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La traición de la burguesía catalana

El comercio con América se extiende por toda España en el siglo XVIII con las compañías privilegiadas (monopolios comerciales) de Barcelona y Guipúzcoa, y con la articulación entre las diversas zonas que propician las medidas de la nueva dinastía borbónica. Los efectos de tales medidas se muestran en el siglo XIX.

Este siglo va a contener diversas convulsiones que van a incidir dramáticamente en el comercio: las guerras napoleónicas, los bloqueos navales, las independencias americanas… van a alterar el proceso de acumulación de capitales de las llamadas burguesías vasca y catalana.

Desde 1850 la burguesía catalana pide medidas descentralizadoras, manteniendo el mercado interior español cautivo a través del proteccionismo exigido por ella, con el fin de controlar más estrechamente sus beneficios y de poder continuar con operaciones fraudulentas de contrabando con países europeos, sorteando así embargos por motivos de enfrentamientos bélicos, y al mismo tiempo continuar con el lucrativo mercado de esclavos hacia América (realizado especialmente en condiciones de clandestinidad, y con mayores márgenes de beneficio, al estar ilegalizado tal tráfico).

Rutas del comercio de esclavos

Junto a estos motivos económicos, hay elementos ideológicos de autoafirmación clasista, como el ruralismo, el tradicionalismo, el historicismo y el localismo, de tipo romántico, que fueron fácilmente convertibles en nacionalismo cultural y político, cristalizado con Prat de la Riba, pero sobre todo basado en intelectuales de la clase media y su eterno complejo de inferioridad social que les generó frustración y arrogancia y les radicalizaría.

Prat de la Riba

El nacionalismo es un movimiento político que trata con elementos no-políticos (cultura, etnia, sentimientos, manipulación histórica, derechos especiales…) y por lo tanto es una herramienta perfecta para los grupos que se mueven fuera del ámbito del poder político pero que desean conquistarlo o incidir en él y en la redistribución de recursos.

Es también por lo tanto un vivero de nepotismo, corrupción y clientelismos de todo tipo. Lo que se logra entonces es la destrucción de las instituciones desde el interior, sin que nadie resulte favorecido, excepto élites políticas reducidas. Es el resultado de obviar los intereses políticos y los beneficios económicos y de clase que son la base del nacionalismo.

Todo ello conforma un movimiento con varios intereses y participantes, subidos al tren del partido o partidos nacionalistas, pero que aún juntos son un tigre de papel, con masas controladas por el poder que son cohesionadas por las corruptelas y los medios de comunicación, plagados de intelectuales, burócratas, profesores y periodistas del régimen, su base y los verdaderos beneficiarios de él.

Si se salen del sistema político en el que están insertos, estos partidos se asfixian porque no pueden ni quieren generar un movimiento rebelde. Y mucho menos los nacionalistas burgueses.

Ese nacionalismo conservador, en posteriores etapas de crisis tuvo así que competir con otras tendencias políticas de distinto signo como el radicalismo de las clases medias y el izquierdismo populista y filofascista de ERC.

Esto hará que esta burguesía pase de posiciones ideológicas oportunistas, justificantes de su posición y labor, a otras puramente reactivas, resentidas, es decir nacionalismo, con las que eluda su responsabilidad en el subdesarrollo del mercado nacional español, su falta de competitividad y su papel en el control del mercado colonial finalmente disuelto en 1898.

Burguesía catalana

Aunque junto con los industriales y financieros formaron la llamada burguesía grandes comerciantes y propietarios, la crisis de 1807-1814 llevó a muchos de estos comerciantes a convertirse en propietarios rurales rentistas hacia 1830, ocupando otros su lugar y variando el sentido de sus intereses corporativos, más pasivos y más improductivos.

Cuando esta nueva burguesía se aleja de los sectores productivos y se inclina por la especulación y el rentismo, su oportunismo político y sus exigencias se acentúan. Este proceso llega a su culminación en 1898 con la pérdida de los últimos territorios americanos, Cuba, y Filipinas, lugares de donde esta burguesía extraía sus principales beneficios con un comercio monopolista. Entonces su carácter parasitario y su falta de iniciativa ocupan todo su horizonte y se lanzan en brazos del separatismo.

Cuando les convino hicieron uso de un nacionalismo catalán neoproteccionista y conservador, y cuando dominaba el nacionalismo izquierdista y laico de los republicanos exigieron medidas contrarrevolucionarias drásticas, como el apoyo total al general Primo de Rivera en 1923, o al general Franco en 1936, que les pagó con inmensos privilegios. Por eso cuando azuzaron conflictos como la huelga de tranvías o la dimisión del director de “La Vanguardia”, Galinsoga, no se les represalió. Lo mismo cabe decir de la Iglesia local catalana o vasca. Son el Sistema.

Más recientemente hemos podido ver el progresivo alejamiento de la aventura de CyU-ERC del “proceso” separatista, del empresariado que antes los apoyaba por los mismos motivos económicos de privilegios y protección, habiendo desertado incluso destacados separatistas.

El nacionalismo catalán de hecho se inicia, aunque de modo efímero, con los republicanos federales de Pi Margall hacia 1870, y no se expandió hasta el 98, con la pérdida de los territorios americanos. Previamente incluso los autores románticos de la “Renaixenca” eran intensamente españolistas y escribían en ambas lenguas.

Fue en el siglo XX, con los apoyos burgueses a la ideología nacionalista y el desplazamiento del carlismo rural por el republicanismo separatista, hecho fundamental, que el nacionalismo separatista pudo despegar.

En definitiva, este nacionalismo burgués interesado establece una relación simbiótica intermitente con el de la clase media y los renegados obreros locales, de las zonas rurales sobre todo, con el que compite y a veces se deja arrastrar en una dinámica de manipulación mutua. Como hoy.

No logrará, sin embargo, justificar su papel fundamental en el parcial subdesarrollo económico del mercado español, ni tampoco se librará de la acusación de “fracaso de la revolución burguesa” por parte de la izquierda separatista.

Lo que de verdad aportó y aporta la llamada burguesía fue dinero y líderes (caso de Güell), sin los que el nacionalismo y su propaganda de odio no se llegarían a implantar. El principio del líder del fascismo procede directamente de su esencia nacionalista.

Las familias

La alternancia de resistencia y colaboración no fue producto de cambios ideológicos sino que “constituyen tácticas alternativas a disposición de quien posee recursos importantes, como lo demuestran aquellos ejemplos en los que ciertos líderes y grupos pasaron de un tipo de relación a otro” (“Nacionalismo y Estado”, J.B. Breuilly, Ed. Pomarés-Corredor, 1990, p. 137)

Se trata de una estrategia clásica del nacionalismo en la que se utilizan tácticas aparentemente contrapuestas pero en realidad complementarias, que funcionan excepto cuando se traspasan ciertos límites, como llevó a cabo el separatismo catalán en 1934 o 2017.

La alianza con la izquierda, antiespañola siempre, es otro elemento de radicalización que ha contribuido a destruir ese sistema de resistencia/colaboración, popularmente llamado en Cataluña “la puta y la ramoneta”.

Así, vemos que la burguesía comenzó a financiar y utilizar el incipiente nacionalismo, surgido del regionalismo, para sus fines económicos y de modo intermitente, generando un nacionalismo de tipo conservador. Compitió y colaboró para ello con el nacionalismo intelectual de la clase media, que era la raíz ideológica del nacionalismo separatista, y que tenía bases radicales y republicanas.

Utilizó este nacionalismo como arma ideológica en la lucha contra la clase obrera, para dividirla y humillarla socialmente. Fue también la manera de ocultar el papel de una burguesía local que había dejado de ser laboriosa para pasar a ser rentista y que, lejos de realizar una quimérica “revolución burguesa” al estilo marxista fue la causante principal de tener un mercado nacional cautivo y subdesarrollado.

El nacionalismo fue por lo tanto un medio de afirmación y estrategia clasistas de la burguesía nacionalista, pero también de la clase media, especialmente intelectuales, profesores y burócratas, en un entorno de cambio social.

Se ha evaluado que el coste para España, para la población española, ha sido de aproximadamente 500.000 millones de euros por mantener a esa burguesía, a la cual los sucesivos gobiernos de distinto signo siempre mantuvieron en el interior del sistema político. Hasta hoy mismo.