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La izquierda: entre la mentira y el colaboracionismo

Desde la pérdida de sus señas de identidad tras el fiasco que supusieron los gobiernos socialistas europeos, la izquierda ha sufrido un proceso de degeneración que los diversos análisis y propuestas de regeneración no logran frenar

Es sorprendente que este proceso haya sufrido una aceleración con la caída del “socialismo real” del bloque soviético, cuyo poder mítico era similar, por lo visto, a su grado de tiranía y podredumbre.

A lo largo de ese proceso, la izquierda ha abandonado unos hitos, sin duda falsos, pero ha adquirido otros ajenos a sus orígenes.

Ha abandonado el clasismo obrerista y el internacionalismo, y ha adquirido el nacionalismo separatista, el culturalismo, el marginalismo social y la inestabilidad como sistema, en resumen: fragmentación social, localismo, agitación populista.

La izquierda ha introducido en el discurso político valores individuales que eliminan lo colectivo, de rango distinto y que hacen referencia a intereses y visiones personales, estrechas y morales, huérfana de otros, colectivos, que le proporcionaban (mal o bien) sus señas de identidad.

Ha introducido el pacifismo como tal, que es la otra cara del belicismo, e igual de estúpido, en sustitución del pacifismo interesado y dirigido de la época de la Guerra Fría. En los años 20 ese pacifismo contribuyó al establecimiento en Alemania de Hitler.

Por eso la guerra Vietnam-Camboya supuso un trauma para la izquierda, ya que se trataba de dos “Estados socialistas” entre los que no podía haber, teóricamente, guerra.

Se ha posicionado a favor del los nacionalismos etnicistas y separatistas en todo el mundo, en contradicción abierta de la posición de Marx y de la leninista, muy oportunista esta última con respecto a la “cuestión nacional”.

Ya en 1964 el Comité Ejecutivo del PSU calificaba al catalanismo como “antifranquista y democrático” y en 1970 el Comité Ejecutivo del PCE titulaba un informe: “España, Estado plurinacional”, término hoy utilizado por los nacionalistas. Recogía así la izquierda un testigo que había desaparecido desde el final de la Guerra Civil Española y recobraba una actitud maniobrera que le llevaría ahora a la pérdida absoluta de su identidad política.

Podemos resumir la actual posición de la izquierda señalando sus dos bases hoy: los “nuevos movimientos sociales”, que en los años 60-70 fueron rechazados por ella, y los nacionalismos culturalistas y etnistas, calificados antes de “reaccionarios”.

Si antes la izquierda utilizaba a estos grupos, manipulándolos y luego eliminándolos, ahora es al revés. Ahí está el ejemplo de la “Revolución iraní”, en la que los islámicos de Jomeiny utilizaron la ayuda del PC iraní y de los fedayin de la extrema izquierda en su asalto al poder y después los encarcelaron y asesinaron.

Lo mismo cabe decir de los nacionalistas. ¿Dónde está ahora ese PSUC catalán, ejemplo de conjunción de nacionalismo y comunismo?. Prácticamente inexistente, con sus cuadros pasados en masa a las organizaciones nacionalistas o desmovilizados.

La izquierda se dejó seducir por unos nacionalismos que eran minoritarios cuando no inexistentes y por la fuerza irracional de arrastre de lo cultural o étnico, tal y como le ocurrió en los años 20 con el fascismo y que provocó que sectores enteros de intelectuales y militantes se pasasen de bando.

Lo que cuenta en la acción política es la incidencia en los elementos por los que los individuos se integran y valoran en la sociedad.

Esta situación se ha dado porque la izquierda ha perdido sus referentes y ha buscado otros de modo oportunista. Lo que ha perdido es el referente de la clase social, y sobre todo, de lo colectivo.

La clase social fue la gran protagonista del siglo XX. La base que tenían que tocar todos los movimientos políticos que quisieran serlo. Se trataba de una época en que las movilizaciones políticas tenían un fuerte contenido social porque las seguridades y comodidades sociales no estaban implantadas. La agitada época de lucha contra el comunismo, o el fascismo.

La teoría de las clases sociales en lucha la estructuraron intelectuales “burgueses” o de clase media, y propugnaba en la práctica una especie de “despotismo ilustrado”: la clase obrera, nuevo “pueblo elegido”, sería llevada a la emancipación mediante el liderazgo de sectores progresistas de la burguesía, como el propio Marx o Lenin, ya que por ella misma sólo podía alcanzar una conciencia sindical, nunca revolucionaria.

Desde el principio, tanto en los partidos socialdemócratas como en los comunistas, se hicieron con el control miembros de las clases medias. En uno de los comunicados internos de Lenin, poco después de la toma del poder de los bolcheviques en Rusia, se insta a introducir a obreros en el partido y sus comités. Señal de que no abundaban.

La clase social no existe de por sí, se crea cuando se actúa de un modo social y colectivo concreto, lo mismo que el concepto de nación o pueblo.

Por lo tanto el concepto de lo colectivo, estrechamente ligado a conceptos como clase, nación, pueblo, requiere de una elaboración que es la base de toda acción política. Estos conceptos colectivos no existen en la realidad. En primer lugar son forjados por ideólogos y transformados en material político por organizaciones que los enarbolan como ideología.

En segundo lugar no pueden ser considerados reales en un estadio de actividad política superior, porque la sociedad la componen individuos con intereses y características diversas cada uno, contradictorias muchas veces, heterogéneas siempre. Son conceptos que se crean en el ámbito del análisis y la teoría pero que en la práctica deben transformarse bajo otras bases para poder incidir en la realidad.

Por ejemplo, cuando el líder libio Gadafi pretendió dar primacía a la inmensa red de comités que había constituido en lugar de a las instituciones estatales, su país cayó en el caos y la ineficacia económica y organizativa. Lo mismo ocurrió en la “Revolución Cultural” maoísta en China. Al final de esos procesos caóticos es el Ejército o los Cuerpos de Seguridad los que deben retomar el control. Los poderes fácticos, reales.

Las dinámicas basadas en conceptos colectivos no son reales, sirven como incentivos y manipulaciones tras las que deben estar instituciones y organizaciones reales e implantadas.

Lo que hoy parece imponerse como real es el nivel de “estatus”, el estado o nivel social, que define oportunidades o expectativas más que niveles económicos, y sobre todo, niveles de autoconciencia, de cultura e identidad comunes, de estilo de vida.

Un concepto que se basa en lo social primero y en el mercado después, antes que en el medio de producción.

La clase no es por lo tanto una estructura o una categoría sino algo que debería ocurrir, manifestarse en la realidad. Pero no lo ha hecho jamás, no ha existido conciencia de clase, que se expresara en términos culturales.

La experiencia cultural de la clase obrera en cuanto tal ha sido marginal y destinada a compensar su falta de poder y de entidad social y cultural. Marginalidad y frustración, y sobre todo imposibilidad de romper el aislamiento de la pequeñez de la vida cotidiana como único horizonte. Las movilizaciones sociales han ocurrido por manipulaciones de élites políticas (partidos, sindicatos...).

La clase obrera sólo puede tener un estilo de vida copiado y rebajado del de otros grupos sociales superiores, hacia los que van dirigidos buena parte de los productos del mercado y de la cultura, o es una degradación clara de ambos.

Otro error de la izquierda ha sido confundir constantemente política y economía, asimilándolas de hecho, lo que le ha llevado a múltiples fallos tanto en el análisis como en la práctica del momento.

La izquierda es hoy un aliado objetivo de todo lo que se presenta como su descendiente y enterrador y que sólo ha heredado su capacidad de manipulación y falta de escrúpulos. El nuevo movimiento de lo “políticamente correcto” es otro fascismo, el verdadero “pensamiento único”, mucho más poderoso que el que dimana de facto de esa “globalización” implantada por las multinacionales.

Pero esta vez no se escuda en la clase obrera, directamente hacen referencia a ellos mismos, a sus protagonistas, los “niños bien” de la clase media, versión hipiosa, y los nuevos fascismos encubiertos: los nacionalismos, a los que revierten los primeros. Ahí están para demostrarlo Croacia, Bosnia y Kósovo, terribles dictaduras nacionalistas, con la colaboración de la izquierda internacional el apoyo de Alemania y la intervención de los Estados Unidos.

O las movilizaciones contra la guerra de Irak o de “Nunca Más”, ambas manipuladas por los nacionalistas con fines políticos propios con la participación de la izquierda como claque inconsciente.

Por otra parte, sectores cada vez más amplios de la clase obrera se ven afectados por los efectos de la globalización (precariedad laboral, inseguridad económica, reducción de servicios sociales, desestructuración del mercado...) caen en una situación de marginalidad social, aunque no sea económica, habitualmente a través del alcoholismo, la drogadicción y la degradación de su entorno y del medio familiar, a lo que están siempre expuestos.

Esa degradación, junto con los múltiples fragmentos sociales y culturales de la clase media, es la muestra palpable de la debilidad del concepto de clase y de la desaparición del principal pilar de la izquierda.

La izquierda, o mejor dicho, sus mafias intelectuales, lograron una legitimidad que en las últimas décadas se ha perdido a pulso: corrupción, claudicación, anquilosamiento, mentira...

Sus presupuestos son falsos y sus soluciones inexistentes. El mundo político, social y económico que le alumbró no existe ya. Es de otra época.

Y su pareja, la derecha, no es que sea “gorila”, reaccionaria, es que ya no es nada, se ha desembarazado de sus parámetros ideológicos y sólo le queda la defensa pura y dura de los vaivenes económicos del sistema. Una labor poco agradecida.

¿Qué otros valores podrá recoger la izquierda que no sean los “blandos” de los “nuevos movimientos” en sustitución de la perdida “clase social”?. Sólo desideologizando los análisis de las situaciones políticas, económicas y sociales obtendremos alternativas viables, y sobre todo humanas a estas situaciones.

La ideología es la parálisis, la puerta al orden irracional e inhumano, al totalitarismo. En una nueva época quizás se esté planteando una nueva forma de actuación política que la izquierda no puede llevar a cabo. Y el nacionalismo no es la solución, es la muerte.