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Alerta: los medios del nacionalismo

El nacionalismo descubrió que el medio más sencillo y directo de crear su falsa identidad y encadenar a ella a los individuos es el idioma, que se usa permanentemente y es el inevitable medio de comunicación personal y social, mucho más real y vivo que los conceptos puros e ideales de raza o patria.

Una vez el acomplejado individuo nacionalista ha logrado implantar en uno de sus ámbitos (familiar, laboral, ocio, amistad...) o en parte de él, su palurdo e inventado idioma (con la ayuda de la presión social y política del nacionalismo en el poder y de la financiación del constante chantaje económico a la que nos somete), aparece como dominante a través de esa implantación de su falsedad.

La victoria de ese enano mental no está basado en ninguna cualidad personal o social sino en una falsedad implantada a la fuerza en la sociedad por un proceso político degenerativo: la traición de los partidos de ámbito nacional al principio de unidad territorial histórico, el principio de existencia de la nación y el pueblo españoles.

Ese individuo, extraordinariamente pequeño sea cual sea el ambiente en el que se mueva y sea cual sea el nivel social que posea, se encontrará en tal posición de compensación psicológica de todas sus múltiples frustraciones y complejos de inferioridad sociales y también personales (su verdadero mal) que jamás deseará descender de esa posición.

Así es como el idioma, medio básico de comunicación, se transforma en símbolo y, lo que es peor, medio de dominio y jerarquía sociales.

Si ante la proclamación de cualquiera de los tópicos nacionalistas, de sus prejuicios, se les responde razonando lógicamente, obtendréis:

 

Retirada a la segunda “línea de defensa”, habitualmente de carácter práctico-administrativo, porque ya han impuesto su tiranía camuflada.

Repetición del tópico o de otro similar, igual de falso.

 

Si continuáis insistiendo y pasáis a desvelar la falta de legalidad, justicia e igualdad de sus prácticas:

 

Desviarán el tema o intentarán personalizarlo y “despolitizarlo”, porque el nacionalismo ha cubierto su dominio de una capa de "racionalidad" apolítica-administrativa-económica, incongruente con su carácter político, pero muy eficaz.

Recurren al argumento victimista, pero nunca a descubrir sus intenciones políticas abiertamente, excepto los independentistas declarados.

 

Toda la población ha sido así adoctrinada por la estrategia de la propaganda nacionalista, lo mismo que en el País Vasco la dinámica de los violentos ha creado una sociedad más radical, basada en la aceptación de cualquier tipo de método en el camino nacionalista.

El nacionalismo no representa ninguna idea, es una adaptación a la modernidad, a la organización de los estados en naciones, de la dominación de las élites locales de siempre, que ahora han de saquear directamente las arcas estatales porque el chollo de la industria (pagada y protegida por el Estado) se les hundió por su avaricia e incompetencia, el textil catalán y la siderurgia vasca.

El nacionalismo es el medio perfecto de manipulación política y fanatización personal por la dependencia, sobre todo social, que supone para el individuo, lo que le lleva a la sumisión política y el condicionamiento en las relaciones personales a través de la demonización y marginación de los “otros” con las que es posible auto-enaltecerse y compensar los complejos de inferioridad y resentimiento sociales. Un proceso que ya ocurrió con los judíos y eslavos en la Alemania nazi.

Su base es sólo el odio hacia nosotros y lo nuestro, nuestra cultura superior, su enorme complejo de inferioridad, de palurdismo.

Su fijación es criticar al nuestro, su información se centra en parodiarnos o criticarnos obsesivamente, etc.

De hecho, quisieran ser nosotros porque ellos no son nada, son mentira e invención. Sin nosotros no son, nosotros somos, por eso el intento exasperado por asimilarnos (a través del matrimonio, el interés, la coacción o la captación).

La infiltración del nacionalismo en diversos ámbitos sociales se hizo al amparo de la explosión de actividad política por la caída de la dictadura franquista y por el vacío social que esta mantuvo y que supuso, a su desaparición, la proliferación de asociaciones culturales y cívicas diversas.

Iglesia, asociaciones de vecinos y comerciantes, grupos culturales o sociales, fueron colonizadas a través de la participación en ellos de individuos nacionalistas que infiltraron sus presupuestos ideológicos como parte del discurso democrático, imponiéndose al colectivo por el miedo de éste a la estigmatización o la marginación.

Fue un antecedente del “pensamiento único” y una lección de cómo funciona realmente la sociedad moderna: a través del consenso obligatorio implantado a través de la presión de las instituciones y la complicidad de los medios de comunicación, bajo la cobertura de la pantomima corrupta de los partidos políticos.

Esa mezcla de labor institucional y política partidista es permanente en ellos; El 6 de julio de 2003, en la campaña “Mójate” por la esclerosis múltiple, la Generalidad catalana repartió 12.000 gorros de baño... con la bandera catalana impresa.

Después han mantenido sus permanentes agravios con sus grupos radicales o las instituciones copadas o creadas por ellos.

Ese discurso consta de varios niveles:

 

Victimismo: agravios “históricos” o desigualdades fiscales manipuladas.

Falsa reciprocidad: económica o política, que en realidad esconde privilegios ilegítimos (“asimétricos”).

Ambigüedad: en la utilización de conceptos políticos como “libertad, democracia, justicia...”, que esconden objetivos y métodos antidemocráticos y antiliberales (como en las presiones de la Alemania nazi en los años 30).

Reivindicaciones políticas abiertas, habitualmente acompañadas de coacciones o violencias.

 

A aquellos que no son, en principio, parte de la “comunidad nacional” que intenta construir el nacionalismo, este proceso les provoca diversas reacciones y fases:

 

Indiferencia y distanciamiento, habitualmente si no les toca de modo directo.

Desconcierto por su irracionalidad e ilegitimidad y ante la exposición agresiva y subversiva de elementos de articulación social contrarios a la unidad y la legalidad sin respuesta política contraria.

Angustia, por no poder articular o utilizar un discurso contrario y por no poder insertarse en otra comunidad debidamente estructurada y cohesionada, ya que el nacionalismo lo neutraliza constantemente con menosprecios o acusaciones políticas falsas (“franquistas”).

Silencio, ante la falta de elementos ideológicos o políticos de defensa frente a las tergiversaciones y mentiras del nacionalismo, que permitan forjar un discurso de oposición e identificación de la propia identidad. En lo cual ha tenido mucha culpa el acercamiento de la izquierda al nacionalismo, cubriéndolo de “progresismo” (¿?), y la cobardía ideológica de la derecha.

Adaptación (en diversos grados) y según el temple personal o los intereses sociales del individuo. O bien rechazo, que es estéril si no tiene una articulación política abiertamente opuesta al nacionalismo.

 

Es la “muerte social” del que no “es” de ellos y la represión pasiva de todo pensamiento distinto: es el totalitarismo del futuro, el verdadero “pensamiento único”, digno de “Un Mundo Feliz” de Huxley o de “1984” de Orwell.

Contaba el político vasco J.M. Calleja en una obra suya que un ciudadano no-nacionalista había optado por inscribir a su hijo en clases de lengua vasca y colocarle una bandera nacionalista en su cuarto para que no tuviera que sufrir la marginación que él había experimentado. Esa es su meta.

Este proceso ya se ha dado antes, en todos los totalitarismos, que al principio son siempre encubiertos (los primeros años de la Alemania nazi o de la Rusia comunista, los diversos militarismos y populismos), ya que necesitan legitimarse.

El historiador de la esclavitud en Europa ha descrito la posición del esclavo de la siguiente manera, sorprendentemente similar a la del “Otro” bajo la dictadura nacionalista: “El esclavo resulta siempre sospechoso para la mayoría de la sociedad. El color de su piel, sus costumbres y su acento hacen de él un ser excluido. Vive completamente marginado, sin estructuras a las que acogerse, desarraigado y aislado. El empleo de su idioma le está prohibido”.

Para legitimarse utilizan la mentira y la manipulación política:

 

Mentira es su antifranquismo: en el que no estuvieron, del que se beneficiaron económicamente desde el primer día de la postguerra, en el que fueron utilizadas sus lenguecillas desde los años 60 como rearme conservador para frenar el auge de la izquierda, traicionando a la República (en plena Guerra Civil) al intentar pactar con Franco, lo mismo que los nacionalistas vascos.

Mentira es su “normalización lingüística”: que esconde el odio y la envidia contra el idioma español, del que se han dado casos públicos que ellos intentan ocultar con coacciones o con el cansino y sobado falso victimismo.

Mentira es su integración: ya que necesitan compensar su complejo de inferioridad y recompensar a los suyos relegando a los “otros” a los trabajos más básicos (poco a poco las presiones en este sentido van produciendo esos efectos buscados).

Mentira es su cultura: inventada con fines de manipulación política (lengua, Historia, folclore, economía), del que los casos más clamorosos han saltado a la prensa, implantada mediante el fanatismo y la coacción.

Mentira es su progreso: se les permitió y crearon un mercado cautivo, conduciendo al subdesarrollo y explotación colonial del resto con el dinero y apoyo del Estado y de todos. Los fueros medievales ya fueron eso.

Mentira es su política: consiste en la desigualdad (“asimetría”), “plurinacionalidad” (cuestión posteriormente abandonada al ser una posición rebasada por sus avances) consistente en poder ser antiespañol, tener la protección del infecto Estado de las Autonosuyas, rapiñar la Hacienda y nuestro trabajo, “pluricultural” prohibiendo nuestro idioma, implantando el suyo, sus libros de texto, sus denominaciones, sus prohibiciones fascistas.

Mentira es su democracia y libertad: discurso único, represión de lo nuestro, odio irracional, falta de libertades, trucos legales, copo de todos los partidos políticos y asociaciones civiles, lavado de cerebro escolar, control y utilización política descarada de la TV y prensa, victimismo mentiroso y cínico...

 

El problema es que los políticos de la Transición quisieron integrar a los nacionalistas con las autonomías, pensando o queriendo creer que abandonarían sus metas, y ha ocurrido todo lo contrario. Tenemos al enemigo dentro y contra el sistema, alimentándose de él, de nosotros, pero contra él, contra nosotros, extremadamente subversivo, y algunos defienden en nombre de democracias, libertades y progresismos varios su fanatización, chantaje y dictadura.

Así es como el nacionalismo ha establecido un sistema de odio promocionado y de dominación en las relaciones sociales.

No se puede tener ninguna relación social o personal con un adepto al nacionalismo separatista, por pasiva (casi todos) o por activa, sino es de dominio absoluto por su parte, de aceptación implícita de las tesis, y sobre todo, de los implícitos y extendidos prejuicios nacionalistas.

No existe la posibilidad de otra manera de “ser” (vasca, catalana...) puesto que la “identidad” de estos sólo existe como creación de su nacionalismo, y fuera de él no hay característica distinta alguna a la del resto de los españoles, exceptuando el papanatismo de amplios sectores de su población. Hablar su idiomilla es para ellos un acto político, por lo que resulta viciado de origen, supone un desafío, una superación de su complejo de inferioridad, pero nada cultural, nada por sí mismo.

Periódicamente algún político o personajillo del mundo cultural declara pretender un movimiento “catalanista” en lo cultural pero alejado de lo político, lo cual es imposible. En el mismo saco cabe meter las declaraciones de mediar en el “conflicto vasco”, de federalismo asimétrico “integrador” (¿?), etc. Meros juegos verbales para ocultar el carácter básico del nacionalismo y de sus ramificaciones culturales.

Este dominio es a veces muy sutil, incluso contradictorio, ya que las múltiples tácticas políticas y sociales nacionalistas se contradicen entre sí en apariencia por las necesidades de cada situación. Y además, se establece, por parte de cada consumidor de la ideología nacionalista, una diferencia hipócrita y a veces contradictoria, entre las relaciones privadas y las sociales o públicas.

A pesar de la perversión de las palabras y los conceptos, del propio lenguaje, y de intentar ocultar su esencia y actitudes, el nacionalismo y los infectados por él no pueden dejar de ser lo que son: acomplejados, marginadores, totalitarios.

Así, la Ley de Normalización Lingüística catalana impone el catalán sin especificar su meta real de eliminar el español, con términos como “...se especificará, como mínimo, en catalán”, “...un 60 % del letrero estará en catalán” (¡sí, hasta en los letreros comerciales! aunque actualmente -2012- estos criterios han sido ampliamente rebasados, la persecución de la lengua española es abierta y aceptada por el sistema político). Ahora ya no interesa aquello de “el bilingüismo es caro pero necesario”, ahora se trata del monolingüismo puro y duro, los antes sagrados "derechos lingüísticos" solamente existen para los nacionalistas, los hispanohablantes carecen de ellos: simplemente, se niegan.

Otro rasgo de esta hipocresía, en este caso política, es el nefasto comentario del que era presidente del Parlamento local, Juan Rigol, sobre los Cuerpos de Seguridad Nacionales Españoles, creyendo que el micrófono lo tenía cerrado, al calificarlos de “animales”, en junio de 2003.

O, a pesar de que no se traducen los apellidos, lógicamente, (aunque ellos pueden “recuperar” su “catalanidad originaria”), una avenida de Barcelona ha catalanizado el apellido y nombres del Rey Juan Carlos, y mientras que su coacción y chantaje político-económicos imponen sus nombres catalanizados (inventados y producto de la deformidad oral, como p.ej. Gerona y Lérida, y últimamente de San Sebastián y Vitoria) en los medios de comunicación nacionales (lo cual es una aberración lingüística, ya que, a la vez, no dicen “London” sino Londres, ni “Firenze” sino Florencia), en las calles de Barcelona han traducido a su deforme pronunciación los nombres de regiones y ciudades españolas, respetando sin embargo las hispanoamericanas, consideradas extranjeras, y no enemigas como las nuestras.

Situaciones similares, pero agravadas por la violencia de ETA-HB, han sido reveladas a la opinión pública en el País Vasco.

Del mismo modo, el obsesivo interés de lograr la sede de instituciones o eventos para Barcelona está motivado por el mero hecho de poderlos anunciar en catalán y hacer propaganda nacionalista desde ellos (“Juegos Mundiales de Bomberos”, “Campeonato Mundial de Natación”, “Agencia Alimentaria Europea”...).

Tocan todos los ámbitos sociales a través de todos los métodos y organizaciones de diverso carácter y radicalidad; recientemente un informe vinculado a las víctimas de ETA (AVT) denunciaba la creación de una “Batasuna estatal”.

El proyecto lo configurarían pequeños sindicatos nacionalistas y de extrema izquierda que están gestando una “Batasuna estatal” que tenga una “mayoría social” para apoyar en un momento dado la apertura de procesos soberanistas y a la que se uniría la creación de un partido radical con presencia en todo el Estado, según revela un informe próximo a la AVT en Cataluña.

El embrión, que ha surgido en Cataluña, se ha establecido ya en todo el territorio y actúan bajo la apariencia de sindicatos moderados, ya que como revela este informe “los afiliados no tienen porqué conocer el proyecto político”. La táctica de sus mayores.

Es la gran ventaja de ser un agitador pero estar dentro del sistema. Por eso el nacionalismo es la guerra y la subversión, la anormalidad permanente.

Y no puede normalizarse porque entonces desaparecería la sensación de diferencia, mantenida artificialmente a base de machacar conciencias y de una movilización permanente.

La tergiversación de la Historia ya ha sido expuesta por la prensa en su vertiente escolar. Baste decir que pretenden colonizar todo espacio cultural e histórico que sea español. Por ejemplo, sustituir la proyección americana española por la presencia marginal catalana en lugares como Cuba, presentada como actuación independiente, y siempre positiva frente a la “barbarie” española.

Las medidas en los medios de comunicación son tanto básicas para ellos como absurdas y obsesivas.

La copia descarada y la reedición de la programación antigua de TVE es constante en sus TVs y radios, con el fin de superponer la “versión catalana” sobre el recuerdo de la española, aunque resulte antieconómico.

Los programas crítico-escandalosos, a imitación de los de otras cadenas, se distinguen de ellos por dos características: su profundo palurdismo, propio de una cultura radicalmente rural, y su intencionalidad ofensiva para con todo lo español, como obsesión y meta única.

Los comentarios sobre algo catalán son siempre encomiásticos e idílicos, mientras que la burla y el escarnio, reflejo de la rabia y la envidia, abiertos y burdos, se centran en cualquier tema o personaje españoles. Huelga decir que jamás se critica la política de sus líderes nacionalistas, pero constantemente la de las instituciones o partidos españoles, llegando a rodar las escenas en Madrid o en otros lugares de la geografía nacional para mayor burla y escarnio.

No critican al Gobierno o a un partido, sino al Gobierno español y a partidos españoles como tales. Jamás a los de ellos. Aquí la izquierda peca de ingenua: movilizaciones como las contrarias a la guerra de Irak (o las de “Nunca Más” en Galicia, montadas por el BNG) se organizan en Cataluña o el País Vasco, y por los nacionalismos en general, en clave antiespañola y no sólo antigubernamental.

Los actores que interpretan papeles fijos de tipo caricaturesco, ejemplifican siempre la peor imagen como españoles y en español, lo cual es sintomático en medios donde la lengua sólo es la local.

Esto ha sido denunciado por parlamentarios en diversas ocasiones, tanto en Cataluña como en el País Vasco, donde la TV autonómica del PNV transmite imágenes favorables a ETA y HB y donde se favorece la rebelión contra el régimen democrático actual.

Otro insidioso medio de infiltración es la colocación de actores y guionistas vascos y catalanes adeptos a sus nacionalismos, en cadenas y series de ámbito nacional, a través de sus productoras (Gestmusic, productora de “Operación Triunfo” y “Hotel Glam”, es propiedad de los miembros del grupo musical nacionalista “La Trinca”).

En series como “Policías, en el corazón de la calle”, “Siete Vidas” o “Periodistas”, rodadas en Madrid, se cuelan actores que no tienen más méritos que cualquier otro de la capital y que están en ese puesto por la presión del “lobby” nacionalista vasco-catalán y de sus medios, y desde las que se introducen el idioma catalán o constantes apellidos catalanes en personajes madrileños (sin venir a cuento) y la fama para sus protagonistas, que al regresar a Barcelona o Bilbao, se dedican a continuar denigrando Madrid, España y lo español, como es el caso de Santiago Millán, el hipioso de “Siete Vidas” y que en Barcelona participa en el programa “El Terrado” que dirige el manipulador ultranacionalista Andrés Buenafuente en clave radical y burlesca... hacia nosotros y lo nuestro, y que no tiene nada que envidiar a las películas nazis sobre los judíos. Manipulación y difamación.

Una serie como “Los Serrano”, que narra la vida de un matrimonio con hijos anteriores de ambos, basa su argumento en atribuir todas las cualidades a una de las ramas, de origen catalán, y todos los defectos, caricaturizados además, a la otra, madrileña.

Lo mismo cabe decir de las presentadoras vascas que han colonizado los programas de la tarde en las cadenas privadas nacionales, o el simpático Carlos Sobero, presentador del concurso “50X15” y habitual de la TV vasca peneuvista y proetarra.

En concursos como “La Quinta Esfera”, “Pasapalabra” o el mismo “50x15” añaden constantemente preguntas sobre Cataluña y lo catalán (mientras que lo vasco no aparece, por tener un nacionalismo más abiertamente separatista y menos intervencionista, que no ejerce presión para ser citado).

Se esmeran en incluir participantes catalanes especialmente, en lugar de utilizar el sorteo aleatorio entre las peticiones recibidas de toda España, por no hablar de otros favoritismos evidentes, que convierten los programas en verdaderos tongazos.

O los ramalazos catalanistas de aquellas “Crónicas Marcianas”, donde el patético enano Galindo amenaza al presidente del Gobierno con un “no se meta con el catalán”, el reparto de pegatinas anti-guerra de Irak a unos desprevenidos y atontados miembros de “Operación Triunfo” que van y lo sueltan ante las cámaras, o una Raquel, concursante de “Gran Hermano”, madrileña, a la que alguien le hace decir “Barcelona es mi ciudad”, recién llegada a ella.

Lo mismo cabe decir de la constante referencia al catalán por parte de Mercedes Milá y Jesús Vazquez, presentadores de “Gran Hermano”-4ª edición. O las rastreras catalanadas de Pedro Ruiz en su programa, hecho en Barcelona (el centro regional de TVE está plagado de separatistas, encima acomplejados de trabajar ahí).

Los anuncios rodados en Barcelona por agencias publicitarias allí asentadas están protagonizados por personajes (que han copado la profesión) y que, mediante expresiones claramente forzadas, operan como un medio de influencia y aceptación subliminal del dominio de su lengua en toda España.

En las radios y televisión se obsesionan hasta rozar la autoparodia con sacar personajes procedentes de otros países u otras regiones españolas que no sólo hablen en catalán sino que exalten el “paraíso” social, cultural y humanístico que es esta pequeña nazilandia, regida en realidad por la autocontemplación, la miseria cultural, la mentira y el papanatismo campesino más crudo, siendo de hecho esta última característica el eje de su “cultura”, incluida la urbana y la alta.

Si sus programas “cómicos” difunden la imagen de los españoles como tontos, cutres y sucios, sus “informativos” lo hacen de agresores y ladrones; lo que son ellos en realidad, su complejo.

La infiltración en instituciones académicas, culturales y deportivas de ámbito nacional también se da cada vez más a menudo. Así, el ex-presidente de la Asociación de Fútbol Español es el de la Asociación pro-Selección Nacional Catalana; el enemigo en casa.

El DNI en esas regiones está obligatoriamente en los dos idiomas, lo mismo que los documentos del Ministerio de Seguridad Social, lo que no se da en los comunicados de las instituciones por ellos dominadas (gobiernos locales y regionales).

Y el Instituto Cervantes, representante de nuestra cultura en el extranjero, se ve obligado a dar cobertura a las actividades del Instituto Ramón Llull, de ellos, como dar clases de catalán (sin clientes, claro), sin ninguna reciprocidad. Lo llaman “asimetría”.

Hipocresía, saqueo e infiltración son sus métodos.

Por último, subrayar que la organización en “Autonomías” genera una extensión del localismo más ridículo y del contagio nacionalista a otras zonas de España, que no ven que el enemigo que impide su desarrollo económico y que estrangula las libertades no es “Madrid” o la nación española, sino los localismos predominantes como lo han hecho siempre: los nacionalismos vasco y catalán.

A pesar de todo ello nuestro idioma y nuestra cultura gozan de una salud de hierro y se expanden de modo natural y sin manipulaciones ni coacciones.

En Barcelona los espectadores prefieren los espectáculos, películas y libros en nuestro idioma, y la tiranía nacionalista se ve obligada cada vez más a quitarse la careta e imponer normas coactivas, precisamente porque la porción de renegados y fanáticos que obtiene es pequeña, interesada y parcial.

Como ejemplo baste el editorial; ediciones enteras subvencionadas ni siquiera salen de la editorial, porque el beneficio es la propia subvención, y sólo sirven para engordar las cifras de la “edición en catalán”, a la que si se le resta la cifra de los impositivos libros de texto, queda en miseria. Su miseria.

 

Su obsesión refleja su pequeñez y debilidad. Nosotros SOMOS y ellos NO.