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ANTISEMITISMO e IZQUIERDA, VIEJOS COMPAÑEROS

Hay otra “bestia negra” de la progresía internacional, aparte de los EEUU: Israel. El apoyo a los terroristas palestinos (ahora islamistas) es la movilización recurrente y periódica de la izquierda, y su alineación con los integristas islámicos tiene mucho que ver con el hecho de ser estos el tradicional rival de los israelíes.

Marx, el fundador del marxismo, era judío alemán, nieto y bisnieto de rabinos en ambas ramas, emigrados de Italia y Hungría, aún siendo un judío cristianizado (como su padre, bautizado en 1817 ante las barreras a la admisión en la abogacía de judíos por parte de los gobiernos de los estados alemanes post-napoleónicos) e ilustrado, incluso antirreligioso, no se libró de los ataques y sarcasmos antisemitas de los primeros ideólogos socialistas (Bakunin, Proudhon, Dühring…).

Esto pudo haber generado en él un “juedischer selbsthass” (“autoodio judío”), teorizado por el escritor alemán Theodor Lessing, y que sufrió de modo rabioso el también escritor Otto Weininger o el financiero y presidente alemán Walter Rathenau, admirador de los nacionalistas antisemitas (como Thomas Mann) y asesinado por ellos. Todos eran judíos y sufrieron por los ataques del entorno en el que estaban totalmente integrados.

El autoodio es una salida habitual. La vemos cotidianamente en los territorios dominados por los nacionalismos separatistas en España, donde el “maketo” y el “charnego” se unen al enemigo y a sus falsas “cultura” y “lengua” de modo militante, para escapar a la marginación y al concepto de culpa machaconamente inculcados en sus escuelas y medios de comunicación.

El desprecio por los judíos está bien documentado en Marx. En su obra “La cuestión judía” afirma que la moral secular judía es el egoísmo, su religión el regateo y su dios el dinero. En sus “Werke” dice: “El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el cual ningún otro dios puede ser”. Y lo repite en “La sagrada familia” y en las “Tesis sobre Feuerbach”. Frecuentemente cita el origen judío de financieros como los Foulds o los Rothschilds y en uno de sus artículos en el “Tribune” de Nueva York escribe: “…todo tirano está apoyado por un judío y cada papa por un jesuita”. A Lassalle lo escarneció por ser un judío no bautizado y pro-semita, llamándolo “negro judío”.

Marx necesitó eliminar la lacerante cuestión de su judaísmo ante el acoso externo, tanto del campo socialista como del creciente y nuevo campo nacionalista.

No obstante, la negación de Marx no es racial, es básicamente sociológica, económica y cultural. Es una crítica radical a los que se niegan a abandonar el ghetto que aún podía constituir su cultura o religión judías. Es la actitud del renegado.

Una teoría interesante y reveladora es la de Isaiah Berlin, según la cual Marx identificó a la nueva clase social de “parias sin patria”, el proletariado, como forma de desviar el anatema sobre sus orígenes sociales, cumpliendo las promesas modernas de igualdad y razón. Pero ese proletariado, como ya fue denunciado por otros intelectuales que transitaron por el marxismo (Gorz, Colletti…), es un ente abstracto cuyas condiciones reales de existencia son percibidas también como abstracción, completamente externas a Marx y su entorno, burgués, aunque modesto.

Según Berlin, a quien está vengando es al pueblo de parias sin tierra desde siglos, no a una clase recién nacida. De ahí la atracción por la política revolucionaria de tantos judíos en los países del centro y este europeos.

Marx se construyó una identidad porque ya había abandonado otra. Fue una “rebelión contra el padre” conformista e integrado pero admirado, al estilo de Freud, otro hebreo en rebelión contra la sociedad que le rechazaba. No puede ser Marx el motivo del antisemitismo izquierdista.

En lugares donde la industria no se había afianzado lo suficiente, persistía en el seno de los revolucionarios izquierdistas el tradicional recelo hacia el prestamista hebreo, precursor del capitalismo financiero, como fue el caso de los makhnovistas rusos. Víctimas de Khodovkortsg , Hospital Alexandrov de Kiev (1919). Los nacionalistas alemanes no inventaron nada, ya se hacía. La presencia de intelectuales de origen judío entre los líderes revolucionarios rusos (Lenin, Trosky, Kamenev, Zinoiev...) estimuló la génesis del mito del “judeo-bolchevismo” y del doble control hebreo sobre el capitalismo y el comunismo, pero no evitó la histeria antisemita de Stalin.

En la URSS hubo discriminación contra los judíos en los años 30-50. Antes, el sionismo fue considerado enemigo (como refleja crudamente Menachem Begin en su autobiografía “La rebelión”), pero no de modo principal. Los grupos sionistas fueron disueltos y los militantes arrestados, pero era parte de la represión general del régimen. La campaña “anticosmopolita” de finales de la década de los 40 no iba dirigida específicamente contra los judíos. Uno de los resultados de la campaña fue la destrucción de la cultura yiddish (que no era la de los sionistas) y la muerte de los escritores judíos.

Evidentemente todo ello eran manifestaciones de antisemitismo, pero sólo al final de la vida de Stalin existió persecución racial (el caso del “complot de los médicos judíos”), tanto como obsesión personal como forma de reestructuración del régimen estalinista. De hecho hubo un plan para deportar a todos los judíos al norte del círculo polar ártico.

No olvidemos el Pacto Hitler-Stalin y la admiración mutua de estos, la neutralidad soviética ante la eliminación de los comunistas alemanes y la política “pacifista” de la izquierda (y no sólo de ella) ante las agresiones hitlerianas (“Morir por Dantzing, ¡no!”), tan parecida al “No a la guerra”.

Hasta la década de los 60, Israel y el sionismo fueron un enemigo más. A partir de 1963 apareció y fue tolerada una literatura “antisionista” con argumentos claramente antisemitas.

Estos argumentos eran:

  • El judaísmo es un fascismo mundial.

  • Los personajes y obras históricas judías eran “fascistas”.

  • Los judíos son chauvinistas, asesinos y parásitos.

  • Pretenden dominar el mundo con el engaño, el asesinato y la corrupción moral y material.

  • Son los creadores del capitalismo y del anticomunismo.

  • Hitler y los nazis fueron marionetas de ellos (¿?).

  • Dominan a los EEUU y a los países occidentales.

  • Son judíos los políticos occidentales y los financieros.

  • Los progromos contra ellos fueron acciones de autodefensa.

Es el mismo discurso de los nazis, expuesto del mismo modo simple y grosero. En los últimos años de la URSS, en los años 80, esta actitud arreció. Existía una abundante literatura de entretenimiento donde la figura del criminal y antisoviético era un judío esteriotipado.

Pese a su lealtad y comportamiento en la 2ª Guerra Mundial (200.000 bajas, numerosos 'Héroes de la Unión Soviética'), durante ese período se evaporó, en la retaguardia, cerca de 1 millón de judíos. Esta fue la propaganda que, a partir de 1986, con la “glasnost”, se abrió paso abiertamente, cambiando el carácter “antisoviético” por el de “comunista” de la “conspiración judía mundial”, y originando la extrema-derecha rusa y los “nacional-bolcheviques” (“Pamiat”, UNR, “Russkoie Voskresenie” u “Otchizna”), pero paradójicamente, el cúmulo de problemas en Rusia y el caos ideológico de esta tendencia política hizo que el antisemitismo no fuera el eje ideológico de casi ninguno de ellos.

Esta actitud antisemita no estaba especialmente radicada en la población rusa, que desde los años 20 no veía a judíos ocupando puestos en la jerarquía política, ni tampoco era una línea política primordial. El directorio político de la Fuerzas Armadas soviéticas fue uno de los principales sostenedores de esta política, e individuos concretos del Comité Central del Partido y del KGB. Pero otros eran enemigos de ella.

En definitiva, la actitud antisemita de parte del liderazgo soviético parece haber estado enfocada a identificar a los disidentes y liberales con un enemigo más visible y conocido, los judíos, en la línea estalinista. Esa es la razón de que sólo se permitiera a esos disidentes emigrar a Israel, aunque no fueran judíos. El antisemitismo, como el nacionalismo, es un medio siempre eficaz para la lucha política.

Mayo del 68 supuso una explosión de apoyo a los palestinos. Paradójicamente en los grupos de extrema-izquierda abundaban los estudiantes de orígenes hebreos, muchos de los cuales, como revolucionarios arrepentidos después, descubrirán el integrismo religioso. Apoyan la convivencia en Palestina, deseo que se truncará por la radicalización del terrorismo palestino y su culminación en la masacre de atletas israelíes en Munich en 1972, que provocará la desmovilización de muchos.

La izquierda considera este enfrentamiento a nivel ideal: 600 millones de árabes contra 16 millones de judíos. Con sus contradicciones a cuestas, porque este esquema es racista, supone apoyar a unos ultrareaccionarios árabes, cuyos regímenes ya no tienen el marchamo de “progresistas” (claro que Cuba y Corea del Norte tampoco y...), y olvidar (cómodamente) que en sus inicios el peligro musulmán lo era contra Europa y la cristiandad, y no contra los judíos.

Olvidan también que la OLP de los años 70-80 fue la “Al Qaeda” de hoy, igualmente apoyada por ellos (y también una de las organizaciones políticas más ricas).

Esta izquierda, olvidadiza en su desconcierto ideológico, plagada de “árabes moderados” y “judíos antisionistas” (autoculpabilizados), que lanza violentas diatribas antioccidentales y antinorteamericanas, está cómodamente instalada (y financiada) en el “mundo occidental” y sus “libertades burguesas”.

Mal que les pese a los intelectuales de lo “políticamente correcto” y progresista, sigue existiendo diferencia entre civilización y barbarie.

La izquierda ha mostrado un fanatismo y una irracionalidad profunda a lo largo de su historia. Y sigue defendiendo dictaduras con el lenguaje de “la democracia y la libertad”. Sigue insistiendo en ver el problema de Oriente Medio en Israel en lugar de en las sociedades y culturas árabes y sus élites corruptas.

Pero continúa permaneciendo oculto el motivo del antisemitismo larvado de la izquierda y de tantos de sus intelectuales: N. Chomsky, E. Said, J. Bové, J. Beaufret, R. Garaudy o E. Morin.

La respuesta está en su historia. El antinorteamericanismo es un enemigo insuficientemente visible y corporativo, es necesario alguien más sólido, más coherente, más simple y alejado de las complejas teorías sobre clases sociales y geopolítica, y el Estado judío de Israel, el “judío eterno”, cumple todos los requisitos. Al final, la política es una simple cuestión de amigo o enemigo.

Esta función la cumplió el pueblo hebreo para los nazis y los estalinistas. Como lo cumple el pueblo español para los “nazionalistas” vascos y catalanes (la mayor cantidad de judeofobos se da en Cataluña y Vasconia, según una encuesta -2004- del instituto Gallup).