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La casta intelectual (II): el verdadero enemigo del Pueblo y la Nación

Se describe la evolución y la perspectiva actual del papel del intelectual en la sociedad; del modo como ha alcanzado el papel casi determinante entre las elites del poder (y del poder mismo), y en la sociedad, como consecuencia de la evolución económica y social y también como resultado de las propias manipulaciones ideológicas, mediante las que esa "nueva" clase social se legitima. Atrás ha quedado la "clase obrera" como agente social, que ya no interesa, evidenciado el abandono de su "misión histórica".

La "casta"

 

Todos los sistemas políticos tienen muy en cuenta la economía, el sistema de producción, pero ello no significa que las élites del poder sean las económicas, en contra de lo proclamado por el marxismo y otras teorías y creído por buena parte de la población.

La administración de lo público ha ido siendo monopolizada primero por la aristocracia, luego por la pequeña nobleza, la burguesía, y después los técnicos, expertos y burócratas, esto es : la clase media.

Pero no son ellos los que detentan el poder, es la clase política, en parte constituida por técnicos, pero con una minoría en su interior que domina el arte de la política, hacedores de ideología, creadores de la llamada “opinión pública” y manipuladores de la propaganda política: son los intelectuales. Una casta, una élite, dentro de una categoría social (técnicos, burócratas, científicos…), que está dentro de la clase media.

Nueva Clase

Las predicciones de que los sectores burocráticos y técnicos (y con ellos la clase a la que pertenecen) llegarían a dominar la sociedad y el sistema económico y a conquistar el poder (“La revolución de los managers”, James Burnham; “La burocratización del mundo”, Bruno Rizzi; “La nueva clase”, Milovan Djilas) no se han cumplido a pesar de la importancia y extensión de estos sectores administrativos, técnicos, científicos y gerenciales en el sistema económico y en diversos ámbitos sociales.

Las transiciones y revoluciones políticas son alternancias de las diversas castas políticas en el poder, pero sobre todo de los grupos y facciones de los intelectuales, una superélite que es la que realmente permanece en la influencia del poder político por encima de los líderes efímeros y grises y de las facciones fugaces de los partidos, simples administradores en un tiempo breve.

“Nuestro siglo habrá sido propiamente el siglo de la organización intelectual de los odios políticos” (1)

Incluso los dictadores autócratas, como los dirigentes de los totalitarismos del siglo XX, o los emperadores de la Antigüedad, los césares, han logrado y legitimado su conquista del poder estructurando una ideología o un sistema, han sido intelectuales y políticos. Siempre parte integrante y representantes de una élite y miembros de un sector social, de una clase.

Las aspiraciones y las posibilidades de este sector, de estas élites, vienen dadas no por su posición en la escala social, su “clase”, sino por las funciones que cumplen y la influencia que ellas les dan (universidades, prensa, tv, cultura, política…)

Y siempre lo han logrado del mismo modo: consiguiendo apoyo popular a base de contestar el poder de la élite económica, aunque pacten con ella. Y la caída del régimen es la misma siempre también: las constantes luchas políticas, la división de las facciones, la dejadez en el bienestar del Pueblo y de la seguridad.

En cuanto a la hegemonía cultural, hace tiempo que el sistema económico la perdió, tal y como lo expresó Daniel Bell en “Las contradicciones culturales del capitalismo”. Ahora la lógica económica va detrás de la cultural: en la moda, los medios de comunicación, las artes, las formas de vida…

Y al hacerlo la élite dominante es la intelectual, que implanta sus ideologías (corsés de las ideas) y tendencias transformándolas en “políticamente correctas”, en pautas sociales dominantes y totalitarias.

Elite intelectual-01

Se imbrica entonces con la otra élite, la política, de su misma clase, también autónoma de la élite económica, a la que no sirve sino que chantajea a través de sus medios propios: las instituciones y partidos con los que ha ocupado el poder.

El medio a conquistar y los métodos son por lo tanto políticos, y los que definen el poder como élite son los intelectuales, periodistas y profesores que generan, mantienen y expanden las varias ideologías que rigen la evolución política del sistema, atrincherados en sus universidades y medios de comunicación.

Estructurada y cohesionada internamente por su propia actividad teórica, esta élite en tanto que colectivo, como sujeto social activo, es la que permanece y su aspiración suprema es detentar directamente el poder político, aunque no todos sus miembros lo sean activamente ni del mismo modo ni al mismo nivel. Una buena parte de ellos son grupos de profesionales, élites culturales, burocráticas o científicas puras, sin labores ideológicas ni tentaciones de poder.

Su deseo de conquistar el poder político viene dado por la disparidad entre sus ingresos y su poder, el bloqueo social que sufren por no poseer los medios de producción (de ahí su odio a los empresarios) y su deseo de autoconsideración por la posesión de cultura (o de su interpretación de la cultura).

Pero por encima del nivel económico, de los honores sociales, de la consideración profesional o del poder político en sí, lo que aún desean más los intelectuales es el predominio cultural y social. Ser los “mandarines” en las cátedras, en los diarios y televisiones, y finalmente en toda la sociedad.

Su prioridad es la ideologización de la sociedad y de todos sus aspectos, de la educación, de la información, de la técnica… es decir, el totalitarismo.

Antonio Gramsci

Por ello el intelectual por antonomasia es el izquierdista, el progresista, el revolucionario. Y el máximo nivel en la élite es el ideólogo, el más abstracto e inútil. La derecha ha dado pocos intelectuales y han sido calificados como reaccionarios contra la izquierda, bien conservadores o radical-fascistas. Sus objetivos y actitudes nada han tenido que ver con la agitación permanente del izquierdista.

Lenin definió lo que iba a ser la izquierda y el revolucionario: lo que caracteriza al revolucionario es la conciencia de serlo, no el origen de clase. Es decir la adhesión a las teorías por encima de la inserción práctica en la realidad social. Una secta.

Fanatismo

Sin la fachada de las ideologías la política en la partitocracia carece de efectividad, de legitimidad, y son indispensables para las élites política e intelectual aunque bastantes de sus miembros no crean realmente en ellas o las utilicen para medrar y prosperar. Los miembros de la élite económica sin embargo, no las necesitan y las consideran un mal necesario para lograr estabilidad y desarrollo. Aguantan la corrupción como característica intrínseca de la élite política, y la degradación social como propia de la elite intelectual. Pero su territorio es otro, y requieren del Estado simplemente ley y orden.

 

Origen y desarrollo

 

Ya a finales del siglo XIV los hombres de letras comienzan a ser conscientes de su identidad como grupo. En el siglo XVIII obtienen autonomía al desaparecer el sistema de mecenazgo, privatizándose y expandiéndose el mercado de los productos culturales.

Prensa

Estos intelectuales se presentan como expertos que destacan con sus trabajos en las ciencias aplicadas, sociales o humanísticas, y utilizan ese prestigio adquirido para salir de su ámbito natural y criticar la sociedad y el poder. Son abogados, periodistas, científicos y escritores. Es el pecado de la arrogancia intelectual: “…cuando renuncia al diálogo con el público, y aunque él mismo haya restringido su campo de influencia a una pequeña secta de iniciados, dentro de ese mundo acotado (el intelectual) desarrolla una irrefrenable voluntad de poder” (2)

Si pueden nacer como grupo social es porque en la sociedad moderna aumenta la importancia del conocimiento, impulsado además por la construcción del aparato estatal y generando espacios autónomos en donde se sitúan los intelectuales, desvinculados de instituciones y libres de lealtades (3).

Este proceso fue llevado a cabo por los propios intelectuales elaborando esas nuevas autorepresentaciones a partir de diferencias internas del campo intelectual (técnicas, artísticas, filosóficas, científicas…). Luego esas representaciones implicaron un papel político consciente y un ejercicio del poder simbólico diferente para los intelectuales. Después esos debates fueron un banco de pruebas para las polémicas que suscitaría la intervención de los “intelectuales” durante el caso Dreyfus.

Según la propia definición del Manifiesto de los “Intelectuales” de ese caso de finales del siglo XIX (donde se enfrentaron la derecha y la izquierda modernas por vez primera) los intelectuales se arrogaban tres derechos: el derecho al escándalo, el derecho a unirse para darle más fuerza a la protesta y el derecho de reivindicar un poder simbólico procedente de la acumulación de títulos que la mayoría mencionaba junto a su nombre (4).

Esto coloca a los intelectuales dentro del campo de poder de su época, y en concreto en el marco de “las transformaciones del reclutamiento social de las fracciones de la clase dominante”. Por lo tanto son una élite del poder o hacia su conquista. Es en el último cuarto del siglo XIX cuando los intelectuales hacen política y los políticos toman de los intelectuales nuevas armas ideológicas. Los debates intelectuales entre los miembros de la casta alcanzan la centralidad del medio político, y su radicalidad se corresponde a lógicas internas del campo intelectual, no a factores externos.

Dreyfus

El momento fundacional de la casta intelectual como grupo social autónomo es el caso Dreyfus (1894-1906), en el que la intervención y movilización de un grupo de intelectuales franceses, que emprenden una campaña (cartas, artículos, fundación de asociaciones) para que se revise la sentencia judicial contra un oficial del Ejército de origen judío, víctima en una conspiración para proteger y exculpar a un miembro de la élite militar de origen noble por un caso de espionaje, desata una de las crisis más fuertes de la III República francesa.

Se inicia el 13 de enero de 1898, cuando Zola publica su famosa carta “Yo acuso” y al día siguiente el periódico radical “L’Aurore” publica un breve texto titulado “Une protestation” que fue firmado por mil doscientos escritores y representantes de diversos ámbitos de la cultura.

Ello provoca la reacción de los nacionalistas, que se burlan de esos “profesionales del pensamiento”, calificándolos de modo despectivo como “intelectuales” y los tachan de traidores a la Nación. Lo que se encuentra detrás de este debate son los valores de unos y otros, de la derecha y la izquierda, que continuarán a lo largo del siglo XX.

Los intelectuales son conscientes de su posición como parte de una élite, pero sobre todo que necesitan del apoyo y la manipulación de las masas, en una etapa histórica como la modernidad en que los sistemas políticos se rigen por ellas.

En el campo conservador se generará la doctrina de la contrarrevolución, el nacionalismo, el corporativismo y el fascismo, y en el de la izquierda el socialismo, el anarquismo y el comunismo. El centro del debate político es, ya, la ideología.

Será con el líder del Partido Comunista en Rusia, Lenin, que la casta intelectual socialista logra alcanzar el poder. El régimen que implantarán causará 100 millones de muertos en todo el mundo, y fue vaticinado por otro socialista, Jan Waclaw Machajski (“El trabajador intelectual”), que ya una década antes de la mal llamada Revolución Rusa predijo que “el socialismo no sería más que la ideología de intelectuales que se aprovechan de la posición central que ocupan en la sociedad capitalista (gestión de la economía, control de la producción, monopolio de los conocimientos) para erigirse en nueva clase dominante”.

La nomenclatura soviética (la burocracia de las instituciones y del PC) surge de la necesidad de la élite ideológica comunista de gobernar un Estado. Para ello cooptan a los activistas de los comités y a los técnicos y funcionarios.

De los 25 miembros del Politburó del PC ruso de 1919 a 1951, 9 tenían educación universitaria, 2 habían asistido a seminarios y 6 a escuelas superiores. De los 29 miembros del PC chino desde sus comienzos hasta 1965, sólo 2 carecían de educación superior, sólo 2 habían recibido únicamente una educación china y 25 habían estudiado en algún país extranjero. Lo mismo cabe decir de las élites políticas de otros países como Vietnam, China, Camboya… y de otras ideologías totalitarias como el independentismo nacionalista o el islamismo. Pura casta, por mucha vestimenta obrera que lleven.

Intelectuales de izquierda

Con el tiempo el sistema expande notablemente el sistema educativo, asegurándose el relevo, cuestión muy importante en países que en la época prerrevolucionaria carecían de clase media. En donde sí la hubo la procedencia mayoritaria de hijos de intelectuales en las Universidades se mantuvo.

En todos, la expansión del número de centros educativos y alumnos fue espectacular en los años 60, y esa formación de clases medias y fortalecimiento de la casta intelectual alentó el deseo de apoderarse directamente del poder sorteando la tutela político-económica de la URSS.

Ello dio lugar a la primavera de Praga, la revolución húngara del 56 (iniciada por intelectuales y estudiantes), el cambio del PC polaco del 55, la disidencia colaboradora en la RDA, el titoismo yugoslavo y el modelo nacional rumano.

(Los 62 miembros del Consejo Ciudadano de Podemos, en 2015, tienen "educación" universitaria).

Cuando los Estados postcomunistas privatizaron todas las empresas las asignaron a los cuadros políticos y técnicos y también a los privilegiados del mundo de la cultura, la comunicación y la política. La casta.

Alvin W. Gouldner ha elaborado un análisis más completo de los intelectuales como una nueva clase, que se dota de un medio político, para llegar al poder desplazando a la detentadora del poder económico: “El partido de expresa la modernización y las ambiciones de élite de la Nueva Clase y es también un esfuerzo dirigido a superar sus limitaciones políticas. El llamamiento de Lenin a la formación de revolucionarios , como núcleo de la vanguardia, es una retórica que contiene la tácita promesa de una vida de carrera que invita a los miembros jóvenes de la Nueva Clase a la existencia revolucionaria” (5).

Mayo 68

La vanguardia política supone la mediación organizativa de la práctica política de la élite intelectual, con su propia lógica y sus propios intereses, evolucionando hacia formas burocráticas y estatalizantes, cooptando a otros sectores sociales.

No es casualidad que los protagonistas de las revoluciones ideológicas de la segunda mitad del siglo XX hayan sido los cachorros de la casta, los estudiantes, tanto en la extrema-derecha como en la extrema-izquierda. Mayo del 68, la generación del 77 italiana, el populismo podemita, los Nuevos Movimientos Sociales, el ecologismo, el nacionalismo, el terrorismo…, habitualmente cuando han visto bloqueado su ascenso social o cuando su mayoría numérica, lograda a través de la expansión de la educación, les posibilita un asalto al poder.

La rebelión de Lutero contra la Iglesia encontró apoyo en principio en el cuerpo docente y estudiantil de su Universidad y de otras alemanas. Hobbes, autor de “Behemot”, afirmó que las causas de la Revolución Inglesa fueron las Universidades. Los 12 hombres que formaron el Comité de Salud Pública durante el Terror en la Revolución Francesa eran todos intelectuales.

Y en Rusia hasta la Revolución de 1905 los movimientos revolucionarios estuvieron basados en los medios intelectuales y estudiantiles. Lo mismo ocurrió con el "15M" y el surgimiento de Podemos en España, movimiento de estudiantes e intelectuales; de ellos y para ellos. Es el “adiós a la clase obrera” que proclamaron los teóricos progresistas de la “nueva clase social” en los años 70 y 80, aunque aún se califican de defensores de los trabajadores.

 

Los medios

 

La élite intelectual utiliza varios recursos para legitimarse: la lucha contra la corrupción, la eficacia profesional, la defensa de los trabajadores, la defensa del Estado del Bienestar, la racionalidad productiva, la educación universal pública, la conservación del planeta, su desinterés autónomo y “limpio”, sus credenciales de autoridad legitimada… todos ellos son rasgos ideológicos y propagandísticos que pretenden no serlo, pero sobre todo la educación es la que afianza el carácter de casta de los intelectuales al permitir bloquear la reproducción de los valores de otras clases y convertir sus pretensiones de autoridad en ilegítimas y contestadas, tanto las obreras como las burguesas. Esa es la tarea de los profesores intelectuales.

El otro gran medio de afianzamiento de la élite intelectual son los medios de comunicación cuyas tendencias y simbiosis con el poder dominan. La relación con ellos es muy especial, porque los intelectuales necesitan la expresión, la comunicación y la manipulación de sus teorías y críticas.

Medios

Ya a mediados del siglo XVIII los periodistas profesionales, sustitutos de los intelectuales contratados por los periódicos, reciben honores oficiales. Durante la Revolución Francesa se decía en París que la mitad de los políticos poseían su propio periódico. "Una revolución de abogados y periodistas". A mediados del siglo XIX sólo en París había 200 diarios. Lo mismo ocurría en otros lugares, como Madrid.

Al conquistar su presencia en los diversos tipos de medios de comunicación de masas, desde los elitistas a los banales, las diversas facciones de intelectuales y periodistas, construyen una “espiral del silencio” difundiendo sus teorías y lanzando a la marginación a los oponentes de su “corrección política” (6).

Así se establecen sinergias y complicidades oscuras entre los intelectuales que construyen “imaginarios colectivos”, los políticos que los adoptan, y los periodistas que los expanden.

Poco importa que un intelectual se posicione contra el poder presente en el Estado si lo hace en nombre de otro poder o de una ideología. El mismo perro con distinto collar. La cohesión interna de las élites intelectuales no se debilita por las diferencias ideológicas ni los cambios de régimen.

El intelectual no trabaja para un poder más que transitoriamente, sólo él genera la base de la legitimación, la ideología. El ocupante del poder, hombre o partido, es una estructura históricamente transitoria. Las ideologías perduran; ahí están los casos del nacionalismo, el comunismo o el islamismo actuales, que parecían muertos. Y lo hacen por encima también del ocupante del poder económico o del propietario del medio de comunicación.

Puede parecer que los discursos ideológicos y las operaciones de ingeniería social son simplemente análisis que de vez en cuando desvela algún diario, o “sistemas” que funcionan solos en el vacío observados por algún filósofo.

Por el contrario son todos invenciones de los intelectuales, teorías y procesos. Ideologías que los intelectuales implantan, los periodistas difunden, los profesores enseñan, los políticos aplican, el Pueblo paga y la Nación soporta.

Todos con nombres y apellidos. Ellos son el enemigo, ellos en concreto, no un “sistema” anónimo.

 

Las ideologías

 

Según Shils, la formación cultural de los intelectuales se sostiene en el populismo, el revolucionarismo, el romanticismo y la cientificidad. Todo ello son las bases comunes de las ideologías totalitarias que han arrasado el siglo XX: el comunismo y el fascismo, y de las actuales: el nacionalismo y el islamismo. El primero ya lo hemos citado, y el segundo tiene las mismas características, basadas en esos elementos de la formación cultural de los intelectuales.

El populismo les dota de legitimidad al hablar en nombre de otras clases y les proporciona masas, el revolucionarismo es un mesianismo que les desvincula totalmente de la sociedad presente al considerarla irreformable, el romanticismo es una rebelión creativa contra las normas y la cientificidad es una guía basada en la racionalidad y la experiencia.

Sorel

El fascismo surge de una rebelión cultural generalizada de tipo antinacionalista, antiutilitarista, antihedonista, clasicista y socialista, procedente del sindicalismo revisionista revolucionario de Sorel, y estructurada por intelectuales que provenían de la izquierda, especialmente en Italia y Francia. No así el nazismo alemán y los diversos nacionalsocialismos del Este europeo, Estados de reciente formación, ideologías de matriz nacionalista y ultraderechista-populista.

A finales de 1913 Benito Mussolini, socialista del ala izquierda, publica la revista “Utopía” para realizar una “revisión revolucionaria del socialismo”. Allí se juntarán futuros ideólogos comunistas como Bordiga, Tasca y Liebknecht.

Junto a ellos verdaderos movimientos culturales de vanguardia, como el vorticismo o el futurismo, e intelectuales como Corridoni, Marinetti, d´Annunzio, Gentile, Malaparte, Pirandello, Foá, Corradini, Manzini, Ojetti, Soffici, Volpe…

Mussolini será director del diario socialista “Avanti” y del fascista “Il Pópolo d´Italia”. A pesar de la propaganda postbélica, estos dictadores no eran brutos ignorantes salidos del pueblo llano. Hitler era un intelectual que a los 15 años escribía obras de teatro, socio de tres bibliotecas en Linz, que llegó a Viena con cuatro cajas de libros por equipaje y que fue un regular pintor artístico.

Las obras completas de Stalin ocupan 16 volúmenes, y fue un reconocido teórico marxista, un temprano poeta, un pulcro escritor, un lector voraz (Hugo, Goethe, Shakespeare) que corregía y discutía a Lenin como director del “Pravda”.

X-Crise

Lo mismo cabe decir de los líderes intelectuales y estudiantes a su vez como Pol-Pot, el criminal comunista camboyano, o Ho-Chi-Minh, el líder vietnamita.

La fusión entre tecnología, romanticismo, nacionalismo y populismo se dio de modo tan generalizado en Alemania que el nazismo llegó a ser llamado “la ideología de los ingenieros”, y la tecnología fue interpretada como cultura y expresión del “genio de la raza”. Lo realizaron los intelectuales, profesores, periodistas y técnicos que estructuraron y legitimaron los parámetros ideológicos de los que surgiría y se aprovecharía el nazismo.

Nada de ello es neutral políticamente: la misión social de los técnicos es revolucionar continuamente la tecnología dislocando las solidaridades sociales y los valores culturales establecidos. A la tecnología y el desarrollo industrial se refería Marx al decir que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. El ideólogo puede tener el doble carácter de técnico, burócrata, profesor, comunicador o profesional.

Muchos de los líderes universitarios del Mayo-68 y de Italia-77 procedían de facultades universitarias técnicas, lo mismo que muchos de los nuevos ideólogos de los diversos integrismos religiosos de los años 80. El “planismo”, una facción socialista que proponía una tercera vía entre el capitalismo y el comunismo en los años 30 tuvo como principal grupo a X-Crise, formado por graduados de la Escuela Politécnica de París, y propugnaba un corporativismo fascista.

 

Contra el pueblo y los trabajadores

 

Tanto el fascismo como el marxismo son creaciones de una “casta intelectual” que frecuenta bibliotecas, museos y librerías, que se enraiza en editoriales y diarios, con el centro en las sectarias y corrompidas universidades occidentales, y con tiempo de sobra para ello. Sin ataduras con ninguna cultura de clase y contra todas ellas, especialmente contra la obrera. Su figura del obrero es totalmente ideal e irreal, antes mítica y ahora demonizada:

Se trata de una nueva forma de odio a la nueva clase social más humilde, la que depende de los trabajos precarios y los subsidios, la que vive en los bloques de viviendas sociales, en definitiva, una escoria que sirve como coartada al elitismo de la clase política y al de aquellos que se consideran falsamente como clase media y que no quieren ser mezclados con los nuevos parias” (7).

Y no es una actitud nueva, ya desde finales del siglo XIX, con el acceso de la masa trabajadora a nuevos espacios sociales, es la intelectualidad la designada para frenar, encauzar y definir esos accesos:

“Por tanto, si bien el intelectual filántropo decimonónico escribe sobre el colectivo obrero y promueve la lectura en su seno, tiende las redes para liderarlo cultural y socialmente a través de esta misma práctica. El intelectual educa al obrero, dotándole de una entrada en un mundo del cual ha sido excluido históricamente, al tiempo que estructura, determina e impone las condiciones de esta entrada”(8).

Los chikos del maíz

O las afirmaciones abiertamente denigrantes donde se caracteriza a las masas como “enjambres semihumanos narcotizados... listos para su exterminio” (9).

Sintomática fue la entrevista de Pablo Iglesias, líder de Podemos, a “Nega”, cantante de “Los Chikos del Maíz”, grupo rapero izquierdista, en diciembre de 2014, donde ambos exhibieron groseramente todos los cultos prejuicios clasistas antiobreros de la progresía.

En el otro lado del espectro político encontramos la misma actitud en personajes como Fernando Sánchez-Dragó. No es extraña esta opinión en los intelectuales, lo insólito es que se manifieste ya en público y por parte de figuras de perfil político relevante.

Esta élite intelectual, por encima de todas las de su clase, se ha convertido en la verdadera “nueva clase” improductiva, una casta inútil y peligrosa para la sociedad, que ha colonizado y corrompido un área, la de la cultura, desde donde tiraniza, dictamina y corroe todo cimiento social y político.

La intelectualidad española durante el tardofranquismo y la Transición política se abalanzó a ingresar en los partidos, especialmente en UCD y PSOE/PCE. Ya en los años 80 fueron colocándose de funcionarios, profesores o periodistas, si no lo eran aún, estableciendo el actual sistema de clientelismo universitario, decadencia escolar y la degradación profunda de los medios de comunicación por su sectarismo y prepotencia.

El intelectual se funde así con el funcionario y el “comunicador” (manipulador) definitivamente imbricados con el sistema y los medios que lo sostienen, ya sólo apoyados en el discurso de lo “políticamente correcto”, rebeldía integrada y protegida, verdadera dictadura del pensamiento único que sustituye al fascismo y comunismo, abrazando el nacionalismo separatista y el islamismo, el nuevo totalitarismo rabiosamente antiespañol y antioccidental, y por lo tanto un valioso aliado de la subversión y el separatismo.

Progre

Con ellos incluso lo que no lo parece difunde ideología: los programas de la “prensa rosa” han sido decisivos a la hora de normalizar e implantar la “corrección política” del aborto, el divorcio, la homosexualidad, el “multiculturalismo”, lo “progre”.

En España, a lo largo de los últimos dos siglos se han turnado en el poder diversos grupos de ideólogos intelectuales (liberales, progresistas, socialistas, conservadores…) preocupados por imponer sus postulados por encima del bienestar del Pueblo y la Nación.

La ideología mata la política e implanta utopías abstractas en lugar de soluciones efectivas a los problemas reales.

Fueron los intelectuales los que inflaron y acentuaron la pérdida de Cuba en 1898 hasta convertirla en la “gran crisis” de la identidad nacional.

Y la partitocracia actual se instaló gracias al silencio cómplice de todos los intelectuales frente a los desmanes y tiranía de radicales y separatistas. Silencio que compartieron incluso los que después protestaron. Todos.

El alcance de la liberación del poder e influencia de esta élite no llega sólo hasta la recuperación de la mediación política ahora monopolizada por los partidos y los nuevos movimientos sociales tipo ecologismo y ongs, sino a la eliminación de los rancios debates ideológicos y a sus actores del devenir político, recuperando la centralidad los intereses reales del Pueblo y la Nación.

Los legítimos y diversos intereses en el seno del Pueblo y de la Sociedad no tienen que ser vehiculados a través de agrupaciones políticas (partidos) que sólo representan a facciones de intelectuales generadores de ideologías y bandas de políticos rapaces que nada tienen que ver con esos sectores sociales y sus intereses reales. Es antidemocrático, es una tiranía. Es necesario reconstruir el sistema con otros valores, otros actores y otras organizaciones. Ya.

 

Notas

 

(1) Julien Benda: “La traición de los intelectuales”,Ed. Galaxia Gutenbert, 2008.

(2) Enrique Serna, “Genealogía de la soberbia intelectual”, Ed. Taurus, 2013.

(3) Zygmunt Bauman,“Legisladores e intérpretes: sobre la modernidad, la postmodernidad y los intelectuales”, Ed. Unqui, 1997.

(4) Christophe Charle, “El nacimiento de los intelectuales”, Ed. Nueva Visión, 2010.

(5) Alvin W. Gouldner, “El futuro de los intelectuales y el ascenso de la nueva clase”, Ed. Alianza, 1979.

(6) Elisabeth Noelle-Neumann, “La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social”, Ed. Paidós, 1977.

(7) Owen Jones, “Chavs. La demonización de la clase obrera”, Ed. Capitán Swing, 2013.

(8) Aurelie Vialette, “Peligros de un obrero lector: filántropos, editores y proletariado en la España del siglo XIX”, WUSL, 2012.

(9) John Carey, “Los intelectuales y las masas. Orgullo y prejuicio en la intelectualidad literaria, 1880-1939”, Ed. Siglo XXI, 2009.