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“Políticamente correcto”: la ideología de la represión

El "progresismo", tendencia social de contenido difuso y más relacionada con una actitud voluble y contradictoria que con una codificación ideológica definida, ha encontrado en la formulación de lo políticamente correcto un conveniente refugio para, muertas las ideologías, un nuevo integrismo y seguir manteniendo la hipocresía que tras un discurso pretendidamente "moderno"  oculta la voluntad hegemónica de control social, de represión, y de antioccidentalismo.

Fue a principios de la década de los 90. A España llegaron los primeros ecos en el 92, en plena celebración del aquelarre nacionalista catalán con motivo de la Olimpiada en Barcelona, pero en los EEUU surgieron las voces de alarma en 1990.

Political correctness”, la corrección política, es el triunfo institucionalizado de una serie de actitudes y pseudoideologías políticas, pretendidamente “progresistas”, que nacieron en los años 60, especialmente referentes a la ecología, el sexo y la raza.

El efecto principal de este movimiento ha sido eliminar los últimos restos de ideología formal “de clase” en la izquierda, aunque fueran falsos, y de servirles de paraguas a su orfandad ideológica y económica tras el fin del Estado del Bienestar y del “socialismo real”.

La ideología “pc” es de hecho la aplicación de un cierto marxismo al campo de la cultura, en la línea de los ideólogos comunistas Gyorgi Luckacs y Antonio Gramsci. Se trata de socavar los fundamentos de la civilización occidental atacando sus estructuras culturales, morales e históricas, en definitiva su sociedad.

Obtuvo su consolidación con la “teoría crítica”, las elaboraciones teóricas de la “escuela de Frankfurt”, y especialmente con Herbert Marcuse, un icono de Mayo-68, y su obra “Eros y la civilización”.

La amalgama ideológica de lo “pc” ya nació en el seno del socialismo en los años 70, con la aparición de obras como “Adiós al proletariado” de André Gorz, o “La Alternativa” de Rudolph Bahro, un econazi primitivista.

 En 1976, Daniel Bell, atacado por “conservador”, criticó en su obra “Las contradicciones culturales del capitalismo” la inserción en el propio sistema económico capitalista de la cultura improductiva del ocio y el caos cultural, contraria a los valores económicos del esfuerzo, el mérito y el orden. Evidentemente fue atacado porque esa cultura del ocio estaba ya copada por los productos y la dinámica progresista en forma de modas y medios de consumo de masas.

Ésta "ideología" (¿?) sirvió para que el progresismo sustituyera a la izquierda liberándose del obrerismo, cambiándolo por “nuevos sujetos sociales”, especialmente teorizados por la extrema-izquierda italiana a finales de los años 70 a través de Toni Negri (“el obrero social”) y Franco Piperno, paradójicamente representantes de la corriente “obrerista”.

Con ello los intelectuales que han controlado la izquierda, y que la crearon (Marx, Lenin, Troski, Kautsky, Bakunin, Proudhon, Saint-Simon, Engels, Bebel, Bernstein, Chomsky, Sartre, Habermas…), se desprenden del idealizado, irreal y mesiánico concepto de obrero, sin nada que ver con los obreros reales, y crean otro, el de ellos mismos y sus utopías.

La ideología izquierdista siempre había considerado al obrero real como un idiota sospechoso de querer progresar materialmente, poco idealista, es decir poco ideológico. Ya Lenin proclamó que el obrero lo máximo que podía desarrollar era una conciencia sindical.

Con la llegada de la “Nueva Izquierda” y los “nuevos movimientos sociales” (ecología, antirracismo, feminismo,…) el antiobrerismo llega a su cumbre. Los trabajadores no sólo “se han vendido al sistema” sino que, a través de su consumo de masas, son los culpables de la polución, la deforestación, el racismo, el machismo,... ahora más acentuados y acelerados por la subida del nivel de vida de esas masas incorporadas al sistema.

Evidentemente no habría contaminación si la numerosa masa obrera y de clase media no tuviera coche, ni casa, ni electrodomésticos, ni consumo. Que sólo tengan capacidad adquisitiva unos pocos privilegiados sería la solución para estos nuevos nazis “pc” (y naturalmente, ellos pontificando como sumos sacerdotes vigilantes).

Los progres prefieren el prototipo de obrero miserable y piojoso de las novelas realistas del siglo XIX. Muy acorde con su proyecto “pc” de un neo-moralismo rígido y un utopismo elitista.

Lo “pc” es la institucionalización de la “contracultura” con todas sus contradicciones y falsedades. La “subversión” en el poder, letal para vida social y política, un callejón sin salida,... caos.

La “contracultura” de los años 60, palabreja inventada por el intelectual progre Theodore Roszak en “El nacimiento de la contracultura” (1961), es el resultado de esa perversión cultural y su mezcla con el pesimismo psicologista de Freud o Reich. Ahí Roszak ya calificaba a la clase obrera de aliado poco fiable por su interés en que funcione el sistema industrial capitalista que satisface sus “falsas” necesidades.

Lo cierto, sin embargo, es que la “contracultura” puso en marcha un mecanismo de innovación y renovación capitalistas destinado a satisfacer las nuevas modas y las falsas “necesidades auténticas” de estos sectores intelectuales de clase media, los “nuevos pijos bienpensantes”.

Aunque ellos lo explican como la “inagotable capacidad del sistema para integrar y pervertir” la “rebelión” y la transgresión contra él. Pero la verdad es que un producto comercial lo es independientemente del significado o simbolismo que queramos adjudicarle. Unas zapatillas son unas zapatillas.

Lo que han creado ellos es un nuevo “fetichismo de la mercancía” estilo “pc”, es decir ecologista, progre, naturista, etc. Del mismo modo que sus “intervenciones humanitarias” (en realidad militares) a través de la ONU o la OTAN esconden un nuevo imperialismo “pc”.

Pero su institucionalización surgió de la mano de la implantación en las universidades americanas de formas de comportamiento, lenguaje y enseñanzas feministas y antirracistas rayanas en la pacatería ultraconservadora, y como ella represora de las libertades individuales. Los extremos se tocan.

Lo “pc” entró a saco en el campo de la enseñanza con proposiciones que (como el nacionalismo) mezclan política y cultura, sustituyendo criterios de excelencia académica por “propaganda étnica” o “de género” con el argumento extremo de que “todo conocimiento refleja una actitud política”, entendiendo por tal actitud la de clase, raza, edad o género.

Algo parecido a aquella famosa frase del nacionalista vasco Arzalluz de “todos somos nacionalistas, vascos o españoles”.

Esta actitud aprovechó el análisis típicamente marxista que define la cultura como “superestructura al servicio de la clase dominante”, para después implantar el relativismo cultural heredado de la influyente “deconstrucción” (Derrida) que desmenuza cualquier obra o discurso para sacar sus supuestas raíces ideológicas, todo ello aplicado a favor de los movimientos sociales que conformaron la “nueva izquierda” de los 60: feminismo, negritud, indigenismo, homosexualidad…

Con la excusa de la “igualdad”, la enseñanza en los EEUU implantó un modelo de "reparto en el protagonismo histórico" según la raza o el sexo, aumentando por sistema el de las minorías, además de modo tendencioso y victimista. Esto mismo lo vivimos en España con los nacionalismos locales y el revisionismo histórico de la izquierda.

Y este es un punto importante: la actitud represiva de lo “pc” es la versión moderna del totalitarismo político y el sistema actual de conquista y ocupación del Estado y sus instituciones por parte de las ideologías subversivas, en especial del nacionalismo disgregador. Esa es la revolución que practican hoy, superadas ya otras formas de tipo insurreccional en realidad falsas.

Este tribalismo étnico-social ya fue propuesto en su momento por grupos juveniles radicales como el SLA (Ejército Simbiótico de Liberación), conocido por el secuestro de Patricia Hearst, la nieta del magnate de la prensa amarilla norteamericana.

Es en definitiva una negación de la idea de la existencia de valores universales. El primer efecto que tuvo fue la creación de códigos de censura “pc” que persiguen y critican cualquier discurso o término sexual o racial no ya ofensivo sino explícito, desde “bromas”, “exclusión de minorías” a “burlas”.

Esto creó un ambiente de represión, moralismo progre y autocontrol irrespirable. En segundo término generó una crítica a valores universales, como la libertad de expresión consagrada en la Constitución norteamericana, y que llegó a criticar cualquier otra actitud o tradición cultural como racista o sexista, forjando en realidad un racismo negro (o indio) y un sexismo femenino u homosexual.

Estas estupideces han aterrizado en España sobre todo de la mano del infame gobierno de Zapatero con sus “miembras” y homofilias.

En los EEUU se crearon departamentos universitarios sobre “estudios gays y lésbicos” y se escribieron libros sobre el lenguaje “pc” que llegó a degenerar en códigos sobre las relaciones entre los sexos que en nada envidiarían a los ultraconservadores de hace siglos. Para ellos la lectura y la escritura son “tecnologías de control”.

Este movimiento se configuró como una amalgama de vanguardias progres de clase media, generalmente blancas, que se erigieron en portavoces contra la “discriminación de las minorías” e implantaron un sistema represivo. Un fascismo de izquierdas. Lo conocemos.

El director de cine Spike Lee, negro, llegó a afirmar que una película de negros sólo puede ser hecha por negros. Un “antirracista”.

Cinco años después, la oposición estalló en el ámbito económico. Las políticas de “discriminación positiva” en el mercado laboral que perjudicaban a los hombres blancos, iniciadas por Nixon (republicano), fueron atacadas por movimientos contrarios de California apoyados por parte del Tribunal Supremo y del Congreso y sectores sindicales. La obra “Dictatorship of virtue” (“Dictadura de la virtud”) del periodista del “New York Times” (progresista), Richard Bernstein, contra la intolerancia “pluralista de lo pc”, rompió el hielo.

Ello generó un cruce de reproches entre sectores de la clase media negra, asociaciones de mujeres e incluso sectores progresistas del Tribunal Supremo que argumentan que estas políticas generan efectivamente racismo, mientras que los primeros señalan a las mujeres blancas acomodadas como las principales beneficiarias de estas políticas.

El poso de represión y consenso, ahora revestidas de “progresismo” tienen recorrido largo. En febrero de 2011 se ha publicado la obra de Mark Twain, “Tom Sawyer”, versión “pc”, censurada en 219 términos (como “negrata” o “indio” -¿?-). Curiosa y esperpénticamente, las obras de Twain son antirracistas.

En su día se pretendió censurar las escenas violentas de los tebeos, o las “actitudes racistas” como las de Tintín, empezadas a publicar en los años 30. En 2012 el tirbunal de casación de Bruselas ha desestimado la demanda presentada contra el comic “Tintín en el Congo” por “racista”, auspiciada por un ciudadano congoleño (Bienvenu Mbutu Mondondo y el Consejo Representativo de las Asociaciones Negras de Francia).

El nuevo integrismo moralista está servido y legitimado por las fuerzas políticas; rayando el absurdo.

La ideología de lo “pc” entra de lleno en las tecnologías de control social como la dinámica de los medios de comunicación de masas con los cambalaches políticos o la manipulación y selección de la información.

El rollo progre de los 60 de “prohibido prohibir”, de apariencia libertaria, descubre su verdadero rostro de la represión y la utopía totalitaria de tipo estalinista. La ecología, las ongs, el feminismo, y otros grupos de presión similares… pretenden el poder y su mal uso. Son los nuevos nazis, junto con los nacionalistas (que de todas partes sacan tajada).

Las consecuencias políticas de esta nueva ortodoxia totalitaria, disfrazada como siempre de victimismo y justicia falsos, son un nuevo sistema de represión al servicio de las fuerzas del sistema que la usan desde dentro con sus contradicciones y su carácter subversivo.

Es en definitiva la pantalla de fuerzas que no actúan limpiamente y que buscan el poder y el dinero corrupto de las subvenciones.