Comunicado nº 24. FEBRERO 2008

Iniciamos con este una serie de análisis en profundidad sobre los diversos componentes actuales del movimiento contra la situación de desintegración nacional, degradación de la democracia, quiebra de valores y blindaje de la partitocracia.

Vamos a hacerlo, además, desde el punto de vista de cada sector, con sus argumentos, intentando también desvelar sus carencias.

Son tendencias que, partiendo de su ámbito, han debido avanzar hacia una comprensión global del problema en sus diversas facetas y en su origen.

Queremos con ello invitar a la reflexión a cada sector del movimiento, y a que se reconozcan entre ellos. Este reconocimiento entre sectores y grupos es la línea que siempre hemos propugnado los NOA.

Después de los grupos católicos seguirá el de los conservadores, los constitucionalistas, los “no-nacionalistas” junto a la resistencia al terrorismo nacionalista armado, la izquierda leal, y los liberales. Esperamos os sean útiles

¿Política católica o catolicismo político?

Valores frente a laicismo vacío

La presencia viva de grupos católicos en el movimiento de resistencia al actual estado degradado de la situación política y social en nuestro país, se enmarca en lo que se ha llamado el “retorno de lo sagrado”.

Esto está originado por el derrumbe de las “utopías seculares”, especialmente el “socialismo real”, el comunismo, y en general de la izquierda occidental, sustentada en los efímeros logros socio-económicos del “Estado del Bienestar” ya desaparecido.

Los grupos católicos surgen como protesta a la degradación social de una “ética progresista” que, en realidad, está vacía y no ha engendrado valores reales, sólidos, más allá de un lenguaje hoy reconocido como “políticamente correcto”, donde abrevan sus sectas.

La crítica es especialmente hiriente para una izquierda instalada en el poder y en el sistema, que se acomoda muy bien al consumismo ciego, y que ha apoyado a los regímenes del “Telón de Acero” que sólo han gestionado miseria. Una izquierda, por lo tanto, que sólo ofrece consumismo o miseria.

La laicidad aparece como una parte (sacada del viejo arsenal decimonónico de los radical-socialistas) del sustituto ideológico del programa económico izquierdista. Fracasada la nacionalización masiva comunista, finiquitada la tendencia obrerista y la pantalla (liberal además) del Estado del Bienestar, la izquierda se queda sin la excusa económica y sin ideología, debiendo recurrir a los llamados “nuevos movimientos sociales” que le proporcionan los rendimientos de una estrategia política, y la mejor defensa siempre es un buen ataque: cuotas de poder para las minorías raciales y sexuales, para las mujeres (es decir para su élite profesional), puertas abiertas a la inmigración, demonización de la derecha y del “neoliberalismo globalizador”, ataque a todo lo que huela a religión, moral o tradiciones, actitudes “mayo-68” incluso a nivel institucional (lo que genera contradicciones y problemas profundos)...

De manera que el origen del surgimiento recristianizador es el mismo que el de todos los grupos realmente “antisistema”: la verificación de que tal sistema no funciona y, sobre todo, que no es lo que dice, que se sustenta en mentiras, en potentes pantallas mediáticas, en mistificaciones y manipulaciones. En que, de hecho, no sabe a donde va, avanza a salto de mata y es parte de los intereses inmediatos de los grupos políticos y económicos, y de su desnudo afán de poder.

El inicio de este resurgir está, más que en las consecuencias del Concilio Vaticano II, en el magisterio de Juan Pablo II, en el que se reafirmará la identidad católica a través de la ruptura con las bases de la sociedad laica, proporcionando una alternativa de ética, de orden y en definitiva, de sentido.

Las resistencias, como para el resto del movimiento, son grandes. La recatolización surge en una sociedad profundamente secularizada, donde los medios de comunicación, o la escuela, lejos de ser neutrales o de “educar para la libertad”, son palmariamente sectarios, represivos y tendenciosos. El modelo de vida que ha dejado esta herencia de mayo del 68 en la que abreva todo “progre” o “alternativo”, es de un pasotismo y una vacuidad pasmosas.

En este contexto, el lenguaje evangélico suena doctrinario y sobre todo moralista, ético hasta rozar lo estético. Si se obstina en mantenerse en ese estrecho (socialmente) margen cuesta mucho penetrar en él desde el exterior, a menos que se zambulla en el medio político como consecuencia de la presencia de la identidad, los valores y la labor católicas y su papel en la sociedad.

El tema de los valores no es secundario, es fundamental tanto por el actual contexto social como por los ataques de un “laicismo” utilizado como pura maza de asalto sin contenido ético alguno. Se trata de una batalla de valores y derechos.

Los valores no poseen una validez permanente, necesitan recomponerse y reimplantarse, so pena de convertirse en mera apariencia con el paso del tiempo. Eso ocurrió con el cambio social durante el franquismo, los años 60 de la tecnocracia y el desarrollo económico que sustituyó al formalismo ideológico del falangismo.

La propia identidad de los valores requiere su imposición para ejercer como tales. Su opuesto se convierte en un sinvalor. Los valores que no logran la hegemonía se convierten en trastos inútiles. Es la versión para la ética y moral, de la dialéctica amigo/enemigo de la política. Es la única realidad, impuesta sin escrúpulos por el extraño “progresismo” mutante que padecemos.

La ingenuidad es aquí algo más que un peligro, es suicida

El ejemplo polaco

Esa labor social la intentan cubrir enclaves en la red como Arbil, Conoze o Hazteoir. Han decidido dar un paso más, conscientes de que la apuesta política supone un alejamiento de sus orígenes pero también que les integra en una perspectiva más amplia, más real, en el movimiento, con sus iguales.

Exactamente como los sacerdotes polacos que descubrieron, en la represión y la cárcel junto a otros compañeros de viaje, militantes obreros o demócratas, una extensión de su compromiso evangélico con todo el que sufría persecución injustamente.

El ejemplo polaco es especialmente ilustrativo de la actuación católica en política. Si, por un lado, el católico descubre en la represión antireligiosa del régimen un motivo de oposición y movilización más allá de su labor de apostolado o afirmación de la fe, y la similitud de su represión con la de otros sectores enemigos de ese régimen, por otro lado entenderá enseguida que la labor de la Iglesia y de la comunidad creyente no es crear una facción política (la “democracia cristiana”) sino incidir, como todos, en la sociedad y frente a las instituciones, en los temas que les afectan, tanto en su faceta de creyentes como de ciudadanos.

Los magros resultados de la Democracia Cristiana polaca (10% de votos, un 30% del voto católico) en 1990, y la advertencia de líderes del sindicato católico “Solidaridad” de su rechazo a un papel político de la Iglesia en la democracia, confirman las prevenciones de sectores amplios del electorado católico de afrontar un proceso de recatolización social que implique tanto enfrentarse con antiguos compañeros de lucha laicos (Carta-77, KOR, Comités de Defensa Obrera) como unirse a antiguos colaboradores (incluso confidentes de la policía política) del régimen comunista, entonces miembros de un partido católico comparsa y ahora en la DC.

El propio sindicato “Solidaridad” hizo del catolicismo polaco un signo de identidad y resistencia, pero aplicado a un ámbito y fines más amplios (y no sólo laborales o nacionales), y esa fue su grandeza y su victoria.

Esta actitud era perfectamente comprensible. El Vaticano, con Pablo VI, había practicado una política conciliadora con los regímenes comunistas con la esperanza de preservar los restos visibles de la Iglesia y de reconstruir su castigada y envejecida jerarquía. Esto desprestigió a la Iglesia, fortaleció a los organizaciones-títere del régimen (“Pacem in Terris”) y desencantó a muchos fieles militantes.

Una década después, los esfuerzos de la política católica se han evidenciado en un gobierno católico que empieza a tener roces con sectores liberales o progresistas antiguos resistentes al comunismo.

La travesía del desierto

Por otra parte, la simbiosis Iglesia-Estado es contraria al devenir del catolicismo, y más propia del protestantismo, en contra de las apariencias (ya ha sido desarrollado el vínculo entre nazismo y protestantismo, especilamente servil, a través de la doctrina tradicional luterana de los “dos reinos” y su clásico quietismo político), y uno de sus mejores ejemplos es el reglaismo tradicional español (que no pocos roces causó, especialmente con los “progresistas” jesuitas y sus ghettos indigenistas).

Es el catolicismo el que, en contra de la falsedad de la Leyenda Negra antiespañola (especialmente la referida a la Inquisición), está en el origen del surgir del individuo autónomo, de la sociedad civil, la autonomía del Estado, la espiritualidad o el arte y la civilización europeos. Un bocado demasiado grande para las evanescente modas “progres” y sus efectos disolventes.

Quien contradijo la tradición de la Iglesia fue la “Teología de la Liberación”, que rompió la Iglesia en un eje de “lucha de clases”, negando su autonomía y sustituyendo su mensaje por un mesianismo secular, aprovechándose del clima y las resoluciones del Concilio Vaticano II.

Su efecto más pernicioso será el alejamiento de muchos obispos y sacerdotes que ya estaban ejerciendo labores sociales entre los más pobres.

Ese suele ser el resultado de los radicalismos sociales, meras pantallas dialécticas. Las que alimentan la leyenda negra contra Pio XII (basada en el despectivo telegrama del embajador alemán ante la Santa Sede, Ernest von Weizsäcker) soslayan que tras esa actitud cautelosa a denunciar públicamente la persecución a los judíos estaba la preocupación por los miles de ellos escondidos en propiedades eclesiásticas, que una condena firme hubiera llevado a la muerte, junto a conversos y matrimonios mixtos.

Quizás muchos católicos hayan olvidado la penosa situación de la Iglesia española en los años 70. A la etapa de una cierta convivencia con la cultura política falangista, se dio una temprana reacción a mediados de la década de los 40 con movimientos obreristas contestatarios como la HOAC y la JOC. De esa nueva cultura religiosa surgieron numerosos movimientos de izquierda de origen cristiano (FLP, ORT, OICE, SOC...) y de tipo ciudadano.

En los 70 existe una tendencia muy maniquea, hasta el cinismo, relativista, y muy atenta a la apariencia “moderna y progresista”, muy manipulable políticamente desde fuera del ámbito eclesial y extremadamente intolerante y dogmática con quienes no comulgan con ella. Totalitarios de izquierda que tenían el campo libre ante el agotamiento de organizaciones como Acción Católica o la ACNP.

Ello comportó graves consecuencias: marginación de individuos y grupos, deserción en la práctica religiosa, división, desaparición de asociaciones, falta de vocaciones, etc, todas por discusiones inútiles y mezquinas. La situación no se regeneró hasta mediados de los 80, cuando la jerarquía logró reasumir el liderazgo y replantear los problemas, lo que se plasmó en resoluciones como “Testigos del Dios vivo: la misión e identidad de la Iglesia en nuestra sociedad” (1985) y “Los católicos en la vida pública” (1986), así como el nuevo Código de Derecho Canónico (1983) y del Catecismo (1992).

Básicamente se trató de reforzar las creencias, reconstruir la moral familiar y social y retomar la labor de evangelización.

Pero el mal ya estaba hecho. El contexto religioso y el social habían cambiado lo suficiente como para suscitar la aparición de un catolicismo laxo, sin compromiso ni conexión con la realidad vivida, cómodo e incoherente. En definitiva, débil, que se complementa con otro catolicismo fiel pero cobarde, poco activo y muy formal.

En otra posición están los militantes, vivenciales, organizados (12.000 entidades registradas), pero no todos implicados en la vida política. Unos apolíticos, otros abogando por recluirla en la responsabilidad individual, y los menos, comportándose como brazo y conciencia del pueblo católico, y que son mirados con recelo por el resto, a pesar de la gravedad de los retos actuales y la importancia de las respuestas a dar.

Cuando la libertad es lucha

Resumiendo: la desvinculación del catolicismo con respecto a cualquier forma política es un tema antiguo, pero la indiferencia ante los ataques es irresponsable y suicida. La primera labor de la Iglesia es la formación de conciencias que garantizen la defensa de la justicia frente a intreses personales, grupales o ilegítimos. En esta labor no es la Iglesia como institución la protagonista sino más bien los fieles como ciudadanos o grupos. Lo cual ha manifestado Juan Pablo II en diversas ocasiones.

Es evidente que ha fracasado el proyecto de institucionalización de la Iglesia y el actual de privatización de la religión (católica, porque la musulmana y el fundamentalismo laicista se han unido en la misión de arrasar la Nación y el Pueblo españoles). En la sociedad actual cohabitan ámbitos de privatización y de politización de la religión, y ambos por factores tanto estructurales como intrínsecos de la sociedad y la religión.

Toda la estrategia de resistencia de la Iglesia pasará por lo tanto por mostrar esa “arrogancia de la razón”, cuyos sueños producen monstruos, producto de la ideologización de la Ilustración, cuyo último resultado fue el materialismo marxista, denunciado tanto por el moderno análisis católico (Lustiger, Ratzinger) como por la teoría crítica marxista (Adorno, Horkheimer) que identifica al iluminismo como totalitarismo.

La idea moderna de libertad es un producto legítimo del espacio vital cristiano. No podría desarrollarse fuera de él... Cuando la propia Iglesia se convierte en Estado, la libertad se pierde. Pero es igualmente cierto que también se pierde la libertad cuando la Iglesia es suprimida como entidad pública, que goza de influencia”.

(“Iglesia, ecumenismo y política”, Joseph Ratzinger, 1987).

Dado que la dimensión temporal de la vida humana se realiza a través de la pertenencia a diversas comunidades, la nacional y el Estado, y es por tanto al mismo tiempo política, económica y cultural, la Iglesia redescubre continuamente su propia misión en relación con esos sectores de la vida y la actividad humanas. La Iglesia, estableciendo una relación religiosa con el hombre, le consolida en sus vínculos sociales naturales”.

(Juan Pablo II, 1979).

Al contrario que el islamismo, el objetivo de la recatolización sería, no convertirse en Estado, sino restaurar la Iglesia como entidad pública. Y ello implica, hoy en España, luchar contra las fuerzas institucionales que pugnan por destruir todo aquello que compone y define al pueblo español.

Los ataques que recibe la Iglesia no son gratuitos sino producto de su propio valor como institución pública, y hoy se articulan sobre tres ejes:

• Según estudios sociológicos actuales, el PSOE depende totalmente del voto católico. Estos estudios afirman que el factor religioso supera al de la clase y nivel sociales.

Este voto católico es por lo tanto plural y es fundamental captarlo y, sobre todo, concienciarlo de que las operaciones políticas ya no giran (o, si se prefiere, ya no sólo giran) alrededor de la dictomia, hoy muy difusa, derecha/izquierda, sino sobre operaciones de grupos con intereses concretos e inconfesables, sin escrúpulos ni norte conocido. Enemigo, en definitiva, es quien te humilla y ataca.

• Existe una verdadera “guerra de religión” entre la que se considera, por propios y extraños, propia de España, y la “excusa laicista”, aliada a su vez de las religiones totalitarias de los nacionalismos.

• La Iglesia católica es, lo quiera o no, un factor político de importancia, y no puede dejar de manifestar sus intereses y opiniones. Pero la movilización y encuadramiento del pueblo católico tendrá que correr a cargo de los grupos militantes.

Aquellos grupos que desean mantenerse, ellos y su labor, al margen del ámbito político, deben ver que las dimensiones y características de esa labor social tiene una magnitud política considerable que los laicistas han sabido valorar, y por ello, intentar desmontar a través de la corrupta y financiada trama de las ONGs.

Al catolicismo militante le toca asumir el frente abierto.

Necesariamente, y como cualquier parte del movimiento de resistencia contra la tiranía antiespañola, deberá partir del antagonismo, de la afirmación social de la identidad.

Dar ejemplo, como ha sido la estrategia de los primeros tiempos de todas las formas doctrinales.

Dos respuestas se dan en la formulación de la estrategia de la recatolización: por un lado la restauración del espacio católico en instituciones-puente entre lo público y lo privado, como la escuela. Y por otro lado el surgimiento de espacios de vivencia comunitaria a través de grupos carismáticos, frecuentes blancos de la “izquierda” mediática, y no exentos de la crítica de la corriente principal de la Iglesia, que les acusa de estar más centrados en su carisma que en la labor evangélica común, en definitiva les acusa de sectarios militantes.

Son, en todo caso, cuestiones que el catolicismo político y la política católica tendrá que resolver en su seno. Pero no estará sólo. Si es valiente, no. A su lado caminarán todos los que combaten contra un régimen que sólo ofrece su impostura, la esclavitud y el vacío.

N.O.A. Núcleos de Oposición Antinacionalista

oa@nucleosoa.org

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