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El Populismo Podemita

El populismo no es una ideología, sino una manera de hacer política generalmente mediatizada por un líder, sin intermediaciones y con bastante demagogia. Ahora desacreditado, el término (de ida y vuelta) se utiliza para descalificar al contrario. Por ello se puede hablar de “populismo de izquierda” y de “populismo de derecha” (aunque ambos conceptos, obsoletos, carecen de significado concreto). En general, actualmente, los corifeos de la política, ocultan su realidad, más bien pobre, bajo el epíteto de “nueva política”, y realmente lo que se descubre es que nada de eso hay sino los escombros de la “vieja”.

El populismo de izquierda, circundado por una progresía pija (sucesora de la antigua “gauche divine”) se ha decorado con un lenguaje teórico que tras diversas contorsiones nos sitúa frente a las encrucijadas de siempre: partido, estructura, jerarquía, liderazgo fuerte etc, sencillamente, la organización y el partido leninista, frente a las ensoñaciones postuladas como genuinamente “populistas” (organización abierta, asamblearia,…) que no puede resolver, aunque pretende ocultar, tras el marasmo de los “nuevos movimientos sociales”. Un decorado policromático.

Lo más relevante en las “nuevas izquierdas” es la entronización de “agentes nuevos” tras haberse deshecho del obrero, del mundo del trabajo, y del trabajo mismo, cuyas manipulaciones, en el pasado, se estrellaron contra las realidades, recurriendo ahora a evocaciones menos tangibles. Así se consagran los malabaristas del texto, aunque necesitan mantener algunas de las viejas invocaciones (el “pueblo”, la “clase”, etc…) ya vacías.

Introducción: La manipulación de la cultura

 

Cultura obrera

Cuando uno se pone a buscar algo referente al término “cultura popular” o aún más claro “cultura obrera”, lo que encuentra mayoritariamente son relatos de luchas laborales o izquierdistas.

No es una simple visión de la cultura popular, es una manipulación y además una tergiversación. En primer lugar la cultura no es sinónimo de lucha y en segundo la cultura popular u obrera no se circunscribe a lo laboral, ni mucho menos a las algaradas marxistas.

Y es una manipulación porque esa politización de la cultura popular, encorsetada además por esos determinismos, no ha formado jamás parte de ella. Ni incluye en su seno un proyecto de “recuperación” o “purificación” o “liberación” para devolvérsela (¡ingénuos!) al propio Pueblo o a los trabajadores.

Feminazis

No es sólo un intento de utilización política de la cultura, al estilo de los separatistas, es una usurpación y sustitución de todo un mundo cultural de la Nación, el Pueblo y los trabajadores, por las interpretaciones sesgadas de la casta intelectual propia de la clase media, que jamás trabajó ni se incluyó en el mundo obrero y popular, pero que pretende hablar en su nombre, acallar toda disidencia y legitimarse como casta dominante y única: la intelectualidad pijoprogre.

Por eso la izquierda siempre manipulará más que la derecha. Esta no tiene la masa del pesebre de intelectuales de los otros ni le interesa tampoco. Para los negocios y la gestión sólo hace falta tranquilidad y organización. Es la intelectualidad progre de la clase media la que hinca sus colmillos en lo popular y obrero, infectándolo y desnaturalizándolo.

Siempre fue el vehículo para decirnos cómo vivir y qué pensar. Aunque ahora le van más los moros, maricas y feminazis. Lo “políticamente correcto” y sus tabúes y prohibiciones pintadas de “democracia”. Porque ellos son el Sistema, ellos son la rama ideológica de los partidos y el lápiz del censor, a sueldo tanto de la cultura de masas comercial como del totalitarismo marxista. Para ser rebelde no basta con dejarse el pelo largo y llevar vaqueros. Gilipollas.

 

El populismo podemita

 

Ya dijimos que el fenómeno Podemos escondía una serie de trucos cuyo conocimiento es necesario para desmontarlo.

El primero es que es un movimiento que se desarrolla dentro y para la maltrecha izquierda del siglo XXI. El enésimo intento de resurrección de un cadáver muy rentable políticamente.

El segundo es que su principal impulso fueron los intentos de terceros por atacar a un debilitado PSOE, tanto desde la derecha como desde la izquierda.

El tercero es que medra principalmente en las crisis políticas y económicas. Como los cerdos, come de todo.

Indignados Ernesto Laclau

Y el último es que no es un movimiento espontáneo ni desideologizado, posee unas élites intelectuales dirigentes y una ideología estructurada: el populismo izquierdista postmarxista, teorizado por el fallecido filósofo argentino Ernesto Laclau, amante de los hoteles de lujo y de los desayunos con champagne.

Laclau, que inició su andadura política como peronista, afirmó que el populismo garantiza la democracia e integra masas populares marginadas. El ejemplo de Venezuela, Bolivia o Argentina demuestra por el contrario que es un camino al totalitarismo de uno u otro signo y el saqueo del Estado por una nueva élite, como lo fueron el fascismo y el comunismo.

Escribió en 1985 “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, de lenguaje denso, y en 2003 “La razón populista”, rompiendo con el marxismo y creando un “nuevo sujeto social”, en realidad ya teorizado por los intelectuales de la Autonomía Obrera italiana (Antonio Negri, Franco Piperno, Oreste Scalzone, Mario Tronti), abandonando la centralidad e incluso la existencia de la clase trabajadora y proponiendo un neopopulismo sobre unos ejes analíticos definidos que exponemos.

Partiendo y extendiendo hasta la deformación las ideas de los teóricos marxistas Althusser y Gramsci sobre la autonomía de las diversas relaciones sociales, del ámbito político con respecto al económico y de los varios antagonismos sociales, sacraliza “la heterogeneidad de los conflictos y de las identidades en el régimen capitalista postmoderno”, eliminando la centralidad de la lucha e identidad obreras y sustituyendo el ámbito económico por el cultural e ideológico.

Adios a la clase obrera La nueva izquierda

La izquierda, invento de los intelectuales de la clase media, se desprende así de modo definitivo de la pesada carga de la clase obrera y se une a otras identidades y luchas más afines, pertenecientes a la nueva “: maricas, islámicos, ocupas, emigrantes, minorías raciales…

Es un proceso que viene de lejos, en la propia constitución de las organizaciones socialistas a principios del siglo XX, y estalla definitivamente en los años 70. Esto le reprocha un obrero napolitano a un estudiante de la extrema izquierda en una reunión sindical:

“Yo no soy más idiota que tú ¿verdad?, y lucho para trabajar ocho horas diarias en la fábrica mientras que tú luchas para no trabajar. ¿Cómo explicas esa diferencia?”

(“Vivir con el terrorismo. El modelo italiano”, Marcelle Padovani, Ed. Planeta, 1985)

El obrero nutre su identidad del mundo del trabajo, el intelectual, el estudiante de clase media, la saca de su alejamiento del trabajo y de la teorización sobre él o de la sistematización de esas teorías creará su oficio.

No es el único efecto importante del populismo progre: en posteriores obras Laclau desplaza el acento de la lucha desde la acción al discurso, al texto. La hegemonía absoluta de los intelectuales queda así consagrada. Son ellos los que tienen que estructurar el nuevo sujeto, “la gente”, o a veces “el pueblo”, definido con elementos extraídos de la lingüística y el psicoanálisis lacaniano.

Lakoff

Hasta tal punto que ese “pueblo” no es representado sino construido por el discurso populista. De ahí que otro de los gurús del neopopulismo progre sea el profesor de lingüística cognitiva Georges Lakoff, de la Universidad de Berkeley, autor de “No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político”.

A continuación habrá que crear la frontera que defina al enemigo (“la casta”) y al amigo, dialéctica inventada por el jurista del nazismo, Carl Schmitt, muy difundida y nada original.

Después se requiere un liderazgo fuerte y carismático, puro culto a la personalidad del jefe y auténtica base del estalinismo y el fascismo.

Y con ello se escogen las peores opciones: carisma estaliniano-hitlerista frente a movimiento-partido, predominio de las luchas de los grupos de presión y frente a la lucha socio-económica el trapicheo culturalista del separatismo, islamismo, emigración, nazifeminismo…

En la dicotomía institucionalismo/movimiento, la experiencia de Podemos ha demostrado además que la opción movimentista lleva a otorgar rango de políticas de Estado a las alucinaciones radicales. Y la opción institucional conduce a la socialdemocracia en el mejor de los casos, en el peor a la corrupción y tiranía chavista o castrista.

Así no es extraño que el propio Laclau definiera al fascismo como populismo de derechas, aunque ocultó que el italiano o el francés fueran en principio de izquierdas.

El error que comete este análisis está en la elección de metas políticas concretas propias de un partido y una ideología fuertes y en el propio carácter contradictorio y caótico del movimiento en la relación de sus diversas partes (jerarquía, bases, electores, organización), siendo los principales puntos de fricción la institucionalización, el programa, la composición del movimiento, la tendencia política y sus faccionalismos.

Tras este proceso, plagado de contradicciones, improvisaciones y cambios de estrategia, de lo que son buena prueba la corta historia de Podemos y sus jefes, llega el momento de escoger uno de los elementos sociales que contenga a todos los demás, pero vehiculado a través de un concepto, un significante “vacío” es decir utópico, tipo “paz”, “democracia” o el mismo “podemos”.

IU Podemos Podemos

Tampoco esto es tan nuevo, ya lo aplicaron los comunistas en sus “frentes populares” y sus “correas de transmisión” externas al partido pero controladas por este. Como la construcción del discurso de identidades contrapuestas entre “los de arriba y los de abajo”, propia de la leninista “alianza con los elementos pequeño-burgueses avanzados”.

La heterogeneidad de estos elementos y sectores exige que el discurso sea necesariamente ambiguo y electoralista pero sobre todo inestable y débil. De hecho las posiciones de Pablo Iglesias se enfrentan a las de Iñigo Errejón y Juan Carlos Monedero en Podemos por ser más abiertamente leninistas, destinadas a reforzar un aparato partidista y controlarlo. Lo demás son excusas ideológicas.

Este intento de estabilización lleva a la propia negación del discurso y organización de Podemos convirtiéndolo en una Izquierda Unida (IU) destinada a captar votos del PSOE. De ahí que Iglesias afirmara en septiembre de 2016 que el gran debate pendiente de Podemos era “decidir si tenemos que seguir siendo populistas o no”.

Y como un espejo de la organización y sus métodos, la “mayor democratización” tiende a quedar relegada por la edificación de un sistema totalitario de corte estalinista, igual de ineficaz y ruinoso.

Lo que plantea el populismo progre es un asalto institucional al poder, la táctica de los fascistas en los años 30 y la eurocomunista en los 70, ejemplificada en el “compromiso histórico” del PC italiano, finalmente fracasada.

Populismo progre

Lo peor de todo es que reproduzca el gran defecto de la progresía izquierdista: la endogamia. Del mismo modo que la oleada revolucionaria de los años 20 del pasado siglo no tuvo en cuenta la brutal reacción que iba a provocar en forma de fascismo, el podemismo no ha calculado la reacción de alarma en contra que ha provocado (y que ha favorecido al PP) ni la agrupación de fuerzas instintivamente anticomunistas que sus salidas de tono ha impulsado.

Es igual de importante aunar a las propias fuerzas como no incitar a las contrarias. En según qué circunstancias de poder el tratar a los enemigos separadamente permite eliminarles e impide su unificación, casos de Kemal Attaturk en Turquía o de Adolph Hitler en Alemania.

Esta amalgama ideológica es la causa de las estridentes declaraciones de los líderes de Podemos o de los perjudiciales apoyos a causas como ETA o los islamistas. Son ante todo fieles a la ideología en lugar de seguir la estrategia escogida con sus consecuencias.

El problema es que esto también lleva dentro esa contradicción al contener conceptos y metas de la “vieja izquierda” como el socialismo o el apoyo a los separatismos.

Como además lo suyo no es construir partido ni la labor parlamentaria, en estas tareas chirría estruendosamente la chusma que se les ha colado dentro.

Lo que cobra el “diputado de las trenzas” en su muy bien remunerado trabajo o la criada de la burguesa Bescansa en las puertas del Congreso ha corrido extensamente por las redes sociales. Al final la única cohesión de la organización es el líder, el führer incuestionado e idolatrado y nada más. Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Ceaucescu, Perón, Trujillo, Kim Il Sung, Chaves… y Pablito Iglesias.

Podemos no ha hecho nada bien y el caos dirige su vida. Es otro intento fracasado de construir otra izquierda destruyéndolo todo como siempre.