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La casta intelectual (I) : historia de la dominación social oculta

Sacerdotes, escribas, augures, etc… desempeñaron, en el pasado, básicamente la función de “guías”, o mentores morales, de sus respectivas sociedades, y vendrían a ser los antecedentes de lo que posteriormente se ha venido denominado “intelectuales”.

Subordinados siempre al poder, ejercieron como depositarios de la tradición y el orden religioso, lo que redundaba en el mantenimiento del orden social.

Las sucesivas transformaciones sociales conllevan el declinar de la influencia de estos colectivos “organizados”. La difusión de la cultura favorece la influencia social de personajes, ya “seculares”, que actúan como “guías” morales y éticas de las gentes, cuyos “verdaderos” intereses son el “objeto de su dedicación”, y en ello, han sido y son, más radicales que sus predecesores.

Ésta especie es un fenómeno social nuevo: el “intelectual” por antonomasia (por lo menos en Europa).

En contraste con su origen histórico, el anticlericalismo es la fuente de inspiración y de la acción de estos intelectuales (o de la mayor parte de ellos), que “ya no son intérpretes de los dioses sino sus sustitutos”. Sus análisis, guiados por la razón, les permiten aclarar los “males de la Humanidad” y cómo curarlos. Su acción abarca todos los ámbitos, y de su mano, las utopías, soporte de las ideologías, conducen a las grandes aberraciones.

Es un hecho que en los últimos 200 años la influencia de estos intelectuales ha aumentado, e influido, en la evolución del mundo moderno, y también en nuestras actitudes e instituciones.

Evidentemente muchas personas por su formación o profesión son, propiamente, intelectuales, pero no es a ellos a quienes aplicamos, enfáticamente, esta calificación sino a quienes adoptando la actitud de “mentores” (“conciencia”) de la sociedad, se pretenden “espíritus libres” y “aventureros de la mente”; nada más alejado de la realidad.

La función de la clase intelectual

La acción principal del intelectual es la de teorizar la necesidad de la "salvación" del individuo y la sociedad.

El sociólogo Max Weber distingue el tipo de salvación que buscan los intelectuales de la de otras clases sociales; la salvación que el intelectual pretende es la unidad consigo mismo, con los demás (la sociedad) y con el Universo incluso. En la medida en que está basada en una necesidad interna es más ajena a la vida cotidiana real, es más teórica y sistemática. El intelectual transforma el concepto del mundo en el problema de su significado.

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El economista y profesor de la Universidad de Harvard, Joseph Schumpeter fue quien mejor definió a la clase intelectual y describió sus características: “Los intelectuales son gentes que controlan la palabra hablada y escrita, y uno de los rasgos que les distinguen de otros que hacen lo mismo es la ausencia de responsabilidad directa en las cuestiones prácticas. Este rasgo tiende a explicar otro: la ausencia de un conocimiento de primera mano que sólo puede dar la experiencia” (“Capitalismo, socialismo y democracia”, 1942)

De ahí el término “clase charlatana” (chattering class). Se trata de gente que dedica su tiempo y se gana la vida mediante la producción y distribución de ideas y símbolos. No es necesario que sean inteligentes o razonables. Así que resultan extraordinariamente despreciativos de la vida y sufrimientos de los demás.

La intelectualidad es una minoría insignificante pero influyente por su control de la palabra y los símbolos, y sus valores e ideas, se transmiten y dominan, a través de todos los medios: la prensa, el cine, la enseñanza, la literatura y el arte, las revistas, las fundaciones…

Los intelectuales tienen una influencia desproporcionada a su número. Lo que es peor, bien pudiera ser que sus actitudes políticas fuesen permanentes e impenetrables a la argumentación racional. Max Weber sugiere esta idea en sus análisis sobre la psicología de los intelectuales, que concuerda bien con la realidad de los intelectuales del progresismo.

En definitiva, controlan la cultura, que es memoria, y cuya labor fundamental es organizar estructuradamente el mundo que rodea al hombre. Y como la cultura es una interpretación de la realidad, esas interpretaciones están dominadas por la clase media intelectual.

Aunque en el pensamiento de Max Weber no existe una tipología sobre los intelectuales, ciertos estudios que se han acercado a su obra han propuesto algunas clasificaciones. Así, Nora Rabotnikof distingue las siguientes cinco clases: el funcionario, que basa su ejercicio en el conocimiento técnico especializado dentro de una ubicación institucional en la administración y que en general no incide en la toma de decisiones; el técnico-experto, cuya práctica de racionalización no sólo se lleva a cabo a nivel de medios sino que también incide en la decisión; el científico, que tiene una autoridad profesional distinta del poder político, establecida en función de la independencia y autonomía funcional del sistema científico; el polemista, que se dedica a intervenciones públicas basadas en su prestigio personal y profesional y que participa en calidad de maestro o entendido opinando sobre los asuntos de interés general sin tener pretensión de validez científica y, finalmente el intérprete, quien contribuye a la reflexión sobre la autoimagen cultural (“Max Weber: el sentido de la ciencia y la tarea de los intelectuales”, Nora Delia Rabotnikof, 1997)

Lorenz von Stein había afirmado que las Universidades, creadoras de funcionarios, “son escuelas de burócratas”. Burócratas de una inmensa máquina de intereses económicos, políticos, sociales pero sobre todo de poder.

 

Los orígenes religiosos

En la antigua Grecia siempre existió una religión de salvación (soterios) entre las clases intelectuales (incluso antes del ascenso de la secta pitagórica) a través de los ritos (báquicos etc...) el "telete"

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El tirano Pisístrato fue el primero que vio la necesidad de utilizar la reglamentación religiosa como forma de mantenimiento del orden social, ostentada por una casta sacerdotal. Se alejó de los excesos de la religión pública de las bacanales (epifanías y orgías) y concluyó en la formación de un sacerdocio itinerante órfico, rápidamente degenerado en formas de explotación y manejo profano del acceso a la condición sacerdotal y de las actividades que ofrecían, sobre todo a las élites aristocráticas.

Esto fue posible porque no se trataba ya de unos ritos de paso propios de las religiones mistéricas (Eleusis, Dionisos), sino de una forma política basada en un binomio de salvación/condenación estructurada por una cofradía que regula el privilegio de una revelación secreta escritural, hecho inédito en la historia de las religiones antiguas griegas que carecían, según investigadores, de un clero formal (“La religión antigua”, Karl Kerenyi, 1963), (“Religión y sociedad griegas”, Moses Finley, 2004)

Es propiamente el nacimiento de la primera casta intelectual como tal, autónoma y consciente de ella misma y de su papel político.

Sin embargo, en el judaísmo nunca se dio la monopolización de la cultura religiosa por parte de una élite intelectual, como indica Weber. La creciente presencia del fenómeno único de la profecía demostrará la autonomía de ciertas áreas del mundo de las ideas pero que se realiza sin la influencia de los intelectuales.

No obstante ya entonces intelectuales piadosos, como los salmistas, aunque pertenecían en su mayoría a los sectores sociales altos, se consideraban parte de otra clase distinta y diferente de los ricos y poderosos (que no se caracterizaban por su fidelidad a la ley divina). Precisamente frente a ellos se desarrolló un intelectualismo paria y otro pequeño-burgués a través de las escuelas de escribas que hicieron que las élites sociales sustituyeran las profecías por el culto a la fidelidad a la ley y su estudio en los textos sagrados (“Sociología de la religión”, Max Weber, 2012)

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En los politeísmos, producto de la individualización de las diversas características de un dios monoteísta precedente, se desarrollará una casta sacerdotal fija y adherida al poder en un proceso simbiótico de legitimación, caso del antiguo Egipto. La restauración posterior del monoteísmo se dará en una lucha contra esas castas (Akenathon, Moisés) o el ascenso de una casta externa e inferior (levitas)(“El monoteísmo primitivo y el origen del politeísmo”, Arthur C. Custance, 1968)

Se trata de una serie de luchas en el campo de las ideas entre diversas facciones que ya prefiguraban las posteriores en el desarrollo de la clase intelectual y con consecuencias imprevisibles.

Weber considera que el cristianismo desarrolló al extremo este anti-intelectualismo heredado del judaísmo, que llega a proclamar incluso que los intelectuales eran “pobres de espíritu”. En términos generales se cree que el dominio intelectual del mundo aleja al creyente de Dios y que es más probable que sean otros grupos, como los niños y los pobres, los que logren recibir el carisma divino.

De ahí la desvinculación total del cristianismo respecto de cualquier forma de organización política concreta: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. El protestantismo rompió esta división, politizando de modo directo la religión, como el Islam.

Lo que todo ello nos revela es el carácter de casta social de los estratos intelectuales, su relación y diferenciación con las clases altas y su oposición a las bajas.

La historia de las religiones, incluidas las europeas occidentales, están atravesadas por los vaivenes entre los sacerdotes y los sucesivos profetas, místicos y sectarios en una verdadera lucha de castas. De ellas surgiría, posteriormente, la intelectualidad laica.

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En la Edad Media el saber estuvo concentrado en el clero, tras la derrota de la civilización, a causa de las invasiones de los pueblos bárbaros de origen germánico. El intelectual de la época era simplemente un experto en un arte o una ciencia que vendía su saber, casi siempre de modo servil, subordinado. Esos intelectuales fueron simples reproductores o reelaboradores de la cultura clásica recuperada y considerada base de todo saber.

Es en el siglo XVIII cuando el intelectual se hizo necesario, en el centro del poder, para fundamentarlo, con motivo de los cambios políticos y culturales promovidos por la Ilustración. Una verdadera alianza entre “sabios” y políticos que prefigura la de la intelectualidad moderna, creando un espacio social para ellos como verdaderos gestores de la cultura. (“Estudios de la historia del pensamiento español, siglo XVIII”, J.A. Maravall, 1991)

 

Siglo XIX: intelectuales contra la clase obrera

Diversas iniciativas institucionales y privadas luchan a mediados del siglo XIX por implantar leyes y normas de comportamiento en las clases populares urbanas basadas en las de la clase media. Aunque los usos sociales públicos mejoraron, no aumentó la religiosidad, sobriedad, o ahorro, entre la clase obrera. Tampoco eliminó el juego o la asistencia al vodevil. Pero era la cultura de una sociedad obrera estable y conservadora. “Una cultura de la clase obrera que tenía un carácter predominantemente conservador, una cultura cuyo centro no eran los sindicatos y las mutualidades, las cooperativas, la propaganda sobre la templanza y la política (incluido el socialismo), sino el placer, la diversión, la hospitalidad y el deporte” (“Life and labour of the people in London”, C. Booth, 1902)

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La cultura de ambos (intelectuales-clases populares) se define en base al enfrentamiento y negación de la otra. Y las facciones políticas vivaquearon en ellas sin resultados inmediatos. Lo lograrían en el turbulento siglo XX.

De hecho los motivos de los trabajadores para apoyar posiciones radicales, o socialistas, eran casi siempre sectoriales laborales. Lo que se dio fue una reacción cultural endogámica y conservadora a cambios como el aumento de salarios, la reducción del tiempo de trabajo, la caída de los precios, la moralización pública, la escolarización, la decadencia industrial urbana, el paro intermitente, el trabajo domiciliario, la desintegración del artesanado y la semiespecialización laboral.

Y aparecieron formas políticas que van más allá de lo público (infrapolítica) y no se encuadran en la estructura ideológica de izquierda o sindical, sino en la vida cotidiana, conformándose en una verdadera cultura “plebeya” que además pugna por generalizarse y legitimarse al margen y contra esas manipulaciones de la clase media, sean conservadoras o progresistas.

El marxismo ha negado de manera mucho más explícita que los intelectuales radicales, progresistas o socialdemócratas, la autonomía de la cultura de clase. La base de los análisis marxistas en su negación de la cultura obrera y su manipulación política es la conocida frase de Lenin: “En la medida en que una cultura es obrera no es cultura, en la medida en que es cultura no es obrera” (“Sobre arte y cultura”, León Trotsky, 1971)

 

El intelectual revolucionario

Uno de los efectos insanos de la Ilustración es precisamente la aparición del agitador profesional, que en la Revolución Francesa será sobre todo abogado. Alejado de los intereses de la nobleza y de la ascendente burguesía urbana, se encuentra cerca de la cotidianidad popular, pero sin pertenecer a ella. Manipula a las clases populares y a los radicales económicos, pero su objetivo es el poder y la utopía a través de la eliminación física de enemigos y resistentes.

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El moderno intelectual surge a finales del siglo XIX, con la aparición de la carta pidiendo la revisión de la sentencia del caso del oficial judío Alfred Dreyfus por parte de un grupo de catedráticos, estudiantes y profesionales liberales en París liderados por Emile Zola. Los intelectuales opuestos a ellos, conservadores, no tendrán sus mismas características de elitismo, mesianismo y arrogancia moralista.

El intelectual laico no es el intérprete de los dioses como los sacerdotes, sino que se erigen ellos mismos como sustitutos de los mismos dioses, en mesías, generando las utopías y estructurando las ideologías que ensangrentarán y tiranizarán todo el siglo XX en verdaderos procesos de ingeniería social. De ahí el odio visceral a la religión y a la iglesia, especialmente a la más estructurada, la católica. El marxismo es definido como “una nueva religión” precisamente por sus características de fe, fanatismo y mesianismo, que se prolonga más allá de su fracaso absoluto.

El paradigma de estas ideologías es el comunismo, que ha matado a 100 millones de personas en el mundo. Sus aberraciones fueron predecidas por escritores como Fedor Dostoievski en su obra “Los demonios”.

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El liberalismo en ascenso fue exclusivamente intelectual, propio de un combate de élites y al margen de las masas populares, más cercanas a la protección que les brindaban los derechos comunales del Antiguo Régimen que de la exaltación del mercado de los intelectuales liberales.

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En cuanto a la agitación de los extremistas socialistas tendrá su culminación en 1917 con el golpe de Estado bolchevique en Rusia, partido formado por intelectuales de la clase media (Lenin, Troski, Kamenev, Zinoiev, que jamás trabajaron, como Marx y Engels, fundadores de la ideología comunista) o incluso de la nobleza, como otras corrientes: anarquistas (Bakunin, Kropotkin, Proudhon, nobles) y socialrevolucionarios (Kerenski, Gotz, de clase media).

Años antes, en 1905, el socialista polaco Machajski escribió en “El obrero intelectual” que la socialización de los medios de producción por la élite intelectual socialista sólo instauraría una nueva forma de explotación de la clase obrera dirigida por estos intelectuales al ocupar el poder, un totalitarismo sin propiedad privada. Argumentó que el saber es un medio de producción también y por lo tanto la clase intelectual es una clase explotadora. (“La ciencia socialista, religión de intelectuales”, Jan Vaclav Majaiski, 1905)

El socialismo no es la rebelión de los esclavos contra la sociedad que los despoja, son las quejas y los planes de rapacería pequeña del intelectual humillado pero que está comenzando a tener parte del control y le disputa al patrón sus beneficios extraídos de la explotación de los obreros” (“La conspiración obrera”, Jan Vaclav Majaiski, 1908)

La “dialéctica negativa” de la Ilustración de la que hablaban los teóricos marxistas heterodoxos Adorno y Horkheimer (“Dialéctica de la Ilustración”, 1998”), generadora de las aberraciones totalitarias del comunismo, el fascismo y el nacionalismo, por exceso de racionalización, es en realidad el producto del dominio de las utopías de la casta intelectual revolucionaria. Primero de los "filósofos" y en el siglo XX de los "ideólogos".

 

 

La casta para sí misma

Tras la II Guerra Mundial, en Europa, se creó un periodo de prosperidad que alcanza a la clase obrera y su capacidad de consumo. A finales de los años 60, los hijos de esta bonanza económica, atrincherados en las mejores universidades, se lanzan a luchar por su utopía, alejada de una clase obrera, ya no modélica en su miseria, sino “colaboradora” del régimen capitalista y del consumismo. Como intelectuales privilegiados controlan el mundo de la cultura y arremeten contra los restos de clasicismo que quedan con las vanguardias artísticas de entreguerras.

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Esta cultura antagónica ha llegado a dominar el orden cultural, y es por esto por lo que los hierofantes de la cultura… ahora dominan al público, en vez de ocurrir a la inversa. En verdad, los adherentes a esta cultura antagónica son suficientemente numerosos como para formar una clase cultural distinta” (“Las contradicciones culturales del capitalismo”, Daniel Bell, 1976)

Abandonando la excusa de defender a la clase obrera, crean un “nuevo sujeto social” que en realidad son ellos mismos: un “obrero social”, un “proletariado intelectual socializado” que se lanzará a la conquista del poder incluso a través del terrorismo. Son los años del plomo, conducidos como el nuevo pueblo elegido por profesores como Jean-Paul Sastre, Louis Althusser, Toni Negri, Mario Tronti o Franco Piperno.

Para el trabajador, así pues, ya no es cuestión ni de liberarse en el seno del trabajo, ni de adueñarse del trabajo, ni de conquistar el poder en el contexto de este trabajo. A partir de ahora de lo que se trata es de liberarse del trabajo rechazando simultáneamente su naturaleza, contenido, necesidad y modalidades. Pero rechazar el trabajo es también rechazar la estrategia tradicional del movimiento obrero y sus formas de organización: ya no se trata de conquistar el poder en tanto que trabajador como de conquistar el poder de no funcionar ya como trabajador. Ya no se trata, en el fondo, ni siquiera del mismo poder. La clase como tal ha entrado en crisis”. (“Adiós a la clase obrera”, André Gorz, 1980).

Rechazo del trabajo, del trabajador, de la sociedad, en favor de los nuevos marginales, los niños-bien de la clase media, forjados y acaudillados por su casta intelectual. Lo expresará Negri en su obra de 1974 “Partido obrero contra el trabajo”: “La restauración teórica del rechazo del trabajo en el programa, la táctica y la estrategia de los comunistas”.

Entonces se irá estructurando el nuevo movimiento de lo “políticamente correcto”, otro fascismo, un “pensamiento único” opresivo apuntalado por los “nuevos movimientos sociales”, a la cabeza los ecologistas y las feminazis, que se implantará a medida que avance el declive del comunismo real.

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Son ya grupos de intereses desvinculados de la jerarquía social generada por el mundo del trabajo, con calificaciones educativas que no tienen lugar en un mercado laboral reestructurado por las diversas crisis y muchas veces de orígenes nada marginales económicamente. “El obrero social descubre la relación social como fundación autónoma. La definición del obrero social es la definición de un acto político que funda una relación política independiente... El único hilo rojo que recorre esta constitución es el político, la autonomía de lo político” (“Las políticas de la subversión. Fin de siglo”, Toni Negri, 1992)

La palabra clave que se repite es “autonomía”, autonomía con respecto a la clase obrera al fin

En “La revuelta de la burguesía asalariada” Slavoj Zizek caracteriza la fase actual de la estructura económica como “la transformación gradual del beneficio generado por la explotación del trabajo en rentas apropiadas a través de la privatización del conocimiento”. Esa “burguesía” característica del capitalismo de la información repartiría esas rentas a través de un “salario de plusvalor… que no existe por razones económicas sino políticas; para mantener una clase media estabilizadora”.

Los sectores más bajos, más jóvenes de esta clase media, aspirarían a participar de ese salario-plusvalor, de esas rentas características, por eso “aunque sus protestas se dirijan nominalmente contra la brutal lógica de los mercados, son en realidad protestas contra la erosión gradual de su (políticamente) privilegiado lugar económico”.

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La noción de salario excedente también arroja nueva luz sobre las continuas protestas “anti-capitalistas”. En épocas de crisis, los candidatos obvios para “ajustarse el cinturón” son los niveles más bajos de la burguesía asalariada: la protesta política es su único recurso si han de evitar unirse al proletariado. Aunque sus protestas están nominalmente dirigidas contra la lógica brutal del mercado, de hecho están protestando contra la erosión gradual de su posición económica (políticamente) privilegiada. En -La rebelión de Atlas-, Ayn Rand fantasea con capitalistas “creativos” en huelga, una fantasía que encuentra su realización perversa en las huelgas actuales, la mayoría de las cuales son llevadas a cabo por una “burguesía asalariada” impulsada por el miedo a perder su salario excedente.

Estas no son protestas proletarias, sino protestas contra la amenaza de ser reducidos a proletarios. ¿Quién se atreve a hacer huelga hoy, cuando tener un trabajo permanente es en sí mismo un privilegio? No los trabajadores mal pagados en (lo que queda de) la industria textil, etc., sino los trabajadores privilegiados que tienen trabajos garantizados (profesores, empleados del transporte público, policías). Esto también da cuenta de la ola de protestas estudiantiles: su principal motivación, puede argüirse, es el miedo de que la educación superior ya no les garantice un salario excedente en el futuro…

Por otro lado, la protesta no movilizó realmente a los trabajadores pobres y a los campesinos (Egipto) y la victoria electoral de los islamistas hace evidente la estrecha base social de la protesta secular original. Grecia es un caso especial: en las últimas décadas se creó una nueva burguesía asalariada (especialmente en la sobredimensionada administración pública) gracias a la ayuda financiera de la UE, y las protestas estuvieron motivadas en gran medida por la amenaza de un fin a todo esto"

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Es interesante que Zizek sea el nuevo icono de la izquierda alternativa y que lo que él llama de forma pomposamente marxista “burguesía asalariada” sea en realidad el sector intelectual de la clase media, mayormente “pijo-progres”. Por otra parte, no define nada distinto de lo que fueron las revueltas de Mayo del 68 o de Italia-77.

Porque cuando hoy hablamos de intelectuales, de clase intelectual, hablamos prácticamente sólo de los llamados “progresistas”, los que han apoyado y apoyan cualquier régimen o movimiento calificado como tal, sea el cubano, los tercermundistas, los islámicos… Las intelectualidad conservadora, liberal o simplemente democrática no se considera tal por los nuevos popes de las universidades y redacciones de prensa y televisión. Es la nueva dictadura “políticamente correcta” de los progresistas, apoyados por todo tipo de minorías totalitarias (ecologistas, feminazis, maricas, islámicos…) que se lanzan al control directo del poder, una vez más.

La casta intelectual que se hace hegemónica en el campo cultural y político es la generadora de ideologías y utopías y medra en universidades y medios de comunicación donde recluta a sus huestes y herederos. Una verdadera tiranía de las ideas en alianza con los medios de reproducción de estas.

Tal y como lo ha expresado Owen Jones, el periodista izquierdista autor de “Chavs. La demonización de la clase obrera”:

Los medios están dominados por periodistas de procedencia privilegiada que nunca se han mezclado con personas menos acomodadas: ese es el porqué de la caída de los periódicos locales, de la proliferación de prácticas no remuneradas que sólo personas con dinero pueden permitirse realizar y de la creciente necesidad de caros estudios de postgrado en el periodismo profesional. Los medios de comunicación eliminan del foco la existencia de la clase trabajadora real, promoviendo en su lugar la idea de que todos somos de clase media a excepción de una problemática rémora de la vieja clase trabajadora.

 

Las herramientas ideológicas

Esa "burguesía asalariada", cuando se ve en peligro de descenso social, se adhiere rápidamente a las utopías sociales al uso. En los años 20 del siglo XX, al comunismo y socialismo, en los años 30 a los fascismos.

Es esta casta la que finalmente se hace con la hegemonía en todos los campos, y sólo le resta el ejercicio práctico del poder político en las democracias occidentales, para instaurar sus utopías de represión y miseria, ahora bajo las banderas del populismo, del radicalismo, del islamismo, de la corrección política, del progresismo y del separatismo. Para ello intenta impedir por ley la crítica a todos ellos. Su meta es la dominación, política y cultural, total.

Cuando lo logra implanta formas de control y censura que ocultan su dominio y sobre todo las diferencias sociales que establecen a su favor, parapetadas tras la fraseología obrerista, buenista o humanista.

Para ello transforman los tabúes en mitos, como la sexualidad, la libertad o la igualdad, y a continuación establecen una nueva catarata de prohibiciones y permisividades controladas por sus ideologías.

La diferencia entre su orden y su realidad moral es palpable. Marx no trabajó jamás y dejó preñada a una criada, cuyo hijo fue adoptado por Engels para evitar que se enterara la mujer de su amigo. Lenin tuvo una amante y proclamó siempre la amoralidad en política, como Pablo Iglesias. Trosky no tuvo escrúpulos en aplastar la rebelión obrera socialista de Kronstad, etc.

En lo político los intelectuales implantan la ideología de lo políticamente correcto como una nueva censura y nueva ideología dominante, se alían contra natura con los islamistas porque les interesa a los nuevos grupos de poder económico que financian las falsas revoluciones democráticas en países no alineados, apoya a todos los movimientos que supongan división y disgregación como los separatismos y se integra rápidamente en los entramados de corrupción de las instituciones que conquista.

El intelectual es siempre orgánico, en diversos grados, está en una permanente interacción con el poder, y su meta es siempre dominar a la sociedad y controlar a los trabajadores.

El propio Karl Popper, intelectual liberal autor de “La Sociedad Abierta” dijo en una entrevista al diario argentino “La Nación”, el 08-07-90: “Nosotros los intelectuales hemos hecho cosas atroces, somos un gran peligro. Nos figuramos muchas cosas, y no sabemos lo poco que sabemos. Y nosotros los intelectuales no somos únicamente presuntuosos, sino que somos también corruptibles. No me refiero solamente con dinero, sino también corruptibles respecto de la consideración, el poder, la influencia y demás… Espero que para los intelectuales sea moderno alguna vez el ejercicio de la modestia.

 

España: élites, no en el sentido de excelencia, sino de exclusividad y oportunismo.

En España el proceso de formación de esas élites políticas e intelectuales y su evolución ideológica no difieren de lo expuesto. Sí podríamos añadir un hecho singular característico: la hispanofobia, antiespañolismo, que siendo de rigor en la progresía, cruza a casi todas las élites. En el último medio siglo, el reajuste social, con el cambio de régimen, ha sido muy rápido y ha hecho muy visibles todas las maniobras e imposturas de las castas.

Cuando el general Franco murió pensó que dejaba una España estable por la existencia de una clase media formada al calor del desarrollismo económico y que administraba el Estado y la economía a través de una casta de tecnócratas asépticos políticamente. Una utopía conservadora apolítica y pacífica.

No hay mayor error. Es precisamente esa clase media la que genera las élites revolucionarias que pretenden asaltar el Estado. Los socialistas de finales del siglo XIX, los comunistas y anarquistas de principios del XX, los estudiantes de mayo del 68, los de Italia del 77, los postmodernos de los 90 y los podemitas de ahora.

Cuando Franco muere, existe toda una caterva de periodistas, intelectuales y profesionales liberales listos para ocupar el poder. Unos forman parte del régimen y estructuran partidos conservadores como AP y la UCD de Suárez el ambicioso. Otros forman en el PSOE o el PCE y en los minúsculos grupos de la extrema-izquierda, intercambiándose constantemente.

Todos juntos forman una nueva élite que va a asaltar todos los resortes de poder políticos, sociales y económicos en todas las áreas en las que se encuentra y allí va a estructurar las bases ideológicas de lo que será el sistema oligárquico español llamado por ellos democracia, en realidad una partitocracia cuya casta controla medios e instituciones.

Estructuraron la aberración autonómica, inviable y ruinosa, y entregaron la economía al imperialismo alemán llamado Unión Europea.

Ahora es fácil criticar a las autonomías o la corrupción, pero durante muchas décadas esto fue el oasis y el que estaba fuera no existía y era silenciado o acosado. Todos los miembros de las castas se protegían y robaban a placer, creando en sus diversos feudos la ley del silencio a través de sus funcionarios o de los sicarios del partido.

Ahora que se acaba el dinero empieza a resquebrajarse el sistema y los lobos se devoran entre sí, emprendiendo diversas aventuras autodestructivas y letales para el sistema del que viven, torpedeándolo desde dentro.

Eso es Podemos, el ascenso de la CUP o Bildu, las ventajas dadas al islamismo asesino, el proceso separatista catalán de Mas, testaferro de los corruptísimos Pujol, la deriva radical del PSOE o el tancredismo del PP de Rajoy. El sistema se hunde y las ratas caen en el terror. Una oportunidad para los demás.

 

 

Apéndices

 

Si bien los “intelectuales” progresistas son una minoría ( ya que los “conservadores” no están considerados por las instituciones “de la cultura” como parte de la élite intelectual), los medios han dado una gran difusión a sus creaciones ideológicas, y ello les ha hecho influyentes, e incluso algunos, han alcanzado la celebridad.

Como agitadores profesionales, dado su prestigio, y control, en el mundo de la cultura, son elementos necesarios a la facción política a que sirven, esté o no en el poder, en la materialización de los procesos de “ingeniería social”, en la conformación de lo “políticamente correcto”, y del “pensamiento único”, es decir son oficiantes de la nueva “tiranía de las ideas”, valedores de los “Nuevos Movimientos Sociales” y cimientos del nuevo totalitarismo.

Un aspecto importante a constatar, es el de la incoherencia entre su prédica, el orden moral que pretenden, y su realidad vital; cuestión importante si hay que aceptar su acreditación como guías morales de la sociedad. Porque en la mayor parte de los casos (o por lo menos en casi todos entre los más importantes e influyentes) se trata de personajes sobremanera egoístas y engreídos.

Podemos afirmar que: en general no son ni mentores ni ejemplares.

Esta condición, por sí sola, sería suficiente para su desprestigio y derrocamiento del pedestal social que ocupan.

En este marco citaremos como modelos a unos pocos: J.J. Rousseau: el gran intelectual moderno, el “primero”, el paradigma, el más influyente, reconocido como el “maestro de la Humanidad”, pero sin olvidar a Marx, el más influyente en los tiempos modernos,… Brecht, Sartre, Russell y tantos otros.

Todos ellos aman a la Humanidad, pero son despiadados y con frecuencia crueles con el individuo concreto, al que parecen odiar.

Hasta cierto punto, esta “especie” social, ésta élite, ha obtenido un cierto descrédito.

 

 

 

Jean-Jacques Rousseau

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Nació en Ginebra, era calvinista. Su familia sin ser prominente estaba bien situada; es decir no padeció estrecheces. Siempre fue muy conservador...de “lo suyo”, consciente de su superior estatus socia, y el consiguiente desprecio hacia los inferiores. Idea que cuidó de no plasmar en sus escritos públicos.

Empezó a ejercer de intelectual tardíamente (a los 39 años, no habiendo sido capaz de ejercer oficio alguno, viviendo a expensas de los demás –generalmente mujeres-).

Autoerigido como guía moral de la sociedad, afirmaba su amor ardiente por la verdad, la justicia, la Humanidad, el odio a la crueldad, al vicio, a los privilegiados explotadores –de hecho fue el primer “indignado”- y se veía campeón de la virtud, etc...

La realidad de su vida y de sus anhelos íntimos, que se han conocido fehacientemente a través de cartas –emitidas y recibidas-, escritos no públicos, correspondencia y comunicaciones entre personas que le trataron (sufrieron) o que tuvieron relación con él, es exactamente lo contrario en grado sumo.

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Inició su falso apostolado convirtiéndose al catolicismo para ganar el favor de Mme. François Louise de Warens (de Annecy) y vivió (muy bien) a sus expensas y amancebamiento durante 14 años. En lo sucesivo, y hasta el final de su vida siguió explotando a sus numerosas amantes, sin que se le hayan conocido signos de afecto o al menos de agradecimiento hacia ninguna de ellas.

Deseaba intensamente triunfar y ser aceptado en “sociedad”, objetivo que le era difícil conseguir dadas sus deficiencias personales (comportamiento que ya empezaba a ser conocido como: vil, grosero, insolente y arrogante), de ahí la necesidad de seducir a mujeres introducidas.

A esta finalidad y atendiendo a sus intereses puramente lucrativos, volvió a convertirse al calvinismo para tratar de situarse nuevamente en la sociedad ginebrina.

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De sus actividades mujeriegas tuvo 5 hijos, a los que, tras negarse las madres a abortar, abandonó en el Hôpital des Enfants Trouvés, sin ningún dato, ni nombre, ni fecha de nacimiento. Jamás se interesó, ni vio, a ninguno de ellos.

Hacia los años 1740 – 1750 había empezado a crecer el poder y admiración de los “intelectuales” entre las oligarquías del Antiguo Régimen; se pusieron de moda.

A partir de ese momento empezó a propagar su biografía, falsa, de incontables sufrimientos en la que expresaba su pobrísimo origen, su miseria y padecimientos físicos víctima de crueles enfermedades, con la finalidad de obtener la piedad y favores de los ricos, si bien la farsa incluía gestos de indignación hacia el donante.

Tenía un resentimiento intenso hacia sus benefactores a los que posteriormente, una vez explotados, menospreciaba y denigraba públicamente.

Todas estas falsificaciones y fantasías de brocha gorda están demostradas, documentadas y hechas públicas (algunas incluso en vida).

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Cuando empezó a tener éxito (ganó bastante dinero aunque siguió con sus prácticas parasitarias) no fue gracias a su obra cumbre “El contrato social” que pasó prácticamente desapercibido hasta después de su muerte, sino por sus novelas que podríamos considerar, para aquella época casi pornográficas, y podrían ser embriones del feminismo (La nueva Eloisa, Cartas de dos amantes, Emilia, Clarisa, etc…).

Fue el primer intelectual que supo explotar eficientemente el sentimiento de culpa de los privilegiados.

Con el éxito, acentuó su rudeza, su suciedad, su vestir aparentemente desaliñado y la mala educación. Parece que eso gustaba a aquellas clases altas.

El conjunto de calificaciones que ya en su tiempo se le aplicaron fue: egoísta, egocentrista, victimismo exagerado, vanidad, arrogante superioridad moral sobre los demás, desprecio hacia los inferiores, ingrato, cruel, hipócrita, farsante.

Un dechado de virtudes que no fue obstáculo para que numerosas mujeres aceptaran ser vejadas por este personaje.

Su obra póstuma “Las confesiones”, no es tal, no desvela la falsedad de su vida, aunque lo parece, son solo medias verdades seleccionadas para, subrepticiamente, mantener su mito, que han acrecentado sus apologistas aferrándose a esta obra y negándose a aceptar su falsedad.

Se ha denunciado que el “pensamiento” político que se deriva de su obra revela un proyecto completamente totalitario pues conduce a la alienación del yo y su sumisión total al estado. Y también se ha querido ver en su concepto de la “voluntad general” el fundamento del “centralismo democrático” leninista.

 

 

 

Bertold Brecht

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Su origen familiar no fue “proletario”, sino de clase media muy bien asentada. Se conoce poco de su infancia y juventud, pues ni él ni el PC han favorecido escudriñar en su vida. Sí se sabe que profesó un gran desprecio hacia sus padres.

Todo lo que se ha podido constatar de su biografía está falsificado tanto por él mismo como por el PC (pej: sus “dramáticas” e inventadas experiencias en la Gran Guerra, etc…).

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Bajo la excusa de la “integridad artística” utilizó, acertadamente, el teatro como vehículo muy eficaz para el “agit-prop” al servicio del proletariado, es decir del PC, pero sobre todo de sus intereses personales y de su excelente nivel de vida; en esa época solía disfrazarse de proletario, con ropas viejas, aunque dicen que utilizaba lujosas prendas de seda debajo.

Su sometimiento al PC conoció desencuentros cuando su interés entraba en conflicto: se negó a participar en la guerra de España. Eso no reportaba beneficios.

Con el ascenso del nazismo, se fue desplazando de país en país, hasta dar en ¡USA! (Hollywood) donde fracasó su teatro. Pero su actitud ante el comité de actividades antiamericanas, donde otros artistas no ocultaron su pertenencia al PC, fue rastrera abjurando de tal filiación.

El resto de su vida fue una sucesión de mentiras y falsificaciones al servicio de su egoísmo voraz y a alimentar su egocentrismo obsesivo en USA y en Europa (la URSS no resultaba tan remuneradora y la evitaba).

Fruto de sus maniobras obtuvo lo que quería: pasaporte austríaco, subvención de la RDA, editor de la RFA, y cuenta en Suiza.

Así logró llevar a cabo sus costosas producciones y caprichos teatrales extravagantes nunca vistos anteriormente (colaborando ¡cómo no! con Picasso). Los “intelectuales” del momento cayeron en su “hechizo” maniobrando enrevesadamente para conseguir que en las más prestigiosas universidades de USA, se hiciesen tesis sobre él.

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Supo perseguir sus objetivos manteniendo una actitud servil hacia el PC.

Reclamándose servidor del proletariado (al que desconocía por completo) encubría su permanente afán por incrustarse en las elites y mantenerse en ellas (máximo funcionario teatral de la ultra estalinista RDA). La sumisión le permitió vivir en magníficos apartamentos y adquirir una soberbia finca (incautada) en Buckow (cínicamente la llamaba “la casita del jardinero”). También obtuvo el Premio Stalin, cuyo monto fue a parar a su cuenta en Suiza. A cambio no manifestó ninguna protesta por las purgas, y siempre acusó a otros intelectuales de hacer lo mismo que él hacía.

El test supremo puede establecerse cuando, ante las oleadas de protesta populares, debido al fracaso económico de la RDA, Brecht prodigó vergonzosas cartas de apoyo al régimen y montó una fuerte campaña propagandística en el Oeste acusando del descontento a organizaciones fascistas, y reclamando la intervención de las tropas soviéticas.

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En cuanto a su vida “familiar” fue un mujeriego (para variar), con un comportamiento indecente (alardeaba de corromper a jovencitas católicas), sucio y aparentemente descuidado, resultó atractivo para ciertas mujeres (decía que regentaba “rebaños de mujeres”). Tuvo hijos con varias de ellas, de los que trató de deshacerse, y nunca los vio ni conoció. Jamás le preocupó los perjuicios que las ocasionó; no eran más que objetos de usar y tirar. Los destinos de varias de ellas fueron trágicos pero a él le resultó indiferente.

“Incansable luchador por los derechos de los pueblos” nunca se ocupó de los seres más próximos, a los que explotó a fondo.

Brecht tuvo la necesidad permanente de explotar a alguien, fundamentalmente las mujeres que tanto le sirvieron, su comportamiento con quienes le dieron soporte fue cruel y denigratorio, su vida está llena de anécdotas relativas a su crueldad y jamás expresó el menor arrepentimiento.

El tipo de “intelectual” que él “creó” había de ser: duro, arisco, sin empatía, cínico, gángster, e inclinado a la violencia.

Siguiendo a Lenin: “uno tiene que ser despiadado con el individuo, para servir al colectivo”.

No está mal la excusa y el argumento de autoridad.

 

 

 

Bertrand Russell

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Origen familiar aristocrático. Falleció a los 100 años, por lo que gozó de un dilatado período de “influencia”.

Brillante, abarcó y escribió sobre todos los temas, aunque los que más frecuentemente abordó fueron la anti-religiosidad, la guerra y la paz.

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Inicialmente defendía que el populacho no debía acceder al conocimiento, aunque posteriormente se dedicó a predicar lo que el pueblo (que él desconocía por completo) debía creer y hacer.

Profesaba que los males de la Humanidad podían resolverse si la gente utilizara la razón y la moderación en lugar de las emociones y los extremismos. Esa doctrina jamás la aplicó a sí mismo. En general rechazó las reglas sociales de la convivencia excepto cuando le eran favorables.

Detestaba la guerra, aunque frecuentemente abandonó esa postura. Típicamente, para él habían unas guerras que “no”, y otras que “si”.

Durante unos años (hasta 1950) abogaba por que los USA mantuvieran la paz en el mundo, después por que lanzaran un ataque preventivo y devastador sobre Rusia (fue su época: “mejor muertos que rojos”).

A mitad de la década de los 50 cambió de opinión, se descubrió enemigo de las armas nucleares y presidió un “comité” para el desarme nuclear, organizó manifestaciones pacifistas y movimientos que invariable y contradictoriamente, se volvían violentas. Ya no hablaba de la racionalidad, la moderación y el equilibrio.

En principio había odiado tanto más a los soviéticos que a los nazis, y finalmente odiaba a todos. El anti-sovietismo dejó paso al anti-USA.

Había mentido acerca de los excesos de los alemanes en Bélgica igual que mintió con los ficticios excesos de USA en Vietnam, lo que culminó con el Tribunal de Crímenes de Guerra (1966-1967) para el que fichó a otros intelectuales (Sartre p.ej.). No era un verdadero tribunal en ningún aspecto sino un podio para la propaganda. En esa década de los años 60 se había lanzado, con su Fundación por la Paz, a un activismo propagandístico totalmente enloquecido y disparatado que no tuvo ningún eco salvo en entornos muy limitados, y que redundó en su completo descrédito. Buscaba frecuentemente choques con la autoridad para ser arrestado, gesto propagandístico que casi nunca tuvo éxito.

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Pero lo importante es que esa fundación fue una auténtica máquina de captación de fondos, con lo que aún se enriqueció más e hizo compatible el mundo del progresismo con el de los privilegios, la riqueza y la distinción social.

En otro orden de ideas predicó la libertad sexual, el amor libre y la emancipación femenina: el feminismo a ultranza. Pero tampoco esta prédica se correspondió con su comportamiento real: abusivo, agresivo, desleal, infiel, liante…crápula. Su feminismo no pasó de ser nada más que una farsa pública; su pensamiento íntimo era el opuesto.

Su vida familiar fue extraordinariamente turbulenta, llena de escándalos y mentiras. Numerosas mujeres cruzan su vida, todas resultaron engañadas; tuvo dos hijos, a los que, padre amantísimo, abandonó.

Sus finas percepciones anunciaron la destrucción de América (donde ganaba mucho dinero) y el fin del capitalismo (esto es la revolución mundial).

Nunca dejó de ser un aristócrata intelectual.

Ejemplar y coherente en todo.

 

 

 

Jean Paul Sartre

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Hijo único, mimado, de la alta clase media de provincias. Recibió una exquisita educación que resultó en un filósofo profesional.

Fue creador del Existencialismo como forma de filosofía más popular, cuya difusión realizó a través de sus obras de teatro y de novelas y obtuvo gran éxito en las circunstancias excepcionales de los años 1944-1950.

Al igual que muchos otros intelectuales también falsificó el relato de su infancia y juventud.

Puede afirmarse, contemplando el conjunto de su vida, que fue un “rebelde sin causa”.

En los convulsos años antes de la guerra estuvo sin adscribirse a ningún partido; el ascenso de Hitler le fue indiferente así como la guerra civil española y el exterminio de judíos, que nunca mencionó. Después pretendió lo contrario.

Su mundo era, y siempre lo fue, el de los jóvenes estudiantes de los que se erigió en su líder espiritual, y por eso pronto adoptó el “uniforme” de intelectual.

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La guerra fue una gran oportunidad dada su carencia de vínculos políticos –estaba limpio- y así sus trabajos durante la ocupación fueron muy bien recibidos por los académicos nazis, es decir que en el terreno cultural fue prácticamente un colaboracionista (Malraux, luego, le censuró muy ásperamente).

Y de hecho la pasó muy bien, fue un gran tiempo, como explica Simone de Beauvoir en sus memorias, porque, entre otras situaciones, debido al toque de queda, las juergas y francachelas con otros “intelectuales” (por supuesto, presentadas bajo otro decorado), duraban toda la noche.

Pero a la vez, lo “progre” era ser “resistente” y se da la paradoja de que en la filosofía existencialista lo que cuentan son las acciones, no las palabras, y al respecto, él lo único que hizo fue escribir “para sí”; nunca actuó. Así se ganó el desprecio de quienes sí se comprometieron.

El inusitado éxito, al acabar la guerra, le dio notoriedad y publicidad en Occidente pero no en la URSS que lo rechazó.

Para ese tiempo, Simone de Beauvoir –personaje permanente, e inevitable, al hablar de Sartre- ya había superado la fase de amante y oficiaba de esclava (hasta el fin) para todo tipo de servicios y colaboraba en sus numerosas “infidelidades” en uno de los peores casos de explotación y sumisión a un machista extremo… y ella era… ¡feminista!, la “Reina Madre” de la izquierda intelectual (finalmente “defenestrada”). Las mujeres para él eran (según propias declaraciones): conquista, posesión, subyugación y expulsión, actitud que suavizaba o disimulaba con grandes dosis de hipocresía y la necesaria colaboración de Simone. En suma era un mujeriego que aprovechaba su posición de profesor para “seducir” a sus jóvenes alumnas (la lista es enorme).

Fue un bebedor empedernido y adicto a los estimulantes (anfetaminas etc…) que le eran necesarios para escribir incansablemente; pero la realidad es que casi todo lo escrito carecía de valor.

Su egocentrismo también era extremo, no soportaba a otros intelectuales de su mismo nivel ya que frecuentemente le rebatían sin contemplaciones. Su reino eran sus estudiantes afectos, porque vivía completamente al margen de la realidad de la gente.

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Su “actuación” política es un cúmulo de despropósitos incoherentes. Siendo su “filosofía” individualista, no podía ser marxista (ni comunista); pese a ello se unió al PC (en 1952) cuando todos se alejaban de él a consecuencia de la incipiente difusión de los crímenes de Stalin, los juicios de Praga etc… Pero fue servil con sus nuevos amos, al menos durante unos años.

Por absurdo que parezca, a raíz de su visita a la URSS en 1954, se deshizo en alabanzas del régimen de libertades, de progreso económico y social etc…que había visto, para, unos pocos años después, encontrar conveniente declarar que todo aquello que había dicho era mentira.

Los años 1952 a 1956 son los más repletos de imposturas. A partir de ahí su reputación decayó mucho, y su influencia, nunca grande, se desvaneció.

En adelante trató desesperadamente de colocarse en la “vanguardia” –una vez más en contradicción con “su” filosofía-, y la invasión de Hungría le vino bien para romper con el PC, así como también le vino bien la guerra de Argelia para hacerse ver –trató incansablemente de hacerse arrestar sin conseguirlo, las anécdotas son incontables, pero no le hacían ni caso- y desde ese momento De Gaulle se convirtió en su bestia negra. Y, cosa curiosa, le acusaba de nazi, cuando en realidad De Gaulle había combatido al nazismo, mientras que Sartre había confraternizado.

También por esas épocas viajaba frecuentemente a China y África relacionándose con todos los dictadores que le venían al paso, especialmente con Castro y su Che (al que visitó en la Cabaña y disfrutó del espectáculo de fusilamientos, al igual que otros “intelectuales” de la época; es de señalar que es difícil, no imposible, hallar evidencias fotográficas, ya que los interesados han logrado eliminarlas en gran medida). La guerra de Vietnam fue otra oportunidad de hacerse ver.

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Ahora él y Simone eran antiamericanos. Formó parte de la charlotada de Bertrand Russell y su tribunal de Estocolmo.

Lo más trágico de su escasa influencia fue Frantz Fanon creador del racismo negro-africano. Sus escritos incendiarios sí tuvieron incidencia e inspiración en varios movimientos terroristas (años 1960 y sigs.). Las instigaciones asesinas de Sartre (“la liberación a través del asesinato”), como siempre de boquilla, indujeron, a través de Fanon, una convulsión muy cruenta, no contra los blancos, sino entre los propios nativos.

Apoyó también los crímenes de Camboya (1975 y sigs.).

Mayo del 68 le brindó otra oportunidad para figurar. Se introdujo en el movimiento estudiantil en el que tuvo poca o nula influencia. No logró ser su “musa”, sino un cuerpo extraño en el que como mucho figuró como florero en segunda fila.

Extrañado del movimiento estudiantil, trató de introducirse en el, para Sartre aún más exótico, mundo de los “trabajadores” (idealizado y definido a su gusto en sus escritos), se adhirió a la revolución cultural de Mao, pero el rumbo de su extensión a Francia le excedía debido al activismo que implicaba, que le desbordaba, y quedó fuera de esos movimientos.

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El activismo no era su mundo y el de los obreros aún menos (pese a disfrazarse de obrero para intentar colocarse en sus mítines y hacerse ver en las huelgas de las fábricas, también sin éxito; nadie le hizo caso).

Finalmente además de las falsificaciones y excesos el conjunto de su vida es incoherente e inconsistente. Su pensamiento fue efímero y sin trascendencia. Como otros intelectuales fue un egoísta extremo, deseaba obsesivamente el éxito y el reconocimiento a ultranza con o sin mérito. La realidad fue más obstinada que él. No es una figura indispensable.

Fue un típico progre: un deseo vago de ser de “izquierdas” (pose), sin serlo, y de estar entre los jóvenes (un mundo también efímero y fácil a la demagogia y al brillo sin compromiso real).

 

 

 

Bibliografía

"Max Weber: el sentido de la ciencia y la tarea de los intelectuales"- Dora Nelia Robotnikof (1997)

"Religión y sociedad griegas" - Moses Finley (2004)

"Sociología de la religión" - Max Weber (2012)

"El monoteismo primitivo y el origen del politeismo"- Arthur C. Custance (1968)

"Sobre arte y cultura" - Leon Trotsky (1971)

"Dialéctica de la Ilustración" -Theodor Adorno (1998)

"Las contradicciones culturales del capitalismo" - Daniel Bell (1976)

"Adios a la clase obrera" - Andre Gorz (1980)

"Partido obrero contra el trabajo" - Toni Negri (1974)

"Las políticas de la subversión. Fin de siglo" - Toni Negri (1992)

"Los intelectuales y la organización de la cultura" -Antonio Gramsci (1997)

"La faute aux élites" - Jacques Julliard (1997)

"Intellectuals" - Paul Johnson (2000)

"El siglo de los intelectuales" - Michel Winock (2010)