Portada Indice

La paz como forma de guerra

La campaña del “no a la guerra” y sus consecuencias políticas han vuelto a poner el tema del pacifismo de actualidad. El deseo de “paz” es general, incluso entre los que aceptan la utilidad y naturalidad de la guerra. “Si vis pacem, para bellum”: si quieres la paz, prepara la guerra, dice el proverbio latino.

La defensa de la paz no es inocente ni imparcial, ha sido y es utilizada con fines políticos, de modo selectivo y contradictorio.

Con el nacimiento de la moderna política de masas, iniciada con la Revolución Francesa, surge la utilización de la ideología en el campo bélico. Napoleón invadió y arrasó toda Europa bajo las banderas de las consignas de la Revolución Francesa, de la que se consideraba su heredero, y con ellas “federó” a los países, reformó las sociedades feudales y combatió el poder de la Iglesia y las monarquías... creando un Imperio francés, saqueando las naciones y provocando una reacción nacionalista que marcaría la historia del siglo XIX.

El “internacionalismo proletario” y "pacifismo" del naciente socialismo se vio puesto a prueba en la I Guerra Mundial, en 1914, y salió derrotado, pese a las bonitas declaraciones de la II Internacional socialista en sus congresos: los de Stuttgart (1907), Copenhague (1910) y Basilea (1912), contra la “guerra de los capitalistas”.

El dirigente socialista francés, Jaurés, dirá: “...defender la Patria y la República es para todos nosotros el primer artículo del credo socialista”.

Los partidos socialistas de las naciones beligerantes votarán unánimemente los créditos de guerra y el apoyo a la “guerra defensiva”: la “Unión Sacrée” francesa y la “Burgfrieden” alemana.

Todas las organizaciones de "masas", partidos socialistas y sindicatos se entregaron a la causa de la guerra; "revolucionarios" de ambos bandos se enfrentaron entre sí. La falsedad de los grandes "principios" se evidenció cuando la causa de la "nación" pasó por delante de la "revolución"; las declaraciones, y retorcidas justificaciones, de los líderes de las organizaciones "obreras" y de sus medios de expresión y propaganda, constituyen una obra maestra de cinismo. Cuando los rigores extremos de la guerra, y la carnicería, se volvieron insoportables para los individuos combatientes, los conatos de deserción fueron reprimidos, no sólo por las autoridades "burguesas" sinó por la propias organizaciones "obreras". De hecho, después de la infructuosa reunión del Buró Socialista Internacional en Bruselas, el 29 de julio, la II Internacional deja de existir.

Esta actitud provocará una escisión en el socialismo que terminará por generar la creación de partidos comunistas y la III Internacional, el Komintern, de esa ideología ( a su vez liquidada por Stalin, según Leon Trotsky en 1935 ).

La aparición en la escena política de los bolcheviques rusos revitalizó la “causa de la paz” de nuevo, aunque dirigida convenientemente y fundamentada ideológicamente. El líder bolchevique Lenin lanzó la consigna “derrotar a la patria” al inicio de la guerra.

Del mismo modo que Simone de Beauvoir, quien 20 años después afirmó que “una Francia en guerra sería cien veces peor que una Francia nazi”, Lenin dijo que “la derrota del zarismo sería el mal menor”, y apostaba por la guerra civil. La tuvo.

El zarismo reclutó 14 millones de hombres mal armados y peor dirigidos. El resultado fueron 6 millones de muertos y un millón de desertores. Los bolcheviques aprovecharon el ansia de paz del soldado-campesino ruso: “Nada importa, excepto el poner fin a esta maldita guerra y llegar a casa”.

La labor de desintegración del ejército y la utilización del soldado como propagandista del bolchevismo identificado como “partido de la paz”, elevaron la pequeña secta de revolucionarios al rango de partido de gobierno.

Tras derribar con el mismo método al gobierno provisional menchevique en ocho meses, no admitieron que deseaban una paz separada (lo que incentivaría a los alemanes) ni tampoco la tesis de la “guerra revolucionaria” de la izquierda.

Los juegos doctrinales de Lenin sobre “la imposibilidad de abolir las guerras sin abolir las clases sociales y establecer el socialismo”, el hambre en las ciudades, la confraternización de los soldados rusos con los alemanes, la oposición de los otros partidos a una paz separada y la obsesión por “proteger el socialismo y extender la revolución” llevaron a la táctica dilatoria de Trosky de “ni paz ni guerra” (no firmar la paz y desmovilizar) en la Conferencia de Paz de Brest-Litovsk con los alemanes y las potencias centrales en febrero de 1918.

En menos de un mes los alemanes lanzaron una ofensiva contra Rusia, que por el Tratado de Brest-Litovsk ya perdía enormes territorios, poblados por 55 millones de personas, la izquierda del Partido Social-Revolucionario y algunos sectores del propio Partido bolchevique demostraban su oposición violentamente y los antiguos aliados intervenían apoyando a los “blancos” zaristas y desembarcando 90.000 soldados en el norte. Esa era la guerra civil... de la que los bolcheviques saldrían creando el Ejército Rojo, férreamente estructurado y controlado políticamente.

El fin de la I Guerra Mundial señaló el comienzo del alza de los fascismos. Hitler, el mayor militarista de la Historia, inició su rearme afirmando que “Alemania necesita la paz y desea la paz”. En la constitución del Eje Berlín-Roma, Mussolini dijo que este era “una asociación aún más estrecha entre nuestros dos pueblos para la paz de Europa”. Mussolini había empezado despreciando e insultando a Hitler y cuando este ocupó Renania situó tropas en la frontera.

Hitler supo utilizar el lenguaje del pacifismo, como suelen hacerlo los nacionalistas, con ardor y convicción.

Antes de romperse las hostilidades, el genial propagandista que fue Goebbels debilitaba los ánimos del soldado francés con octavillas, confraternización de las tropas y emisiones de radio que hablaban de paz mientras preparaba la guerra: “Nosotros no queremos esta guerra más que tú. ¿Quién es el responsable?. Ni tú ni yo. Entonces, ¿para qué dispararnos entre nosotros?”.

A los civiles franceses les transmitían, con emisoras secretas, informaciones sobre la corrupción de su gobierno, las “ganancias de los judíos” y la fuerza militar alemana. La misma manipulación en los medios de comunicación de hoy, más sutiles e indirectos.

A cada violación de la legalidad internacional, Hitler respondía con declaraciones de paz y conciliación. Hasta la siguiente jugada. El derecho de autodeterminación de las minorías, la “justicia y dignidad” alemanas y tachar a los países vecinos de perpetrar “abusos salvajes”, estaban siempre en su boca. Como los separatistas en nuestro país.

El periodo posterior a la guerra alumbró numerosos conflictos. Casi 200, que han causado más de 40 millones de muertos, sólo la cuarta parte soldados, y más de 60 millones de desplazados.

Algunas de estas guerras han tenido un extenso tratamiento periodístico: Corea, Vietnam, Camboya, Argelia, Líbano, Irán-Irak, Yugoslavia o Nicaragua. Pero la mayoría han quedado marginados, por cansancio o desinterés, reducidos a conflictos “locales”, “esporádicos” o “endémicos”.

La exaltación o demonización de uno de los bandos, a cargo de los progresistas “políticamente correctos”, de turno, ha variado según el carácter del conflicto.

Corea y Vietnam fueron sendos intentos, de uno de los dos lados (el comunista) del país dividido, por conquistar militarmente al otro apoyado por los USA.

En Camboya se dio el triunfo de una guerrilla comunista ultranacionalista y genocida. En Argelia, la de una nacionalista. En el Líbano fueron los terroristas palestinos los que provocaron el enfrentamiento de la derecha contra la izquierda.

En el conflicto Irán-Irak dos países se enfrentaron por el control político de la zona, en el contexto del surgimiento del fundamentalismo islámico como sustituto del comunismo.

Yugoslavia es la guerra nacionalista por excelencia, donde se despedazó un país que estorbaba los planes del IV Reich alemán y del oleoducto americano en el Caúcaso, y donde los que se defendían (serbios) fueron culpabilizados con ayuda de los nazis croatas y los integristas bosnios.

En Nicaragua venció una guerrilla que luchaba contra un dictador “bananero” y después la facción comunista intentó hacerse con el poder.

En todas estas guerras la izquierda y sus medios de comunicación afines presionaron de un modo claro a favor de un bando, dándole al conflicto una polarización y una radicalidad acorde con la “guerra fría” imperante. Ha defendido asaltos al poder como los de Grecia, o a guerrillas mafiosas como la colombiana o la guatemalteca. Ha apoyado al terrorismo (“resistencia”) palestino y a regímenes corruptos como el argelino por decirse “progresistas”.

El triunfo de uno u otro bando no ha eliminado la pobreza, la corrupción ni la represión.

Básicamente se dan dos tipos de enfrentamientos: el político y el étnico. Hasta la caída del comunismo, los conflictos políticos se daban entre comunistas y anticomunistas, y la izquierda occidental apoyaba al bando “progresista”.

Esto fue así incluso después de la invasión de Hungría y Checoslovaquia, en 1956 y 1968, aunque las declaraciones públicas fueran distintas. Los étnicos eran ignorados o despreciados a la luz de las diversas teorías leninistas del colonialismo.

Ejemplos de enfrentamientos políticos con participación de guerrillas comunistas son Guatemala (36 años, 150.000 muertos, 40.000 desaparecidos, 550.000 desplazados), El Salvador (12 años, 80.000 muertos, un millón de desplazados), Colombia (17.000 guerrilleros, 3.000 muertos cada año), Angola (un millón de muertos, 80.000 inválidos, un millón y medio de desplazados), Perú, Malasia, Grecia o Yemen.

También fueron enfrentamientos políticos los de Liberia (300.000 muertos, 800.000 desplazados), Sierra Leona (dos millones de muertos, 300.000 desplazados), Congo, Chad, Zaire o Somalia (21 facciones de clanes en lucha), pero la inexistencia de ideologías claras entre ellos inhibió a los progresistas de apoyar a un bando u otro.

Se trata de conflictos de larga duración, agravados por las tensiones políticas, decadencia económica, dominio oligárquico...Un caldo de cultivo propicio para que el conflicto se enquiste, manipule y mitifique.

Últimamente ha entrado en juego el fundamentalismo islámico, pasando a ser de “reaccionario” a “revolucionario” en el empobrecido imaginario de la izquierda. Tanto para uno como para otros constituye el sustituto del comunismo, siendo de hecho la nueva subversión.

También ante los conflictos étnicos la izquierda suele retraerse, poniéndose la máscara del “humanitarismo” estilo ONG y de la crítica sistemática de los intereses económicos de las multinacionales occidentales.

Si bien es indudable que los países occidentales han intervenido protegiendo sus intereses económicos (caucho en Liberia, plátanos somalíes, petróleo en Biafra o Cabinda, diamantes en Sierra Leona) o geopolíticos, ninguno de esos productos monopolizaban el mercado o eran lo suficientemente importantes. No es menos cierto que estas guerras las provocan las luchas por el poder de clanes y bandas, en ausencia de un aparato estatal fuerte y de una estabilidad social y económica.

Conflictos étnicos han sido los de Burundi (180.000 tutsis masacrados), Ruanda (matanza de 500.000 tutsis), Myanmar (guerrillas de las etnias karen y rohingya) y Chipre (enfrentamiento greco-turco con 220.000 muertos).

Estos refugiados y muertos no han tenido la fortuna de ser visitados y apoyados por los y las “progresistas” artistas e intelectuales españoles que se acercaron este verano del 2004 a los palestinos.

Y es que hay refugiados y muertos de 1ª y de 3ª. Lo mismo ocurre con las ayudas canalizadas por las muy prósperas ONGs y organismos internacionales: van a para en su mayor parte a las cuentas suizas del dictador de turno o a las guerrillas que controlan el territorio de modo mafioso.

A veces el conflicto étnico se mezcla con el religioso (islámico), dominando este. Es el caso de Chechenia (Rusia), Cachemira (India, 12.000 muertos), Yemen (norte-sur), Nagorno-Karabaj (Azerbaiján-Armenia, 30.000 muertos y 1.200.000 desplazados) y Filipinas.

El conflicto religioso ha estallado con fuerza en la década de los 90, basado en el surgimiento del integrismo islámico. Es el caso de Afganistán, Tayikistán (50.000 muertos, 60.000 desplazados) y Sudán (un millón y medio de muertos y 550.000 desplazados).

Este tipo de guerras ha coincidido con la desintegración de la ideología de la izquierda, que se ha visto atrapada entre sus fidelidades “revolucionarias” (subversivas) y su “progresismo” (en aspectos como la liberación de la mujer). En general ha prevalecido la mendacidad y la doblez habitual, inclinándose por el primero.

Afganistán fue un caso paradigmático. La URSS estaba tras el régimen comunista de modo directo, EEUU apoyaba a los islámicos, y también toda la extrema-derecha occidental. Con la llegada del caos de las facciones y etnias y, posteriormente, de los talibanes integristas, la izquierda no podía aliarse con el “imperialismo americano” ni con los medievales talibanes.

Con la invasión USA todo encaja, ya hay un enemigo claro, y una misión “humanitaria” que escenificar, aunque de ningún modo resolver el desastre.

El trasfondo de toda guerra es el control del territorio y la población. No podía faltar entonces el factor nacionalista. El preferido por la izquierda, que sabe que romper la cohesión nacional de un régimen es victoria segura. Además, refuerza sus vínculos con los aliados locales separatistas, los de la “Europa de los pueblos”.

Conflictos como los de Kosovo, Sahara, los kurdos o el Tibet, suscitan periódicas movilizaciones y apoyo permanente, que distrae a la masa de adeptos y les mantiene la ilusión de ser y estar.

Poco importa que los terroristas palestinos y kurdos sean además fanáticos islámicos (¿acaso ETA no se ha aliado con ellos también?), o que el ELK (Kosovo) sea una mafia de tratantes de blancas, drogas y una banda de criminales profesionales.

O que la propaganda sea mentira, o que con ella colaboren en los proyectos alemanes o USA. Como en los mejores tiempos de la URSS, la izquierda huérfana de ideología sigue justificando las matanzas de mujeres y niños en aras del nacionalismo, el antiimperialismo islámico o cualquier “progresismo” estilo Cuba (el país más militarizado de América) o Corea del Norte (país nuclear).

Como si esas fueran mejores excusas que el “equilibrio geoestratégico” o los intereses de las multinacionales.

Y, es que, el pacifismo siempre ha sido una coartada, que actúa como un caballo de Troya, para inhibir y neutralizar la firmeza de quienes no se alinean con la hipocresía "progre" estimulando su mala conciencia y motivando su "desarme" ( moral y material ) mientras encubre rearmes y usos desvergonzados de la fuerza en sus amigos totalitarios. Actúa como una "quinta columna" mediante el pensamiento único de "lo políticamente correcto" y el disfraz de la "paz".

Si quieres guerra, prepara la paz.