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La conquista del poder

La política es, por definición, la conquista del poder y la dinámica de enfrentamiento y mediación entre los distintos sectores políticos que ello supone.

Paradójicamente la importancia del propio poder del Estado y de la esencia del acto político, en la teoría y la práctica políticas ha sido negada sistemáticamente por todas las facciones, más atentas a sus utopías ideológicas.

Los primeros antiestatistas fueron los conservadores, cuya meritocracia les hizo desconfiar de cualquier solución colectiva. Lo mismo ocurrió con los liberales, que no lograron liberarse de la contradicción que supone su necesidad de orden y su apología del interés privado como base social.

Comunistas y socialistas, reconvertidos en la defensa de la tan denostada “democracia burguesa” por necesidad de integrarse en la realidad globalizadota, utilizan al Estado sólo como fuente de subvenciones y prebendas y no como instrumento político, sustituyéndolo por el trapicheo y el “consenso” partitocrático. Difícilmente logran ocultar que esta partitocracia es un obstáculo para una democracia real.

En el marxismo el Estado tiene una función instrumental, dominado por factores externos (lucha de clases, oligopolios...), y en la extrema-derecha, antaño estatalista, domina ahora el etnismo populista como sustituto de la acción política desde el Estado. Más marginalidad para ellos.

A tal punto llegan estas actitudes que muchos teóricos ya no citan al Estado sino al gobierno y su labor, lo que es distinto. Como es lógico esta diferencia entre su teoría y su práctica les ha creado numerosas contradicciones, la más clamorosa de las cuales quizás haya sido la del "Lenin estatal" frente al Lenin de “El Estado y la revolución”, una obra suya casi anarquista.

Y la desvirtuación de la política es hoy evidente en el juego venal y mercantil del mundo de los partidos parlamentarios, fácil pasto de chantajes y presiones de las tiranías de los nuevos fascismos de lo “políticamente correcto” y de los nacionalismos, verdaderas dictaduras alegales, al margen de las elecciones.

Afirmamos que toda la importancia la tienen las élites políticas y sus dinámicas y estrategias, y no el carácter del Estado, ni las “movilizaciones de masas” y “revoluciones”, ni los intereses económicos o las operaciones ideológicas en sí mismas.

La acción política (y por supuesto las revueltas y revoluciones) no hace florecer a grupos y posiciones sociales preexistentes sino que los crea, modifica los límites y funciones de la esfera política y transforma también las identidades de estos grupos. En resumen, el campo político es flexible y dúctil, y se “hace camino al andar”. Las ideas no provocan hechos determinados, estos son múltiples y autónomos.

La lucha por el poder es, en gran medida, una lucha por implantar el discurso, simbolismo e imaginario propios.

Por otra parte, la idea de una clase política al servicio de la oligarquía económica es otro determinismo puesto en circulación que falsea el significado y la dinámica política, y el papel del Estado.

La irrupción de los “nuevos movimientos sociales -NMS-" (ecologistas, minorías sexuales y raciales, ONGs...), acelerada por la degradación de la izquierda, ha impulsado los nuevos análisis sobre el carácter y la actuación de las diversas élites.

En primer lugar se destaca la progresiva diferenciación entre élites económicas, políticas, culturales (intelectuales) y sociales. Se reconoce la relación entre las élites económicas y políticas (fundamentalmente a través de la corrupción) y entre las políticas y culturales, estas últimas al servicio de aquellas, como escudo ideológico y táctico, que tan claro se vio el 13-M.

La emergencia de los NMS refuerza la visión de un ámbito político progresivamente desligado del económico y de las definiciones colectivas relacionadas con ese campo (“clases sociales”), y, en su lugar, el predominio de los parámetros ideológicos relacionados con la nueva tiranía de lo “políticamente correcto”.

Esto no significa que las realidades económicas no cuenten, sólo que son adaptadas a las nuevas ideologías. Así, las grandes empresas y bancos alemanes manifestaron su consideración positiva hacia los ministros de los “verdes” que impusieron las congelaciones salariales para financiar las medidas anticontaminación (subvencionadas además).

No han sido los condicionamientos económicos los que han provocado las grandes hecatombes de la Historia, sino la voluntad de poder de minorías y las excusas ideológicas que animaron y lograron implantar.

La política incide en la economía sin reconocerlo puesto que lo hace de modo vergonzante, puntual e indeciso. Si la economía es lo posible y real, la política es el reino del voluntarismo, el caos y las utopías. De ahí la dicotomía liberal entre economía y política (del que J.S. Mill representa el mayor fracaso), o las contradicciones del marxismo entre el determinismo económico y su necesario voluntarismo político “revolucionario”.

Lo mismo ocurre con la violencia política, manifestada en su vertiente catódica con una virulencia inusitada por los medios de comunicación (que politizan hasta la telebasura y el entretenimiento), y en la radical utilización de la violencia física por la enésima “nueva izquierda” y el magma de los NMS, o por las operaciones encubiertas que manejan sectores oscuros con la manipulación de las tramas “negras” y “rojas”.

Podría creerse que la simple violencia permite desalojar a las élites políticas en el poder y conquistar el Estado, si esta es suficientemente potente. Pero no es así; no basta, porque política es legitimidad y mediación, de modo que faltaría el discurso que estructurase ambas, que permitiera justificar la aspiración al poder, y definir las tácticas para conseguirlo... incluida la mitología necesaria.

La utopía marxista final suponía el fin del Estado y de la política. Hubo muy poca política en la Rusia soviética a partir de Stalin.

Independientemente de su valoración ética, el error en el uso de la acción, de la violencia, por parte de los grupos “revolucionarios” de toda calaña, es su utilización incorrecta como medio de llegar al poder. El máximo nivel político al que puede aspirar la violencia es al de propaganda armada, que obviamente no sirve como meta, y así lo atestigua la experiencia y conclusiones de grupos tan importantes como las Brigadas Rojas italianas:

Hemos verificado sin posibilidad de apelación que tras la caída del gran movimiento obrero presente en las fábricas y de la 'propaganda armada', ya no hay espacio para una lucha revolucionaria. No hay nada”. (Mario Moretti, "Brigadas Rojas”, 1998, página 191)

Enfrentamiento armado, guerrilla y organización de masas: contra este bloque de granito, que se hace concreto a finales de la década de 1970, nos estrellamos todos”. (Ibid., página 281)

Sus hermanos del movimiento de la “Autonomía Obrera” italiana lo resolverían más fácilmente, aunque con igual fracaso al no salir de sus definiciones y análisis políticos tan estrechos : serían “vanguardia revolucionaria”, y al mismo tiempo, masas (el “obrero social”).

La acción violenta armada, forma, o puede formar parte del verdadero juego de la política, como acción encubierta (manipulación por parte de los servicios secretos y organismos estatales o supraestatales de grupos de extrema-derecha y extrema-izquierda) o de protesta.

Pero esta lucha consiste en la pugna entre pequeños grupos de burócratas, intelectuales, militantes y sectores sociales o económicos, que lanzan sus agitaciones, alianzas y discursos ideológicos con el fin de neutralizar o fidelizar a sectores de la población (cuyos votos sólo logran afianzar su propia pasividad y nulidad política y económica), en un régimen corporativista que exige esa apatía controlada.

Pensábamos que el poder de mando tenía un plan, una lucidez estratégica. Antiproletaria, enemiga: pero inteligente. Hoy todo se me aparece bajo una luz más modesta, como confesaba Aldo Moro: 'Todo procede mediante pequeños ajustes, según pequeñas conveniencias' decía, mientras ofrecía una lectura completamente desmitificada del funcionamiento del poder. Sus ritos, sus verdaderos vínculos, sus procedimientos”. (Ibid., p. 283)

Por otra parte, la agitación y rebelión incluidas en la actividad política son rápidamente controladas y eliminadas por los nuevos regímenes que surgen de ellas, porque conllevan siempre inestabilidad y caos. El control o eliminación de las instituciones fue siempre la alternativa aplicada por los jacobinos franceses (Robespierre y el exterminio de los grupos de la Convención) y los bolcheviques rusos (Lenin al disolver la Duma).

La violencia armada puede generar beneficios siempre y cuando no pretenda convertirse en el medio único y básico de acción política, ni mucho menos esperar vencer en el terreno militar al Estado, es decir, convertirse en una guerrilla.

Es una cuestión de individualización. El enemigo no es un concepto teórico, no es una “clase” ni una “raza”. Es un grupo determinado de personas que se han definido políticamente y que interactúan con intereses y acciones que transcurren en la sociedad.

Las élites intelectuales vascas no se movilizaron hasta que ETA pasó de asesinar guardias civiles a matar políticos.

Por lo tanto, la acción armada no podría enmarcarse en la falsa e inexistente “política de masas” ni en “revoluciones” que, en realidad, sólo promueven y protagonizan esas reducidas élites en lucha, con sus elaborados discursos (los filósofos ilustrados del siglo XVIII o los marxistas del XIX), utilizando a “las masas” (o sectores de ellas) como figurantes y parapeto. Tal fue la revolución francesa y la rusa.

Los “sans-coulots” franceses sólo tuvieron poder frente a los moderados de las secciones parisinas, y dependían totalmente de los jacobinos para lograr alguna de sus demandas (todas ellas preventivas de un capitalismo incipiente). Y las masas de la “revolución” rusa jamás supieron lo que los teóricos bolcheviques proponían más allá de la propiedad de la tierra por los campesinos y la mejora de las condiciones obreras. Sus comités (soviets) fueron depurados y manejados por el gobierno “soviético”, totalmente opuesto a cualquier tipo de democracia directa.

Hoy empieza a ser evidente la imposibilidad de reducir la dinámica social a la “lucha de clases” por el control de los medios de producción (cuya complejidad actual los hace inapropiables por un sector social subalterno).

Los más actuales estudios sobre estas alteraciones sociales modernas muestran la multiplicidad de los diversos sectores, de los intereses, el protagonismo de reducidos grupos dirigentes, y la impredecible dinámica de las situaciones.

Las interpretaciones clásicas de las revoluciones (como dotadas de significado social, necesarias y progresivas) yacen hoy en el basurero de la Historia. Es la mentalidad de los actores en liza y la potencialidad de sus discursos lo que hace que “no existan circunstancias revolucionarias, sino una revolución que se alimenta de las circunstancias”, en las cuales nadan hechos, intereses, movimientos, y entre las que son fundamentales los discursos de legitimación y deslegitimación en los que se transfieren prejuicios y mentalidades al campo político, como estamos viviendo hoy en España con las tiranías nacionalistas.

Las ideologías políticas modernas constituyen en realidad un "mito político" útil para la manipulación y control de la población por parte de las élites políticas, a través de la sustitución de la política por ellas.

La población, si bien puede ser movilizada (manipulada), especialmente por los medios de comunicación, tiende a aceptar lo establecido como natural, a contemporanizar y a ser fatalista. El ámbito general económico y social es además lo suficientemente complicado, y los intereses múltiples y complejos, como para que la población pueda conocerlos y comprenderlos.

En todo caso, sus motivos para actuar son siempre múltiples y ambiguos, incluso contradictorios políticamente. No existe pues “opinión pública” autónoma fuera de la manipulación de los medios de comunicación y las ideologías, pero sí un “espacio público” formado por todos sus discursos, hoy notablemente degradado por el “granhermanismo”, la decadencia ideológica, la transparente corrupción política y el permanente chantaje nacionalista.

Hasta tal punto ha llegado a ser normal esta situación que estos medios de comunicación, en sus apartados más cutres de telebasura, se hacen eco de ella y la banalizan.

La labor de los nacionalismos se muestra especialmente útil en el medio de la partidocracia corrupta: un lenguaje formalmente democrático que hace referencia a derechos pero al que le acompaña una práctica de chantaje e imposición totalitaria, alegal e ilegítima. Tratan de establecer una nueva situación política sobre bases no realmente democráticas, sino étnicas y populistas.

La izquierda política ya no existe como movimiento importante, ha sido sustituida por el “progresismo”, ese magma dominado por los NMS, rebeldes sin causa al asalto del Estado, y la pura supervivencia y afán de poder de los partidos, pactando con el diablo que sea.

La derecha tampoco existe como ideología (altar, trono y oligarquía), sino que los que se adhieren a ella lo hacen como gesto de protección de una sociedad con un mínimo de orden y tradición, de respeto y progreso material.

Ahora bien, que los bandos políticos carezcan de ideología no significa que no existan. Es la izquierda la que necesita definir constantemente y con mayor urgencia a la derecha, de por sí indefinida hoy, como una grotesca y falsa caricatura de todos los tópicos reaccionarios del siglo XX, ya que su propia identidad depende de la confrontación con ella y nada más, sin programa y sin metas, corrompida.

Pero en este proceso de creación de un imaginario anticonservador, se está empujando a un sector importante de la población a salir de la apatía democrática e imbricarse en un campo político, adquiriendo una identidad política definida que antes no tenía.

Sin duda se trata de una identidad “a la contra”, menguada y contradictoria, coartada por la desmovilización ideológica de la derecha, pero por ello similar a la de la izquierda actual. Y no menos sólida.

La cuestión es: ¿está dispuesta la “izquierda moderada” a dinamitar la apatía en que se basa el juego democrático y polarizar y movilizar a masas para encaramarse al poder, sin nada que ofrecer más que corrupción, tendiendo la mano a islamistas, separatistas y a los “nuevos movimientos sociales”, de por sí destructivos y desleales, con el riesgo añadido de poner en riesgo el propio sistema, e incluso de generar una respuesta autodefensiva?. ¡Habrá que estar atentos!.

La esencia del Estado sigue sin aparecer: el desarrollo de su potencia al servicio del pueblo y la nación, de su bienestar y desarrollo. Habría que fijar metas arrollando las oligarquías políticas vampíricas que lo ocupan.

¿Qué hacer frente a ellos?. Partir de cero; hacer tabla rasa con la vieja política, abandonar las fidelidades ideológicas, inútiles, crear organismos unitarios pero diversos, multiplicar las tácticas, afirmarnos en lo que somos, en nuestra nación y Estado sin adjetivos, no renunciar a nada, focalizar y radicalizar el enfrentamiento con el enemigo nacionalista, ante el que todos los demás quedan en meros comparsas absortos en sus pequeñeces, y denunciar constantemente a esos aliados. Y luchar. Ahora. Todos.