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Patriotismo constitucional: patriotismo utópico

El término “patriotismo constitucional” planea en el centro de todos los discursos de los grupos que luchan contra la actual hegemonía y dictadura de los nacionalismos disgregadores en España, y en el de los parlamentarios que colaboran con ellos.

Este término, calificado de “patriotismo vergonzante”, está claramente incluido en la teoría democrática del Estado, y contiene por lo tanto una carga política teórica sin la que no tiene fuerza. De hecho, tiene muy poca en un contexto de asalto separatista al Estado y la Nación desde el interior del sistema.

El concepto de "patriotismo constitucional" fue creado por teóricos alemanes tras la II Guerra Mundial y la constatación de los horrores del nazismo y su manipulación de la definición de nación. Su teórico más conocido es Jürgen Habermas, “reconstructor del materialismo histórico” y miembro y emblema de la “Escuela de Frankfurt” de intelectuales de la vieja “nueva izquierda”.

En su obra “Identidades nacionales y postnacionales”, (ver apartado "Libros") Habermas aporta una breve cronología del desarrollo del nacionalismo europeo y de sus influencias sociales:

La masa de los individuos así liberados se torna móvil, no sólo políticamente como ciudadanos, sino económicamente como fuerza de trabajo, militarmente como obligados al servicio militar y, también, culturalmente como sujetos a una educación escolar obligatoria; que aprenden a leer y a escribir y se ven arrastrados así por el remolino de la comunicación y cultura de masas.”

Y la enlaza con la reciente Historia alemana:

“Sólo el nacionalismo integral, que se encarnó en figuras como Hitler o Mussolini, destruyó ese precario balance, liberando por entero, al egoísmo nacional, de las ataduras a los orígenes universalistas del Estado constitucional democrático.”

Después entra en el entorno histórico en que se gestó el “patriotismo constitucional”:

“Con esta desconexión de la identidad cultural común respecto de la forma de Estado, una nacionalidad que se ha vuelto ciertamente más difusa se disocia de la pertenencia a un Estado y deja sitio libre para la identificación con aquello que en la evolución de posguerra de cada uno de los dos Estados (alemanes) la población considera digno de conservarse.”

Y por último lo define:

“En este caso las identificaciones con las formas de vida y tradiciones propias quedan recubiertas por un patriotismo que se ha vuelto más abstracto, que no se refiere ya al todo concreto de una nación, sino a procedimientos y a principios abstractos.”

“En el proceso público de la tradición se decide acerca de cuáles de nuestras tradiciones queremos proseguir y cuáles no.”

Pero esta estructura tiene un truco, cómo reconoce Habermas: la Historia de Alemania como unión es corta, es una de las “naciones jóvenes” que surgen de la descomposición del Imperio austro-húngaro en el siglo XX, como Italia, producto a su vez de la vorágine de la era de las masas y la industrialización.

Y no es casualidad que estas dos naciones, junto a otros dos de los productos destacados de esta descomposición (Hungría y Rumanía), sean los lugares donde surgen vigorosos y tempranos movimientos fascistas en el siglo XX.

La solución de Habermas es casi un callejón sin salida:

“Para nosotros no es nada nuevo el que la unidad de nuestra vida cultural, lingüística e histórica no coincida con la forma de organización que representa el Estado. Nunca fuimos uno de los Estados nacionales clásicos.”

“Para nosotros, ciudadanos de la RFA, el patriotismo de la constitución significa, entre otras cosas, el orgullo de haber logrado superar duraderamente el fascismo, establecer un Estado de Derecho...”

Parece afirmar que un nacionalismo alemán sólo podrá basarse en el nacional-socialismo racista antisemita de los años 1920-40 y que, en todo caso, cualquier patriotismo sin adjetivos degenerará en la específica opción política del nazismo. Su posterior desarrollo teórico parece indicar la visión de un “patriotismo constitucional” centrista, entre el nacionalismo y el internacionalismo izquierdista, sin percatarse de que su formulación es igualmente doctrinaria.

De hecho, la pregunta clave es formulada y queda sin respuesta:

¿Cómo puede la opción radicalmente universalista, o ese “patriotismo de la Constitución” de que usted habla, ofrecer una fuerza formadora de identidad, que no sólo disponga de legitimidad moral, sino también de plausibilidad histórica?.

Por el contrario, para el filósofo H.G. Gadamer, el autor de “Verdad y método”, “rival” de Habermas, no hay comprensión fuera de la tradición, es decir, fuera del marco histórico, de la acumulación del pensamiento interpretativo anterior.

En este contexto la tradición no es “el pasado” sino su efecto, que avanza con nosotros, no está fijada. Y los prejuicios sólo se admiten en su forma de pre-juicios, un modo determinado de acceder al mundo, desde una posición que admite la crítica y la apertura.

Por otra parte, la Historia no tiene una interpretación unívoca: las hay de izquierda y de derecha, o mejor dicho, apropiaciones de la Historia desde la izquierda y desde la derecha, liberales y sociales, y múltiples sub-interpretaciones. Habermas parte del caso extremo (reconocido como tal por él) del nazismo y de la evolución del particular autoritarismo estatal alemán, y la universaliza erróneamente.

El “patriotismo constitucional” no es más que una subordinación a un sistema de relaciones jurídicas que, por cierto, no eliminan ni invalidan la Historia y sus interpretaciones. Relaciones que, además, los separatistas desean poder cambiar constantemente, mientras blindan y endurecen las suyas. ¿Los “patriotas constitucionales” dejarán de serlo al reformar la Constitución y se echarán al monte?

El “patriotismo constitucional” es un concepto muy ligado a la evolución histórica germana, una nación surgida tardiamente y cuyo territorio no se corresponde a su población étnico-lingüística (Austria, casi toda Suiza, y zonas fronterizas de Polonia, Italia y Francia).

Es un concepto que intenta exorcizar al nacionalismo con términos basados en la democracia, la igualdad y respeto a la ley y los derechos del individuo.

Son términos útiles cuando el enemigo está fuera de esa ley, o al menos no puede formular sus propuestas abiertamente, como es el caso de los neonazis alemanes, y antes también de los comunistas. No sirve de mucho cuando la ley ampara en su seno los conceptos del enemigo nacionalista, como ocurrió en la República de Weimar.

Hitler comprendió, tras su abortado golpe de mano en Munich, el valor de utilizar los métodos y conceptos de la democracia para destruirla. Igualmente lo han comprendido los nacionalistas vasco-catalanes, que utilizan para sus ataques el concepto de “democrático”, pervirtiendo su significado (“asimetrías”), para deslegitimar y neutralizar las resistencias a sus maniobras represivas.

Además, las exigencias de derechos (en realidad privilegios) de corte gremialista por parte de múltiples asociaciones civiles y de los organismos separatistas, convierten la democracia, ya muy corporativizada por la fosilización de los partidos, en un reparto pirata del botín y el poder.

La fe y afirmación de unos principios políticos democráticos no compensa ni frena esa “necesidad de nuevas identificaciones”. Menos aún cuando, en nuestro país, la Constitución pretende ser cambiada, en 2005, a gusto de los separatistas a cambio del mantenimiento en el poder de los renegados socialistas de Zapatero.
La democracia no cubre esos aspectos de identidad colectiva de los individuos, como no la pudo cubrir el comunismo.

En el final del siglo XX y principios del presente, surgen nuevas ideologías del sentimiento (ecología, defensa de prejuicios de minorías de todo tipo, nuevas ortodoxias de las heterodoxias, nuevos prejuicios “políticamente correctos”...), que intentan cubrirlos, utilizando las clásicas armas del irracionalismo que les son propias: la perversión de la razón y el intelecto y el enmascaramiento de sus imposiciones y opresión, nuevas perversiones del lenguaje sacadas de las antiguas manipulaciones.

Nada nuevo bajo el sol, pero siempre la ausencia de la memoria colectiva que permitiera identificar las nuevas tiranías.

Es posible un patriotismo sin adjetivos que afirme la Historia y existencia de la Nación sin identificar esta con la labor de derribo indiscriminada de la izquierda, ni con el tradicionalismo selectivo e interesado de la derecha y sus extremos, ambas tan perjudiciales hoy mismo.

El “patriotismo constitucional” es un patriotismo utópico, que destierra la política de la Historia, disuelve los sentimientos patrióticos (sólo los unitarios, claro), los lazos colectivos y de legitimación social, y deja sin Estado y sin bases reales a una fantasmagórica Constitución (¿qué Constitución?, en el siglo XIX tuvimos tantas como gobiernos, ¿la de 1977 o la de 2006...?). Es además, tan selectivo y sesgado como la interpretación más reaccionaria.

¿Qué entra en ese “patriotismo” según ellos?: ¿las matanzas de los republicanos y comunistas en 1937?, ¿las de esos mismos comunistas estalinistas contra los miembros de su izquierda, el POUM y la CNT?, ¿los ataques a los líderes socialistas que no se plegaron a sus presiones?, ¿la historia de tantos de ellos antes o después de abjurar de su ideología, como Hernández o “el Campesino”?, ¿los ajustes de cuentas en los campos de concentración del sur de Francia?...

¿Qué liberales o progresistas de las muchas facciones y etapas habidas en el siglo XIX escogemos como ejemplo de demócratas y “liberal-progresistas”, según nuestra interpretación interesada, momentánea y “políticamente correcta”?...

No hay Historia sin claroscuros y sin interpretaciones diversas… y sin mentiras.

El problema son los complejos y miedos a los ataques políticos y a las falsas acusaciones de “extremistas”, “reaccionarios” o “fascistas” del enemigo, y la ausencia, por culpa de esos miedos, de una justa crítica a la partitocracia y a la traición de esta a los principios democráticos (igualdad, libertad, prosperidad, participación...) y colectivos del pueblo, encarnados precisamente en nuestra Historia por encima de las interpretaciones sesgadas de unos y otros.

Tienen miedo, estos compañeros, en su moderación, de esa acusación tan burda de que “todos somos nacionalistas, vosotros también”. No es cierto, el nacionalismo no es la simple conciencia nacionalista, de lo ya existente. Es una invención de lo que no existe ni existió jamás, ni debe existir.

Para ser nacionalista debe creerse en una definición de la sociedad como un todo orgánico. Una sociedad de hormiguero. Y debe existir un grupo, convertido en profetas e intelectuales, portadores de esa imagen ideal e inventores y guardianes de esos conceptos, que los inoculen en el pueblo y los lancen contra el “enemigo”, contra el “otro”.

Y sobre todo, este grupo buscará el poder y no victoria moral. Esto es nacionalismo, y nosotros los españoles jamás lo hemos tenido.

Liberémonos de los complejos e interpretaciones falsas de nuestra Historia y luchemos por nosotros mismos. Por lo que realmente somos. Ahora.