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Panorama político

Las últimas ofensivas nacionalistas (plan Ibarreche, reforma constitucional y nuevos estatutos -tanto en las zonas dominadas por los nacionalistas como en autonomías "del" PP-) plantean en primer término el reflexionar sobre cómo hacer frente a la tergiversación de las palabras, la manipulación del lenguaje, que es la base de la propaganda nacionalista y su estrategia.

Entre amenazas, chantajes, desafíos y lloriqueos, blasonan de ser banderas de “progresismo”, “multiculturalismo”, “democracia”, “derechos”, que en la práctica niegan a los demás.

Parecen tener miedo de sus propias palabras y propuestas; dicen “integración” donde sólo aplican coacción, dicen “pluralismo” donde desean, e imponen, homogeneidad.

Igual ocurría en el régimen nacionalista alemán, el nazismo. Desde el primer momento tergiversó el verdadero significado de sus medidas antisemitas, como si no quisieran reconocer en la práctica lo que preconizaban públicamente (“solución final”).

El carácter mítico de la ideología nacionalista y la permanente tergiversación de las palabras son los culpables de esa contradicción. Recientemente el independentista catalán Carod ha reconocido que la lengua catalana es “artificial e impuesta”, y a continuación insiste en las medidas de fomento de ella pero “amables e integradoras” (¡!). Puro cinismo.

Esta ambigüedad entre acción y palabra les permite avanzar sin encontrar grandes resistencias, pero a empujones, tal y como ocurrió con las sucesivas medidas antisemitas del nazismo (1935-1940-1943). Por otra parte, ni siquiera el totalitarismo nazi logró la adhesión de toda la población. Pese al encuadramiento de esta y la propaganda incesante, las leyes del régimen fueron aprovechadas y adaptadas para los pequeños y egoístas fines de muchos, y otros simplemente se adaptaron al orden constituido sin mayor convicción (como en la Rusia soviética). La queja de la Gestapo por la falta de motivos políticos en las denuncias es constante en sus informes.

Así que su meta totalitaria de un idílico país de gentes iguales y concienciadas es tan utópica y antihumana como el “hombre nuevo” (también igualitario y concienciado) del comunismo.

La capacidad real del nacionalismo para crear esa “comunidad”, tanto en situación de represión como de democracia, está íntimamente ligada a su aprovechamiento de las situaciones sociales (desigualdades), económicas (crisis, desempleo) o políticas (cambios de régimen, reformas), y no a su verdad o a la justicia de su causa, inexistentes, ya que la ideología del nacionalismo es la marginación del Otro, del distinto.

El propio Hitler dijo, en octubre de 1935, que sin la derrota bélica alemana en la I Guerra Mundial, no habría existido el nazismo.

La democracia, por otra parte, en tanto que sistema de legitimación de los partidos políticos, más que de participación real de la población en las cuestiones económicas y sociales, es un sistema muy vulnerable a la inserción de todo tipo de radicalismos, cubiertos bajo el manto de la tolerancia para ejercitar sus desmanes, su corrupción del sistema y, eventualmente, su asalto al poder.

Era la táctica leninista y lo fue la fascista. Lo es también de los actuales nacionalismos disgregadores, los nuevos fascismos.

¿Y el resto de las opciones políticas?.

El derrumbe del bloque comunista ha arrojado a estos partidos en brazos de los “nuevos movimientos sociales”, que aplican sus mismas tácticas y que han recogido sus banderas.

Los partidos socialistas, tras el fracaso de sus pequeños experimentos económicos en el poder en los años 80, la corrupción habitual y el fin de la era keynesiana que abrazaron en sustitución de las nacionalizaciones, se han quedado huérfanos de mitos ideológicos, así que utilizan todo tipo de sustitutos (ecología, feminismo, minorías sexuales y raciales, ocupas...) en su afán por lograr el poder.

Y ello en detrimento de tratar los verdaderos problemas sociales de la población. Ahí está el programa del PSOE para 2004, parece hecho para las ONG y la progresía hippie. Son realmente “el sistema”, con todos sus engaños y todas sus miserias.

La derecha ha dejado por el camino buena parte de su moralismo y carácter de defensores del “pequeño propietario” para intentar convencer como buenos gestores y garantes del orden de la globalización. En buena parte lo han conseguido, pero es insuficiente ante los nuevos enemigos de la post-guerra fría: los separatismos nacionalistas.

Atravesamos, como ya se ha dicho, “una fase de desconcierto, de redistribución de los roles, de confusión entre lo viejo y lo nuevo, de malentendidos, de acicalamientos, de inevitables ocasos de partidos, símbolos y personas”.

Y todo (política, economía, sociedad, cultura) está colonizado por los falsos problemas de los neo-hippies, verdaderos dictadores ideológicos de un sistema huérfano de legitimaciones ideológicas, en el que crecen las identidades integristas, nacionalistas o las sectarias como formas de manipulación de la población.

Además, la separación creciente entre los modelos socio-culturales y los político-económicos genera nuevas problemáticas más difíciles de resolver sin atacar las contradicciones del sistema (delincuencia, drogadicción, juventud, cultura marginal...).

Estas contradicciones y las alteraciones que provocan no parecen importar a un poder sólo interesado en su continúa reelección, la evolución económica y en ir parcheando con escuálidas políticas sociales las desigualdades y alteraciones del sistema.

Las viejas recetas políticas (derecha/izquierda y sus extremismos) ya han caducado. Nuestro modelo político se basa en lo posible: extirpar el mal y limpiar la herida, para ello debemos alzar las banderas de España como nación y pueblo y con un significado muy concreto: libertad, progreso, unidad y cultura. Sin tolerar ataques ni otras interpretaciones. Y sobre todo, sin complejos ni deudas con ningún pasado.

Lo primero, aborrecerles por lo que hacen y por lo que son. Los nacionalistas y sus colaboradores son el enemigo, y la única política posible es la relacionada con su erradicación total.

En este contexto y frente al auge de las tiranías nacionalistas, debemos incidir en el marco político directamente, ya que ni los partidos políticos actuales ni las asociaciones de respuesta al nacionalismo, excesivamente prudentes con el orden político, cubren la necesaria confrontación.

Pero la política hoy no es la de antes ni los mecanismos de legitimación de las ideologías son los mismos; el medio y el mensaje tienen que ser, por lo tanto, muy distintos.

En primer lugar, hay que desechar el mito izquierdista de las “masas que se movilizan”. Las masas, históricamente, no se han movilizado.

Ciertos sectores han incidido en procesos políticos o sociales aprovechando la situación o encuadrados por organizaciones, controladas a su vez por élites.

Pero la tónica general es la resignación y la supervivencia; el desinterés. La política, para bien o para mal, la hacen las minorías activas que se arrogan la representatividad de la población.

En segundo lugar, hay que comprender cómo incide en la psicología de la población la propaganda política que incluye elementos culturales, actuales sustitutos de las alternativas políticas y de la compleja e incontrolada economía globalizada.

Los diversos sectores de la población no tienen esos elementos de identidad (cultural ahora, clasista antes) de un modo activo y consciente, sino que son socialmente construidos por una fuerza política, con la que se identifican.

Así que la identidad colectiva es una manera de definir una realidad pero que no depende de su veracidad, sino que es definida por unos y creída por todos los que se adhieren a ella, a través de mecanismos sociales concretos (instituciones, asociaciones, partidos...).

Con estos elementos el ciudadano interpreta su entorno. Por lo tanto son fundamentales. “El trabajo fundamental de la cultura consiste en organizar estructuralmente el mundo que rodea al hombre”. Para cumplir esta función dispone de un dispositivo, el lenguaje.

Ese campo cultural se lo han dejado libre a los nacionalistas. Nuestros elementos culturales, netamente populares, milenarios, han sido sistemáticamente derruidos durante todo el siglo XX, tanto por la derecha como por, especialmente, la izquierda.

No necesitamos inventar ni deformar como los nacionalistas, no necesitamos el nacionalismo, propio de los que no son. Simplemente ser, defendernos.

Esa hegemonía de los nacionalismos disgregadores ha creado en nuestra población un complejo de autoodio, similar al que creó el nazismo en muchos judíos alemanes, deseosos de “integrarse” y no ser objeto de marginación. Pero la única alternativa a la resistencia es la traición y el colaboracionismo, el dejar de ser lo que somos, hemos sido y seremos.

Debemos tener en cuenta que el actual nacionalismo instaura un régimen donde se practica el racismo político, el de una comunidad unida en el odio al Otro más que en la creencia en una raza biológica o en una herencia cultural inmutable. Esta comunidad es más permeable y más peligrosa, más atractiva e hipócrita pero no menos letal y marginadora.

Por último, es importantísimo tener en cuenta el tipo de propaganda; las ideologías impusieron el modelo de propaganda que hablaba de ellas, de sus elementos e interpretaciones ideológicas. La propaganda “culturalizada” sólo debe indicar tales elementos culturales como parte del mismo individuo, el receptor de la propaganda, y una interpretación política de estos.

Al nombrar algo lo creas, y si lo defines lo posees. Es lo que hace el nacionalismo con todo lo que toca: lo pudre con su posesión.

Toda toma de poder es también una conquista de la palabra”.

Por ello, no basta con explicar, ni con denunciar, ni con gritar, debemos iniciar un proceso de autovaloración en la población y en nosotros mismos, y de interpretación de toda nuestra cultura e Historia, incluida la economía y la sociedad, alejada de los tópicos e intereses de la izquierda y la derecha y sus respectivos extremismos, así como de las mentiras de los separatismos.

Porque todas sus bases (culturales, económicas, políticas) son falsas y debemos negarlas.