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Católicos y política en la España contemporánea

El siglo XX ha conllevado importantes cambios y alteraciones sociales, especialmente en España. La Iglesia y los católicos españoles se han visto empujados, muchas veces por el impulso de estas circunstancias al centro del debate político, confundiéndose su presencia con la de otras fuerzas.

Contra el absolutismo

Recordemos que en el siglo XVIII se desarrolla, paralela a la Ilustración, una Ilustración cristiana, tomista no obstante, influida por el reformismo estatal, al que se hallaba unido por el tradicional regalismo español -el control del Estado nacional sobre la Iglesia que recibía a su vez apoyo de él -, y que sirvió de eficaz contrapeso al inmovilismo de Roma.

Esto generó un liberalismo católico que continuará con el regalismo y se opondrá al insurrecto carlismo tradicionalista. La actitud política absolutista en el siglo XIX no se corresponde automáticamente con la Iglesia.

El final del siglo XVIII arroja un balance de enfrentamiento entre los ilustrados que desean el fin total del antiguo Régimen, y sus defensores conservadores. Pero no están solos, a unos y otros se les han unido facciones políticas: republicanos, liberales, socialistas, monárquicos autoritarios, carlistas...Entre un liberalismo que sólo prometía teorías y mutilaba los derechos prácticos del pueblo propios del Antiguo Régimen, y un conservadurismo que se fragmentaba y debilitaba en su transición a la modernidad.

Es la sociedad de masas, naciendo al paso de las contradictorias características de la modernidad y la industrialización.

Tras la expulsión de las tropas napoleónicas y el regreso del rey Fernando VII, quedó claro que no pensaba aceptar el liberalismo que se desprendía de la Constitución de Cádiz de 1812.

Fco. Tadeo Calomarde y Arría (1773-1842), ministro de Fernando VII y precursor de la policía secreta. La represión absolutista de 1814 fue reconducida por el Ministerio de Seguridad pública, el subsecretario Calomarde, la Junta Secreta de Estado, las Comisiones Militares Ejecutivas y los diversos “virreyes” locales militares realistas.

Se trataba de la contrapartida de la violencia ejercida por el invasor napoleónico, del que un pequeño sector de los ilustrados habían sido colaboracionistas, y cuya ideología liberal los absolutistas identificaban con los excesos de los franceses y de los revolucionarios en ese país.

Las “purificaciones” de funcionarios, los “Voluntarios realistas” (centrados en elementos ideológico-folclóricos como el aspecto físico o la vestimenta) y las “partidas de la porra”, completaban el mecanismo de represión, siempre al servicio de la causa absolutista de Fernando VII. Al morir este el 29 de septiembre de 1833 se abre una agitada etapa marcada por las rebeliones carlistas, la fragmentación liberal y la inestabilidad institucional. La Iglesia será objeto de las medidas de los liberales aliados con la Regencia de María Cristina ( desamortización ). El 4 de julio de 1835 se suprime la Compañía de Jesús, y el 25 también unos 900 conventos al tener menos de 12 profesores. El 11 de octubre son disueltas todas las órdenes religiosas no-hospitalarias.

No era la primera desamortización ni tampoco era una idea original de los progresistas, los liberales más radicales.

Las medidas mercantilistas de los ilustrados del siglo XVIII, basadas en el fomento del desarrollo de la industria y el comercio, habían fracasado precisamente por la falta de consumidores, al ser también contribuyentes integrados en la actividad agrícola. Si los campesinos no podían ahorrar para consumir, la tierra no podía proporcionar las rentas que dinamizarían al resto de los sectores económicos.

Pedro Rodríguez Campomanes y Pérez ( 1723-1803). Personaje destacado del despotismo ilustrado, académico y Fiscal del Consejo de Castilla, apoyó la disolución de la Compañía de Jesús y fundamentó la regalía de la amortización para evitar la concentración de bienes en manos inmovilistas. Se necesitaban más propietarios que fueran a su vez empresarios. Sabemos que este efecto de las desamortizaciones no ocurrió. El Estado saneó en parte el déficit de Hacienda, pero los campesinos sólo se beneficiaron de las ventas de tierras en pequeña parte. Ilustrados como Campomanes, Olavide o Jovellanos ya la propusieron, de forma templada, en 1768 y 1795, afectando a las tierras baldías de las órdenes disueltas.

Si de desamortización eclesiástica (de las tierras de la Iglesia) hablamos, la primera fue la del gobierno invasor napoleónico, el 17 de junio de 1812, por la que el Estado incorporaba los bienes de las órdenes religiosas disueltas.

Durante el Trienio Liberal habría otra, la del 25 de noviembre de 1820, referente a monasterios y conventos disueltos por las Cortes. En el sexenio revolucionario (1835-43) habrían dos, la del 11 de noviembre de 1835, afecta a la disolución de las órdenes religiosas, y la del 29 de agosto de 1837, de los Bienes Nacionales, refundidas el 2 de septiembre de 1841, en que se vendían los bienes del clero secular. Quedaban extinguidos conventos, colegios y congregaciones.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). Literato, economista y político es tal vez el máximo representante de la Ilustración española. Fue uno de los reformistas de Carlos III interviniendo en instituciones económicas donde realizó notables estudios y aportaciones. Posteriormente se adhirió a la Junta Central de Cádiz para la lucha contra los franceses. En la década moderada que le siguió hubo una ley restringiendo las ventas de Bienes Nacionales, que influiría en el Concordato firmado el 16 de marzo de 1851, por el que se reconocía la capacidad de adquirir bienes a las instituciones eclesiásticas a cambio de reconocer las ventas ya realizadas.

En el Bienio Progresista quedaría abortada al año una desamortización general y durante el final de la etapa de los gobiernos moderados de 1856-60 se reanudarían las ventas de acuerdo con la Iglesia.

A mediados de siglo la situación social es muy distinta. El proceso de urbanización sitúa las agitaciones sociales en las ciudades en lugar del campo apareciendo masas obreras urbanas consolidadas entre las que se mueven organizaciones republicanas y socialistas.

Antonio Aparisi y Guijarro (1815-1872). Personaje brillante, abogado y político antiliberal, representó la unión de los católicos para la restauración de la monarquía tradicional. La Iglesia llega a un “modus vivendi” con el Estado liberal porque su actitud es la adaptación. Serán las ofensivas de progresistas primero y republicanos después los que pondrán a los católicos y la jerarquía a la defensiva, provocando una reacción como la de los neocatólicos o integristas en la década de los 60, previa al sexenio (Nocedal, Aparisi, Tejada).

Los más radicales enemigos de estos han reconocido su voluntad pactista con el liberalismo, pero será la llegada del sexenio la que los integrará en las filas carlistas.

Las desamortizaciones más conocidas son las de Mendizábal (Juan Álvarez Méndez), progresista gaditano, exiliado en 1823, ministro de Hacienda en 1835 y 1842, y presidente del gobierno. Fue sustituido poco después de su paso por Hacienda por Istúriz.

Su principal objetivo fue la transformación del régimen jurídico de la propiedad, el déficit de Hacienda, estrechamente relacionado con la guerra carlista, y el afianzamiento y credibilidad del régimen liberal.

Desamortización de Mendizábal. La Deuda aumentó porque la guerra no acabó en los seis meses que preveía Mendizábal, y el Ejército no terminó de estructurarse y cohesionarse políticamente (llamada a quintas del 24 de noviembre de 1835, intervencionismo militar) y no se forjó la masa de campesinos adeptos al liberalismo, el verdadero problema de éste.

Debido a este fracaso el carácter de la desamortización ha quedado como enfrentamiento único entre Iglesia y Estado, que no fue cierto más que a nivel político posterior (carlismo, neocatólicos, sexenio).

Con respecto a los compradores, los grandes y medianos corresponden a clases medias profesionales, urbanas y rurales, comerciantes, funcionarios y terratenientes. Los pequeños, especialmente en Castilla, fueron agricultores o arrendatarios, que ascendieron así de clase social y que ingresaron en el circuito comercial agrario.

El resultado final, sin ser tan definidamente terrateniente, no tuvo el efecto deseado de aumentar de modo directo el número de pequeños campesinos propietarios, ni de eliminar una Deuda financiera que hubiera permitido afrontar préstamos extranjeros.

En el sexenio se da un choque frontal entre el gobierno provisional y la Iglesia por el tema de la libertad de cultos, una medida puramente ideológica, precedida por la disolución, expulsión o incautación de bienes de la Compañía de Jesús del 12 de noviembre, y la extinción de conventos del 19, claramente antirreligiosos, que se completaban con la derogación del fuero eclesiástico del 6 de diciembre.

Como si el gobierno no tuviera suficientes enemigos, ese mismo año comienza la insurrección cubana.

Esta actitud de los radicales liberales provocará la creación de las Asociaciones de Católicos por el marqués de Viluma, relacionado con el partido carlista (reorganizado en Londres por estos hechos), la incorporación a este de los neocatólicos (primera forma del catolicismo político) y la sublevación carlista del 72, a pesar de haber obtenido en 1871 sus mejores resultados electorales (51 diputados y 28 senadores, su extensión a 26 provincias y el aumento de su prensa), y en 1872, 38 escaños en 19 provincias, con mayoría absoluta en cinco capitales de provincia.

Distribución de la incidencia de la desamortización según la propiedad original de las tierras: Señoriales y de la Iglesia. Sin embargo, este gobierno, monárquico y liberal, no logrará resolver el que se perfila como problema básico: el afianzamiento del concepto de propiedad frente al “hambre de tierra” campesino. Por su izquierda serían rebasados por los republicanos y socialistas en la siguiente etapa republicana de 1873.

La desamortización más importante fue la de Pascual Madoz, promulgada el 1 de mayo de 1855, y que se aplicaría hasta principios del siguiente siglo, especialmente por el volumen de bienes.

Nacido en Pamplona, fue un abogado ligado a los intereses industriales catalanes, gobernador del valle de Arán, diputado por Lérida, gobernador de Barcelona y de Madrid y ministro de Hacienda.

Pascual Madoz (1805-1870). Adscrito al radicalismo liberal. Esta desamortización violaba el Concordato de 1851 y afectaba a bienes no eclesiásticos también, y al resto del clero regular no tocados anteriormente. El clero secular, sin embargo, se ve afectado. En total un tercio del total de bienes, localizados especialmente en Valencia, Córdoba, Sevilla, Burgos y Ávila.

No logró un aumento de la productividad y distrajo capitales de la industrialización. Tampoco resolvió el problema campesino.

La Iglesia llega a finales de siglo con 33.403 sacerdotes seculares, 10.000 religiosos y 40.000 religiosas. Sus efectivos son menores que 50 años antes, con una distribución irregular: carencia en Andalucía y exceso en Galicia y Vasconia, pero en el último cuarto de siglo aumentó el clero regular masculino en siete veces la cifra anterior, y el femenino en tres.

Su inserción social se basa en las órdenes religiosas y su labor educativa no exenta de interés económico. Será esta área de la educación la que se convertiría en campo de batalla con otro organismo de izquierdas: la Institución Libre de Enseñanza, krausista.

La identificación política y social que hace el liberalismo, especialmente el más radical, de Iglesia y absolutismo, será heredado por el republicanismo creciente que aplicará las medidas, inoperantes y puramente económicas, de aquel, de modo más dogmático.

 

La acción social

El "catolicismo social" estaba representado por la Acción Social Popular (1908), los Círculos Obreros del padre Vicent (1890-1903), las publicaciones de la Buena Prensa (1908), la Acción Social Católica 1902), las Cajas de Ahorro de la Inmaculada (1905) y el sindicalismo agrario católico.

Políticamente se organiza el Partido Social Popular y el diario “El Debate”. Sectores mucho más reaccionarios, integristas, se acercarán a los conservadores de Antonio Maura. Pero la penetración en los ambientes obreros era deficiente. Frente a las acusaciones de tradicionalismo, la Iglesia había asimilado el liberalismo y aplicado sus recetas sociales cuando ascendían el socialismo y el radicalismo.

Sindicato Católico.(Bandera regalada por Alfonso XIII al Sindicato Obrero Católico de El Escorial -Mayo 1915-) El heredero de los Círculos Obreros (más moderados que los consejos del Papa León XIII en su encíclica “Rerum novarum”) fue el Consejo Nacional de Corporaciones Obreras Católicas, fundado en 1893, y dirigido por el marqués de Comillas, que en 1900 tenía 76.142 afiliados, pero eran organizaciones mixtas, y su labor social verdadera era nula, siendo más bien proselitistas y benéficas. Cometerían el mismo error paternalista que los obispos Lluch Garriga o Urquinaona, y los obreros huían de esos grupos, calificados de rompehuelgas.

Sindicatos Libres.En los Sindicatos Libres se insertaron las bandas al servicio de la patronal (Asamblea del Sindicato Libre de la Catalana de Gas y Electricidad -1925-) Al fracasar el sindicalismo católico patrocinado por la ASP, que en Alemania generará el Partido de Centro y en Italia el Partido Popular, los dirigentes populistas, carlistas, fundarán los Sindicatos Libres, que serán el segundo sindicato español más grande durante siete años y tendrán un papel esencial en el desarrollo del sindicalismo, aunque hoy su papel se minusvalore por su sangriento enfrentamiento con los sindicatos únicos de la CNT anarquista, la cual en 1913 acaba con los sindicatos de la ASP al asesinar a Camilo Piqué, pasando del suyo a las Uniones Profesionales del padre Palau.

No existirá nada similar a la CIL italiana (1.200.000 miembros en 1912) o la CFTC francesa (150.000 en 1919, casi la mitad de la CGT socialista). Si bien los SL triunfaron en su lucha sindical, su fanatismo ideológico y las manipulaciones políticas sobre ellos los hicieron fracasar.

La hegemonía de ideologías de base mesiánica y rural como el carlismo y el anarquismo estuvo íntimamente relacionada con el sustrato rural de la emigración interior a finales del siglo XIX y principios del XX, que la Iglesia fue incapaz de entender. Además, la adscripción del clero y jerarquía vasca y catalana al nacionalismo separatista contribuyó a alejar a estos trabajadores de la Iglesia.

Los SL rechazaron el “comillismo” y la alianza de la ASP y los separatistas de la Liga Catalana, e incluso el corporativismo del ideólogo oficial del carlismo, Vázquez de Mella, basándose en el modelo católico belga del padre Rutten y las ideas de los padres dominicos P. Gerard y J. Gafo, sus fundadores, postulantes de la autonomía sindical.Cinco años después de su fundación en 1919, crearon la CNSLE (Confederación Nacional de Sindicatos Libres de España), y en su apogeo en 1929 llegó a tener 200.000 miembros.

Ningún sindicato posterior de obediencia católica logró el éxito de los SL, ni el FOC catalán (influido por la Liga Catalana), ni la UTC (de la UDC catalanista), ni la nacional CESO, creada en 1934 y vinculada a la CEDA. Cuando se refundaron los SL en 1933 fueron copados por Renovación Española, los monárquicos alfonsinos, enfrentados tanto a la CEDA como a la Falange. Por entonces sólo un 0,5 % de los trabajadores estaban afiliados a un sindicato católico. La CNOC daba la cifra de 36.000 frente a los dos millones de la UGT-CNT.

La tendencia más radical creó la Agrupación de Juventudes Antimarxistas (AJA) con la colaboración de la UME (Unión Militar Española). En las Vascongadas y sobre todo en Navarra, el otro reducto católico, el equivalente al SL, la Confederación Regional del Norte, se integraría en la CESO, siendo obstaculizado por el también católico STV, Solidaridad de Trabajadores Vascos, afecto al PNV nacionalista.

 

Anticlericalismo: la Semana Trágica

Republicanos y radicales se mostrarán como los enemigos ideológicos voluntarios de la Iglesia, haciendo gala de un anticlericalismo específico. En el VI Congreso del PSOE celebrado en Gijón en septiembre de 1902 proclama Pablo Iglesias, su fundador: “Queremos la muerte de la Iglesia cooperadora de la explotación de la burguesía; para ello educamos a los hombres y así les quitamos las conciencias. Pretendemos confiscarles los bienes para que carezcan de medios de vida. No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros”.

28 de Julio de 1909. Barcelona. Esta actitud sería la causa principal de la Semana Trágica de Barcelona y de las matanzas republicanas de 1936.

Fue el 26 de julio de 1909 cuando se proclamó una huelga en Barcelona contra la guerra de Marruecos, en realidad contra el gobierno. Pero la alianza republicana-socialista-anarquista “Solidaridad Obrera” no secundó la huelga oficialmente. El Comité de Huelga lo formaban el socialista A. Fabra, el sindicalista y discípulo de Ferrer Guardia, J. Sánchez (alias Miguel Villalobos) y el anarquista F. Miranda, de insólito parecido con el ejecutado Ferrer (este por lo demás jugador de Bolsa, galanteador, masón y agitador político inspirador de Mateo Morral, empleado de su editorial y autor del atentado del Liceo en 1906).

Barcelona. Momias desenterradas en un convento. Los dos días siguientes arden coordinadamente edificios religiosos, objetivos de radicales y anarquistas, organizados en grupos de 8-10 individuos. El 31 las tropas acaban con la insurrección, con 990 encarcelados y otros tantos liberados, exiliados, saqueos, 112 edificios incendiados (80 religiosos, la mitad escuelas), tres soldados y 75 paisanos muertos y más de 500 heridos (es de señalar que un 60 % de los detenidos eran catalanes, y sólo un 5 % de origen castellano y un 2 % de origen andaluz). Y a falta de estudios fiables, podemos citar datos del carlista J.M. Roma, según los cuales en 1909 existían en ciudades como Barcelona, un 10-15 % de católicos practicantes frente a un número igual de anticlericales activos.

Si el republicanismo lerrouxista medra sobre todo en la inmigración y ni socialistas ni anarquistas fueron partícipes plenos en las jornadas, ¿quién fue el protagonista?. El catalanismo estuvo indeciso como el lerrouxismo. Fue fundamental la existencia de un anticlericalismo liberal capitaneado por Canalejas, abanderado de un intervencionismo fiscal en las órdenes religiosas, heredero de un cierto regalismo español.

Barcelona. Momias desenterradas en un convento. Por oposición, el gobierno Maura-Silvela aparecía como “católico” y proclive a los intereses industriales catalanes y vascos. El anticlericalismo apareció como válvula de escape de los problemas sociales de los industriales, y eso era aprovechado incluso por monárquicos como Campos o reformistas como Melquíades Álvarez, o sectores del Ejército que los acusaban, justamente, de apoyar al independentismo en los territorios ultramarinos.

La elevada participación de mujeres en la industria, muchas de ellas lumpenizadas, y la participación de la Iglesia en oficinas de empleo y manufacturas, contribuyó al desencadenamiento de la violencia. A ello se añade la política de represión del vicio, del gobierno Maura, que llevó a participar en las jornadas a numerosas prostitutas, conocidas por estar fichadas como alborotadoras y delincuentes (“la bilbaína”, “la 40 céntimos”, “la larga ”, “la valenciana”).

También quedó probada la participación en las luchas de organizaciones autónomas de mujeres afiliadas al Partido Radical: las “Damas Radicales” y las “Damas Rojas”, que se crecieron al comprobar la renuencia de las tropas de disparar contra ellas.

 

La II República

En 1931 se proclama la II República, en medio de la defección de los monárquicos. Por entonces había 20.000 religiosos, 60.000 monjas y 35.000 sacerdotes, en 5.000 comunidades, el 20 % masculinas. Se suele citar que dos tercios de los españoles eran católicos no-practicantes (es decir, católicos de boda, bautizo y funeral), lo cual era una cifra respetable como para ser ignorada, especialmente a efectos culturales, e históricos.

Sociedad Cultural ( fundada en 1931 ) y revista doctrinal católico-monárquica de relativa importancia y penetración, incluso en entornos hispanoamericanos. Se publicó hasta el inicio de la Guerra Civil en que fueron asesinados, su director Ramiro de Maeztu, y dos colaboradores: José Calvo Sotelo y Víctor Pradera. Los sectores antirrepublicanos se organizan inmediatamente. “Acción Española” fue una revista generada por el círculo cultural del mismo nombre. Eran los sectores que habían apoyado la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, herederos por lo tanto del partido creado para apoyarlo, la “Unión Patriótica”, de ideología indefinida, como su sucesora, la Unión Monárquica Nacional, prefascista.

El principal ideólogo de AE será Ramiro de Maeztu, teórico de la monarquía militar y del rearme ideológico ante la nueva situación. Otro ideólogo sería José María Pemán, que ofrecerá como ideología la religión. El partido que surgirá de ella será “Renovación Española”, los monárquicos autoritarios, y esta será su ideología, acercándose a carlistas como Víctor Pradera y a integristas como Vegas Latapié, y rechazando el fascismo. Su principal estrategia, consecuentemente, será el golpe militar. No obstante, un sector mayoritario se opondrá a Franco y a favor de la restauración monárquica, después de 1939.

Los posibilistas de la CEDA (Confederación Española de las Derechas Autónomas), creada en febrero de 1933 partiendo del núcleo de Acción Popular, indiferentes a la forma de gobierno, y su órgano “El Debate”, condenarán su maurrasianismo, condenado a su vez por la Iglesia en 1929. Esta actitud se reflejaba incluso en el antagonismo con el principal diario monárquico, el “ABC”.

Pegatina para las elecciones de 1933 El partido propiamente católico fue “Acción Popular”-CEDA, antes llamada “Acción Nacional”, creada el 29 de abril a instancias de Ángel Herrera en una reunión de la “Asociación Católica Nacional de Propagandistas”. Su meta será combatir contra la revolución desatada por la alianza de los republicanos con la izquierda y a favor de la religión, la propiedad y el orden dentro de la ley. Su actitud democrática y moderada fue demostrada por sus pocas exigencias ministeriales cuando ganaron las elecciones (el llamado exageradamente “bienio negro” por las izquierdas republicanas).

Los católicos se habían organizado ante la ola de anticlericalismo visceral avivado por la izquierda, ya definitivamente escorada hacia la revolución por la alianza del sector radical de los republicanos, la izquierda socialista y el PCE. Además, el miedo a la revolución, ejemplificado en la oleada de huelgas italianas, el régimen de Bela Kun en Hungría y la insurrección espartaquista alemana, regía la política de los años 1920-40. Los fascismos surgirían, precisamente, como respuesta.

Liberales, socialistas, reformistas, masones, intelectuales, republicanos, librepensadores, etcétera, no tenían en común más que su anticlericalismo, un anticlericalismo, las más de las veces burdo, ignorante, casi instintivo, incapaz de superar casi siempre aquello que atacaba y pretendía destruir. El anticlericalismo había, incluso, corroído con frecuencia personas, partidos, publicaciones, etcétera, que iban a quedarse en cueros el día que la Iglesia dejase de ser un enemigo público con poder”. (“Iglesia y República: diálogo imposible”. V.M. Arbeloa. 1981)

El cardenal Segura; detención en 1931. Es cierto que había excepciones a la voluntad de la Iglesia de sobrevivir a cualquier régimen (como ocurrió con la Iglesia del Este durante la era comunista), como el cardenal Segura, arzobispo de Toledo, huraño y tradicional pero agradecido al rey, que publicó una pastoral monárquica a primeros de mayo. Tuvo que ir a Roma invitado por la Nunciatura. Regresó silenciosamente y el ministro de Gobernación, el católico Miguel Maura, lo puso en la frontera. Caso similar al del obispo de Vitoria, Múgica, expulsado un mes antes. Desde Francia envió instrucciones a los obispos sobre como poner a salvo los bienes eclesiásticos, lo que llegó a conocimiento de la policía. El Gobierno, la Nunciatura y el Vaticano lograron hacerle dimitir de su cargo a primeros de octubre, lo que él no perdonó.

Para completar, los días 11 y 12 de mayo hubo una quema de conventos e iglesias, particularmente violento en Madrid, Valencia y varias capitales andaluzas, con daños cuantiosos. Y las publicaciones católicas comenzaron a sufrir cierres y multas continuas.

El anteproyecto constitucional en materia religiosa (artículo 26) se transformó en un texto radical anticlerical por la intransigencia socialista, la indiferencia de Azaña y el sectarismo del resto. Los debates llegaron a ser violentos a pesar del carácter contradictorio de algunas figuras de ambos bandos. Azaña salvó las órdenes religiosas, controladas, al precio de disolver la Compañía de Jesús. Su frase “España ha dejado de ser católica”, como sus referencias sobre “triturar” al estamento militar, causaron profundo resquemor en estos sectores.

Los líderes republicanos estaban condicionados tanto por su alianza con la izquierda como por su carácter intelectual y progresivamente radical ante los acontecimientos. Por otra parte, la consigna de una “República republicana” ya auguraba la voluntad de marginar a amplios sectores de la población, que desembocaría en agresiones a los fieles en sus actos. La Constitución promulgada el 9 de diciembre de 1931, proclama que el Estado no tiene religión oficial, con todas las consecuencias jurídicas y políticas que pueden verse en otros muchos artículos, anuncia la total extinción del presupuesto del clero en el término de dos años, exige la autorización gubernamental para las manifestaciones públicas de culto, somete los cementerios a la jurisdicción civil, declara el matrimonio soluble por mutuo disenso o a petición de cualquiera de los cónyuges alegando justa causa, y establece la enseñanza laica, reconociendo a las iglesias el derecho, sujeto a inspección del Estado, de enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos.

Las masas católicas quedaron conmocionadas, y el tema religioso, totalmente marginal en el contexto político, demostró ser central a través de la agitación.

Isidro Gomá y Tomás ( 1869-1940), tras la expulsión de Segura fue designado primado de España; se alineó decididamente del lado franquista. Provocó la primera crisis gubernamental al dimitir el presidente Alcalá Zamora y el ministro Maura. No obstante, la Iglesia no rebasó los límites de la indignación, ni siquiera con la ley especial del 2 de junio de 1933 que agravó notablemente las disposiciones de control de las órdenes religiosas, lo que generó una encíclica del Papa Pío XI, “Dilectissima nobis Hispania”.

El bienio de la CEDA frenó estas disposiciones, pero el nuevo triunfo del Frente Popular trajo 17 sacerdotes asesinados y 411 templos saqueados o incendiados. Al frente de la Iglesia española se encontraba entonces el intransigente cardenal Isidro Gomá, firmante de la “Carta Pastoral” del 1 de julio de 1937 pro-bando franquista. Carta que no firmaron Vidal Barraquer y Múgica por las ambigüedades del nacionalismo vasco y catalán.

No es necesario explayarnos en la ola de violencia, crueldad y asesinatos que supuso para la Iglesia la Guerra Civil. Basta decir que fueron asesinados unos 55.000 seglares y casi 7.000 sacerdotes. Los incidentes fueron más numerosos en las zonas catalana, aragonesa y andaluza. Curiosamente, lugares emblemáticos para el nacionalismo catalán como la abadía de Montserrat o la catedral de Vic, no resultaron dañados.

No es extraño que el franquismo viese en el miedo y la ira católicos un buen medio de reclutamiento y sustituto ideológico, ausente de toda alusión religiosa como había estado su “Manifiesto de las Palmas”. De este modo el panteísmo religioso del fascismo de la Falange se tiñó de catolicismo y Franco restableció las relaciones con el Vaticano evitando las fricciones como las que había habido con los regímenes alemán e italiano. Esta alianza de conveniencia, provocada por la actitud asesina de la izquierda y los exaltados, fue la común en la época del auge de los fascismos. Así, en el artículo 6 de la Carta de los Españoles del 13 de julio de 1945 se dispone: “La profesión y la práctica de la religión católica, que es la del Estado español, gozará de la protección oficial. Nadie será molestado por sus creencias religiosas, ni en el ejercicio de su culto. No se autorizarán otras ceremonias ni manifestaciones externas que las de la religión católica”, y se firma el Concordato en 1953.

A partir de 1957 serán los tecnócratas del “Opus Dei” los que lleguen al poder, como antecedente del giro que supondrá el Concilio Vaticano II de 1962-65. También a finales de los 50 y principios de los 60 se reestructuran los opositores políticos: PSOE y PCE. Pero, mientras tanto, otro sector se estaba agitando en la Iglesia: los nacionalismos que hoy nos oprimen y explotan.

 

Las iglesias nacionalistas y ETA

La carta del 13 de mayo de 1960 de 331 sacerdotes vascos, las declaraciones del abad de Montserrat del 14 de noviembre de 1963, la marcha de 130 sacerdotes de Barcelona el 11 de mayo de 1966... Franco dirige una extensa carta al Papa Pablo VI el 29 de diciembre de 1972 en la que le expone su preocupación por las actitudes claramente políticas de parte del clero, solicitándole interviniera y se conservaran las relaciones Iglesia-Estado. No hacía sino reflejar la infiltración de las ideologías nacionalistas e izquierdistas en el seno de la Iglesia, ya en los años 50. La Iglesia vasca y catalana continuó apoyando el nacionalismo como había hecho antes y durante la República y la Guerra Civil. De ahí la represión contra ellos en 1939.

Jesús Bastante, en La Esfera de los libros. El propio régimen preparaba esta situación con la política de incentivación de los “tradicionalismos locales” para contrarrestar la “agitación marxista”, sin ver la alianza entre estos y la bomba de relojería de los nacionalismos. El nacimiento de ETA forma parte de este resurgimiento del “nacionalismo clerical” aún inconcluso hoy.

Si el convento benedictino de Lazkao, y después el seminario de Derio, ya fue un importante centro de reunión de grupos católicos nacionalistas, será en octubre de 1958 cuando nacerá ETA en la Casa de Ejercicios Espirituales de Guetaria y posteriormente en la casa cural de Gaztelu, a finales de 1959, donde se celebrará también la V Asamblea ocho años después. Para entonces más de dos tercios de sus miembros pertenecían a la Acción Católica. Esta organización se había ido independizando de la jerarquía, contando con el apoyo de los jesuitas, desde 1956, con los comienzos del cooperativismos (Ulgar) y cinco años después formó la base de expansión nacionalista.

A inicios de la década de los 60, la Acción Católica vasca (HOAC y JARC) y las órdenes religiosas, destacadamente jesuitas y benedictinos, apoyan a ETA por la inoperancia del PNV. No fueron los únicos. Los GAC (Grupos de Acción Carlistas), colaboradores de ETA, se crearon en el Colegio Mayor Belagua en 1968, por parte de estudiantes del Opus Dei.

Hermandad Obrera de Acción Católica. No es un hecho causal, como no lo es que en el periodo 1951-61 triunfó la táctica del PCE de infiltrarse en las organizaciones de la Iglesia, lo que incentivaría notablemente que, al llegar el proceso de Burgos, la simbiosis nacionalismo-izquierda sea completa. Hasta hoy mismo, con el apéndice mutante de la izquierda nacionalista vasca. Ya en la década de los años 50, se calcula que tres cuartas partes del clero vasco es hablante de esta lengua, y está muy influenciado por personajes como el padre Estella, ya presente en el germen etarra del grupo Ekin. Se ampararán en la red de escuelas, seminarios, residencias y escuelas clandestinas vasquistas que crearon, semillero de odio y proselitismo, que a la muerte de Franco permitirán una explosión nacionalista por encima de los partidos y sólo aparentemente espontánea.

En el año 1968 los curas nacionalistas se sienten lo suficientemente fuertes como para enfrentarse al anciano y austero obispo Gurpide, encerrándose 330 de ellos en el Arzobispado de Bilbao, en pleno estado de excepción. Es el grupo Gogor. Las jerarquías también colaborarán: las homilías de enero de 1974 del vicario Ubieta, la actitud del obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, que provocó su arresto domiciliario, el anteriormente obispo, monseñor Cirarda, precursor en maniobrismo del nefasto Setién, antiguo agitador de la izquierda nacionalista junto al antiguo obispo auxiliar de Bilbao y obispo de Zamora, monseñor Uriarte. Estas jerarquías encontrarán un aliado en la jerarquía española en la persona de monseñor Tarancón, un prelado que vio el cambio que se avecinaba y, como tantos otros, cambió de bando para labrarse un pasado “progresista”.

Monseñor Setién ex-obispo de la comunidad Autónoma Vasca, consuelo y defensor de terroristas. Al llegar la democracia, según el sociólogo americano Robert Clark, la participación de clero y militantes católicos en ETA es de 3 de cada 4. La minoría restante será la que provocará las escisiones “obreristas”.

Esta dinámica eclesial vasca con ETA y el nacionalismo es detectada por el brazo derecho de Franco, el almirante Carrero Blanco, a través de su SECED y de su círculo del Opus Dei. El enfrentamiento entre estos dos sectores se saldará con la muerte del almirante en el atentado de la calle Claudio Coello, detrás de la iglesia de los jesuitas de Serrano.

La legitimidad que tiene el nacionalismo vasco y catalán le viene por el apoyo de sus Iglesias. Esa es la clave de su éxito inicial, de su pervivencia y resurgimiento tan sólo diez años después de acabada la Guerra Civil, que ellos provocaron en gran manera.

 

Entre la Liberación y el Carisma

Los años 60 y 70 van a ser de profundos cambios en la Iglesia. El alineamiento de sectores volcados en el ámbito social, especialmente en el Tercer Mundo, con la izquierda, incluso en sus versiones violentas, va ha generar una “teología de la liberación” que beneficiará, a medio plazo, mucho más a la izquierda que a la Iglesia. Cuando pase esa etapa, la Iglesia lo pagará al caer los fieles de zonas como Hispanoamérica, en las redes bien financiadas y conservadoras de los evangelistas protestantes norteamericanos.

Leonardo Boff ( Prof. de Ética en la Univ. de Río de janeiro) es uno de los fundadores, y más radicales, de la T.L. Sostiene que en las culturas laten las semillas del Verbo, es decir, establece las culturas como fuentes de la Revelación ( criterio opuesto a la doctrina universal, donde las culturas no pueden ser criterio último de la verdad). El movimiento de la TL hablará de una “liberación de toda forma de alienación religiosa, a menudo alimentada por la propia institución eclesiástica, que impide al creyente acercarse de manera auténtica a la palabra del Señor”. Acusará al Concilio Vaticano II de “no poner en tela de juicio el sistema injusto que sostiene la vida social”.

Pero los intentos de modernización van a provocar una reacción a la contra que dibujará una fractura en el seno de ella.

Gustavo Gutiérrez Merino, acuñador del término Teología de la Liberación en 1969, sintetizó en un libro todas las ideas de esta tendencia. A la Teología de la Liberación le sucederá el movimiento de recristianización, los carismáticos. Si los esfuerzos consensuados del Concilio Vaticano II son contestados desde la Teología de la Liberación con lenguaje marxista, la contestación carismática no utiliza el de la extrema-derecha, no es un integrismo a la islámica.

Desde 1975 el proceso de “modernización” católica cambia de objetivo, teniendo como fin revertir la laicización de la sociedad, acusando a los presupuestos de la modernidad (incluido el comunismo) de haber fracasado. Es una reevangelización que reacciona a la crisis social de la “postmodernidad” y que la define como crisis de valores, de anomia social y de ausencia de lo sagrado. En definitiva, una interpretación religiosa de la deshumanización de la sociedad de consumo y de la represión marxista.

Renovación Carismática Católica ( o Renovación Cristiana en el Espíritu ) movimiento que impulsa los grupos de oración y una nueva evangelización para la recristianización de la sociedad. Ha celebrado 7 Conferencias Internacionales desde 1973 ( foto adjunta de la 7ª Reunión en Asís, en 1993, donde predicó el P. Raniero Cantalamessa). Será con el pontificado de Juan Pablo II que se afirmará esta identidad católica y su voluntad militante de ruptura con el entorno laico. Quizás sea el cardenal Lustiger el que mejor representa esta actitud. Considera que el origen de este mal está en “la Ilustración, que ha engendrado el totalitarismo, es decir, una divinización de la razón humana impermeable a cualquier crítica”.

Jean Marie Lustiger, Arzobispo de París. Evidentemente esta crítica al Estado laico no supone su sustitución por otro religioso. El catolicismo acepta la autonomía estatal, aún exigiéndole subordinación a las verdades evangélicas. Afirman los carismáticos: “La idea moderna de libertad es un producto legítimo del espacio social cristiano”. Esa es la diferencia con los fundamentalismos islámico, hebreo e incluso protestante. La Ilustración, forjada en pugna con el cristianismo es, no obstante, un producto posible de ella. No desea un Estado total ni un Estado cristiano. Esta cultura democrática, si bien tiene un efecto evidentemente beneficioso, por otra parte supone no poder conquistar la hegemonía de la sociedad, de por sí fragmentada por el laicismo democrático. Por ello, en Polonia, tras la caída del comunismo, la gran división entre la mayoría católica fue la conveniencia de un partido específicamente católico.

En España, con la hegemonía de una izquierda que utiliza el viejo anticlericalismo rampante como forma de ocultar su anomia ideológica, estos movimientos aparecen como ultra-conservadores, aunque no todos ellos posean esas características ni en la misma medida, siendo sus principios familia y propiedad, rearme moral y anticomunismo.

Esto las coloca en el punto de mira del laicismo de izquierda, otorgándoles un papel político que no tienen ni desean por el momento.

 

Los peligros del hoy

¿Cuál debe ser entonces el papel de la Iglesia en la actualidad?.

¿Un referente moral, cuando ya lo fue y no logró adaptarlo a las situaciones y el paso del tiempo?.

¿Una acción social, que desembocó en una absorción por las ideologías?.

¿Una reacción conservadora, que corra el peligro de acabar en el aislamiento y ataque políticos por parte de las élites intelectuales laicas dominantes?.

Si la religión ha de tener un papel en la sociedad sólo puede serlo como referente de esta.

En España sabemos bien lo que es esta postura. El catolicismo acompañó al Imperio primero y a la nación después, pero en contra de lo que ha difundido la Leyenda Negra, antigua y moderna, la Iglesia no ocupó el Estado ni fue una alianza.

El regalismo, la doctrina tradicional española sobre religión, implica una relación con esta en la que predomina el Estado. Respeta las áreas de cada uno pero no las aísla, y distingue sobre todo entre institución y doctrina en esta relación que mantiene. Tampoco niega el hecho religioso ni su proyección social, la cual reconoce. Es la única actitud que permite un catolicismo que desea recuperar su espacio social reconocido sin dominar la sociedad al modo integrista. Pero ello requiere de un Estado estructurado. La España actual no lo es. Y la grosera manipulación que hacen los nacionalismos es cancerígena para sus Iglesias y viceversa, sólo augura ruptura y enfrentamiento.

La Iglesia española debe imbricarse en el proyecto español, desde posiciones siempre apolíticas, si quiere ser aceptada. Si la Iglesia es comunidad, debe formarla, rehacer la sociedad, crear pueblo, y ello es, en definitiva, hacer nación.

Debe, sobre todo, hablar con una sola voz. Espectáculos como la campaña contra la eutanasia, de noviembre de 2004, boicoteada por la Iglesia vasca e ignorada por la catalana, son contraproducentes. Su actitud ha sido una negación del ámbito nacional donde se mueve la Iglesia española y su devenir.

En el Congreso de Apostolado Seglar, previo a la campaña, y no realizado desde hacía 20 años, se reconoció “la debilidad apostólica... la mediocridad espiritual... y su profunda división en grupos y tendencias”, “Por la izquierda se vive un alejamiento práctico de la jerarquía. Y por la derecha, están más preocupados por cultivar su carisma específico que en la tarea común de la Iglesia”. La consecuencia, continúan, es “una época de enfriamiento religioso apostólico y de debilidad profética de la Iglesia... Nos acosan por todas partes, pero no pueden con nosotros. Nos vemos perseguidos, pero nunca aniquilados”.

Se denunció también “las mayorías fabricadas por quienes controlan y manejan los medios de comunicación... que pueden convertir al cristiano en un marginado social, cultural y hasta profesional... Porque en la sociedad española actual reina una mentalidad revanchista y antieclesial, que provoca una descristianización con una amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros países europeos”.

Esta autocrítica no fue del gusto de toda la jerarquía, de la vieja guardia taranconiana a punto de jubilarse. Como alternativa se propuso la presencia social a través de asociaciones. Gesto inútil. Sin enraizamiento real en la población no logrará resultados. Si, por ejemplo, la campaña antieutanasia no llega a los fieles en la lengua común a todos los españoles, y si no puede llegar porque las iglesias están ocupadas por separatistas o colaboracionistas, predicará en el vacío, o servirá para reforzar posiciones ajenas e incluso hostiles a la Iglesia española.

Según la encuesta del CIS de 2002, el 20 % de la población es católica practicante, el 42 % creyente, el 80 % se considera católica y el 75 % poco o nada religiosa. Unos 9 millones asisten cada fin de semana a misa.

Por otra parte, el mensaje que puede anunciar la Iglesia es perfectamente comprensible y compartido por la sociedad: que si bien ha habido progreso en aspectos materiales y en ciertas libertades y medios de vida, la sociedad como tal se ha empobrecido y endurecido notablemente, en calidad humana y vivencial.

Sin ser mejores otras épocas, sí es cierto que el hombre que habitó en ellas lo hizo de un modo más entero aunque mucho más duro.

Quizás sea cierto el dicho de ese filósofo trasgresor y anticristiano, Federico Nietzsche: “Desde que el hombre mató a Dios, no hace otra cosa más que buscarlo”.

Lo que se ha roto es el equilibrio entre lo sagrado y lo profano, entre el orden y la libertad, y ahora son mancilladas ambas.

No hay Iglesia española, ni futuro, ni pasado, sin nación española. Sin más.