de España pero definirá su patriotismo como “virtud cívica”, al estilo de Robespierre, al que admiraba, postura que le llevó a apoyar la causa aliada en 1914. Un antecedente del escapista “patriotismo constitucional.

Definiéndose como “tradicionalista”, pretende “poner punto a la digresión monstruosa de la historia española” y “renovar la historia de España sobre la base nacional de España...”.

Pero tras las hermosas palabras del patriota sus actos hablan con voz más alta. El patriotismo dentro del republicanismo español empieza y termina con Emilio Castelar, ejemplo del liberal decimonónico. A partir de él, el patriotismo teórico irá acompañado de referencias sectarias e interesadas y de la aceptación de los postulados regionalistas del momento, producto de las alianzas contra el régimen monárquico, del siempre vago y oportuno “regeneracionismo” y de la filiación intelectual krausista (Salmerón, Pi, Azcárate, Ruiz Zorrilla...).

Para cuando llega el siglo XX, la alianza con los abiertamente separatistas ya es un hecho (como hoy), y Azaña exclamará en mayo de 1932: “Yo no soy patriota”, y todo su discurso político irá en la dirección de confundir Estado y régimen, huyendo de una definición de nación clara y firme.

Tanto en marzo de 1930 como en julio de 1931 defenderá el “derecho a la secesión” catalana, aunque afirme retóricamente la “españolidad” de los catalanes. La realidad es que Azaña será el valedor y artífice único del Estatuto de Autonomía, con la oposición no sólo de la derecha, sino la aún más encorajinada de sus fundamentales aliados socialistas, que eran la base de su estrategia:

“Las Juventudes Socialistas de Barcelona están dispuestas a todo para impedir el triunfo del separatismo reaccionario que pretende aislar a Cataluña del resto del mundo y defenderán, poniendo en contribución todo su esfuerzo, el idioma español como lengua usada en todos los grados de enseñanza dependientes del Estado. No negaremos a la Generalitat el derecho de implantar en sus centros de enseñanza el catalán, y cooperaremos con entusiasmo para que la cultura catalana no desaparezca, pero en las escuelas, en los institutos, en las normales y en la Universidad del Estado no debe usarse otro idioma que el español”.

"El Socialista", 27 de diciembre de 1931

El discurso del 27 de mayo de 1932 está claramente posicionado en las tesis catalanistas, incluso con las de hoy. Afirmaría entonces: “...la unión de los españoles bajo un Estado común... no tiene nada que ver con lo que se ha llamado unidad histórica española bajo la monarquía... la vamos a hacer nosotros y probablemente por primera vez”.

Azaña en la Generalidad con M.Domingo, Casares Quiroga, F. Maciá y J. Carner.Como hoy, hablará, en su discurso de tres horas del 27 de mayo de 1931, de “la realidad de los sentimientos diferenciales en las regiones de la península”, sin percatarse de que estossentimientoseran creados e inducidos políticamente. Por eso es un problema político, como sí reconocía Azaña, y no “cultural”, y por lo tanto tampoco esencial. Es lo que sí supieron ver los liberales del siglo XIX y por eso eran unionistas.

Azaña hablará, para basar su postura, del “gran Estado español del Renacimiento”, afirmando que agrupó a diversos Estados de modo “no-jacobino”. Esta postura ya denota el alejamiento definitivo del republicanismo español de sus bases liberales, por no hablar de la asunción de las tesis separatistas que implica calificar a los reinos medievales (condado en el caso catalán y señorío en el vizcaíno) de “Estados”, una absoluta aberración anti-histórica.

Hablará también del fracaso de la vía centralizadora “jacobina”, que él data de 1808, aún reconociendo el carácter de “invención y creación” de los nacionalismos periféricos. Todo un oportunista político.

Será Azaña el que modificará el dictamen de la Comisión del Estatuto el día 9 de abril, “introduciendo todas las mejoras posibles a favor de la autonomía”, conversando con cada uno de los líderes socialistas, incluido el recalcitrante Prieto, su mentor en el PSOE, y aliándose con el ministro de ERC, Jaime Carner, especialmente en las materias de enseñanza, Hacienda y lengua. Las mismas fundamentales de hoy.

En el periódico “El Socialista” del 10 de mayo de 1932 se decía: “...la unidad nacional, que no debe romperse por ningún concepto”. Afirmará también quela Generalidad es una parte del Estado español”, la base del nacionalismo disgregador de hoy para penetrar y dinamitar el Estado desde dentro, ya que sus presupuestos son contrarios en su esencia a esta afirmación.

Todo ello no sólo para superar la oposición parlamentaria, sino para frenar el clamor anticatalanista de la calle, en la que ayuntamientos, diputaciones, cámaras de industria y comercio, asociaciones y federaciones patronales convocaban asambleas, manifestaciones y huelgas en contra del Estatuto catalán y sus privilegios.

Hubiera sido improbable la victoria en la votación si no fuera por que Azaña mezcló este proceso con la discusión por la reforma agraria, y por el intento de golpe de Estado de Sanjurjo un mes antes, que decantó a los socialistas y parte de los radicales a hacer frente común con los republicanos.

No es extraño que en octubre de 1933 le fuera ofrecido el primer puesto de una candidatura de ERC por Barcelona y que allí fuera recibido con fervor por estos. Ni que Companys estuviera de acuerdo con su política represiva (“democracia expeditiva”, siempre los nacionalistas manipulando y ocultando con las palabras).

Él mismo manifestó en 1933 que su política laica y su política autonómica eran esenciales al régimen. ¿Contra la Iglesia y contra la Nación?. Porque como hoy el PP, la CEDA de entonces (Acción Popular era su base), no sólo defendía a los católicos sino la idea misma de España, que estaba siendo abandonada por la izquierda republicana y con la que el propio Partido Radical jugaba, prometiendo un Estatuto por decreto.

Esa política y la subversión abierta contra el régimen del Partido Radical y la CEDA (en absoluto monárquicos pero que no encajaban con su definición de República) iniciada con la oposición catalana a la ley de cultivos, acercará de nuevo a estos y a los socialistas, lanzados ya a su propia revolución y radicalización. La Constitución y el Parlamento no están para entregar el régimen a sus propios enemigos de anteayer” justificará.

Del “Cataluña como último baluarte de la República” de 1933, pasará Azaña a escribir posteriormente de que se percató en su segunda visita a Barcelona del “nacionalismo radical” de Companys y de los personajes fascistas de los que se rodeaba (Dencás y Badia). La posición que tuvo ante los hechos catalanes en octubre de 1934, de alejamiento de la declaración del “Estado catalán” y de la “República federal”, fue sobre todo producto de su escapismo y oportunismo políticos habituales (su alianza con los socialistas), porque de hecho lo alentó bajo mano a través de su secretario Esplá, y fue confirmado por cargos de ERC.

Con la guerra casi perdida en 1937, los cargos catalanes y vascos conversando con los franquistas en Francia, y los lobos devorándose entre sí en sus filas, los republicanos, especialmente el PCE y sus juventudes, las JSU, se lanzarán en su propaganda a clamar contra la “invasión de nuestra patria” por “alemanes, marroquíes e italianos”, una táctica ya utilizada anteriormente:

“Camaradas: Hay una bandera que está en manos de nuestros enemigos, que ellos tratan de utilizar contra nosotros y que es preciso arrebatarles de las manos: la de que votando por ellos se vota por España. ¿Qué España representan ellos? (...) la reacción (...), de una manera abstracta, para cazar incautos, dice, grita en los carteles, en los mítines: votando por nosotros, votáis por España, votáis por la patria (...) hay que demostrar que quienes aman verdaderamente a su país somos nosotros (...) pues no es posible que continúen engañando a estas masas, utilizando la bandera del patriotismo, los que prostituyen nuestro país, los que condenan al hambre al pueblo, los que someten al yugo de la opresión al noventa por cien de la población (...) ¿Patriotas ellos? ¡No! Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general, sois los patriotas, los que queréis a vuestro país libre de parásitos y opresores; pero los que os explotan, no, ni son españoles ni son defensores de los intereses del país”.

(José Díaz, secretario general del PCE. Discurso pronunciado en el Salón Guerrero de Madrid en febrero de 1936).

Extrañas palabras, por otra parte, para el secretario general de un partido sometido absolutamente a la URSS, un país extranjero (lo que provocó agrios debates en su seno, especialmente entre Jesús Hernández y la Pasionaria) y practicante del “internacionalismo proletario”.

Demasiado tarde en todo caso. Quedan para los lamentos vacuos sus quejas, que se suman a las de Prieto o Negrín, sobre las aspiraciones ilimitadas y las traiciones constantes de los nacionalistas catalanes durante la Guerra Civil. El mal ya estaba hecho. Y uno de los principales causantes fue él, Manuel Azaña, intelectual republicano.

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